Sólo quedarían tus ruinas y cigarrillos apurados

En la última planta de un piso sin ascensor, a eso de las 6:30 de la mañana, dejé desnuda a la cama y ande torpe envuelta en sábanas acechando al amanecer. Por cada paso un bostezo de propina, y así hasta el balcón de mi habitación. La inmensa ciudad extendiéndose por todos los rincones con sus ruidos de fondo, y mientras tanto yo tan pequeña, casi diminuta, espectadora de un mundo de rascacielos y gigantes. Y a pesar del frío de mis pies descalzos, me quedé donde estaba, quieta, pues dentro de la habitación solo quedarían tus ruinas y cigarrillos apurados. Y de repente, el pensamiento de siempre, ¿Quién quitará la nostalgia de mi cuerpo ahora que tú no estás?, ¿Quién entorpecerá mi sueño por la mañana?, ¿Quién desafiará mi latido con un compás semejante? Nadie, responde mi cabeza. Y fue como si la soledad llamará de repente a la puerta y se instalará en cada poro de mi piel dejándome fría. Y casi deseé de inmediato que estuvieras aquí para dejarme como en los viejos tiempos, en ebullición entre sábanas ardiendo.




El tributo

Las palas del helicóptero giraban rápidamente y a la poca altura a la que se encontraba el ingenio volador provocaba un auténtico remolino en las azules aguas del estrecho. La Operación Paso del Estrecho, más conocida como OPE, hacía pocos días que se había iniciado, y las previsiones a tenor de las estadísticas anteriores y de la coyuntura del momento, había hecho pronosticar a los burócratas de la capital – personas que vivían a más de medio millar de quilómetros de donde ocurrían los hechos y del mar – que esta temporada, la afluencia de inmigrantes rondaría unas tres decenas de miles de vidas humanas. Pero, en esa franja de mar que separa dos mundos, dos culturas, los números dejaban de tener sentido, allá donde la realidad golpeaba día si y día también con desgarradoras historias y dramas personales.

Pero, a poco más de diez metros de altura sobre el nivel del mar, con el ruido ensordecedor del helicóptero, el rescatador colgado de un cable de acero, solo provisto de un traje de neopreno, aletas, gafas y tubo, no tenía tiempo, ni podía permitirse en pensar, en todas aquellas personas que se le habían muerto en sus brazos a causa de la hipotermia, ahogamientos o por colapso del sistema al bajar la adrenalina al creerse salvadas. Obviamente su interés en las declaraciones provenientes del Ministerio eran aún menores.

El Estrecho, cruce de culturas y de mares, es un espacio donde a diario  cientos de embarcaciones de todas las esloras lo cruzan en una u otra dirección, predominan los fuertes vientos, como el famoso y enloquecedor siroco. Corrientes de más de dos nudos que van de Oeste a Este. Lugar perfecto para el tráfico de drogas y también, de personas.

  Nuestro rescatador era plenamente consciente y avezado en este pasillo marino y cuando llegó el momento, se desenganchó,  cayó en caída libre, fueron unos pocos segundos, subiendo la adrenalina necesaria para acometer su tarea. El impacto con el agua era el estimulo para focalizar toda la atención y recordar que se encontraba en un medio hostil. Empezó a aletear y a mover acompasadamente sus brazos al estilo de crol modificado, el oleaje le impedía tener una visión constante, pero no dejó de mirar hacía los náufragos, los cuales cada vez tenía más cerca.

  Un RO-RO que unía Tánger con Algeciras había informado de la presencia de una embarcación con una cincuentena de personas a bordo. No tardaron en activarse los dispositivos de emergencias; Cruz Roja, Protección civil, Salvamento marítimo… Para cuando el helicóptero había llegado la primera de las desgracias ya había ocurrido. La patera hacía aguas y muchos presos por el pánico eligieron la peor de las opciones; saltar al mar. Ahora, nuestro rescatador había llegado al joven que estaba a punto de ahogarse y le puso el chaleco. El cable empezó a descender y una vez estuvo asegurado al chaleco empezó a mover el brazo en círculos, era la señal para elevar de nuevo el cable y poner a salvo al naufrago.

  Mientras esto ocurría, el rescatador volvía a luchar contra las olas en busca del segundo naufrago que habían avistado desde las alturas. En esta ocasión a medida que se acercaba vio como se trataba de una mujer, se percató que según la clasificación de tipos de víctima por ahogamiento, había pasado de ser un distress a una víctima activa. En menos de un minuto, tendría la cabeza boca abajo y el agua empezaría a entrarle por las vías aéreas. Las aletas empezaron a moverse más rápidamente y las olas golpeaban con fuerza la máscara del rescatador. La naufrago aún estaba consciente. Un poco más y llegaría hasta ella.  Otra ola golpeó de nuevo al rescatador y dejó de tener momentáneamente visión con la víctima, tras el paso de la ola, había llegado hasta ella, pero estaba inconsciente. Rápidamente el cable de acero bajó hasta el mar. Esta vez subieron el rescatador y la chica, momento en el que se pudo dar cuenta que se encontraba embarazada.

