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Siempre nos queda la palabra, certera y digna afirmación del poeta, y lo cantó Paco Ibáñez con voz libertaria

No obstante, los vientos intolerantes intentan secuestrar la voz del pueblo que reclama sus derechos; y tales huracanes consideran demagógico airear los céfiros necesarios para respirar: voz, voces.

Sin embargo, tomamos la palabra y hacemos de ella un filo contestatario contra el falso e hipócrita discurso que amordaza, compuesto éste, sin duda, por palabras que se trasforman en ese palabrerío hueco de quienes se convierten en avestruces y acompañan sus galimatías con sonrisas de cursillo; risitas robóticas que menosprecian los derechos, muecas sin un fondo humano, y, además, se creen aquellos manejos con los que someten a la palabra.

No queda duda en el diccionario: de éste se puede tomar el término demagogo como la definición de un ser que denuncia las carencias populares. Sólo hay que desposeer, a la demagogia, de la acepción tiránica y situarla por encima de las expresiones impúdica-cínica-descarada-mentirosa que le endosan, a dicho término, quienes se defienden de él si saber los valores de este vocablo. Digámoslo con siete palabras: los demagogos se acusan mutuamente de demagogos.

Demagógico es auparse sobre las carencias de la sociedad con la promesa de solucionar tales penurias y después faltar a la palabra.

No es demagogia airear las penalidades y poner todo el empeño por buscar la igualdad.

La palabra es una razón a la que asirse según el costado que nos duela. La publicidad suele confiscar el verdadero sentido de la misma. Y faltar a la palabra es insultarla, sobre todo si no se cumple lo prometido, de palabra honorífica, desde la campaña electoral. Aquí es cuando el que abrió la boca entregó su dignidad al lenguaje mercantil, inductor éste de la esclavitud social.

Evoco parte de la letra de aquella canción que, no recordando la autoría de la misma, sí conserva la comprensión de la misma, asentada en el temblor del corazón al cantarla: Son palabras nada más, que hablan de mi amor por ti; son palabras que jamás, de alguien volverás a oír. Sonaba a una despedida dolorosa, a la palabra amor que se quedaba retenida entre las grietas de algún corazón quebrado, y al grito sereno de este músculo que, a pesar del dolor pacífico, sin violencia, confía en la esperanza: Tal vez podamos proseguir, lo que se queda atrás…

Aquellas palabras salieron al viento musical y la voz las divulgó. Sin embargo, quizá, cantadas en los huecos exclusivos del pensamiento, se quedan presas en los cruces de miradas con las que él y ella suelen comunicarse, desde hace meses. Él desde el extremo de la barra de un bar y ella desde los renglones de un periódico que no lee; no obstante los dos tiemblan y sosiegan el secreto con sorbos de café, único cómplice que se queda en unos posos por investigar, como si el amor fuera un término detectivesco.

A partir de aquí se queda la palabra para que la observación, esa manía de quienes pretendemos inventar fábulas, comience a poner cada expresión en su peldaño.

Demandó dos palabras naturales de pronunciar y lo secuestraron por su derecho a la osadía, después lo metieron en prisión y sólo le quedó el pensamiento: las palabras que se atrevió pedir fueron tierra y la libertad: se las usurparon.

La palabra, vista y leída, acariciada desde la perspectiva pura es como las aguas sin adulterar. No obstante, convertida en acémila dispuesta a cargar sobre ella interpretaciones erróneas, la voz se convierte en arma defensiva para cubrir la desvergüenza contractual; sí, esa palabra que se suscribe con letra pequeña e ilegible; esto es: mula cargada de malas intenciones contra el ser contratado. Ya lo dijo Groucho Marx

Cuenta la leyenda que la palabra, unida a un apretón de manos frente a un mediador neutral en el trato, ponía al ganadero y al tratante dentro de la legalidad honesta. Sin embargo, a falta de manejos reglados y en plena danza de la codicia, también hubo tratante que, después de haber firmado un aval que dejaba claro su débito al ganadero, y exigir éste el pago al haber trascurrido el tiempo acordado, el tratante leía el papel que atestiguaba tal deuda, y después de comprobar que su firma era correcta, destruía el documento, se lo introducía en la boca, lo masticaba con la destreza que su dentadura le permitía y se tragaba el título y la palabra –Esto recuerda el vuelco de quienes suben al poder y se tragan las promesas; y no e lo mismo que tragarse las palabras, por temor a la integridad, ante leyes que reprimen–.

Ante la ruptura de concordia entre tratante y ganadero solía ocurrir que el acreedor, perplejo y abatido, se quedaba sin palabras, extraño verso éste para una copla, ya que, todavía siendo octosílabo, también se quedó sin tildes, hiatos y sinalefas.

Y el poeta sigue diciendo que nos queda la palabra, y el grito del cantor, que avala tan reivindicativo verso, dice que apenas nos dejan decir que somos quienes somos, que nuestro cantar es sin pecado un adorno, que ya tocamos fondo, que hemos de salir a la calle, que ya es la hora.

Sí… Siempre es hora de liberar a la palabra que nos queda, el momento de no dejarla reprimida en el pensamiento que la forja, y menos que, una vez nuestra voz esté en la calle, no debemos permitir que la secuestren, la censuren, la adulteren… Si es amor, amor; si es justicia, justicia; si es libertad, libertad; si es anarquía, anarquía; si es concordia, concordia… La palabra desigualdad empobrece al diccionario, y la palabra pobreza debiera desaparecer de todos los cuadritos del mantel; la palabra riqueza es para distribuirla con equilibrio, de lo contrario que aplaste a quines la roban.

Por favor, ¿me prestáis una palabra justa?

–Yo te presto democracia

–¡mentira! Los que la hurtaron no nos representan…

–Te concedo el vocablo sanidad… ¿Lo quieres?

–¿A quién preguntas, hipócrita, a mí, que soy acreedor del juramento hipocrático, sin más?

Quizá estés preguntando a quienes trafican con los derechos humanos.

Probablemente, los demagogos, tilden de demagógico mi escrito.

                                            Luis Carlos Blanco Izquierdo