Por un materialismo indeseable e impío

Según la acepción mundana, «materia» es sinónimo de «cuerpo». Este es el sentido que subyace al uso del término «materialistas» en América Latina para referirse a los peones de la construcción. Un cartel que en Ciudad de México, Buenos Aires o Lima rece «Prohibido a los materialistas estacionarse en lo absoluto» no está apelando a la incompatibilidad de creer en el materialismo y tratar temas metafísicos sino a que los camiones de carga y descarga no tienen permiso para aparcar en ese descampado. Como pensar es siempre pensar contra alguien, un materialismo que quisiera articular una ontología y una gnoseología a partir de esta definición de materia se opondría principalmente a la existencia de sustancias incorpóreas, ya fueran estas anímicas, mentales o espirituales, como se opusieron Holbach, Helvetius y Lamétrie en el siglo XVIII y Büchner, Vogt y Moleschott en el siglo XIX, calificados de «vulgares» por Marx y otros por sostener reduccionismos fisiológicos como que el pensamiento es la segregación de una glándula entre otras: el cerebro.

La acepción científica de «materia» se refiere a los elementos últimos constitutivos del mundo que pueden estar en cinco estados según la física actual (líquido, sólido, gaseoso, plasma y condensado). Aunque hoy resulte evidente gracias a la termodinámica, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica que la masa, la energía y la fuerza son magnitudes equivalentes según cierta medida, este concepto científico de materia rompió en el siglo XIX con la concepción heredada de la materia como mera corporalidad inerte (véase los intentos de Büchner, de Kraft und Stoff, de establecer una equivalencia entre los conceptos de fuerza y materia en el contexto inmediatamente previo a los debates sobre la materialidad o no de los campos electromagnéticos en Alemania). A día de hoy un materialista que fuera un fundamentalista de este concepto científico de materia tendría como principal adversario a combatir filosóficamente el concepto de antimateria, juzgado como refugio de la ignorancia, una entidad postulada imaginaria en la tradición del flogisto, el calórico o el éter.

La tercera acepción de materia, propiamente filosófica en la medida en que desborda los campos categoriales de los saberes tanto teóricos como prácticos de primer grado tomando en cuenta las ideas que emanan de ellos, es la de materia como multiplicidad irreductible (partes extra partes). El materialismo propiamente filosófico es por lo tanto un pluralismo radical que tiene como principal antagonista al monismo reduccionista. En este sentido, se podría decir que el principal adversario del materialismo en el siglo XX ha sido, paradójicamente, la tradición que más ha hecho por preservar el rótulo de «materialismo», el diamat soviético, sin el cual la obra de Marx tendría actualmente tanto interés como la de Rodbertus (puramente arqueológico), y que consideraba que todas las ciencias podían reducirse en última instancia a las tres leyes de la dialéctica: 1- la unidad y conflicto de los opuestos; 2- el trueque de la cantidad en cualidad; 3- la negación de la negación.

Ahora bien, ¿qué es el materialismo filosófico? Para empezar, es un sistema filosófico. Por filosofía, como ya hemos indicado, entendemos un particular saber de segundo grado. Y por sistema, apoyándonos en las investigaciones de David Alvargonzález, entendemos una totalidad compuesta de partes que a su vez son totalidades. Los sistemas se diferencian de otros tipos de totalidades con dos o más niveles holóticos como las estructuras o los conjuntos en que tienen un elemento sistematizador –que en el caso de las ciencias son los principios y en el caso de las prudencias son los fines– que establece un arreglo entre las partes de las partes. Un ejemplo sería nuestro sistema solar, que está compuesto de partes (planetas, satélites, asteroides, etc.) que a su vez están compuestos de partes (vector de velocidad, distancia respecto del Sol, masa, etc.) y cuyo principio sistematizador son las leyes de Kepler, que establecen un arreglo sistemático en el segundo nivel.

Este concepto de sistema, aplicado a la filosofía, nos permite afirmar que la filosofía sistemática está compuesta de dos niveles holóticos: un primer nivel de los problemas, compuestos a su vez a partir de teoremas. Esta caracterización nos permite por lo pronto descalificar como asistemáticas todas aquellas propuestas filosóficas que no contemplen la posibilidad de teoremas, ya sea porque consideren que la filosofía no debe partir de premisas para llegar a conclusiones, a la manera de la más ingenua fenomenología, ya sea porque afirmen que la filosofía «no da respuestas, sino sólo preguntas», a la manera del más irresponsable posmodernismo. ¿Ejemplos de principios y teoremas materialistas? En el ámbito de la ontología, un principio sería la symploké platónica (no todo está conectado con todo) y un teorema, común a todas las acepciones de «materia» previamente definidas, válida tanto para la mundana como para la científica o para la filosófica, es la negación de la existencia de sustancias incorpóreas. De aquí se deduce una conclusión polémica, a saber, que el materialismo es por definición un ateísmo, salvo que uno postule arbitrariamente la existencia de un dios corpóreo de máxima extensión como Hobbes.

