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El puñetero ojo de la cerradura no me dejaba ver más allá de la puerta, así que giré la vista y a través de la ventana, vi como lo transportaban con una cuerda hasta el séptimo piso del edificio de enfrente del colegio. Borré lo que había escrito en el cuaderno e impresionado, comencé una nueva redacción, describiendo la belleza de su hermosa y larga cola negra y de su piel color azabache, salpicada por la pureza del blanco, de aquel animal salvaje, fuerte y vigoroso recién desenjaulado y liberado del camión que lo transportaba. Tras verlo allí, aquel día decidí comenzar a tocar el piano.