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―¡Francisco, levanta! ―dijo una ruda voz―, mientras el traqueteo de llaves se escuchaba tras la reja abriendo la puerta. – Se ha acabado tu condena.

            Fran abrió los ojos y le dio un puñetazo a la litera de arriba.

            ―¡Amigo, nos vemos fuera!, ―Se le saltaron las lágrimas―. Que te sea leve. ―Dijo con entusiasmo―. El compañero se levantó de un salto dando un porrazo en el suelo con los pies descalzos y lo abrazó.

            ―Nos tomaremos unas birras rodeados de mujeres macizorras, donde tú me dijiste.

            ―¡Dejarse de mariconeo o te quedas aquí! Dijo el funcionario obeso en tono amenazador.

            Fran se lavó la cara y se anudó las rastas del pelo, cogió sus escasas pertenencias y salió de la celda. Todos los presos lo abuchearon detrás de sus barrotes. ―Sonrió―. Firmó unos papeles, hizo la llamada que le correspondía para que fuesen a recogerlo y salió de allí. ¡Por fin era libre!

            Al salir de la que había sido su casa durante más de tres años sentía una gran euforia y se prometió no volver. Cuando su amigo, “el orejas”, como él lo conocía, llegó en su Opel Corsa. Fran se montó, chocaron los puños y a continuación los hombros como venían haciendo desde su niñez a modo de saludo.

            ―¡Qué sorpresa me has dado tío, no lo esperaba!

            ―Ni yo. ¿A dónde vamos? ―Dijo Fran―.Quitándole un cigarro del paquete de tabaco que se encontraba en el salpicadero.

            ―Hoy mandas tú.

            ―Umm… ¡Al Colores!

            ―¡Joder tío, tengo parienta!

            ―No seas mamón orejas, tengo ganas de echar un polvo. Me estoy oxidando.

            Después de más de media hora de camino pararon en una gasolinera junto al club que tenían como objetivo para repostar. “El orejas” enchufó la manguera al depósito y se acercó a la ventanilla de Fran, éste la abrió de par en par.

            “El orejas” hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta de la gasolinera.

            ―¿No te tienta?

            ―No compi, que va… Ya no me meto en más líos, he pagado tres años en chirona y me han servido de escarmiento. No pienso tirarme más años de mi vida allí encerrado.

            Aparcaron en la parte trasera del pub de alterne, para que nadie pudiese reconocer el coche de “el orejas”, ya que estaba situado en la circunvalación del pueblo, por donde los coches iban y venían sin descanso.

            Al entrar parecía haberse hecho de noche y de fondo se escuchaba una canción de Pretty Woman. Todo estaba oscuro excepto una parte donde los neones iluminaban la pulida barra de color negro donde una chica de unos treinta años agitaba un cóctel entre sus dos grandes pechos,ante la atenta mirada de varios clientes que allí se encontraban. Al fondo unos focos iluminaban la pista de baile. Constaba de tres barras de acero que iban del suelo al techo. En la barra central, una joven de origen africano bailaba en torno a ella de una forma muy sexy.

            ―¡Ostias orejas, esto es el paraíso! Comenzó a hacer el payaso bailando solo.

            Se acercaron a la barra y la chica se les acercó posando sus dos buenos ejemplares en la barra. Se quedaron embobados.

            ―¿Qué <<querreiscaballerros>>? Dijo con acento Ruso.

            ―Me ha gustado tu forma de hacer los cócteles. ―Dijo Fran―.Quiero uno que me aconsejes.

            La joven sonrió.

            ―El especial parraíso, ¿y tú guapo? ―Miró a “el orejas”―.

            ―Beefeater―cola por favor.

            El orejas parecía avergonzado y Fran se dio cuenta. Los dos miraban atónitos a la muchacha, que después de servir el Beefeater, se dirigió a la coctelera, vertió varias bebidas y comenzó a menear el cóctel a la misma vez que sus pechos subían y bajaban como locos, luego se lo colocó entre las tetas y lo remató con un movimiento sensual.

            ―¡Gracias!― Dijo Fran, luego miró a su compi―. Te veo raro orejas, nunca te había visto así.

            El orejas saco la cartera, pagó y le dio un buche al cubata.

            ―No debería estar aquí tío, me caso el mes que viene.

