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Eran actores. Ella lo llamó para descargarle una parrafada en la que le anunciaba que se iba de su apartamento. El vino llorando a rogarle arrodillado a sus pies, que no se fuera, que el error no era de él, puesto que ¡Quién la había mandado a ella a abrir su página de Facebook! Que sí, que él tenía unas “amiguillas” y más aún, en ese frío y esa soledad de la capital, era casi que necesario tenerlas, pero que ellas no significaban nada más en su vida aparte de una noche de pájaros sueltos coincidiendo en un nido y en cambio ella era todo para él. Ella, por su parte, tampoco se arrepintió secretamente, de haberle sido infiel durante su viaje de presentaciones por el viejo mundo, mientras le acariciaba el pelo y accedía a sus razones no tanto porque las creyera, sino de verlo tan buen actor.