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Vamos a suponer que nunca estuvimos allí los dos juntos. Que tu mirada no se rozó con la mía, ni tu sonrisa intentó provocar a la mía, incluso que mis latidos no acariciaron los tuyos, ni las palabras bailaron un bonito vals antes de que tus labios se estrellaran con los míos e hiciera que el universo se expandiera un poquito más la noche en la que nos conocimos. Dime que no fue allí, en mitad de ninguna parte, en el punto exacto entre el pasotismo de un adolescente y la curiosidad de un niño cuando empezamos a jugar con el amor como si no supiésemos de antemano que era un objeto inflamable y llevaba la etiqueta de precaución en el reverso. Hagamos que no sepamos que hubo una química brutal del tamaño de tu cuerpo y el mío juntos. Olvídalo, que yo no lo estoy recordando.