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No se entiende nada cuando haces

eso de taparte los oídos, cerrar los ojos

y hablar alto por encima de ti mismo.

No quiero escucharme

porque hablar conmigo

es como no callar contigo.

No quiero escucharme

porque las puertas chirrían

y a las ventanas se les rompen

los cristales con forma

de balón de fútbol.

No quiero escucharme

porque en el vacío que dejaste

también se suspende el tiempo,

y las palabras no dichas.

La desventaja de amarte intermitente

la relleno de café por las mañanas,

que es algo así como amargo

y lo amargo me sabe a ti.

Me balanceo en el columpio oxidado de las

idas y venidas y me expongo a la ida de ti

sin billete de vuelta.

Le doy mil vueltas.

De volver, de vida y de campana.

Sin arrepentimiento

sin culpa

y sin la antitetánica.

No quiero escucharme a menos que tenga

algo bueno que contarme;

y si lo hago,

arrojo mi propia opinión

desde la azotea donde solía anochecer una hora

más tarde y al cielo le ardían las mejillas

cuando se sonrojaba al vernos besar.

No sé lo qué hacer conmigo

soy de lo que nunca quise ser

y siempre fui contigo.