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Estos días llega a las librerías mi trabajo “Walter Benjamin. La vida que se cierra” (Catarata). Como quiera que me consta que hay quien aguarda expectante su salida, me siento en la obligación de refrenar eventuales entusiasmos: el texto, de cariz fundamentalmente biográfico, es un material muy modesto.

Junto con un prólogo y un epílogo, la obra tiene cuatro capítulos. El primero resume de forma rápida la vida de Benjamin, intenta describir su carácter personal y sopesa su relación con España. El segundo analiza el deterioro que la situación de Benjamin experimentó en los años del exilio (1933-1940). El tercero, el más largo, aporta un estado de la cuestión en lo relativo a lo que ocurrió, con Portbou como epicentro, en los últimos días, trágicos, de la vida de nuestro autor. El cuarto, en fin, toma como núcleo el que pasa por ser el último trabajo de Benjamin, las “Tesis sobre el concepto de la historia”, y lo emplea para levantar un balance de las adhesiones político-ideológicas del pensador alemán.

Confesaré que cuando el libro estaba ya en pruebas me pasó por la cabeza la extravagante idea de que, en vez de haberle dado el perfil de un ensayo convencional, más inteligente hubiera sido buscar el camino de la ficción. Afortunadamente la cosa no tenía remedio. Si ya disponemos de ficciones sugerentes sobre los últimos años de Benjamin, mi talento en ese terreno es nulo y, creo, un capítulo como el dedicado a lo que presuntamente sucedió en Portbou se habría resentido sensiblemente. Quede pues, en su modestia, la obra como está.

Permítaseme que agregue que aunque el sufrimiento de Benjamin en sus últimos meses no tiene parangón con el que pueda atenazarnos, en el mundo semiopulento, a tantos de nosotros, su periplo final, y los pensamientos que lo acompañaron, con los sinnombre y los frenos de emergencia de por medio, son de trágica actualidad en estos tiempos que nos ha tocado vivir. “Hay esperanza, mucha esperanza. Pero no para nosotros”, escribió Franz Kafka.