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Quizás tenía gripe, ese virus que nos toca cada invierno las pelotas. Acudí al Ambulatorio para tener un pasar menos desagradable hasta que el bichito palmase.

     En la antesala de la consulta, tenía delante tres pacientes. Un camarada de enfermedad comentó, matando tiempo, que los señores que habían entrado antes no habían salido. Otra, una afable ancianita adujo que habría otra puerta,  asentimos, eso sería.

   Recordé que nunca la había visto, sería nueva, sería, qué más da. Con la frecuencia que cada paciente negociaba, una voz iba llamando, comprobé curioso, nadie salía por la puerta.

   Concluí que en efecto habría otra.

     Llegó mi turno, el médico me recibió bisturí en mano, de reojo contemplé cadáveres arrinconados, ¡redios, por eso no salían! Horrorizado vi los ojos inyectados en sangre del galeno. Mientras me asestaba un tajo mortal, decía nervioso, “El Ministerio nos ordena recortar gastos, lo siento señor”.