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Me obsesioné con el chico que llegaba siempre tarde en bicicleta.

Me obsesioné hasta el fondo, hasta que dolió y empujé más fuerte.

Obsesión, desequilibrio, y algo de cobardía. Pero sobre todo,

algo que bordeaba un poco más allá la idea de querer besarle el lóbulo

de su oreja izquierda.

Tenía la mirada perdida, y ese misterio de atenuante vida.
Como si un pasado tapizado en gris le envolviera todo su presente
y ni siquiera, le hiciese ilusión tener el poder de cambiarlo.
Yo solía perder mi mirada junto a la suya para pasearla en secreto.
Tal vez como el perro que jadea porque solo sacas una vez al día.

Acerté con él.
Estaba tan perdido de misterio que enloquecí por querer descubrir
el origen del universo entre pupila y pupila; y lóbulo izquierdo.
A veces, también derecho.

Le conseguí. A él, y al mundo al que pertenecía.
Una habitación pequeña y cruelmente desgastada por el paso del tiempo
era testigo del amor que hacíamos y deshacíamos entre sábanas.

El balcón siempre estaba abierto. Se colaba el sol y el mes de Mayo
por las rendijas de la persiana, y las cortinas bailaban la música
del artista que tocaba en la calle.

Miradas cómplices,
manos entrelazadas,
sudor libre en la cama.
Era feliz y afortunada.
Me asomaba al balcón y lo gritaba.
Y el músico me miraba.

Y de repente un día, lo sabes.
Tienes que marcharte.

¿Qué pasó?

Nada.
Se acabó como las cosas que terminan
por creer en ellas más tiempo del que duran. 

Y los diez años que me sacaba.