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Las Llanas es una zona conocida por la fiesta, también por la violencia. Los medios de comunicación han significado el acontecimiento de masas como peligroso y destructivo, molesto y ruidoso; habiendo impulsado la campaña favorable a la instalación de cámaras de vídeo-vigilancia en la zona, las agresiones no han disminuido. La revista FHM tituló su reportaje como La noche de Burgos da miedo.

En este sentido, recordaremos las peleas y palizas que, tanto en las Llanas, como en Bernardas o Bernardillas, acaban cada fin de semana con heridos y hospitalizados, en ciertas ocasiones con graves secuelas o la muerte. Hablamos de víctimas como Iván, Aitor o Jonathan, además de tantos otr@s que nunca volvieron a casa.

Tampoco olvidaremos cómo Diario de Burgos manipuló los dramáticos sucesos del 26 de diciembre de 2010, cuando un joven de 18 años llamado Sergio fue agredido, entrando en coma. Las mentiras del periódico local trataron de vincular al movimiento antifascista con esta agresión.

Los aledaños de las Llanas han registrado agresiones sexuales, y es uno de los espacios de la ciudad donde se concentran. No sólo el machismo y la diferenciación de roles sexistas se hace patente aquí, sino que aparece la violencia como parte fundamental y “esperada” del acontecimiento de masas.

La violencia es usada por los porteros, sometidos a la presión de los dueños o gestores de los pubs y garitos; quienes, debido a su interés económico, permiten la entrada a personas que trapichean, al tiempo que pretenden mantener “la paz” en el interior del local.

Violencia y agresividad en las Llanas.

Si aceptamos que la oferta de ocio se sustenta, en el caso de las Llanas y de acontecimientos similares, en la promesa de sexo, comprenderemos entonces que la violencia no escapa de ese marco económico y sexual.

La agresividad se articula a partir de del instinto sexual y de las pulsiones del yo. Bastará con saber que la pulsión es una motivación o tendencia individualizada según la cual esta persona configurará “lo determinante” del inconsciente y de la vida psíquica, y que se revelará en las representaciones mentales, esto es, en sus miedos, pesadillas, impulsos.

El individuo agresivo ha sido condicionado antes de salir de fiesta. Los factores se encuentran en experiencias traumáticas como una exposición temprana a la violencia, al abuso físico, psicológico y sexual, o la represión ideológica, estigmas y marginalidad que culpabilizan al individuo, cuyo recurso a la violencia se encuentra enraizado en la vida cotidiana, donde “lo autoritario” coincide con los esquemas psico-familiares, la identificación con la figura de autoridad y el uso de la agresión, fuente de firmeza, seguridad y auto-afirmación.

Si el individuo agresivo debe auto-afirmarse, es porque existe un conflicto entre el instinto sexual, del que dependen la agresividad y el odio, efecto nuclear de la agresión, y los condicionantes materiales (sociales) que reprimen dicho instinto. En términos psicoanalíticos, además de los instintos biológicos añadiríamos las pulsiones, la tendencia a la agresividad significada en expresiones como “anda buscando la boca”, con ganas de pelea, de bar en bar.

En este punto, nos preguntaremos por los caracteres de esa “explosión de la violencia”. Entre quienes recurren a ella destacan los varones jóvenes, detectándose una pulsión guiada por imágenes subconscientes, imagos arcaicas que encuentran su fuerza en los condicionamientos y estímulos autoritarios, desarrollados durante la infancia.

Preguntándonos por los miedos de quien ataca, y ayudados por los resultados de la clínica, llegaremos a la conclusión de que el individuo agresivo desea, en última instancia, matar, lo que significaría acabar con la figura autoritaria, transfigurada en la imagen arcaica de la sociedad que “abandona y deja sin nada al individuo” (marginalidad, pobreza, abusos), sociedad que es representada al mismo tiempo en el acontecimiento de masas. En este sentido volveremos a recordar los asesinatos cometidos en las Llanas y las zonas de fiesta de la ciudad.

Las técnicas contra-limitativas como el alcohol condicionan al individuo, de forma que actué según los estímulos exteriores; la excitación del ambiente o la desinhibición de las drogas. Los cambios en el “ambiente enrarecido” son percibidos en todo el garito cuando se desata una pelea, constituyendo estímulos negativos que calan, en mayor medida, en aquellos individuos sometidos a la regresión, es decir, a la misma culpabilidad, agresividad y frustración que sufrieron durante la socialización y que, ahora, reproducen mediante el uso de la violencia y el autoritarismo.

Habiendo percibido los estímulos negativos, que habrían reforzado las imágenes sustentadoras de los miedos, la respuesta agresiva se orientaría dentro de la “enajenación transitoria” propiciada por el alcohol.

Si atendemos al desarrollo de una pelea en un pub, podemos observar como esta puede extenderse fácilmente, implicando a más personas. Para que la trifulca se extienda deben producirse distintos condicionantes; si la gente del garito está apartada de los estímulos, en tanto ese “ambiente enrarecido”, y es consciente del asunto, lo más probable es que abandone el local o se aparte de la bronca. Pero si esas personas están integradas en la masa, en la fiesta, lo más probable es que no anden con los reflejos muy agudos y se queden, aumentando las probabilidades de que se extienda. La masa, en el acontecimiento del ocio, es guiada por los impulsos exteriores.

Esto puede verse claramente en las provocaciones que preceden a la agresión. Una persona sobria percibe los estímulos con una mayor claridad, y es capaz de interpretarlos, calculando que las provocaciones podrían desembocar en una pelea o que, simplemente, se trata de más demostraciones de chulería y narcisismo.

Cuando los porteros de un local expulsan la pelea al escenario de la calle, la policía suele presentarse con “cierta tardanza”, siguiendo en ocasiones el dicho de “los caimanes”; la mejor intervención, es la que no se realiza. Los cuerpos represores parecen más ocupados en perseguir el botellón que en evitar peleas.

Evidentemente, la instalación de vídeo-cámaras no ha solucionado el problema de la violencia ni en las Llanas, ni en otras zonas. En este punto, la pregunta planteada es en qué medida la presencia de la violencia es constitutiva del acontecimiento de masas. A este respecto, diremos que la fiesta ofertada por la industria no hace presente ni recuerda a los conflictos del individuo; al contrario, se beneficia del olvido.

El ocio, entendido como acontecimiento de masas, impulsa la tendencia agresiva en ese fluir de estímulos adscritos al marco económico y sexual de la fiesta, repercutiendo en los impulsos de los individuos que, antes de salir, ya habían sido sometidos en el autoritarismo de las relaciones sociales, también en el caso del ocio, y que no tienen “en sí” la culpa de nada, pero que reproducen las mismas respuestas violentas y autoritarias que percibieron.

Ante esta perspectiva, las políticas públicas se han orientado hacia el control y la represión, así como el estrechamiento de la normativa horaria, dependiendo de la licencia del local. Pero la respuesta, en mi opinión, se encuentra en rechazar precisamente esta oferta que hace la industria del ocio; apostar por la auto-organización, esto es, por experiencias que gestionen l@s jóvenes a partir de sus intereses y demandas, puntos de encuentro y expresiones comunes frente a la mercantilización de un ocio constituido por el sexo artificial y la violencia como “desahogo” de las frustraciones producidas por el sistema.