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La nación es contradictoria; es un concepto de la modernidad, pero apela a las relaciones ancestrales que supuestamente compartimos, aunque, en realidad, y como Benedict Anderson expuso en su libro Comunidades imaginadas (1983), se trata de unas relaciones imaginarias de personas que creen participar de lazos culturales, ya pasados, tradicionales, comunes, estrechos, simbolizados en distintos ritos e iconografías. Podemos identificarnos más con unas personas de otra nación, de nuestra misma condición, edad, sexo y experiencia vital, pero según la idea de nación mantendríamos más en común con el vecino con quien no nos identificamos tanto. Esta idea nacional ha sido puesta en entredicho y rebasada por los flujos de la globalización (qué empezó ya en 1492), y de la “segunda modernidad”, que socavan los poderes autoritarios asociados a esa cultura nacional; la religión católica y la secularización de la sociedad constituyen claros ejemplos en España, que nunca llegó a construirse, del todo, como nación.

El franquismo intentó, tras matar y reprimir a gran parte de “sus hermanos de la nación”; eran sus conocidos, vecinos, amigos, familiares, y les masacraron; pretendiendo construir la identidad nacional, trató de reprimir las manifestaciones culturales de las “naciones” de Euskadi, Catalunya y Galiza, atacando en especial la lengua, “españolizando”, prohibiendo y persiguiendo la unidad nacional sin conseguirlo. Pero siempre que las cuerdas sociales se han tensado en España, las nacionalidades que componen “la idea de España” han hervido, poniendo sobre la mesa el fracaso de las tentativas políticas que no pasaran por el reconocimiento del carácter plurinacional, de las peculiaridades y necesidades de unas “naciones”, como la catalana en la actualidad, cuyos pueblos son manipulados por las apelaciones sentimentales, emotivas, que encubren la realidad de las políticas que laceran a la gente corriente y enriquecen a unos pocos.

Volviendo a Anderson, la nación sería inherentemente limitada, en el sentido de que no se puede imaginar una nación que englobe a toda la humanidad, aunque sí una sociedad civil que se mundialice. La nación debe ser soberana, pero en Grecia hemos advertido, límpido, avergonzados, con rabia, como la voluntad mayoritaria de la “nación griega” era triturada por la UE y por las instituciones que controlan los flujos económicos, energéticos, informacionales, que caracterizan la realidad política (el BCE, FMI, Goldman Sachs, etc.); pasando, como decía Castell, de “los flujos del poder” al “poder de los flujos”.

De esta forma ¿Si el concepto de nación denota una comunidad imaginada, por qué resulta tan fundamental? Porque tiene una expresión, una materialidad que se encuentra en el comportamiento de mucha gente, en la lengua y la simbología, la forma de contar la historia en los colegios, afectando a los sentimientos de mucha gente.

Podemos, con todas las críticas que se puedan plantear a su proyecto, ha acertado en no entregar la idea de la nación a la derecha, pues a ciertas gentes de IU y otras organizaciones de la izquierda nos daba vergüenza (me incluyo) asociarnos con la idea de una tal España que habían ganado los franquistas en la contienda, una idea tan falsa, manipulada, imaginada, pero Podemos entendió que no podemos ceder un término tan importante en la mente de muchas personas, y que para impulsar lo que en principio era un proceso constituyente, luego convertido en la propuesta electoralistas de una reforma constitucional (¡Ay! ¡Lo que tienen las regularidades del sistema político!), resultaba necesario entrar en la disputa por la idea de que España queremos, un significante siempre en tensión.

Por eso, ahora, cuando me preguntan, les digo que sí me siento español; aunque es mentira, y siento que tengo más en común con mis colegas de Gamonal que con empresarios catalanes o jornaleros andaluces, por ejemplo, gente que ni conozco: ya Anderson exponía la absurdez de sentirse parte de una comunidad cuando ni se conoce a sus componentes. Lo digo no quiero quedar fuera del debate, arrinconado como el tipo sin sentimientos, listillo, aguafiestas, rompe-españas.