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De pequeño le habían dicho que la luna era una mentirosa que siempre ocultaba su verdadero ser y que tenía una cara oculta, que nunca enseñaba a nadie. Una cara oscura, escondida en las tinieblas, a salvo de miradas indiscretas. Lo que no le habían dicho era que algunas personas también eran así; eso lo tuvo que aprender con el tiempo.

Ana era una de esas personas.

Tardó en darse cuenta de ello, porque sus besos y sus caderas eran demasiado poderosos, demasiado atrayentes, como para que él se fijara en esas cosas que quedaban semiocultas tras su sonrisa y sus largos dedos, que se perdían entre su pelo y por debajo de su camisa.

Tuvo que esconderse la luna para que él pudiera ver, por fin, después de tantos besos, tantas caricias, tantos gemidos, tantos ‘te quiero’ susurrados en la penumbra de una habitación en la que está a punto de amanecer, todas aquellas cosas que no había sido capaz de ver. Aquellas mentiras que Ana se había esforzado por ocultar mientras sus ojos las gritaban.

Se dio cuenta de que había estado ciego. Y sordo. Y quiso decir algo, pero cuando pudo, Ana ya se había ido. Con sus mentiras y sus verdades, con sus caricias y sus besos.