            ―Pues considéralo una despedida de soltero. Le dio una palmadita en la espalda y tomó un trago.

            “El orejas” sonrió a media asta. Una chica de piel negra se acercó hacia ellos luciendo una preciosa lencería en blanco que brillaba bajo los neones y subió a Fran. “El orejas” no quería subir por respeto a su futura esposa. Cuando Fran bajó, ya relajado, siguieron bebiendo y bebiendo hasta que se hizo de noche. Fran había perdido el control de su propio cuerpo, borracho como una cuba. El orejas estaba preocupado por su novia ya que tuvo que apagar el móvil para que no lo llamara más.

            ―¡Vámonos! ―Dijo “el orejas” bajándose de la banqueta―. No me queda un duro. No sécómo se lo voy a explicar a Nuria.

            ―¡Bu…bu…busquemos a Johnny! ―Dijo con la borrachera Fran―. Le sa…sa…sacaremos hasta el u…u…último euro que nos debe, ¡hip!

            ―No, no, no… tío eso ni hablar. Tu estas “to” pedo y te meterás en un lio, recuerda ―(intentó relajarlo)―que con lo más mínimo vas otra vez para dentro.

            ―Que… ¡sip! ―Dijo con un hipo―. Que…

            ―No tío ―interrumpió el orejas, mirando fijamente a Fran que tenía los ojos saltones inyectados en sangre―, no vamos. –A Fran le costaba mantenerse firme― ¡joder! ¿Qué coño te has metido?

            ―Me… ha… in… invitado a una rayita la mo… morena ¡hip!

            “El orejas” ayudó a sostener a Fran y lo sacó del local, lo montó en el coche y le puso un cigarro en la boca, le acercó el fuego y arrancó.

            ―¡Júrame que no vas a ir a ver a Johnny!

            ―¡Que no…! ¡hip! Pe… pero mañana sí.

            ―Ya veremos. ―Dijo “el orejas”―Aceleró y lo llevó a su casa.

            Al día siguiente el móvil de “el orejas” sonó a las 6:00 de la mañana. Como pudo cogió el teléfono miró el número, y al ver que no lo conocía rechazó la llamada para seguir con su plácido sueño. El móvil volvió a sonar y “el orejas” se tapó sus dos predominantes pabellones con la almohada.

            ―¡Joder!― Se deshizo de su casco de tela y descolgó. ―¿Quién cojones es?―Dijo.

            Un susurro se escuchó a través del teléfono.

            ―Soy yo, Fran.

            ―¡Joder tío! ¿Qué horas son estas?

            ―Voy a conseguir el dinero, voy a entrar en la casa de Johnny.

            ―¡No jodas! ―Se incorporó en la cama de un sobresalto―. ¿Dónde estás?

            ―Te estoy llamando desde la cabina de mi barrio. ¿Vienes?

            ―¡Déjate de tonterías, solo te causará problemas!

            Fran se puso melancólico.

            ―He pagado tres años de mi puta vida en la cárcel y ese me va a pagar o por las buenas o por las malas y si tu no vienes tendré que ir sólo.

            ―¡Me cago en los muertos! ―Dijo enfurecido “el orejas”―. Voy para allá.

            Fran esperaba fumándose un cigarrillo. Al rato, el Opel de “el orejas” se asomó por la esquina con una luz fundida.

            ―¡Sube anda!

            Aparcaron el coche dos manzanas más alejado de la lujosa casa de Johnny con la precaución que su coche no lo delatara. “El orejas” abrió la guantera y sacó dos pasa―montañas como años atrás hubiera hecho en más de una ocasión.

            ―¡Toma cabrón! ―Le tendió uno a Fran―. ¿Has pensado que pasará si nos cogen?

            ―No nos cogerán –Fran se metió la mano por debajo de su chaleco― Tengo esto. ―Fran le mostro una pistola.

            ―¡No me jodas tío, eso no. Guardaló!―Fran se lo pensó y aceptó metiéndolo en la guantera.

