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Mas que sangre, era bravura y desconcierto lo que arrojaban los borbotones de la herida.

Esto en el caprichoso baile que seguian, de paso doble taurino, las oxilantes y azarosas banderillas sobre el lomo, de Rafael.

Este Miura, alto de agujas, de azabache flamenco y andaluz, había nacido según los sabedores, bajo la venturosa estrella de ser una obra de arte, que pastaria tranquilo por los prados y como tal moriría, haciendo arte.

Manuel Somontano “ El Chungui” de Gamonal, mas que buen torero era buen posador, según la fémina aficion, bien hubiera podido salir al ruedo sin traje de luces.

Plantó cara al astado, capote rosa desplegado y medio en alto, como formando un manto, de Virgen gorda. Miró a los ojos de la bestia, a los ojos del arte. Sentía en sus instestinos, que se soltaban amarras gruesas, humedas y chirriosas hacia una batalla a muerte, entre su mente e inteligencia y la fuerza bruta.

– Como me mira y observa, con una enfurecida indiferencia. Masculló. – Podrán los toros pensar?

Con una pezuña ya chorreada y pintada contra la envidia, escarvó la arena decidido.

La embestida fué sorteada con facilidad por la estrella, que esbozando una sonriza de hombrío y absoluto control, se volvió a ubicar.

Rafael pasó de largo y antes incluso ya había comenzado a frenar, porque había adivinado la astucia. Medio sentado acabó por inercia y giró sus preciosos cuernos entre sus ojos, observando al torero, a la gente, sombreros bizarros con flores, bocatas de chorizo y botas de vino. Fiesta.

Terminando de darse la vuelta, miró al torero a los ojos y adivinó: – Porque se para este hombre frente a mi, de estos modos? -Porqué grita euforica esta gente? Yo creo que estan todos esperando que lo mate.

– Podran los hombres pensar?

Rafaél bufó, volvio a coger aire y continuó su camino final, hacia el arte.