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Julián Rendón asistió a la cocina, pensó que saldrían de inmediato pues se había despertado tarde; sin embargo estaba preparado, vestía ropa limpia y planchada, cargaba dos cámaras fotográficas y sus respectivos accesorios, así como una buena cantidad de memorias para guardar las imágenes. Aún tenía los ojos rojos por la falta de sueño, pero allí lo esperaba el otro huésped de la cabaña, Marcin Doménico, general de brigada, también era su anfitrión.

–Buenos días señor, ya es muy tarde, pero debe comer, el desayuno es la comida más importante del día, provee energía y nos mantiene despiertos, y en nuestro trabajo eso es indispensable, así que siéntese a la mesa – dijo el general.

–Ramona, sírvele al caballero, y tráele un café bien cargado para que despierte.

Enseguida acudió el ama de llaves con la comida y colocó frente a Julián un plato de frijoles, otro con huevo y tocino, un tazón de carne con chile, tortillas hechas a mano, tres tamales, diversas piezas de pan de dulce y un café aromático muy cargado. Todo olía delicioso.

–Gracias – dijo Julián a la mujer, ella sólo sonrió y luego se retiró.

El general prendió un puro cubano y leyó el periódico. La habitación se impregnó de un aroma fuerte, pero delicioso. Cuando el comensal dio cuenta de la comida y se disponía a beber el café el militar lo cuestionó detrás del diario.

–Son cubanos, hechos en la Habana, yo mismo los compré cuando fui a una expedición militar a la isla. ¿Quiere probarlos?

–Gracias, general, con gusto fumaré, pero me gustaría hacerlo afuera, ¿sería tan amable de acompañarme?

–Claro que sí, hay que disfrutar estos días de paz, porque más tarde iremos a la guerra.

Entonces salieron al campo, los rayos de sol se dirían cálidas caricias, pues aún era fría la mañana. Era un día perfecto, estaban lejos de la guerra, aunque de vez en vez se podían observar los aviones volar sobre sus cabezas, lo cual aprovechó el fotógrafo para hacer algunos disparos. Allí quedaron plasmadas las sombras de las aeronaves sobre el campo, los pájaros de acero parecían dirigirse hacia el sol; asimismo, inmortalizó al general Doménico, lo retrató de espaldas, pues observaba el horizonte, aquella fotografía transmitía paz y soledad sublimes.

–Muy bien, señor, la ONU lo envió y debemos hacer que cumpla su misión. ¡Partamos a la guerra!

– ¿Sabe? Ramona me dijo que es una lástima que haya lavado y planchado su ropa para que la ensucié por completo.

–Gajes del oficio, general.

–Ramona tuvo un hijo, ella dice que aún vive, todos sabemos que ya ha muerto, vivía en la ciudad, estudiaba; cuando evacuaron el área el permaneció allí y se unió a los rebeldes, desde entonces han muerto muchos jóvenes embaucados con la libertad y esas patrañas; nada vale la pena en esta vida. Yo asesino, usted toma fotografías para los periódicos y de nada sirve, la maldad es eterna.

Ambos subieron al auto del general y partieron.

***

Despertó, una vez más, cubierto de polvo. Una bomba, un asalto o un fuego de metralla habían derribado parte del techo de aquel inmueble derruido, tosió y limpió sus ojos, entonces se incorporó, enseguida su estómago le reclamó alimento, pues desde el día de ayer no había probado bocado. Se sentó sobre los escombros y allí, a su lado, descubrió un cadáver, estaba frío, pero no rígido; alguien había entrado a su territorio mientras dormía y quizá lo creyeron muerto, tal vez ni siquiera lo vieron.

            Escuchó pasos, un caminar sigiloso, lo habían descubierto y ahora venían por él. Tomó la pistola de su pierna, se ocultó detrás de los escombros y apuntó. Una joven mujer apareció, portaba un rifle de asalto, Ak47; disparó dos veces, quiso hacerlo una tercera y descubrió que se habían terminado sus municiones; entonces brincó el pistolero, dio un grito y corrió hacia la mujer, ella lo recibió con un golpe de su arma, el cual él esquivó; al ver su torpeza guardó en un instante su arma y tomó un cuchillo, todo esto en un solo movimiento, y, una vez que estuvo detrás de ella, hundió el filo en su garganta, luego la degolló y decapitó. Su cabeza rodó por el suelo, su sangre cubrió la arena.

            Ahora tenía dos cadáveres. ¿Cómo entraron? Pensó en un misil o una bomba, algo que derribara un muro, sólo así pudieron ingresar. Era hora de abandonar aquel sitio.

            De pronto se escucharon disparos, cerca, lejos, por todas partes.

            –Es muy temprano para morir – pensó – pero nunca para matar.

            Se dirigió a la otra habitación y descubrió la entrada: el techo había colapsado y con ello se generó una pendiente de escombro por dónde bajar, un promontorio para subir y descender. Justo allí encontró una mochila con flores pintadas.

            –Debió ser de la mujer – pensó.

            La abrió y encontró municiones, unas cuantas viandas, galletas, comida enlatada, algunas ya caducadas, pero al fin y al cabo alimento; abrió una de ellas con su cuchillo y sin siquiera ver qué era lo ingirió. También halló una cartera, la cual contenía trozos de papel con nombres y direcciones, así como un par de fotos de dos pequeñas bebés; el pistolero las contempló por un breve instante y luego las arrojó al suelo, con indiferencia. En ambas imágenes, además de las pequeñas, aparecía aquella mujer amamantando a las criaturas; era la madre. Él apuró su  comida.

            Cuando terminó tomó la mochila, cargó el rifle, cubrió su rostro y se puso gafas; escaló el promontorio y ganó el techo, permaneció allí, agazapado, entonces descubrió a tres militares que iban detrás de un rebelde, apuntó hacia ellos y de una sola ráfaga los eliminó; el insurgente se tiró al suelo al escuchar los disparos, pero el pistolero lo tenía en la mira, apuntó una vez más y jaló el gatillo, la cabeza del miserable explotó. El homicida abandonó su cubil, oculto por el trágico viento, la humareda de la pólvora y cuerpos en combustión.