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El Neurobosque (II)

Leer Parte I del cuento

Del rostro desfigurado y fantasmal de Valery, que movió la cabeza en dirección a la cola humeante, se desprendieron algunos trozos de limo, mezclado con piedras, ramas y raíces. Uriel y Balam entendieron que debían adentrarse en las cenizas para así alcanzar, al fin, las cotas más profundas y preciadas del Neurobosque. Entonces se dieron las manos y, trasmitiéndose un ánimo que surgió más allá de las palabras, confiaron en las indicaciones de la niña atravesando las llamas. Durante unos instantes, las lenguas de fuego chisporrotearon y les cegaron por completo. Adentrándose en el humo, sin advertir las formas, desaparecieron como en una espesa niebla despertada antes de una batalla, que habría de librarse contra las sombras que guardaban el lugar.

Como se habían imbuido, siguiendo las instrucciones de Valery, en el estado idóneo para someterse a los pensamientos oscuros, Balam y Uriel tuvieron que luchar para reencontrarse a sí mismos, hallar la verdad del instante mismo que habitaban y que se les aparecía como la terrible premonición de su muerte, la suerte que habían compartido los anteriores expedicionarios. A medida que fueron recobrando la paz y la cordura: ahora un destello de color, después la definición de una vaga forma; la visión fue retornando poco a poco. Cuando Uriel ya se había despejado, Balam aún no atinaba a distinguir con claridad las ramas de los hillus, que serpenteaban en el viento como si fueran los cabellos de los fantasmas. Su compañera trató de animarle, pero el joven sufría porque, la invocación que había hecho de las sombras, sin duda lo había debilitado. Y más, pensaba él, ante la sospecha de que nunca podría derrotar a sus sombras.

La noche había arreciado en los laberintos del Neurobosque, y la Luna de Andrade sonrió desde lo alto, derramando un fulgor espectral, bañándolo todo con su luz pura y sanadora. Caída Andrade sobre los árboles, de un tamaño todavía más colosal que los gigantes que habían visto en los pasillos más superficiales, los troncos y la sabia relucían con entrega y devoción a la luna. Las amapolas, las plantas de culebras, las asperillas, las margaritas y las lilas florecían el lugar, tendiéndose a los insectos y los pajarillos que revoloteaban en torno a las jóvenes y molidas figuras de la pareja, embriagando el aire de fragancias y amables aleteos.

Balam se alejó unos pasos, tratando de evitar que Uriel advirtiera su cobardía. Se había prometido que dejaría de afrontar los retos así, temeroso, dolido y sangrante. Pero, una vez más, no cumplió los compromisos que había acordado consigo mismo.

— ¿Qué te pasa? — preguntó Uriel.
— Nada… ¿Te has fijado en estos árboles, no te parece que forman un mundo propio? — trató de disimular Balam—.
— Yo también temo, no debes avergonzarte.
— ¿Saldremos vivos de aquí?
— ¿Quién sabe?
— Lo dudo
— Yo no tengo dudas de que contamos, en realidad, con muchas más posibilidades de sobrevivir que otras gentes que intentaron adentrarse en estos oscuros laberintos. Al fin y al cabo, nosotros sabemos más que nadie acerca de este lugar
— Te equivocas, los aldeanos del valle conocen mucho mejor los secretos del Neurobosque — dijo Balam.
— Claro, y seguro que algunos de ellos sobrevivieron al fuego y la ceniza como nosotros y después consiguieron regresar a las verdes praderas — dijo Uriel.

Como ya había anochecido, Balam y Uriel se separaron para buscar leña y comida. El cielo coronado por las estrellas y los asteroides, que brillaban disputándole protagonismo a la Luna Andrade, y los planetas rodeados de lunas y soles y descomunales anillos que giraban. Balam se alejó unos pasos mientras iba colgándose de las ramas de los hillus. Apretaba todo su peso, tirando hacia abajo, y las partía. De pronto se agachó para recoger la rama caída, y una serpiente se movió amenazadora. La bífida lengua del reptil le estremeció, pero se contuvo tratando de ignorar el sonido de cascabel que había hecho con la cola. Se adentró entre los muñones de los hillus, que resplandecían a la luz de Andrade como unas torres nacaradas, portadoras la grandiosidad contenida en la naturaleza.

El cascabeleo de la serpiente volvió a sonar cerca, y Balam temió recibir el mortal veneno que aguardaba hincarle en el cuerpo. Tratando de ubicar el peligro, se desconcertó, al no encontrar rastro del reptil. Después cascabeleo sonó de nuevo, esta vez desde varios puntos.

