Y es un instante todo

 

 

Y es un instante todo.

Humo

que en la distancia surge

y se deshace

como ofrenda a la nada.

Y en este altar,

que parecía eterno,

de golpe ya no queda

ni víctima, verdugo, ni testigo,

tan sólo una ceniza

sobre la ausencia de las cosas

y de los nombres muertos.

Liturgia del vacío.

Un humo en la distancia,

que en este instante es todavía y nunca.

 

 

 

Poema perteneciente al libro La noche ardida (2017, Ruleta Rusa Ediciones)

 

 

 

 

 

 

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El prodigio del pan

Y sin que ya esperáramos colores

después de tanto oscuro u otro gusto

distinto a la ceniza,

después de tanta hambruna a las espaldas,

¿quién nos iba a decir que esta mañana,

con palabras corrientes,

con los gestos más simples,

con los mismos pigmentos que antes despreciáramos,

íbamos a alcanzar lo que ahora toco?

¿Os acordáis? Un día

sacamos el mortero

y majamos al fin nuestra ceguera

hasta mudarla en harina de luz,

y la amasamos,

y de nuevo encendimos el horno de la plaza

para cocer alegres este asombro

de pan que ahora

compartimos,

compañeros sin más, al mediodía.

Recomendamos el poemario de Conrado Santamaría: «De vivos es nuestro juego»




Preguntas de una mujer que lee

Para Bertolt Brecht

¿Quién amasó el pan de los que edificaron Tebas, la de las siete puertas?
En los libros no se menciona el nombre de ninguna.
¿Acaso reyes y canteros madrugaron por leña para encender el fuego?
Y en Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién acarreó el agua para los que la levantaron otras tantas?
Y en Lima, resplandeciente de oro, ¿quién limpió las chabolas donde vivían los albañiles?
¿Quién les hizo la cena a los obreros la noche que terminaron la Muralla china?
La gran Roma está llena de arcos de triunfo.
¿Quién curó las heridas de quienes los erigieron?
¿Quiénes amortajaron a los vencidos por los soldados de los césares?
Bizancio, tan enaltecida,
¿acaso no tenía lavaderos para hacer la colada?
Incluso en la legendaria Atlántida, la noche que fue devorada por el mar,
hasta los esclavos que se ahogaban clamaban llamando a sus mujeres.

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Quién amamantó y crio a sus soldados?
César venció a los galos.
¿No llevaba tras sus legiones siquiera unas prostitutas?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota.
¿Nadie más lloró la muerte de los marineros?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años.
¿Por qué siempre la guerra para resolver conflictos?

Cada página una victoria.
¿Quién fregó la vajilla del banquete del triunfo?
Cada diez años un gran hombre entre hombres.
¿Quién pagó los platos rotos?

Tantas historias,
tantas preguntas.

Poema perteneciente al poemario de Conrado Santamaría, «De vivos es nuestro juego» (2015, Ruleta Rusa)




Carne de procesión

Fueron tiempos de hechizos y deslocalizaciones,
de estiércol y fuegos artificiales.
No sé si os acordáis.

Nosotros,

encorvados y alegres,

procesionábamos delante de las oficinas del paro vestidos de nazarenos,
procesionábamos por la mañana y por la tarde,
entre el redoble de los tambores y el estruendo de las cornetas,
procesionábamos por las noches también,
cuando las puertas de las oficinas habían sido clausuradas
y en sueños sudorosos nos empeñábamos en procesionar.

Bajo la lluvia, bajo la nieve, bajo los arduos rayos del sol
procesionábamos.

Procesionábamos
con nuestros propios pies, que descalzos arrastraban las cadenas,
procesionábamos
con nuestras propias manos, que ensangrentadas manejaban la disciplina,
procesionábamos
con nuestra propia canción, que silenciada se adhería a la polvareda.

Éramos carne de procesión.

Nuestros capirotes señalaban arrogantes el cielo,
mas la luz les huía,
nuestros cirios encendidos apenas iluminaban,
nuestros sambenitos devolvían su amarillo festivo a los ojos agradecidos de los espectadores,
que deslumbrados apartaban la mirada.

Procesionábamos interminablemente,

delante de las oficinas del paro,
delante de los estadios,
delante de los cuarteles,
delante de las catedrales,
delante de los patíbulos,
delante de las grandes superficies,
delante de los cementerios,
delante de los concesionarios,
delante de los parlamentos,
delante de las fundaciones,
delante de los hospitales,
delante de las cajas de ahorro,
delante de las cárceles,
delante de las administraciones de lotería,
delante de las escuelas,
delante de los parques temáticos,
delante de los manicomios,
delante de las redacciones,
delante de los urinarios,
delante de los zoológicos,
delante de los paraninfos,
delante de las comisarías,
delante de los solares en construcción.

Y procesionábamos delante de nosotros mismos
que nos mirábamos galvanizados y sonrientes por debajo del capirote
sin querer comprender.

Sonámbulos durante el día
y durante la noche sonámbulos.

Procesionábamos y procesionábamos
y a nuestras espaldas
no se derrumbaban edificios en llamas,
ni las nubes descargaban torrentes de sangre,
ni surgían del fondo del mar serpientes emplumadas,
ni las mujeres parían entre gritos niños decapitados.

Éramos carne de procesión.

Aquellos tiempos
de verbenas y capitulaciones.

No sé si os acordáis.

Poema perteneciente al poemario de Conrado Santamaría, «De vivos en nuestro juego» (Ruleta Rusa)