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En el siguiente artículo analizaremos la relación entre la lucha de clases que tiene lugar en Burgos, tomando como modelo el movimiento de Gamonal, con la represión política y social que imbuye las relaciones de la ciudad. 

 

Burgos es una ciudad enraizada en el escabroso y autoritario legado franquista, lo que denominaríamos franquismo sociológico, con que suponemos también una escasa cultura política de la clase obrera, desorganizada y presa de contradicciones originadas, en numerosas ocasiones, por su propia condición de pequeña propietaria de tierras en el mundo rural, cuya propiedad habrían heredado de la generación anterior a la industrialización de la ciudad, al éxodo desde los pueblos.
Cuando nos referimos a franquismo sociológico hablamos, por una parte, de un modo autoritario en las relaciones sociales (y políticas) que se establecen no sólo en la lucha de clases sino también en el interior de una masa desorganizada que sólo ha demostrado involucrarse activamente cuando un movimiento social, como las luchas vecinales de Gamonal, se ha lanzado con todas las fuerzas a conseguir un objetivo concreto, vinculado a demandas obreras como empleo y servicios públicos, a la identidad de un barrio perfectamente capaz de auto- gestionarse. Así mismo, nos referimos al propio funcionamiento de las oligarquías económicas, estrechamente ligadas al resto de aparatos ideológicos, que habiéndose desarrollado durante el franquismo, aún cuentan con los mismos núcleos, esto es, las mismas familias “de posibles”, cuyas redes empresariales se expanden configurando la agenda política.
La derecha se ha nutrido del modelo de familia tradicional impulsado por la Iglesia, apoyándose en un modelo aséptico de ciudad orientado hacia el aburguesamiento y la desaparición de espacios y experiencias colectivas; pretendiendo que el individuo quede aislado. Las sectas religiosas como el Opus Dei expanden sus redes por la ciudad, consolidando un entramado utilizado para transmitir las ideas dominantes, tejidos implantados en otros puntos de la ciudad: la universidad, las profesiones liberales y diversas asociaciones económicas, culturales o religiosas.
No obstante, Burgos sigue siendo una ciudad de obrer@s. El índice industrial de la ciudad se sitúa por encima de Valencia, Bilbao o Sevilla. La lucha de clases es una realidad en nuestra ciudad y, para entender el movimiento antifascista, debemos atender al miedo y la reacción de una clase burguesa que advierte el estado de las condiciones materiales y que responde manteniendo la paz social, una ilusión construida sobre el velo que cubre las condiciones subjetivas, que permitirían la toma de conciencia.
El movimiento antifascista burgalés se ha caracterizado por intentar desentrañar las relaciones de poder que se establecen en la ciudad, esclareciendo las conexiones entre el franquismo sociológico que aún perdura en la ciudad, y los aparatos represivos que, dirigidos y ordenados por unas instituciones servidoras de los intereses e instituciones burguesas, han actuado como “cuerpos de choque” y expansión de la ideología dominante.
La oligarquía de la ciudad ha advertido que la represión y la criminalización de la protesta no han conllevado la desmovilización pretendida, continúan criminalizando a los movimientos sociales al tiempo que utilizan preceptos e ideas franquistas como que introducirse en política supone problemas personales; no te signifiques, no ejerzas tu libertad, parecen decir.
Las acusaciones vertidas contra l@s activistas del movimiento antifascista procuraron impedir sus actividades políticas, incurriendo en graves ilegalidades. Uno de los ejemplos más infames lo encontramos en el montaje policial orquestado en abril de 2010; detenciones arbitrarias y amenazas a l@s militantes, además de una persecución constante hacia el movimiento.
Un conocido escritor calificaba a Diario de Burgos como “un periódico que trata bien los temas sociales”; a este respecto sólo pude responder con cierta indignación, puesto que habían criminalizado a mis compañer@s y vecin@s. Diario de Burgos ha publicado, en multitud de ocasiones y negándose a rectificar, información falsa sobre los movimientos sociales, utilizando un lenguaje sesgado y autoritario que busca la reacción temerosa del lector ante imágenes o titulares que, vinculando el activismo de izquierda con el vandalismo o el terrorismo, sustraen el significado político de las protestas o lo desvían.
Pero la represión política la padecen también las mujeres, l@s compañer@s LGTB que han sufrido agresiones homófobas por parte de fascistas; la represión se palpa en el aparato escolar, que reproduce la ideología dominante sometiendo a l@s alumn@s a reglas autoritarias que califican la fuerza de trabajo según las necesidades de la economía y no del conocimiento. La censura también alcanza a aquellos discursos silenciados, sexualidades no normativas y formas de vida alternativas, desplazadas a círculos underground.
