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            Los primeros exploradores humanos de Marte descubrieron el Monolito, semienterrado, en una de las laderas del Monte Olimpo. Provocó un inmenso revuelo en toda la Tierra; algunos nostálgicos evocaron otro Monolito: el de “2001, Odisea del Espacio”. Apenas desenterrado, se comprobó que éste era bien diferente: se trataba de un cubo perfecto de basalto; presentaba, sobre cada una de sus cinco caras visibles, una enigmática inscripción en jeroglíficos, runas, ideogramas y otros dos alfabetos totalmente desconocidos. Mentes preclaras y sofisticados ordenadores se consagraron a tiempo completo para procurar descifrarla. Cuando al fin lo lograron, el Secretario General de las Naciones Unidas transmitió aquel mensaje a la Humanidad entera:

            “Intentar desentrañar los secretos del Universo constituye, en la mayoría de los casos, tan sólo una inmensa pérdida de Tiempo.”