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Lo divertido de la sexualidad es que, pese a los numerosos intentos de meterla en vereda, siempre escapa a toda tentativa de definición, de límite. Cuando los discursos de la medicina y de la psicología intentan configurar un concepto de sexualidad normal, nos encontramos que rascando un poco nadie se corresponde en sus prácticas más privadas con esos purificados modelos de conducta.

En la actualidad la sexualidad no es un tabú, sino que se promocionan variados mundos alrededor de ella: la televisión nos incita a hablar de sexo, la publicidad utiliza la sexualidad como cebo, el sistema pedagógico se preocupa por la educacón sexual, los políticos firman panfletos rosas antes de las elecciones, los ciudadanos hablan de sus prácticas sexuales, está de moda, es progre.

Los maricones estamos atrapados en esta red de lo sexual; somos una pieza más de la taxonomía que despliegan los discursos actuales, una identidad más clavada en el alfiler del entomólogo social. Cualquier alma bienpensante sabe que los maricones existimos, que tenemos que adquirir los mismos derechos que los héteros, y que tiene que respetarnos, porque lo dice el Ministerio de Asuntos Sociales.

Pero estos discursos y actitudes sobre la sexualidad (o las sexualidades) crean distintos campos de inclusión y de exclusión. En un nivel general, es evidente que lo normal es lo heterosexual, y lo anormal, lo excluido es lo homosexual. Pero si los círculos se trazan desde la perspectiva de la edad, nos encontramos con que tanto desde los heterosexuales como desde los homosexuales hay otra exclusión distinta: los niños.

¿Cómo y por qué se ha lanzado al exilio a estas personas? Escucharemos en muchos foros debates sobre los gais, la infidelidad, la prostitución, el orgasmo, los coitos que echan los españoles a la semana, la masturbación… Pero ¿dónde escucharemos que los niños son seres sexuales? En ningún sitio. Los niños, desde la perspectiva de la sexualidad, simplemente no existen. O lo que es peor, no deben existir. El único dominio donde se habla de los niños es en el de la pederastia, y siempre desde el punto de vista del adulto (y por supuesto, para condenarla). Si a alguien se le ocurre decir que un niño de 11 años puede perfectamente estar deseando hacérselo con el bedel del colegio, tanto gais como héteros se rasgan las vestiduras y ponen los ojos en blanco (bueno, en este ejemplo, los héteros igual se las rasgan dos veces y ponen los ojos más en blanco, pero para el caso da igual). Luego, cada una de esas mismas personas reconoce que se hacía pajas con otros niños en el campo cuando tenían 7 años, o que se juntaba con la primita a tocarse debajo de la cama a los 9 años, o que ella se masturbaba con el lápiz en clase a los 11, o que se enrolló con la criada a los 10 años. Pero no, los niños no tienen sexualidad, ni son responsables de sus actos.

La sexualidad infantil es irresponsable, y está siempre identificada con la violación o con la prostitución. No se admite que un niño puede aceptar la proposición de un adulto de tener una relación sexual (o proponerla): el niño ha sido engañado, es tonto, no sabe lo que hace, ni puede disfrutar con esa relación. Evidentemente, no estamos hablando de una violación, sino de una relación de mutuo acuerdo entre dos personas, de la existencia de esa posibilidad. Tampoco se admite que un niño puede decidir ganarse la vida vendiendo su cuerpo por propia iniciativa. Asumamos la legalidad llamando niño a un menor de 18 años: los “niños” de Arny, por ejemplo, chaperos de 16 años que iban allí a trabajar porque les daba la gana, según sus propias palabras.

Esta concepción hipócrita de la infancia no deja de tener efectos sobre los propios niños. Educados desde su nacimiento en el tabú de su propia sexualidad, exiliados de su cuerpo como objeto de goce, y del cuerpo de los otros con la amenaza y el castigo, los niños suelen mantener una vivencia traumática y siniestra de la sexualidad (y no digamos ya si eres maricón). Lo que aterroriza a un niño cuando ha tenido una relación sexual (sea con un adulto o no), no es la relación en sí, sino el fantasma que tiene el sexo alrededor, el saber que siempre le han dicho que eso es algo terrible. De hecho, la Iglesia Católica debería replantearse su estrategia de proselitismo: muchos niños abandonan el cristianismo entre los 12 y los 16 años porque los curas les ponen en la disyuntiva de tener que elegir entre la masturbación o la religión. Finalmente, como todos sabemos, vence el placer de la masturbación (incluso entre los creyentes).

Es divertido observar las inútiles clases de doma que imparten los padres para censurar la sexualidad en la casa, y las reacciones siempre victoriosas de los niños: éstos cada día leen revistas porno con menor edad (cuando yo estaba en el colegio sólo las leían los de octavo; ahora ya los de sexto tienen una colección impresionante), alquilan más películas X, ven el Canal + en cuanto están de rodríguez el viernes, espían por las noches a las parejas que follan en los coches, navegan por Internet para fisgar en sus miles de archivos pornográficos, o se buscan la vida entre ellos. O sea, lo de siempre, pero con más precocidad.

La exclusión tiene al menos una ventaja sobre el orden establecido, da a los excluidos la oportunidad de reinventar sus prácticas y sus formas de relación, al no esperarse de ellos una conducta normal. Del mismo modo que los maricones tenemos la ocasión de no reproducir los moldes de comportamiento de la familia contemporánea (ocasión que no todos aprovechan), desde su exilio particular las niñas y los niños saben que su sexualidad existe, que es variada, indómita y subversiva, y amparados en esa clandestinidad amarga y gozosa hacen cosas que un adulto no se atrevería a imaginar.