Cuántas veces he escuchado que lo mejor es callarse, tragar, interiorizando el miedo y la frustración como si fuera algo natural. Los burgueses se pasean por El Espolón, y distinguen su clase con altanería, desprecio y soberbia; nos miran mal, estamos maldit@s y resacos@s, somos abertxandals… y al final, quienes bajaron la cabeza fueron ell@s, recuerdas, cuando el barrio lo hizo.
Sobre la confrontación con los aparatos represivos: el enemigo es el burgués.
Es fundamental identificar al enemigo de clase. El burgués se apropia de la plusvalía y es quien, en definitiva, utiliza a los cuerpos represores según sus intereses, defender la propiedad privada y las relaciones dominantes, a cualquier precio.
La confrontación con la policía carece de sentido, en la mayoría de ocasiones. Sólo si las condiciones materiales desembocan en una estrategia revolucionaria con una hoja de ruta, esto es, con objetivos surgidos de la movilización contra la clase dominante (y no contra la policía), y dicha estrategia es respaldada. El derecho de rebelión es reconocido en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que lo califica en su preámbulo como “recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”. En los momentos en que la lucha de clases y la opresión económica se acentúan, en situaciones de sometimiento a la autoridad o estallidos revolucionarios, la confrontación con los cuerpos represores parece inevitable.
 La función social de la policía es contrarrestar precisamente esa “ira” de la clase proletaria, que advierte a las fuerzas de la autoridad como enemigos directos cuando no lo son. Es este punto el conflicto es desviado hacia la policía, que se interpone como “cuerpo de choque” entre las relaciones antagonistas de la sociedad, entre los intereses de la burguesía y las demandas de la clase trabajadora.
Intereses de la burguesía -> Fuerzas de la autoridad <- b="" clase="" de="" intereses="" trabajadora.="">
En este sencillo esquema advertimos que los cuerpos policiales son insertados en el engranaje de la lucha de clases como una pieza que contrarresta los antagonismos y contradicciones mediante distintos instrumentos de represión y control. La sociedad disciplinaria ha sido hegemonizada por las ideas dominantes y, en última instancia, por preceptos autoritarios que perpetúan la sociedad clasista. La instalación de cámaras de vigilancia, una campaña impulsada desde el Diario de Burgos y la derecha burgalesa, supone un ejemplo del aumento del control social.
Las protestas de Gamonal acertaron señalando al verdadero enemigo, significado en la famosa pancarta de Méndez Pozo que rezaba: Ser rico me ha costado lo vuestro. Estas luchas han servido para desentrañar las relaciones oligárquicas de la ciudad, sustentadas de forma no democrática. Cabría preguntarse quién ha entregado Burgos a Méndez Pozo, Arranz Acinas o José María Arribas. La respuesta es que siempre ha sido suyo, a menos que la clase trabajadora se implicara en una lucha, apoyándola de forma determinante, consiguiendo victorias como la del Bulevar.
La legislación represiva.
El 15M planteó formas de protesta hasta entonces poco conocidas, escraches y acciones de desobediencia civil que empoderaban políticamente a sus participantes. La Ley Mordaza representa la adaptación última del poder a las nuevas formas de protesta; el miedo es parte fundamental en dicha mezcla, la nueva legislación represiva se entiende en imponer grandes multas y castigos a unos pocos activistas, ateniendo a un posible efecto contagio de desmoralización y miedo.
El poder se blinda por todos los frentes; nueva legislación represiva, acompañada de la privatización de la justicia y campañas de desmovilización como multas y detenciones arbitrarias, uso de las tecnologías de control, vigilancia a través de la red e intercepción de comunicaciones, infiltración en manifestaciones e inversión en antidisturbios y material represivo.
En Burgos, el 15M también sufrió la represión de los cuerpos policiales. Produciéndose identificaciones arbitrarias en los accesos a la Plaza Mayor, donde fue levantada una acampada que llegó a contar con centenares de activistas, que plantearon iniciativas de ocupación, autogestión y empoderamiento. Un mes más tarde, la acampada fue levantada dejando paso a una caseta informativa con carácter permanente, que fue levantada por orden del ayuntamiento sin dialogar ni comunicarlo. Durante la investidura del gobierno municipal, dos compañer@s fueron detenid@s, llegando la policía a personarse en el domicilio de un tercer activista.
La lucha de Gamonal: Claves de la victoria.
A continuación daremos algunos apuntes para entender la victoria de Gamonal, que no sólo supone haber doblegado los poderosos intereses de la clase dominante, sino también un modelo para futuras movilizaciones y un conjunto de lecciones que pueden ser leídas tanto por la izquierda, como por los movimientos sociales, sindicatos alternativos y, en definitiva, por el tejido social, tanto como por la derecha, desde la perspectiva de la derrota.
Entre las lecciones que podríamos mencionar:
Las formas de organización: La auto-gestión de l@s vecin@s, cristalizada en la decisión colectiva de que el Bulevar no se construiría, desbordó por completo a toda aquella forma de organización que no permitiera su empoderamiento, esto es, tanto la plataforma de asociaciones vecinales, como partidos y demás organizaciones, fueron desbordadas por la movilización de l@s vecin@s.