  Las técnicas de Reanimación (RCP) no surtieron efecto y la chica y el bebé no llegaron a tierra con vida.  ¿Porque el destino había querido llevarse esas dos vidas y no la del otro náufrago? ¿Cual era la lógica de esa cruel burla del azar? ¿Si hubiera ido primero a por la chica se hubieran salvado los tres? Esas y otras muchas preguntas semejantes hacía tiempo que dejaron de formularse en la mente del rescatador. No había cordura humana que soportara esos dilemas continuamente. Hoy había salvado una vida. Y al día siguiente y al otro volvería de nuevo a las peligrosas aguas del Estrecho a jugarse la  vida por ello.

Para la capital, la mujer y su bebé no nacido serían dos números más para engrosar listas y estadísticas. Mientras tanto, el mar volvería a cobrarse otras vidas como tributo a aquellos que por injusticias, desigualdades y miserias se atrevan a cruzarlo.




Deseo de persecución

Mirando las velas blancas del barco, los piratas se quedaron prendados por el deseo de abordarlo, para poseer así las joyas doradas que éste transportaba. Luego emplearon fuerzas colosales en remar, tratando de alcanzar al navío, que ya parecía muy cercano. Después subieron a cubierta y, cuando ya tomaban posiciones para el abordaje, el buque al que perseguían fue de pronto azotado por una poderosa energía marina, encarnada en una titánica ola que golpeó al buque, que, sin embargo, aprovechó la embestida para cambiar de orientación y escaparse. Pero latía un deseo irrefrenable que les encendía el cuerpo a los piratas. Ya no se trataba de las joyas, sino que era la propia persecución lo que anhelaban. Apolo supo esto, de modo que sopló muy fuerte, para que se acercaran al escurridizo buque. Las ráfagas de viento favorecieron a los piratas. Pero Cronos, de nuevo, aceleró los ritmos de la energía marina que agitaba el mar de Alborán, de modo que el barco y las joyas que éste transportaba se alejaron de los piratas otra vez. Y así ocurrió una y otra vez, hasta que éstos abandonaron la persecución, al fin vencidos.




Monarcas

Por la mañana ella se decidió a cumplir sus deseos y escaparse, al fin, de aquellas tierras gobernadas por despóticos monarcas que parecían levitar sobre su cabeza. Pero pronto regresó al hogar tormentoso de su conciencia. Pensó por qué no había abierto el camino a machetazos, concluyendo que debía padecer algún tipo de ceguera que le había impedido ver aquella línea de fuga que atravesaba los territorios de los reyes: Capital, Edipo y Carencia. Cuando atardeció, salió de nuevo y se encontró con Capital, quien le dijo; “Si ante mí reconoces que quieres fugarte, te indicaré los caminos de salida”. Pero ella, desconfiada, pasó de largo. Por la noche se perdió en el Triángulo Gigante de Edipo, pero, gracias a las incendiarias intensidades de su cuerpo, escapó. Anduvo hasta toparse con Carencia; entonces los deseos incendiaron su cuerpo, carbonizando a esa reina cruel. Después tomó la línea de fuga.




Te confieso

¿Sabes esa sensación de tener por colchón un vacío cerca del pecho y un desván que acumula polvo en la garganta? Esta noche no quería dormir allí, y a los pies del espejo soy tan solo espectador, creyendo que no toco aunque lo haga, hablando del silencio como un espacio mudo que siempre suena. ¿Puedes oirlo? No hablo de un hogar, solo he encontrado ese calor en un cuerpo que vestía todas las calles que no crucé. Y ahora, de nuevo a caminar sobre la cuerda, buscando el equilibrio en los mismos errores que nunca dejaré de cometer.




La inscripción

            Los primeros exploradores humanos de Marte descubrieron el Monolito, semienterrado, en una de las laderas del Monte Olimpo. Provocó un inmenso revuelo en toda la Tierra; algunos nostálgicos evocaron otro Monolito: el de «2001, Odisea del Espacio». Apenas desenterrado, se comprobó que éste era bien diferente: se trataba de un cubo perfecto de basalto; presentaba, sobre cada una de sus cinco caras visibles, una enigmática inscripción en jeroglíficos, runas, ideogramas y otros dos alfabetos totalmente desconocidos. Mentes preclaras y sofisticados ordenadores se consagraron a tiempo completo para procurar descifrarla. Cuando al fin lo lograron, el Secretario General de las Naciones Unidas transmitió aquel mensaje a la Humanidad entera:

            «Intentar desentrañar los secretos del Universo constituye, en la mayoría de los casos, tan sólo una inmensa pérdida de Tiempo.»

 

 

 

 




El Llegado

 

Llegó de una relación inesperada, y aunque fue acogido en su entorno más cercano, bien podía haberse quedado, tal aseguraba la ciencia genética, en una pérdida de espermatozoide, sin llegar éste a fecundar el óvulo que, sabio y acogedor, ignoraba las extrañas maniobras de la naturaleza.

