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Publicado en Romper con la Ingeniería Médica

El libro del sociólogo británico Nikolas Rose , ‘Políticas de la vida. Biomedicina, poder y subjetividad en el siglo XXI’, se impone como un libro fundamental en el conocimiento de la biomedicina moderna y las consecuencias que ésta tiene y puede llegar a tener en distintos ámbitos. Rose reflexionará, con abundantes referencias de nuestra actualidad, acerca del poder, la economía, la ética o la política en su relación con la vida, la vitalidad humana. Dejo un primer extracto del capítulo ‘Política y vida’ para ir haciendo boca.

 

Hacia comienzos del siglo XXI, el valor del complejo biotecnológico biomédico -empresas de biotecnología (dedicadas a desarrollos tan variados como células madre terapéuticas o pruebas de paternidad mediante ADN), empresas farmacéuticas, fabricantes de máquinas, equipos, reactivos y mucho más- era inmenso. Algunos críticos gozaban sugiriendo que se trataba de una economía “burbuja”, que ya se encontraba a punto de explotar (Ho, Meyer y Cummins, 2003). Pero los proveedores de información sobre el mercado que informan sobre la situación en 2005 (a quienes pueden afrontar el costo de sus informes) no opinan lo mismo. Por ejemplo, el Informe Global sobre Biotecnología de 2005, de Ernst y Young, titulado, como sus antecesores, Beyond Borders, señala que la biotecnología está llegando “más allá de las frontera” porque “evoluciona, se reestructura y se recombinará rápidamente […]. Con la difusión de la biotecnología en el mundo entero, los grandes avances logrados en Asia […] las respuestas a los retos se están hallando en el nivel global, pues los obstáculos en una región se superan aprovechando las fortalezas y capacidades de otra parte del globo”. Con particular hincapié en la mejora de los regímenes reglamentarios y de propiedad intelectual en China e India, la visión de la Biópolis de Singapur y el hecho de que “desde Malasia hasta Michigan los gobiernos se encuentran desarrollando planes estratégicos con metas ambiciosas en materia de biotecnología”, señalan que “la industria global reunió la importante suma de 21,2 mil millones de dólares en 2004” para desarrollo de etapa temprana, pero ni siquiera esa cifra fue suficiente para satisfacer las necesidades de capital para etapas tempranas. Si bien los “ingresos del sector global de la biotecnología crecieron 17% en 2004 (54,6 mil millones de dólares)”, aparte de reunir 21,2 mil millones de dólares de capital aportados por inversores privados y otros actores del mercado de capitales, todavía registraba pérdidas netas de 5,3 mil millones de dólares y muchas empresas que procuraron reunir fondos en ofertas públicas iniciales de acciones no obtuvieron las valuaciones que buscaban y experimentaron caídas en el precio de sus acciones. Los tiempos que corren pueden “constituir un desafío”, como el informe señala en forma reiterada; causas no poco importantes son los desarrollos en materia de reglamentaciones y legislación en muchas regiones, por ejemplo, en los EEUU; los debates con respecto a la ética de la investigación con células madre; y la inclinación de ciertos legisladores clave a “escudriñar los acuerdos de investigación entre centros académicos, médicos y empresas biotecnológicas y farmacéuticas” y a cuestionar “potenciales conflictos de intereses”. En Europa, después de “soportar algunas tormentas peligrosísimas y recentrar sus recursos durante los últimos años” los mercados de capitales se están recuperando y la industria de la biotecnología está “doblando la esquina” y centrándose en llevar productos al mercado, a pesar de las preocupaciones continuas respecto a la carga reglamentaria, en particular, en lo vinculado con seguridad de los fármacos. El sector asiático de la biotecnología “sigue creciendo de manera agresiva” y “las empresas de biotecnología en la región incrementaron sus ingresos brutos en el 36% en 2004” si bien también esas firmas enfrentan “desafíos”, puesto que la inversión de empresas occidentales se ve obstaculizada por su preocupación respecto de la protección de la propiedad intelectual, y son, por consiguiente, los gobiernos y conglomerados industriales de otros sectores los que deben proporcionar el capital que, en Occidente, se reuniría de otros modos. No obstante, el atractivo y la promesa del biocapital mantienen su fuerza.