El movimiento asambleario y horizontal permitió agregar las demandas colectivas; defendiendo la necesidad material de aparcamiento, se consiguió paralizar el Bulevar (es visible puesto que están tapando la zanja). Construyendo espacios liberados, comunes, se podrá organizar la vida social del barrio.
Los espacios liberados permiten el empoderamiento de l@s vecin@s. La posibilidad de organizar su formación y su ocio, su lucha, no se sujeta a las normas y estructuras de organizaciones como partidos u otras organizaciones, sino que parte de su propia libertad, puesta en común en las asambleas y grupos de trabajo de forma que la práctica sea definida por l@s vecin@s y no por una dirección, así como la ausencia de disciplina que, en definitiva, es una idea dominante.
La disputa de la hegemonía: La hegemonía comenzó a disputarse en la propia composición de las protestas, secundadas por la juventud oprimida pero también por personas mayores y de mediana edad, en su inmensa mayoría de clase trabajadora, con la acción subsidiaria del pequeño comercio de Gamonal, que defendió a l@s vecin@s de la manipulación. En este sentido, debemos aplaudir la convocatoria de huelga estudiantil durante las movilizaciones, uniendo las luchas de obrer@s y estudiantes.
Señalaremos que la toma de la hegemonía fue posible gracias a la superación de los conflictos entre vecin@s. Los intereses corporativos de las asociaciones vecinales y de las peñas, cuya manipulación por parte del ayuntamiento quedó demostrada posteriormente, quedaron desbordados y diluidos. Así mismo, fueron superadas las distinciones generacionales. El liderazgo, en este caso de mediana edad,  además de acertar leyendo los tiempos de la protesta, se preocupó por los cauces de comunicación entre las diferentes propuestas y formas de entender las protestas, intentado extraer elementos comunes y compatibles.
  En los momentos en los que la hegemonía oscilaba del lado de l@s vecin@s, el aparato represivo incrementaba el empleo de la violencia. Las “virtudes” que los aparatos ideológicos asignan a los distintos roles sociales; para l@s obrer@s de Gamonal, sumisión, modestia y resignación, cambiaron en el momento en que la hegemonía se disputaba, l@s vecin@s de Gamonal respondieron según “las auténticas virtudes” de su clase; esto es, lucha, dignidad, rebeldía.
La solidaridad: La extensión de las luchas por todo el Estado español, supuso el refuerzo del discurso de l@s vecin@s, elevando la repercusión del movimiento.
La identidad (el barrio): Partiendo de que la identidad de pertenencia a un barrio obrero, se halla relacionada con la conciencia de clase de forma evidente, la capacidad de agregación con la que cuenta Gamonal se entiende en movilizaciones como las del Bulevar, de un seguimiento masivo por parte del barrio, o de al menos de ciertos sectores del mismo, quedando patente en la manifestación que reunió a más de 10.000 personas.
Esta capacidad de agregación se sustenta por una parte en la interpelación; cuando una movilización recibe el apoyo de la masa, “el barrio llama a la lucha”, esto es, todas las personas que viven allí son interpeladas como sujetos a “la voluntad del barrio”, a sus necesidades materiales de aparcamiento y de servicios públicos. Cuando los grupos de jóvenes eran perseguidos, hostigados y apaleados por los cuerpos represivos, esto suponía un efecto llamada al resto de grupos juveniles de Gamonal.
Aquí se advierte ya un tejido social, porque la identidad se construye sobre lo común y, los espacios de auto-gestión y participación del barrio, los grupos de amigos y la música rap, las bibliotecas liberadas y el deporte, en definitiva los campos políticos donde se desarrollan las relaciones cotidianas, resultan fundamentales para entender la identidad; qué defenderíamos, si no tuviéramos nada en común.
La politización de la juventud: La juventud es el objetivo primordial de la autoridad, y para liberarse debe tomar conciencia, enfrentándose a sus propias contradicciones. L@s jóvenes suelen politizarse a partir de su ocio y el poder se ha preocupado, siempre, en sustraer el significado político de este. Si las Llanas o Bernardillas suponen espacios artificiales donde el sexo es cosificado, habiendo sido convertido en mercancía, el entrenamiento organizado de forma no democrática, orientado hacia las técnicas contra- limitativas, se vacía de significados.
El movimiento antifascista ha politizado un deporte tan importante para la clase obrera como el fútbol. En El Plantío pueden escucharse los cánticos habituales, pero también consignas en contra de la burguesía, representada por Méndez Pozo. Otro de los campos de socialización política se encuentra en los institutos.
Concluyendo, las protestas de Gamonal han supuesto la politización de jóvenes que se han acercado por vez primera a los movimientos sociales, y la represión se ha centrado precisamente en este perfil.