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Pertenezco a una generación sin memoria, la primera de todas las que llegaron después.
Sin memoria propia. Nací en los’70.
Amnésicos por elección, propietarios del conocimiento de otros, una generación que ha crecido escuchando sobre una guerra que aunque nos coge de lejos aún duele, porque nos han enseñado a que sea así.
Hemos crecido según el color de nuestra casa (No se puede negar, desgraciadamente, sólo existen dos colores en este país)
Si tu familia era de izquierdas, has crecido sabiendo que en vuestro hogar primero negaban vuestros muertos, a sabiendas de que llorarlos fuera de casa suponía exponer a la familia.
Después durante la transición venerándolos, aquellos que murieron y lucharon por sus creencias, pudiendo mostrar con la cabeza alta las pérdidas, llorando muertos que sólo habitaban en muchos casos en las memorias de los más grandes, y que no por eso dejaron de ser propios, familiares, parte…
Después peleando por desenterrarlos, y devolverles así la dignidad. La suya y la nuestra, la memoria de la sangre derramada.

O bien a la inversa, si la familia era afín al régimen aun recuerdan como admirabais a vuestros héroes de guerra, aguerridos mártires a manos de los rojos, muertos inocentes de las creencias.
Negándolos en los albores de la democracia, donde los franquistas eran los mal vistos, reinventándose como demócratas y conciliadores en la transición.
Pretendiendo que permanezcan enterrados los muertos de otros.
Para qué remover fantasmas del pasado, si no duelen a todos por igual? Si no merecen el mismo respeto?

Hemos crecido escuchando sobre el hambre en la guerra, aquel:
-Si supieses lo que es hambre te lo comerías todo!
Sobre bombardeos y desaparecidos, sobre injusticia social.
Sobre pantanos y viviendas sociales.
Escuchando sobre la suerte de tenerlo todo, porque ellos no habían tenido nada.
La guerra, y la postguerra, las colas en la carnicería, o las cartillas de racionamiento, esos cazadores que dejaron sin conejos los campos de alrededor de las ciudades.
Aunque nuestros padres la pasaran de lejos, o solamente fuese la memoria familiar la que han conocido. Pero la sentían como propia. Y nosotros heredamos su sentir.

Hemos crecido creyéndonos las historias que escuchábamos sin plantearnos nada más, creciendo ajenos y disfrutando los frutos y las riquezas de un país que ha seguido caminando pese a todo. Y aunque a la cola de otros, orgulloso de los pasos, pero en silencio, no vaya a ser que el orgullo patrio se vea y parezcas lo que no eres.
Y sin embargo esa memoria, que no es nuestra no ha borrado la capacidad de entendernos como nación. Pero sólo si hay fútbol…
Huimos de banderas e himnos, y cualquier mención patriota nos chirría y avergüenza.

Y es que seguimos creyendo en nuestro país que las guerras son de buenos y malos, de blancos y negros, de rojos y azules. Tal es nuestra inmadurez emocional como nación.
Nos han vendido una historia tergiversada según la voz.
A veces recrudecida por el dolor de las pérdidas y los agravios, otras veces suavizada para justificar las tropelías. Da igual el bando. Ambos.
Somos la primera generación que sin haber sufrido la guerra, y apenas ser conscientes de la transición por vivirla desde los ojos infantiles, hemos crecido odiando al bando contrario sin conocerlo ni mediar ofensa.
Somos los herederos de los odios ajenos.
Los hijos de aquellos niños que obligaron a sentarse juntos en clase y a darse la mano después de la pelea, que aunque fuera del colegio no se hablaban, llegaron a la adolescencia conociéndose íntimamente. Hombro a hombro.
Hemos crecido con instrucciones exactas de a quien amar y a quien odiar, y aunque nos hemos creído desligados, pagamos hoy la falta de memoria objetiva.
Pagamos el desconocimiento de una historia real, en la que nos han enseñado a luchar con los elementos, sin entender las consecuencias.

Vivimos en una sociedad donde la religión está mal vista, y parece propiedad de unos pocos, que pone etiquetas.
Donde el patriotismo o el simple orgullo de nuestras conquistas es símbolo inequívoco de incívico y déspota.
Donde la educación aún creemos que es derecho sólo de unos pocos.

Hemos crecido creyendo a pies juntillas que la historia por el hecho de conocerla no se repetiría sin caer en la cuenta de que la conocemos parcial y sesgadamente.
Somos los herederos a los que les sangran los ojos cada vez que vemos las imágenes de guerras fratricidas en la televisión, que nos parecen horrendas y gores porque nos han negado la realidad de nuestra historia, nos han negado que todos los buenos y los malos mataron, violaron, se encarnizaron.
Nos han mentido, vendiéndonos una contienda de perdedores y ganadores, sin contarnos que en ambos bandos hubo muchos que no pudieron elegir.

Y hoy somos esto, una generación manipulable, que ve como zozobra un país durante años a manos del egoísmo, la corrupción, y la impunidad de unos y otros y seguimos con la cabeza baja permitiéndolo.
Como los niños amaestrados que seguimos siendo.

Y nos contentamos con un voto, que regalamos en muchos casos a las ideas que nos tatuaron en nuestra memoria desde pequeños, y otras veces cambiamos de bando para castigar a los que nos las inculcaron, o nos abstenemos fruto de darnos cuenta de la tristeza que supone la cultura colectiva impuesta.

Luchando sin luchar, porque la única lucha posible es cambiar el paradigma, dejar de creernos los cuentos, los bandos, los colores, y creer en un futuro de un país singular, abierto, donde la convivencia no esconda los dolores heredados.
Donde los muertos, los de todos salgan a la luz, y desde su memoria veamos mas buenos a los malos y mas malos a los buenos.
Y desde ese punto marchemos pudiéndonos mirar a los ojos, y cerrando las heridas que nunca debieron ser nuestras.
Yo no quiero ser la generación amnésica, quiero ser parte de la generación que fue el motor del cambio.
Pero un cambio real, el de las personas, que miran al frente con orgullo y deciden caminar.