En el ámbito de la gnoseología, un principio sería la multiplicidad irreductible de las ciencias (la idea de una teoría del todo es tan metafísica como la del acto puro) y un teorema sería el origen técnico de las ciencias (las ciencias no provienen de «la pregunta por el ser de las cosas», como afirma Fernández Liria entre otros, sino de técnicas subordinadas a fines mucho más prosaicos: la geometría proviene de la agrimensura, etc.). Algunas ciencias, como la economía o la sociología, tienen todavía hoy un carácter puramente práctico y cabe la duda razonable de si alguna vez dejarán de tenerlo en la medida en que versan sobre las operaciones de sujetos tradicionalmente definidos por su voluntad y conciencia. En la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno esto se recoge en la distinción entre metodologías α-operatorias, propias de aquellas ciencias que producen teoremas mediante la cancelación y segregación de las operaciones del sujeto, y las metodologías β-operatorias que, como mucho, producen silogismos prácticos en la medida en que no cancelan ni segregan las operaciones del sujeto.

Una vez definida mi posición, con una vocación polémica, quisiera demostrar brevemente por qué creo que ni Carlos Fernández Liria ni César Rendueles, los dos contertulios de la mesa redonda que sirve de base para este texto, son materialistas.

En el caso de Rendueles, a pesar de que el subtítulo de su libro En bruto es «una reivindicación del materialismo histórico», cuando leemos el libro comprobamos que rechaza todas las versiones de esta corriente filosófica (el determinismo de Cohen, el estructuralismo de Althusser, etc.) y si acepta la teoría del valor-trabajo, lo hace en unos términos muy parecidos a la reintepretación kantiana de El Capital elaborada por Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero: la cantidad de fuerza de trabajo socialmente necesaria no sería ya el centro de gravedad del sistema de precios en una economía capitalista sino el centro de gravedad moral de la política económica anticapitalista. La reinterpretación de Fernández Liria y Alegre Zahonero sigue dejando fuera de su concepción kantiano-marxista del trabajo (mentalista y productivista) el trabajo animal y el reproductivo, tradicionalmente realizado por mujeres, y Rendueles tiene el desafío de cuadrar el círculo entre su teoría del valor-trabajo definida rocambolescamente con la teoría de juegos y sus compromisos feministas (y tibiamente antiespecistas: «No regalarle el concepto de naturaleza humana a la derecha»).

Pero la razón principal por la que no considero materialista el análisis gnoseológico especial que Rendueles realiza en En bruto es porque el propósito declarado del libro es hacer compatibles la hermenéutica idealista y el determinismo materialista bajo una comprensión praxeológica de las ciencias sociales donde por «ideal» se entiende la voluntad y la conciencia de los sujetos, y por material las condiciones y tendencias conscientemente no intencionadas. Estamos por lo tanto ante un pragmatista social cuya principal debilidad filosófica consiste en pensar que el debate gnoseológico entre el materialismo y el idealismo solo es relevante en el caso de las ciencias sociales, como si en el rechazo o en la aceptación de ciertas teorías de cuerdas no desempeñara un papel muy relevante si la posición del físico en cuestión es materialista o idealista. La principal objeción que se puede plantear a este pragmatismo social, vinculada con la polémica del historicismo en la que estuvieron enzarzados durante todo el debate Fernández Liria y Rendueles, es la siguiente: ¿cómo conjuga Rendueles su caracterización práctica de las ciencias sociales con su sobrevaloración de la Historia como la más avanzada de las ciencias sociales, dando por sentado que la Historia, según la definición canónica, no se ocupa del futuro contingente, aquella dimensión modal-temporal sobre la que puede haber prudencia práctica, sino del pasado, sobre el cual nada se puede hacer hasta la invención de la máquina del tiempo?