En efecto, sin importar qué “desafíos” se presenten, políticos de nivel nacional y local de países de todo el mundo siguen propiciando el crecimiento del sector biotecnológico y buscan encontrar un nicho en esta bioeconomía global. La estrategia Cape Cluster de Sudáfrica, por ejemplo, pone de relieve los “motores del nicho” que podrían impulsar oportunidades de mercado y voluntades políticas en relación con cinco factores clave: “la riqueza singular de Sudáfrica en materia de biodiversidad; la prevalencia de enfermedades inmerecidas que generan demanda local (sida, malaria, tuberculosis); poblaciones genéticas de características singulares, tanto de inmigrantes como de grupos africanos diversos aislados del resto de la población; entorno clínico sólido (en Sudáfrica tuvo lugar el primer trasplante de corazón); bajo costo de la investigación y desarrollo (I+D) y gestión de la propiedad intelectual a nivel del primer mundo”. Como la OCDE, que previó destinar dos millones de euros para su programa de desarrollo de un escenario orientado al futuro, los gobiernos de diversos países implementaron ejercicios de previsión y detección temprana para estar en condiciones de trazar un mapa del potencial de esta revolución industrial biotecnológica en la administración de la salud, la enfermedad y la vida, y formularon estrategias en los niveles internacional, nacional y local -financiación de las investigaciones, transferencia de tecnología, apoyo a empresas emergentes (start-ups) y empresas “semilla” (spin-offs), exenciones fiscales para la investigación y desarrollo, escasos obstáculos reglamentarios- para alentar el desarrollo de este sector de la economía.

Los circuitos trazados por estas economías contemporáneas de la vitalidad son, por tanto, conceptuales, comerciales, éticos y espaciales. Esos espacios abarcan lo atómico, lo molecular, lo celular, lo orgánico, los espacios donde se desarrolla la práctica (laboratorios, clínicas, consultorios, fábricas), las ciudades y sus economías (Shangai, Mumbai, Ciudad del Cabo), las naciones y sus marcos reglamentarios y estrategias económicas, y los espacios virtuales de internet que garantizan la disponibilidad inmediata, en cualquier lugar del mundo, de la totalidad de datos del genoma. Los circuitos se movilizan mediante una diversidad de relaciones. Laboratorios farmacéuticos radicados en América del Norte y Europa ponen a prueba sus drogas experimentales en África, Asia, Europa del Este y América Latina; los resultados retornan a la base y alimentan la producción de productos nuevos y lucrativos dirigidos al mercado del mundo desarrollado, que habrán de generar valor para los accionistas*. Las comunidades biosociales compuestas de personas afectadas que, según se cree, tienen un componente genético convocan a sus miembros dispersos por el mundo entero para que donen sangre y tejidos, los almacenen en bancos de tejidos y los ponen a disponibilidad de la investigación biomédica (Corrigan y Tutton, 2004; Taussig, 2005). Los genetistas en persona viajan por el mundo recolectando muestras de tejidos de familias afectadas por enfermedades para someterlas al análisis genómico. Investigadores europeos y estadounidenses, empleados, en muchos casos, de empresas biotecnológicas, viajan a zonas alejadas, extraen tejidos de sus poblaciones “aisladas” y las transportan de regreso a Europa o a los EEUU para analizarlos genómicamente e identificar posibles marcadores de susceptibilidad a enfermedades que podrían dar lugar a inventos patentables**. Así, la producción del conocimiento explotable de la vitalidad requiere, en la actualidad, de múltiples circuitos transnacionales para movilizar y asociar artefactos materiales, tejidos, líneas de células, reactivos, secuencias de ADN, técnicas, investigadores, financiamiento, producción y comercialización.

Los circuitos de la vitalidad no son en sí nuevos: basta con pensar, por ejemplo, en las prácticas de recolección “etnobotánica” de semillas y plantas, de larga data, o en el intercambio de material biológico y organismos modelo como moscas de la fruta, que ocuparon un lugar fundamental en la genética moderna (Balick y Cox, 1996; Kholer, 1994). Sin embargo, en la actualidad, se ha producido una suerte de “des-encastre”: la vitalidad se descompuso en una serie de objetos distintos y discretos, pasibles de ser estabilizados, congelados, guardados, almacenados, acumulados, intercambiados, negociados entre diferentes tiempos, espacios, órganos y especies, entre contextos y empresas diversos, al servicio de intereses bioeconómicos. Para algunos observadores, tal capitalización de la vitalidad humana es motivo de profunda preocupación. De manera inevitable, suscita interrogantes respecto de las fronteras de la vida y de esas entidades conflictivas -en particular, embriones y células madre-, cuya posición en los pares binarios vida/no vida, humano/no humano se encuentra sujeta a discusión. Al margen de esta cuestión que, por el momento, no profundizaré, el desarrollo de un mercado de tejidos humanos ha sido objeto de fuertes críticas por parte de numerosos observadores. Dorothy Nelkin, en uno de sus primeros análisis exhaustivos de ese mercado, sostuvo que las empresas de biotecnología reducen y descontextualizan el cuerpo, lo despojan de sus significados culturales y asociaciones personales, lo reducen a un objeto utilitario, tal como lo revela el hecho de que el lenguaje de la biociencia ha pasado a estar “permeado del lenguaje comercial de la oferta y la demanda. Las partes del cuerpo se extraen como minerales, se cosechan como cultivos, o se explotan como un recurso. El tejido se adquiere, un término utilizado más comúnmente en relación con tierras, bienes o prostitutas (Andrews y Nelkin, 2001:5). No queda claro, sin embargo, si el motivo de la crítica es el hecho de que esas prácticas hayan sido legitimizadas por medio del consentimiento informado y conformadas a los deseos y creencias de los pacientes y sujetos involucrados, si lo objetable es la intrusión del comercio en el mundo de la medicina, que, de otro modo, sería, aparentemente, benigno, si el problema radica en que los beneficios no los perciban las personas involucradas ni la comunidad sino el capital privado, o si la objeción tiene que ver con la mercantilizción de los elementos de la vitalidad humana.

