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Llovía. Llevaba meses esperando la lluvia y por fin, después de días y días perdidos frente a la puerta deseando verla caer, ya repiqueteaba contra los cristales llenos de cinta aislante y contra el improvisado tejado de chapa que teníamos sobre nuestras cabezas.

Aquella noche me tocaba guardia y la lluvia, aunque deseada, no lo hacía fácil. Velaba los sonidos, emborronaba la vista, engañaba los sentidos. Quizá hubiera rezado más que de costumbre para que lloviera, pero la verdad era que las gotas cayendo desde el tejadillo delante de mis ojos y el sonido metálico que llevaban con ellas me estaba poniendo de los nervios.

Bostecé. Lucas se sentó a mi lado, dejando la vieja escopeta entre los dos y ofreciéndome un cigarrillo. Él callaba; la lluvia hablaba por él.

-Mierda de noche, eh… -comentó, abstraído. Asentí con la cabeza mientras me encendía el cigarro-. No te envidio.

Sonreí y eché el humo por la nariz. La verdad era que si estuviera en su piel yo tampoco me envidiaría.

-No te preocupes. Si esos hijos de puta aparecen se van a llevar plomo llueva o no llueva.

Lucas me miró con una expresión divertida.

-Sin ti no sabríamos ni limpiarnos el culo.