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Ahora que, aprovechando el aniversario de los acontecimientos de Stonewall este 28 de junio, el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha declarado legal el matrimonio entre personas del mismo sexo en todo el país, conviene advertir cómo la apariencia de este progreso social va unida, no a la normalización de una conducta, sino a la defensa y a la conservación del sistema de valores familiares propio de la sociedad de consumo tradicional, mal que le pese a los sectores cristianos integristas. La ampliación del concepto de familia es el resultado lógico de la necesidad de cubrir nuevos espacios de mercado no resueltos por parte del capitalismo. La moralidad solo es útil al sistema mientras mantiene a raya a sus posibles enemigos, y amplía sus límites cuando es necesaria la “socialización” de sectores antes marginados.

Un vistazo al excelente libro de Geoffroy Huard, “Los Antisociales”, una historia de la homosexualidad en Francia y España entre 1945 y 1975, nos enseña cómo tanto en dictaduras como en democracias, las legislaciones penales no sólo reprimían la expresión de la homosexualidad como escándalo público, sino que iban ligadas a una educación basada en la procreación como idea básica de una sexualidad heterosexual destinada a regenerar sociedades castigadas por el desastre demográfico de la guerra y necesitadas de una rápida reconstrucción. Había que evitar que el buen ciudadano heterosexual fuera “contagiado”, y por tanto, se fomentaba la homofobia institucionalizada. Se hablaba del factor antisocial de aquellos elementos “frustrados” afectivamente e incapaces patológicamente de integrarse en el sistema. Por tanto, no solo había que “heterosexualizar” obligatoriamente al macho, sino también establecer claramente sus diferencias con respecto al sexo opuesto, con el objetivo de marcar bien los roles entre el hombre-padre y la mujer-madre, al tiempo que se inducía a la gente a pensar que un individuo “normal” debía vivir en un medio heterosexual homogéneo.

Según la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, la homosexualidad se relacionaba con la vagancia y la delincuencia. Un médico forense examinaba al detenido y emitía un informe que avalaba las decisiones judiciales. Estos “expertos” consideraban la homosexualidad como un peligro para la sociedad, y los efectos perversos de sus dictámenes han venido reproduciendo un estado de alarma que se ha interiorizado en la mentalidad conservadora de varias generaciones. Tanto es así que en 2005, el catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense Aquilino Polaino Lorente, citado por el PP en la Comisión de Justicia del Senado para analizar las repercusiones de la ley que permitió el matrimonio entre personas del mismo sexo en España, aseguró que “las personas con conducta homosexual” padecen “una psicopatología“, consecuencia de haber sido educados por padres “hostiles, alcohólicos, distantes” y por madres “sobreprotectoras“, y rechazó la adopción por parte de las parejas del mismo sexo al considerar que ese entorno condicionaría la orientación sexual del niño.

Según Polaino Lorente, la homosexualidad “se suscita” en los hijos adoptados por gays o lesbianas. Esta mentalidad conservadora, propia de la tradicional política de diferenciación obligatoria de sexos, chocaba ya en aquel momento con la necesidad del sistema económico de incluir al homosexual dentro de los marcos institucionales establecidos. Otra cosa bien distinta es querer habilitar espacios de libertad fuera de las instituciones (cosa, por cierto, que siempre ha existido). Lo que hace 20 años era revolucionario, ahora está integrado. La lucha ya no se orienta hacia la defensa de nuevos tipos de unidad familiar, sino a la libertad del individuo por decidir su propia orientación y conducta sexual sin categorizaciones, y por tanto hacia el combate contra la homofobia largamente incubada durante tantos años de represión.

