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En la última planta de un piso sin ascensor, a eso de las 6:30 de la mañana, dejé desnuda a la cama y ande torpe envuelta en sábanas acechando al amanecer. Por cada paso un bostezo de propina, y así hasta el balcón de mi habitación. La inmensa ciudad extendiéndose por todos los rincones con sus ruidos de fondo, y mientras tanto yo tan pequeña, casi diminuta, espectadora de un mundo de rascacielos y gigantes. Y a pesar del frío de mis pies descalzos, me quedé donde estaba, quieta, pues dentro de la habitación solo quedarían tus ruinas y cigarrillos apurados. Y de repente, el pensamiento de siempre, ¿Quién quitará la nostalgia de mi cuerpo ahora que tú no estás?, ¿Quién entorpecerá mi sueño por la mañana?, ¿Quién desafiará mi latido con un compás semejante? Nadie, responde mi cabeza. Y fue como si la soledad llamará de repente a la puerta y se instalará en cada poro de mi piel dejándome fría. Y casi deseé de inmediato que estuvieras aquí para dejarme como en los viejos tiempos, en ebullición entre sábanas ardiendo.