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“La soledad de mi cama”, por Laura Ré.

Dársena 3, T 4, Madrid.

   Esta maldita dársena otra vez. Con todos los recuerdos que no me ha dado tiempo a vivir arrastrándose entre mis labios, corríendome el rojo de mi boca. Las costillas partidas de esperar el próximo autobús que me arranque otra vez de aquí. El humo de este cigarro vuela por mi cabeza y me pregunta que cuándo voy a quebrar el destino al que voy. Y es que me siento como cuando andaba por tu ombligo, paseando mi lengua para que dejásemos de odiarnos. Como cuando recogía mi ropa y cerraba la puerta después de que tus manos, vacías, como siempre, me empujasen a desaparecer de tu cama. Y yo, como una puta, me vestía bajando las escaleras del portal en el que la noche anterior habíamos reventado botellas en nuestras caderas mientras tu lengua y la mía bailaban al son de la locura. Como cuando tocabas mi corazón a golpe de puñetazo al volver, después de mil intentos de suicidio en mis noches oscuras a manos de la soledad. Y a volver a irte después de cuatro orgasmos y diez puñaladas. Como cuando te creí al decirme que en tus brazos temblaban cuando marchaba y tu cuello lloraba al no sentir mi nariz vagar por él.

   Y es que, todo es mentira. Tú y tu absurda presencia que hipnotiza mis dedos para enredarse en tu pelo y dejarte la purpurina de mi alma. Es mentira el sol que amanece delante de mis ojos, rascándose entre la ciudad maldita que nunca pisaré más que de paso. Es mentira que mis manos ya no te busquen. También que nunca te quise. Es mentira que todo esto es mentira porque miento para sobrevivir. También mentí cuando te dije que podría vivir sin ti y sin tu culo porque aún te busco en mi espalda. Y es mentira que haya encontrado a alguien mejor. Botella, papel, bolígrafo y cigarro. Tu culo, tu piel, mis adentros y mis vómitos.

Dársena 1, Burgos

   Ya son diez las noches que mi cuerpo no se arropa al tuyo. Ya son diez las mañanas que no me subes a la Gloria de la que Jim hablaba. Ya son diez los días que Soledad se cuelga de mi cuello, en la mesa, en la calle, en la ducha, donde el aguas nos excitaba muy poco a poco mientras resbalaba por las curvas que encajan arrastrando la suciedad de la cotidianidad. Ya son diez Lunas vistas solo por mis ojos, sin los tuyos. Ya son diez días que no he sabido escribir mi vómito en el blanco papel que se enfrenta a mí. Ya son diez desayunos sin tu carne, fresca, sudorosa, mojada, roja, caliente, derritiéndose entre mis dientes. Ya son diez pensamientos nocturnos pensando sobre cómo será mi vuelta. Ya son diez canciones silenciosas. Ya son las diez y media en el reloj de arena que no tengo. Y ya son diez frases huecas, que no saben qué dicen, que no saben cómo suplicarte que vuelvas.

Dársena 5, Burgos

   Una puerta abierta para dejar salir la angustia que de la garganta se apodera y poder contar al menos las palabras correspondientes. Manos fuertemente enganchadas. En este caso seis. Ojos vidriosos, que dejan caer las cosas que nunca se dicen, como un ‘te quiero’. El cuerpo apoyada en el marco de la puerta para observar los pasos que, poco a poco, son cada vez más sordos, más ciegos. Y es cuando, asomada a la ventana para coger aire escuchas el motor de coche. Es en ese momento cuando sabes que ya está, que no hay silencio más punzante que el de la despedida, el de la nada. El del eco. Y así son los ‘hasta luego’ que pueden durar meses, incluso años. Y así son las despedidas que esta voz ha vivido desde los seis años, amargas siempre, porque son muchos lo kilómetros a recorrer para un triste café.

Dársena 69, Burgos, (conexión mística)

   Mi primera masturbación fuiste tú. Yo soñé con tu clítoris mucho antes de desear tu culo. Soñé también que te estrujaba tus pezones con mis dientes mientras mis dedos se introducían en tu vagina. Tú gritabas y me mordías la clavícula, en mi cuello sangraba tu sangre. De tu interior solo me cubría la mano tus flujos, que deseo chupar pero entonces tú me cubres la lengua con él cuando tus piernas ahogan mi cuello entre ellas. Rodar con un sesenta y nueve, correrme con la mejor tijereta que un colchón pudiese aguantar. Que tus manos se apoyen en mi cuello y lo aprieten cuando esté a punto de subir al clímax junto a ti. Que me mires con esa cara y esos ojos de sucio deseo. Que mientras mi pecho acoge el orgasmo que tú has provocado, tu cuerpo se apoye muy fuertemente contra el mío y pueda sentir tu respiración al ritmo del polvo que tus manos mi dicten. Que tu piel se pegue a la mía y que separarse duela, para que así vuelvas a mí.

Dársena 17, Madrid

   Avanzo consumiendo las caladas de la esperanza. Busco el rincón donde en tu vida me escondías. Como detrás de tu culo. Deduzco que ya no sirve de nada esperarte. Empiezo a creer que la mentira de tu voz era cierta. Fusilo los sueños que las acuarelas goteaban en mis esperanzas. Goteaban los momentos que jamás encontramos. Historias que nunca vivimos. Ira se apodera de mi pecho, que se cierra a seguir. Juego con el secreto que me confesaste a gritos, entre kilómetros. Kilómetros que tu cintura y la mía sufrían a la noche. La Luna nos espiaba mientras nos comíamos a oscuras. Mientras me mentías. Nos mentías, a ti y a mí. O al menos eso negabas. Prometiste labios contra labios todos los silencios de las noches. Quise todas tus palabras metidas en un tarro de cristal. Rodeado de estrellas llenas de recuerdos. Solo quise quererte a mi manera. Tú solo quisiste huir a tu manera. Un domingo de resaca. Volando al séptimo infierno. Zarandeando mi cuerpo roto para no visitarlo más.

Andén 2, Lorca

   Perdóname por no decirte que mi cuerpo como hogar es así. Perdóname por cruzarme en tu camino sin comunicártelo. Perdóname por llorarte en mitad de tus colores hasta conseguir que salga corriendo. Perdóname por no decirte que mi pecho es muy pequeño para guardar la magia que tus manos crean en mí y tener que escupir amor por los costados en los que te acuestas cada noche que la Luna nos invita. Perdóname por amarte hasta que las olas de mis ojos vuelan. Perdóname por amarte sin avisar. Perdóname por escribir aquí y no en tu espalda.