Desde la hemeroteca dos noticias sobre la homofobia en el mundo procedentes de lugares bien diferentes: el asesinato de un activista gay en Uganda, y la censura de una foto en la que Elton John y su marido muestran a su bebé en la portada de una conocida revista norteamericana. Ahora que en nuestra bien desarrollada sociedad hemos acabado acostumbrándonos al viejo discurso etnocéntrico sobre la inferioridad de culturas ajenas a Occidente, aunque ya no se le llame así por ser “políticamente incorrecto”, y a que la globalización lo engulla todo como una nueva forma de imperialismo cultural, nos parece casi lógico y natural que en las “salvajes” tierras de africanos o musulmanes se produzcan atroces violaciones de derechos humanos y el integrismo se desarrolle, produciendo efectos devastadores, desde el genocidio de Ruanda hasta las ejecuciones de adolescentes gays en Irán y lapidaciones de mujeres en Nigeria o Arabia Saudí. Por tanto una noticia más sobre el asesinato de un conocido activista homosexual en Uganda no debería sorprendernos más que las declaraciones homófobas de un Mugabe o las redadas antigays de Marruecos o Egipto, del mismo modo que asociamos el fundamentalismo al islam o a otras religiones del Tercer Mundo, cuyas culturas, ya digo, como en los mejores tiempos del colonialismo, se nos antojan atrasadas y destinadas en justicia a ser “redimidas” por el progreso de nuestra civilización.

Pero he aquí que un viajero acostumbrado a vivir precisamente entre “salvajes”, que hace ya tiempo que regresa a su cómodo mundo occidental con menos frecuencia, y que precisamente por ello es capaz de observar nuestro desarrollo como sociedad más objetivamente, se da cuenta de la creciente merma de libertades que vamos sufriendo durante los últimos años, con su consecuente aumento de prohibiciones y obsesiones con la seguridad y “protección” de derechos, creando un nuevo fundamentalismo cultural, silencioso, sin algaradas, que llega a formular, por ejemplo, la excusa de la “protección a la familia o a la infancia” para censurar una fotografía de Elton John y su pareja con su hijo en la portada de una revista.

Se puede decir que no son comparables los dos casos, el de Uganda con el de EEUU, por la atrocidad del primero y lo anecdótico del segundo, que ya hace tiempo que no se persigue a los homosexuales por aquí, y que si la historia de la revista ha llegado a ser noticia, es precisamente por el escándalo que ha producido, y que por ello se ha corregido inmediatamente. Pero aún admitiendo este argumento, no deja de ser cierta la fragilidad de la línea que separa la defensa de ese pretexto con su contrario. Desde hace tiempo hemos normalizado la presencia de cámaras de seguridad en todas partes, consideramos a los fumadores como apestados, caemos en las redes del consumo con una facilidad que pasma (aunque la crisis nos ha dado una buena bofetada), somos más moralistas que nunca (y por tanto más hipócritas), comemos telebasura hasta hartarnos, y todos seguimos las normas dictadas por los señores de la estética (obligándonos a seguir dietas y a estar constantemente en forma).

La inducción es claramente efectiva, y ha conseguido que la mayoría de la población sea fiel a un sistema insaciable. A esto también le podemos llamar fundamentalismo: nuestro sistema de creencias es firme porque no prevé alternativas, aceptamos su funcionamiento, con todas las cargas e inconvenientes que conlleva, y, a diferencia de los musulmanes, que sí se han rebelado contra sus gobiernos, nosotros nunca nos atreveremos a decir una palabra en contra. Seguro que, a pesar de las protestas contra la actitud del establecimiento que censuró la portada de la revista con la foto de Elton, hubo muchos que pensaron que no estaba mal, que se estaba obrando con un razonamiento acorde al derecho a defender al más débil, partiendo de la base de que siempre se puede ser algo homófobo siempre que haya que salvaguardar un bien mayor; igual que se recortaron derechos fundamentales como la libertad de expresión, la privacidad de las comunicaciones, o la presunción de inocencia, cuando se convenció a la población de que su seguridad estaba en juego. Es tremendamente triste ver la facilidad de manipulación que existe. ¡Y nos sorprendemos de los extremistas suicidas cuando nosotros llevamos largo tiempo suicidándonos con una precisión lenta y calculada! Recuerdo un excelente cómic de Ralph König, en el que sobre la barra de un bar gay se producían dos conversaciones paralelas, o mejor dicho una conversación entre tres jóvenes que charlaban sobre lo aburridos que estaban de divertirse, y el monólogo de un viejo marica que pensaba en voz alta sobre cómo la homofobia cotidiana le había jodido la vida. No puedo dejar de escribir sus últimas frases:

“Hoy en día todos quieren ser jóvenes y guapos y bailar cada noche… ¡Todo menos pensar y tener inquietudes políticas, y mientras tanto los neonazis están preparando el terreno!


