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Imagen por Nake Batev (UNFPA)

Publicado en Cuartopoder.es

El Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA en sus siglas en inglés) ha presentado su Informe sobre el estado de la población mundial (2015), “El Refugio de la Tormenta”, dirigido a analizar y conocer la situación de las víctimas de los conflictos bélicos y las catástrofes naturales, es decir, las personas desplazadas. El Informe estima que más de 100 millones de personas necesitan asistencia humanitaria, cifra que no se había alcanzado después de la II Guerra Mundial, de las cuales al menos el 25% son mujeres y niñas en edad reproductiva.

La presentación del Informe en Madrid, organizada por la Federación Española de Planificación Familiar (FEPF), corrió a cargo de Luis Mora, responsable de género, derechos humanos y cultura de UNFPA, quien desgranó una serie de datos que hacen visible la vulnerabilidad de las mujeres y las niñas refugiadas o en situación de desarraigo y habló del miedo que viven, sobre todo, los niños y las niñas que ven cómo se desmorona su pequeño mundo, cómo cambia la vida en su entorno, y de cómo el miedo se instala en la cotidianidad.

Entre los datos, y a modo de ejemplo, Mora señaló que durante la crisis del ébola la asistencia en partos se redujo en países como Liberia del 53% al 38%, o en Guinea Conakry de un 20% a un 7%. En los casos de catástrofes naturales, como los tifones del Pacífico, se incrementó la violencia sexual en un 300%.

60 millones de personas en todo el mundo se encuentran en situación de refugio. Entre ellas, las más indefensas son las niñas y las mujeres, que sufren todo tipo de violencias, como señaló en la misma presentación Mª Ángeles Plaza, responsable del Servicio de atención psicológica de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), que ha identificado el proceso de violación de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en situación de conflicto: en el país de origen, por eso huyen del país; en el camino, dónde se producen violaciones sexuales, embarazos no deseados, abortos forzosos e incluso tráfico de mujeres con fines de explotación sexual, partos y muerte de bebés; en los países en tránsito, con violaciones incluso por policías;  y en el país de acogida, como ya sabemos.

En los caso de las personas en refugio se están detectando, por primera vez con la crisis siria, venta de niñas y matrimonios concertados además de las habituales agresiones sexuales a mujeres, niñas y niños, que en muchos casos hacen en solitario una parte del recorrido hasta el lugar de acogida. Es evidente que la dilación en la toma de decisiones en la Unión Europea sobre cupos y destinos de la población siria, afgana, armenia y somalí, que es la que vaga por los países de Europa Central, incide directamente en el incremento de la violencia sexual y la inseguridad de los campos de refugiados.

Las mujeres han sido históricamente utilizadas como arma de guerra. Durante la ocupación de Alemania fueron violadas 2 millones de mujeres. En el genocidio ruandés, no contentos con el exterminio de los tutsi por los hutus y la respuesta de éstos, 500.000 mujeres fueron agredidas sexualmente. Durante la guerra de los Balcanes, la violación de mujeres y niñas fue utilizada para humillar y dañar al enemigo y “romper el tejido social”, como denunció el movimiento feminista, que exigió el posicionamiento a los gobiernos, que culminó con la consideración de las violaciones sexuales de mujeres y niñas en los conflictos armados como crimen de guerra. Pero esto no sucedió hasta 1995, en la Plataforma de Acción de Beijing (PAB), aprobada en la Conferencia Mundial de las Mujeres organizada por Naciones Unidas.

Pero no todas las violaciones de los derechos sexuales (y reproductivos) de las mujeres las provoca “el enemigo”. Luis Mora ejemplificó la violencia sistémica que viven las mujeres. Durante la invasión de Irak hubo un número importante de muertes por deshidratación de mujeres soldados norteamericanas en los campamentos militares. Se comprobó que las mujeres no salían de sus habitaciones en cuanto anochecía para no sufrir ataques sexuales de sus propios compañeros y morían deshidratadas en sus habitaciones.

Mora también presentó alternativas a estas violaciones de los derechos sexuales y reproductivos de mujeres y niñas. En primer lugar, “la respuesta humanitaria no puede estar desconectada de los procesos de desarrollo”. Es necesario, también, “seguir promoviendo programas de atención a las desigualdades, a la violencia y a las violaciones” que avancen en educación y en salud. Y tienen que incrementarse los fondos de la ayuda humanitaria destinados a temas relacionados con los derechos sexuales y reproductivos, que hoy no superan el 0,5% del total de la ayuda. En palabras del representante del UNFPA, “la provisión de alimentos, agua, ropa o refugio es la respuesta inmediata, pero nos hemos olvidado que las mujeres y niñas sufren una situación de especial vulnerabilidad” que se traduce en violencia sexual y que exige un replanteamiento de la agenda de la acción humanitaria en lo referido a la violencia contra mujeres y niñas, y sus derechos sexuales y reproductivos.

En la misma línea, Mora entiende que “la transversalidad de la perspectiva de género en la acción humanitaria es imprescindible”. Y atender la buena resolución del estrés postraumático desde la resiliencia, porque atentar contra la dignidad sexual de mujeres y niñas tiene un efecto a corto, medio y largo plazo, y deja huellas indelebles en su vivencia de la sexualidad, en sus relaciones personales, afectivas, sociales…