Él se notaba diferente, y si no se veía en su entereza se lo hacían percibir los otros: “El tonto del barrio”, le llamaban incluso sus hermanos.

Si preguntasen a sus convecinos nadie podría nómbralo con su nombre de pila, de ahí que su apodo continúe siendo “El Llegado, aunque sus progenitores lo registraron con el nombre de Bienvenido. Y bien hallado estuvo entre los brazos paternos mientras éstos se abrían o cerraban con sincera ternura, siempre entre el deber de la aceptación, que para eso lo habían recibido de Dios.

Cuando sus padres murieron, Dios ignoró la responsabilidad de su mandato.

Bienvenido tenía algunas singularidades físicas, y su capacidad mental no era completa; no obstante fue capaz de comprender las enseñanzas que sus padres le ofrecieron: aprendió a leer y escribir, no con certeza, pero sí para lograr descifrar un cuento, o la suma y distribución de las peras de un peral, aunque si le preguntaban por el peso del saco de grano que solía cargar sobre sus espaldas, él, con serenidad y respeto hacia la malicia de la pregunta, siempre respondía: –mucho, pesa mucho –y de nuevo se adentraba en su propia risa, como si ésta fuera la carcasa acogedora de su espíritu; feliz de apariencia.

A veces se le oscurecía la mirada, pero no el pensamiento, ya que cuando la tristeza lo asaltaba su razón era más lúcida y ofensiva, porque, imprevisiblemente, les decía a sus padres.

–Siempre se engendra sin pedir permiso al ser concebido… ¿Os preguntasteis, en algún momento, si mi deseo sería estar aquí? ¿A qué ley me puedo acoger? –aquí callaba, y sabía que sus progenitores silenciaron su fallo anticonceptivo y la esperanza indeseada de lo inesperado. Después, su conocimiento se abría de nuevo y razonaba–: Cuando la perra ha parido solemos contar los cachorros que amamanta, y si descubrimos que las ubres se le quedan arrugadas y secas decidís apartar algunas de las crías y las arrojáis al muladar; los buitres las acogen entre sus picos y garras… ¿Con qué criterios realizáis la selección?

La suspicacia de Bienvenido le confirmó, ya en su niñez, la desdicha de sus padres, bien disimulada, y, sin embargo, asumida con inalterable y cariñoso deber.

Mientras los progenitores vivieron Bienvenido estuvo lo mejor hallado posible.

No obstante, él se preguntaba para sí: –¿Habrá legislación alguna, de suicidio, a la que me pueda acoger? ¿Qué hago aquí?

Y se hacía tales preguntas porque ni siquiera pudo acogerse en la casa que sus padres dejaron al morir, pues la renta antigua que ellos pagaban creció hasta saciar la codicia de la casera. Ésta argüía que, aunque él hubiese nacido en la habitación principal, se le consideraba como a un inquilino nuevo, y le mostraba la supuesta legalidad de arrendamientos.

Los hermanos de Bienvenido lo ignoran cuando lo ven sentado en alguno de los bancos del parque aledaño al soportal donde pernocta, entre cartones, sobre un colchón en el que se remarcan los orines del propio hombre, sin lograr distinguir entre la mezcla de hedores etílicos y excreméntales, todo frente a la Iglesia del Buen Suceso, en Madrid.

Bienvenido ignora que una constitución social tiene la obligación de ampararlo; pero no se queja. Y asegura que aquel lugar es acogedor, ya que el sol de amanecer entra por las arcadas del atrio, y la luna otoñal también se aloja durante un cuarto de la noche mientras él se acoge a una botella de licor.

Una vez que el sopor etílico y el sueño lo vencen la botella cae al suelo, se vierte la mitad del contenido y el vidrio de la misma estalla en pedazos.

Cuando de madrugada llegan unos jóvenes voluntarios, los mismos altruistas que asumen la responsabilidad moral con un termo de leche caliente y unas galletas –compromiso éste que debiera ser soportado por el adeudo social a través de la letra escrita que resalta el derecho humano–, el hombre, con la educación aprendida, los previene:

–tened cuidado, hijos, no resbaléis con el aguardiente derramado, caigáis y os cortéis con los cristales rotos.

Una de las jóvenes, aquella que se protege la garganta con un pañuelo palestino, lo besa con cariño, sobre la barba espesa, mientras le ofrece el vaso.

Después, mientras él se calienta las manos y sorbe con deleite, otro joven le pregunta:

–¿Cómo te llamas? Nunca nos dices tu nombre…

Bienvenido se ríe, y ya no se distingue si su risa es aquella risa tonta de antaño, la misma de su alegría singular, o es la carcajada insulsa producida por el alcoholismo. Sin embargo, siempre se embarga con la misma respuesta:

–No me acuerdo de mi nombre, hijos… Siempre me han dicho “El Llegado”.