Lo que sin duda queda claro, en cambio, es que la distinción clásica establecida en la filosofía moral entre lo que no es humano -poseíble, comerciable, mercantilizable- y lo que es humano -material no legítimo para tal mercantilización- ya no basta para resolver esta cuestión: En mi opinión, las tensiones entre la cada día más intensa ética somática de Occidente, que asigna un lugar central a la gestión de la propia salud y el propio cuerpo de conformidad con la autorrepresentación contemporánea, y las inequidades e injusticias de la infraestructura económica, tecnológica y biomédica, nacional e internacional, requerida para hacer posible tal ética somática son un rasgo constitutivo de la biopolítica contemporánea.

[…]

… estamos presenciando el surgimiento de una ética nueva e innovadora: se trata de una ética de la ciudadanía biológica y la responsabilidad genética. Nuestra individualidad somática, corporal, neuroquímica se ha convertido en un ámbito de ejercicio de la elección, la prudencia y la responsabilidad; se encuentra abierta a la experimentación y la controversia. La vida ya no se concibe como un legado inalterable. La biología ha dejado de ser destino.

[…]

Hoy, la vocación política de las ciencias de la vida se encuentra vinculada a la creencia de que en la mayoría de los casos, tal vez en todos, una vez identificada y evaluada, la persona que se encuentra en riesgo biológico o que es susceptible de riesgo podrá ser tratada o transformada mediante la intervención médica en el nivel molecular. En este régimen, cada sesión de asesoramiento en genética, cada amniocentesis, cada receta de un antidepresivo se cimenta en la posibilidad, al menos, de un juicio respecto de la calidad relativa y comparativa de vida se seres humanos compuestos de modo diferente y de diferentes modos de ser humano. La técnica biomédica ha extendido la posibilidad de elección a la matriz misma de la existencia vital y, como resultado, nos enfrentamos con la ineludible tarea de deliberar acerca del valor de diferentes vidas humanas, con las controversias que entrañan esas decisiones, con los conflictos que plantea establecer quiénes han de tomarlas y quiénes no deberían hacerlo.

* Se refiere aquí a la externalización de los ensayos clínicos occidentales a otros países en vías desarrollo o subdesarrollados. Externalización que se produce por las necesidades de obtener rápidos rendimientos para el capital en un contexto de economía competitiva, entre otros factores. Rose alude a una serie de artículos publicados en el diario Washington Post en el año 2000, con el título común de “The Body Hunters”, que documentan ensayos clínicos llevados a cabo por farmacéuticas estadounidenses en países en desarrollo.

** Rose incluye aquí una nota donde referencia casos de mercantilización de muestras de tejido como negocio. Incluye el ejemplo de la empresa Autogen (empresa de investigación y desarrollo bioteconológica de Australia) que habría comprado la reserva genética tonganesa en su búsqueda de medicamentos para tratar la diabetes, la enfermedad cardiovascular, la hipertensión, el cáncer y las úlceras. La sangre se utilizaría para extraer ADN a partir del cual establecer pedigrís genéticos de integrantes de las familias como parte de la búsqueda de genes causantes de las enfermedades. En palabras del profesor Greg Collier, investigador de Autogen, “el gobierno tonganés se beneficiará con el pago de regalías si algo se logra, habrá más puestos de trabajo y la población recibirá cualquier droga que se obtenga a partir de la investigación de forma gratuita”.