En cuanto a Fernández Liria, tengo que reconocer que su libro El materialismo (1998) me resulta impenetrable salvo por el conjunto de falacias que volvió a repetir el autor durante el debate: Hegel es el idealismo y el antídoto contra Hegel es el materialismo (petición de principio), Hegel afirma que no hay conocimiento de lo determinado, que la historia es la realización progresiva de la libertad y utiliza dialécticamente el principio de contradicción lógica (hombre de paja), Kant afirma que hay conocimiento de lo determinado, que la historia no es la realización progresiva de la libertad y utiliza analíticamente el principio de oposición real (ignoratio elenchi), el único antídoto posible contra Hegel es Kant (falso dilema). El idealismo de Fernández Liria se percibe mejor en su filosofía política, que equipara metafóricamente los tres trascendentales del eclecticismo francés (lo verdadero, lo bueno, lo bello) con los tres lemas de la revolución francesa (la libertad, la igualdad y la fraternidad) y que le lleva a calificar, como hizo durante el debate, de «indeseables, impíos, gente que no cree que haya nada sagrado en este mundo» a los que no comulguen con esta tríada.

Frente al «materialismo» de Rendueles, entendido como una gnoseología especial de las ciencias sociales que llama a estudiar con fines prácticos los condicionantes (biológicos, psicológicos, sociológicos, etc.) de la voluntad y la conciencia humana, y frente al «materialismo» de Fernández Liria, entendido como un antídoto (kantiano-marxista) a Hegel, dos concepciones del materialismo teóricamente incompatibles, aunque en la práctica sean convergentes, como se pudo comprobar en la polémica que mantuvieron los autores sobre la cuestión del historicismo, por mi parte solo cabe reivindicar la tradición materialista spinozista, cuya principal máxima metodológica es «ni reír ni llorar, sino comprender».

 

 

 

 

 

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Las armas antifascistas de ciertos pensadores españoles

  • En esta propuesta de Alba Rico, vemos ya una potencia bastante grande frente al fascismo: conjugar el axioma socialdemócrata, pues de otra forma los deseos de seguridad resultarán traducidos por la extrema derecha, y el axioma religioso, pero anticlerical, del Papa Francisco
  • César Rendueles nos advierte con claridad proponiéndonos que nos fijemos en un axioma: el keynesianismo
  • Carlos Fernández Liria suele insistir, con la pasión que le es propia, en la necesidad de crear, fortalecer o democratizar las instituciones políticas y sociales ateniéndonos a la fuerza y a la normatividad de la razón

¿Por qué se dice que la socialdemocracia y el Estado de Bienestar suponen una poderosa arma contra el fascismo generalizado que, dese hace décadas, se viene anunciando en las sociedades occidentales? ¿Acaso no debemos luchar por la ruptura revolucionaria? Como señala con lucidez Santiago Alba Rico, nos encontramos ante la revolución del destropopulismo, fascista, cargada de potencialidades mortíferas, y no ante la posible irrupción de la ruptura socialista.

Cuando Alba Rico afirma “Sólo un Dios puede salvar a España(1). ¿Acaso, en el fondo, no se está refiriendo a la necesidad de inventar e introducir nuevos axiomas que ralenticen la velocidad, el enfrentamiento que nos lleva al fascismo? Esa es la brillantez, el centelleo de Alba Rico, y también de César Rendueles, Carlos Fernández Liria y tantos otros; inventar e introducir nuevos axiomas que nos permitan controlar los flujos des-traducidos de deseo, en concreto, de los deseos de seguridad y de adquirir identidades reconocidas por la sociedad.

Tenemos un anticlerical anticapitalista en la Santa Sede mientras el resto de los gobiernos del mundo se clericaliza de un modo u otro, vía el nacionalismo identitario, el laicismo fanático o el capitalismo mafioso. Tenemos en el balcón de San Pedro un comunista cuyo discurso alcanza a buena parte de las criaturas que vuelan y a buena parte de las criaturas que respiran bajo el agua. ¿No deberíamos alegrarnos de ello los que habitamos en esta tierra seca y crecientemente desolada para sumar nuestras huestes -con nuestros debates y dudas- a la lucha común?” (2) En esta propuesta de Alba Rico, vemos ya una potencia bastante grande frente al fascismo: conjugar el axioma socialdemócrata, pues de otra forma los deseos de seguridad resultarán traducidos por la extrema derecha, y el axioma religioso, pero anticlerical, del Papa Francisco. Se trata de traducir la seguridad y la identidad.