            Salieron del vehículo y “el orejas” abrió el maletero sacando dos bates de beisbol. Se lo guardaron bajo los chalecos y un coche de policía paso cerca de ellos, pero sin percatarse de lo que ocurría. Cuando llegaron a la esquina de la casa de Johnny se pusieron los pasa―montañas para no salir por las cámaras. Fran iba delante y consiguió abrir el portón de hierro con una ganzúa, como años atrás Johnny le había enseñado. Johnny era un puto crack con las cerraduras. Los perros no hicieron ni el mínimo gesto, pues conocían tanto a Fran como a “El orejas” y tan solo le movieron el rabo. Cruzaron el amplio patio de césped y al llegar a la puerta de madera blindada, con la ayuda de un destornillador sacó el bombín y la abrió. Al entrar cortó la alarma que se encontraba junto a la puerta, Fran sabía la contraseña 2282 era la fecha del nacimiento de Johnny y él la había quitado muchas veces cuando iba de visita a su casa, cuando se consideraban amigos. A continuación, para no levantar sospechas, entró a hurtadillas con la ayuda de una pequeña linterna, pasaron al recibidor, del recibidor al salón. Registraron todo lo que veían a su alcance, a las 7:00 de la mañana sonó la alarma en el móvil de Johnny y se asustaron, sabían que se estaba levantando, el pomo de la puerta de la habitación de Johnny giró y Fran se escondió detrás de un mueble, el orejas hizo lo mismo detrás de las cortinas del salón. Era la esposa de Johnnyvestida con un camisón, Fran vio que el orejas se asomó detrás de las cortinas he hizo un gesto para que se esperara, Fran sabía que este dormía junto a su pistola y tendrían que esperar a que saliesen los dos para cogerlo infraganti. La mujer cruzó por un extremo el salón casi dormida y no se dio cuenta del pequeño desorden que había en su casa, luego salió Johnny en dirección al baño. Fran salió de su escondite detrás de Johnny. Éste solo pudo ver por el espejo un enmascarado que blandía un bate de beisbol a dos manos por encima de su cabeza. Johnny cayó al suelo desplomado, arrastrando al caer varios frascos de perfumes que había junto al lavabo. Al escuchar el ruido la mujer de Johnny salió de la cocina veloz en busca de su marido. Y el bate de beisbol de “el orejas” le cruzó la espalda, la mujer gritaba y se retorcía de dolor, pero Johnny nada. Como pudieron, entre bocado y bocado amordazaron a la mujer de Johnny con la funda de la almohada y con la sábana la ataron a la silla. Fueron muy detallistas pues al picaporte de la puerta del baño amarraron otra sabana enrollada a modo de soga hasta la puerta del dormitorio, por si Johnny despertaba, (cosa que dudaban), pudiese salir y pillarlos por sorpresa. Todo marchaba bien, solo tuvieron que quitarle el bozal a la puta esa para que ladrara, y ladró. Cogieron la pasta que tenía guardada y se largaron.

            Compraron unas botellas, alquilaron una peli y celebraron su victoria, aparte del dinero que le debía también sacaron para la boda del orejas, estaban felices y prometieron de nuevo, eso sí, de no volver a meterse en líos. Cuando se le acabaron las botellas, “el orejas” llamó a su novia que mostraba rabia por teléfono, para decirle que iba a acompañar a Fran a su casa y luego la recogería. “El orejas” jamás recogió a su novia. La mala fortuna hizo que al parar en un semáforo, un disparo agujerease el cristal del coche y traspasara la nuca de “el orejas” que cayó a plomo en el volante, haciendo sonar el claxon. Fran avistó a un hombre con un gorro blanco en la cabeza como autor del disparo y salió corriendo del coche en sentido contrario al hombre, pero a pocos metros de él ya lo esperaba un coche patrulla, bajaron dos policías empuñando su arma y apoyaron a Fran contra el vehículo con las manos en la nuca, lo cachearon y le arrebataron la pistola, lo esposaron y se lo llevaron a comisaria.

Entraron por la puerta de cristal de la comisaria bajo la dura mirada de Johnny que tenía la cabeza vendada, ―Fran cayó al momento—Johnny había sido el autor del disparo, no era un gorro blanco era la venda –pensó―. Los policías firmaron un papel en la ventanilla y tomaron el pasillo de la izquierda agarrando a Fran en volandas por los brazos, al llegar a la segunda puerta llamaron.

            ―¡Adelante! Dijo una voz un tanto añosa. Dieron paso a Fran y le invitaron a sentarse en la silla de cuero delante de la mesa que presidia el jefe de la policía. Olía a tabaco rancio.