Algunos tendrían que haber experimentado lo que era antes… ¡Cuando de repente se abrían las puertas y aparecía la policía y te pedía los documentos! Uno no se sentía seguro ni siquiera en su propia casa, ya que los vecinos podían ver cómo traías visitas masculinas. Por eso había que ir con mucho cuidado y sin hacer ruido, si no, te rescindían el contrato del piso. ¡Así de sencillo! ¡Entonces no había discotecas con zonas nudistas, ni drogas, ni aros en la nariz…! ¡Pero de aburrirnos no nos aburríamos!”

Pensamos que hemos vencido los prejuicios homofóbicos de nuestra sociedad porque ya tenemos ley de matrimonio gay, los guetos se han convertido en templos del consumo, las celebraciones del orgullo gay atraen a las mejores marcas, y las discos ofrecen macrofiestas cada fin de semana, cuando la verdad es que, ante nuestros ojos el mercado se ha convertido en la religión oficial, mucho más agresivo que el peor de los integrismos, con el que no se juega, y que un día nos alaga como clientes necesarios, y otro, en un hipotético futuro, nos puede volver a hundir en el ostracismo. La misma mentalidad que ha censurado la foto de portada, y que ha cedido ante el escándalo, no desaparecerá si no abandonamos la seguridad que hemos creído conseguir. Como dice Zygmunt Bauman:

Las libertades de los ciudadanos no son propiedades adquiridas para siempre; no se trata de pertenencias que se encuentran seguras en cuanto se guardan en cajas fuertes privadas. Están plantadas y arraigadas en el sustrato socio-político y éste ha de ser fertilizado a diario; si no reciben los cuidados debidos día tras día (en forma de acciones informadas a cargo de un público entendido y comprometido), acaban secándose y desintegrándose.

El pasado tiende a ser despiadada y sistemáticamente destruido, lo que hace que la redención de las esperanzas sea sencillamente imposible desde el momento en que los individuos son reducidos a una mera secuencia de experiencias instantáneas que no dejan rastro o cuyo rastro, mejor dicho, es odiado por irracional, superfluo y “superado” en el sentido más literal de la palabra. Cuando los individuos han quedado así reducidos, es improbable que traten de hallar seguridad en la esperanza (es decir, en una causa que todavía no se ha materializado en realidad)… Quienes no tienen un mínimo control sobre el presente no serán capaces de reunir el coraje necesario para controlar el futuro… El estado de precariedad reinante hace que el futuro en su conjunto resulte incierto y, por tanto, impide toda previsión racional, y anula ese mínimo de esperanza en el futuro que se necesita para rebelarse…

Desairado y frustrado a diario, el individuo halla un refugio para su narcisismo personal en el narcisismo colectivo: una promesa de seguridad que resulta inevitablemente engañosa en lo que a la salvación de esa individualidad gravemente herida respecta…

El mundo quiere que le engañen… No es que las personas se traguen el cuento, como se suele decir, es que desean que les engañen; sienten que sus vidas serían completamente insoportables si dejaran de aferrarse a satisfacciones que no lo son en absoluto.

En el relato que hizo Lion Feuchtwanger de las aventuras de Ulises, los navegantes transformados en cerdos por el hechizo maligno de Circe renunciaban a recuperar su forma humana cuando se les daba la oportunidad: cómodamente descargados de toda preocupación gracias a la comida que, aunque frugal, recibían regularmente y sin condición alguna, y gracias al refugio (mugriento y maloliente, pero gratuito) que les proporcionaba la pocilga, no estaban dispuestos a probar una alternativa que era más emocionante, sí, pero también más inestable y arriesgada.”