Pero antes de continuar, debemos aclarar lo que entendemos por axioma. Según Deleuze y Guattari, los axiomas en el capitalismo son “enunciados operatorios que constituyen la forma semiológica del capital, que entran como partes componentes en lo agenciamientos de producción, circulación y consumo(3). De forma simplificada, diremos que los axiomas son aquellas formas o expresiones mediante las que el capitalismo controla los movimientos que se producen en la sociedad, para que éstos pasen a producir, circular y consumir. César Rendueles nos advierte con claridad proponiéndonos que nos fijemos en un axioma: el keynesianismo. “Después de la guerra del 14-18, la influencia conjugada de la crisis mundial y de la revolución rusa forzaron al capitalismo a multiplicar los axiomas, a inventar otros nuevos, que concernían a la clase obrera, al empleo, a la organización sindical, a las instituciones sociales, al papel del Estado, al mercado exterior y al mercado interior. La economía de Keynes, el New Deal, fueron laboratorios de axiomas(4). Se trataba de controlar los flujos.

Los Estados socialdemócratas se caracterizan, precisamente, por controlar los flujos, los movimientos que agitan lo social, que atraviesan a los grupos y a los individuos. Por ejemplo, los flujos de miedo. Pero esto lo hace proporcionando seguridad a las personas a través de la educación y la sanidad públicas, el acceso garantizado a la vivienda y a las prestaciones sociales, entre otras cuestiones. Mientras que la extrema derecha traduce la inseguridad en miedo al inmigrante, en el deseo de muerte. El neoliberalismo nos lleva a la destrucción porque se dirige hacia un Estado anarcocapitalista y totalitario en el que se van quitando axiomas, con que los flujos de inseguridad y de miedo continúan dirigiéndose, descontrolados, hacia el abismo fascista. El Estado fascista controla sólo algunos movimientos que pretende dominar, mientras reduce los axiomas dejando que los flujos descontrolados sigan produciéndose, al mismo tiempo que hunde el mercado interior, y promociona el exterior mediante la guerra. Es la inseguridad, el miedo, la pérdida de identidad y el deseo desplazado, para así reprimirlo mejor.

Pero la tendencia totalitaria y fascista de quitar axiomas o reducirlos, actúa sobre la tendencia socialdemócrata a inventar o añadir éstos, y viceversa. Esto se observa con claridad en la historia reciente de España, una tensión permanente entre el totalitarismo fascista a medio camino entre la esclavitud y la férrea sujeción social, en el que el miedo sirve para dominar a la sociedad; y, por otro lado, la socialdemocracia que trataba de crear instituciones, de poner en marcha programas sociales, que invertía en sanidad y educación públicas evidenciando que el Estado de Bienestar, con todas las críticas que se le puede y deben hacer, produce seguridad a la mayoría social. En este sentido, Carlos Fernández Liria suele insistir, con la pasión que le es propia, en la necesidad de crear, fortalecer o democratizar las instituciones políticas y sociales ateniéndonos a la fuerza y a la normatividad de la razón. El “patriotismo constitucional” del que Liria habla, supone un arma frente al neoliberalismo que endiosa al mercado y lo expande a todas las facetas de la existencia, controlándonos y capturando nuestras formas de lucha y de resistencia. Liria se apresta al combate, y para ello trata de rebatir a los locos de los neoliberales, invirtiendo sus argumentos: según él, la constitución de 1978 “no estaba tan mal”, el problema consiste en que no se cumple.

Todos y todas somos migrantes, ancianos, precarios y mujeres. Pues hay en nosotros un devenir minoritario; si no lo somos ya, nos convertiremos en personas alejadas del patrón de la mayoría: varón blanco, heterosexual, cualificado, con empleo estable y de mediana edad. Todos y todas vamos a sufrir la inseguridad y el miedo encarnándonos, pues somos vulnerables y necesitamos al otro para quererle y para que nos cuide. Por eso necesitamos nuevas instituciones, más allá de la necesaria recuperación del Estado del Bienestar. Otro arma antifascistas sería, si lográramos orientarla en un sentido revolucionario, la renta básica universal. ¿Qué mayor seguridad que tener la existencia garantizada? ¿Acaso la renta básica universal no es un axioma que controla los flujos de trabajo?

NOTAS:

De las ediciones consultadas

  1. Alba Rico, Santiago (5/9/2016): “Solo un Dios puede salvar a España”. Publicado en CuartoPoder.

[Fuente: https://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/09/05/solo-dios-puede-salvar-espana/9049]

  1. Ibídem. 1.
  2. Deleuze y Guattari (2015). “Mil mesetas”. Ed: Pretextos. Pág. 466
  3. Ibíd. 3

LICENCIA:

“Las armas antifascistas de ciertos pensadores españoles.” 2017: Víctor Atobas.

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