            ―¡Quitarle los grilletes, no escapará, lo conozco bien!

            Los policías obedecieron y el más joven se las quitó.

            ―¡Cuánto tiempo Fran! Le tendió una mano a la que Fran renunció.

            ―Veo que sigues tan testarudo como siempre.

            ―Y usted tan educado. ¿Qué coño quieres de mí? Dijo ante la atenta mirada de los policías.

            ―¡ja, ja, ja! ―No me hagas reír― Abrió el cajón de su mesa y cogió un paquete de Chesterfield. ―¡Toma coge uno!― Fran hizo el intento de cogerlo pero el policía lo retiró y se lo puso apoyó en sus labios. ―No te lo mereces, no me has dado la mano―vaciló―. Sacó un mechero y lo encendió, echándole una bocanada de humo en la cara a Fran.

            ―Dime qué coño quieres y me piro de aquí, no quiero estar con gentuza como usted.

            ―¿Gentuza dices? ―Sonrió―. Tienes algo que contarme de lo sucedido esta mañana.

Ese cabrón de Johnny―Pensó―. Que yo sepa… ―Encogió los hombros―, nada.

            ―¿Y… esta tarde?, Pobre de tu amigo… ¿cómo se llamaba…? El orejas, se juntaba con quien no debía, robáis en una casa, pero tu quiere la mejor parte del botín, él se niega a dártelo y tú lo matas ¿por eso lo mataste, por qué querías el botín? ―echó otra bocanada de humo.

            Fran levantó la voz. ―― No he matado a nadie ¿te enteras? A nadie. Gruñó.

            ―Puede que no hayas matado a nadie… y puede que sí. Puedes que no hayas robado nada… y puede que sí. ―Titubeó y le dirigió una sonrisa malvada.

            ―Se puede saber…¿Qué coño quieres de mí?,<<¡ESCUPE!>> Gritó Fran.

            El Jefe de policía se levantó de su silla y se puso delante de Fran que hizo por levantarse pero los policías le empujaron los hombros hacia su silla.

            ―Necesito que trabajes para nosotros, y así, tu amigo se suicidó porque tenía miedo que lo metiesen en la cárcel por robo a mano armada, tenemos pruebas. Los perros no ladraron, la alarma se apagó con su contraseña y la manía de no ponerse guantes para un robo lo delató―. ¿Qué dices?

            Fran miró fijamente al agente. ―No.

            ―¡Que valiente eres! ―Dio otra calada al cigarro―. Entonces tú le pegaste el tiro a tu amigo en un ajuste de cuentas. Tenemos el arma homicida.

            Fran intentó levantarse y los agentes le sostuvieron ambas muñecas mediante un forcejeo y les pusieron con esfuerzo los grilletes puenteando el brazo de la silla, quedando inmovilizado en ella en una mala postura. El Jefe le quemó con el cigarro la mano y Fran hizo un gesto de dolor.

            ―¿Qué, aceptas el trato o no?, eres muy bueno, te quiero en mi equipo.

            Fran le escupió en la cara. ―<<¡Vete a la mierda!>>―En el fondo sabía que su equipo lo componía también Johnny, al que había trabajado durante varios años.

            ―Pues me veré obligado a apagarte el cigarro en el ojo―. Dio otra calada usando sus dedos índice y pulgar quedando tan solo la colilla encendida. ―Te lo voy a decir una sola vez más, el que avisa no es traidor, pero puede ser un hijo de puta. ―¿Aceptas?― Le dirigió hacia el ojo izquierdo el cigarro.

            Cuando Fran veía el cigarro tan grande como un vaso aceptó la oferta, no quería sufrir.

            A la mañana siguiente Johnny lo acercó al aeropuerto, la conversación entre ellos era casi nula y Fran le juró que lo mataría, se odiaban a muerte. Llevaba el viaje pagado y quinientos euros que le había suministrado el jefe de policía. Debía de ir a Colombia a cargar Coca ingerida y así lo hizo, pero en vez de volver se dirigió a Méjico donde la vida es más barata, vendió la droga, montó un negocio y como le prometió a su compi “el orejas” no volvió a meterse en líos. ¿O sí?