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La inercia puede ser peligrosa. No se si alguna vez la “festividad” de El Parral tuvo algún significado popular- es posible- pero ahora, como los San Pedros y San Pablos, los Toros o, de otra manera, el Museo de la Evolución se ha convertido en uno de los más  lamentables entre los escaparates municipales al servicio de la apatía social. Salir de Misa para hartarse de morcilla y vino sin consangrar. Sangre de Cristo y sangre de cerdos. Por supuesto hay gente que va al Parral a pasárselo bien, sin importarle la instrumentalización que pueda hacerse en los medios (el medio) oficial burgalés. Es muy legitimo y puede que sea una forma de ver las cosas. Pero en estos tiempos que a una fiesta que consiste en atiborrarse de comida, bajo la bendición de los santos, en beber hasta el coma etílico y en ver al alcalde en ejercicios de populismo borrachín, ejercicios  que nos recuerdan a otros tiempos resulta algo grotesco, por decirlo finamente.

Como grotesco es que se haya declarado Fiesta Regional de Interés Turístico, como grotesco es que las fechas ineludibles huelan a anti-cultura y despolitización a toda pastilla. A este paso va a obtener la capitalidad cultural europea antes el Valle de los Caídos que esta ciudad que ha despertado solo lo que dura un sueño, un importante sueño de cambios de Barrios Marginados, un sueño y una batalla que no debería caer en saco roto o llenarse de oportunismos varios. Vamos que si alguna vez fue inocente y dionisiaco ahora es más bien uno de esos deportes municipales  que pueden conseguir que nuestra propia autoestima -si la tenemos viendo los pactos municipales en ciernes- quede por los suelos. El camino se prepara, los carteles de fiestas insultan la llama prendida de Gamonal a un acceso mínimo a la participación ciudadana y el fin del silencio de los corderos, ahora en las parrillas. Se apagan las hogueras con vino peleón y peleas que nos recuerdan nuestros ilustres ancestros, más que los monstruos del pleistoceno. El miedo a opinar vuelve a instalarse, aunque con atisbos y destellos de esperanza, en el surgimiento de nuevas fuerzas políticas en contacto con el verdadero pueblo. Pero nadie, hasta la fecha, se ha atrevido a cuestionar la legitimidad de la orgía familiarista, borreguil, asexuada, rancia, pachanguera, inculta y soez de El Parral porque se vende como un gran día de las familias de bien, tomándose un respiro. Algo así como el futbol pero todavía mas vacío de contenido. Uno respeta el divertimento del pueblo cuando representa algo, pero no se olvida de que es necesario un revelo generacional, sociopolítico y, sobre todo, un nuevo tipo de detergente para lavar el cerebro  las gentes, un detergente que huela menos y que no tenga tantos efectos secundarios. No me escandalizo de las sobras, ni de las cogorzas. No son nada nuevo en nuestros representantes municipales pero vamos creo que el pueblo estafado, desahuciado, golpeado por la policía, engañado en los resultados electorales, con algunos intentos de cambio debería darse cuenta de que los Santos y las borracheras no van a salvarles de una miseria que crece a nivel exponencial. Vamos que por muy colectiva que sea la payasada, payasada se queda. Sobre todo en esa gente que de la Santa Misa se va a comer más morro de cerdo, por si hubiera poco.

En fin, aunque suene bíblico (o negativisista) ojalá les llueva y a los que van a salir en la foto, de paso, les parta un rayo. El populismo rayano en la demagogia y el pan y circo se quedan pequeños. Uno se siente como los pocos supervivientes de “La jauría humana” de Arthur Penn. Por eso, y con todos mis restos a las almas inocentes que van allí a pasar el rato,  como de Día de “La Purga” creo que es casi recomendable no salir de casa. Al menos no en la dirección en la que mandan los de siempre. Hoy por hoy, el Parral, me produce la misma sensación que Leticia Savater queriendo perder su segunda virginidad con Albert Rivera. No son mis ciudadanos, nauseas sin probar una gota de alcohol, bendito o no.