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Todo el mundo anda por la calle, es un hecho. Todo el mundo camina por las aceras que conoce de toda la vida, por las que lleva yendo años y años. Pero andan como si nada de lo que tuvieran a su alrededor les interesara lo más mínimo. Como si hubieran perdido la capacidad de sorprenderse de lo que les rodea.

Todo el mundo comparte miradas cuando camina, pero son tan efímeras, tan insignificante, que ni siquiera recuerda al llegar a un destino, después de andar por lugares en los que ni siquiera se fija.

Pero ella… Ella estaba hecha de otra manera. Observaba los rostros, miraba con intensidad, se fijaba en todo aquel que se cruzaba con ella. Hacía que pasear se convirtiera en algo misterioso al encontrarse con sus ojos grises.

Nunca supe cómo se llamaba, dónde vivía o qué hacía. Lo que sí supe era que cambié mi camino a casa todas las noches por encontrarme con ella. Que mi corazón se me salía del pecho al cruzarme con su mirada. Que su sonrisa acabó con mi sentido común.

Yo la buscaba todas las noches y ella lo sabía. Quizá por eso, un día, dejó de estar. Y quizá por eso hoy me parece tan triste la escasez de miradas de todo aquel que pasea por la calle sin fijarse en quienes están a su lado.