<> — pensó.

Cuando creyó que iba a ser aniquilado, la música de los cascabeles se transformó en el repiqueteo de fúnebres campanas, a las que iba uniéndose el susurro de las lenguas bífidas y mortales que se habían conjurado contra él. Los rumores fueron acompasándose a las notas de las campanas, cantos fúnebres sobres los que ya sonaba la danza de las sombras. Los siseos de las serpientes se le antojaron como el canto demoníaco que avivaba las notas muertas y vacías. El cielo se encrespó y el viento de los fantasmas volvió a soplar.

La fúnebre melodía sonaba en el Neurobosque, anunciando su perdición. Los ojos de los reptiles brillaban como luciérnagas y Balam corrió hasta Uriel; quien, al encontrarse no muy lejos, también había oído la fantasmagórica canción.

— Debemos resguardarnos de los peligros — dijo Balam.
— Construiremos una cabaña. Yo he conseguido algo de leña.

Sobre el colosal tronco de un pino, apoyaron los palos en vertical y los clavaron en la tierra. Más tarde arrancaron las hojas de los helechos, con los que cubrieron la precaria pared. Arrastraron algunas piedras para afianzar las bases. Cuando terminaron, comieron deliciosas moras y frambuesas y tiernos tallos y crujientes semillas. Se acostaron sobre la húmeda hojarasca, entre la que correteaban los insectos: arañas y escarabajos gigantes y babosas.

Uno de los bichos se subió a la pierna de Uriel, quien comenzó a moverse en la reducida e improvisaba tienda que compartía con Balam, tratando de deshacerse del insecto. De modo que el movimiento y el roce le hicieron sentir el cuerpo de su compañera. Los fogonazos del deseo le arrebataron cuando sintió sus irresistibles caderas. Balam se acercó y abrazó su cuerpo, pero no pudo quedarse ahí y le acarició las piernas. Entonces Uriel le apartó la mano con suavidad y siguió acostada, ya sin el acoso de los bichos subiéndole por la pierna.

El soplo del viento se hizo más fuerte. Balam maldijo entre dientes la mala suerte de no gustarle, avergonzado por su frustrada intentona. Fortuna le había castigado, enmudeciendo sus sueños más hondos. Quizás se debiera, pensó, a que su atractivo parecía habérsele escapado desde que, durante la adolescencia, fuera más abierto, sociable, estimulante y valiente que ahora. Si la esperanza era lo último que perdería, el joven seguiría soñando, aunque ignorando la realidad; que su relación con Uriel nunca había alcanzado la profundidad por él imaginada, más bien deseada, ni la conexión entre ambos había saltado nunca en las llamaradas de la pasión.

La Luna Andrade centelleó en el cielo como diamantes tallados. Los fantasmas soplaron, blandiendo la fuerza del pasado, del que ya formaba parte otro rechazo hacia Balam. El viento siseó como las serpientes y, al principio lejos de la tienda, manó la melodía espectral de las fúnebres notas que había escuchado en el nido de reptiles. Los cascabeles se mecieron en el aliento fantasmal y gélido que había impregnado la noche, estrellada de sombras y reflejos. Al atacarle los nervios y las defensas, el miedo se apoderó una vez más de Balam y el cascabeleo, de pronto, se acercó más a la tienda donde se refugiaban. Los palos que habían improvisado como pared titilaron, y salieron volando las hojas de helecho que la cubrían, con que sólo las piedras de la base aguantaban el embiste.

— De nuevo, las sombras nos acechan — dijo Uriel.
— ¡Huyamos! Quizás encontremos una zona donde la influencia del imago sea menos poderosa — dijo Balam.
— Tranquilízate… tras quejumbrosos esfuerzos, hemos conseguido llegar hasta aquí. Esto es algo histórico, una fecha que recordaré el resto de mi vida. ¿Y tú ya quieres huir?
— ¡Pero van a matarnos, Uriel!
— No podemos buscar una zona donde el imago debilitado nos permita escapar. Por si lo habías olvidado, esto es el Neurobosque. Por así decirlo, estamos en el territorio de las sombras y más vale que nos adaptemos.
— Entonces ¿Qué hacemos?
— Esperar

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Pero Balam no quedó convencido del consejo de su compañera. Atemorizado, escuchó como las sombras se iban acercando más y más. El cascabeleo de las serpientes se había transformado ya en las funestas campanas, y no pudo dar crédito a la aparente tranquilidad de Uriel. Después el tañido de los tambores de hojalata (pum, pum, pum), y el siseo del viento (ssshhhhh), se intercaló con las campanadas (tamm, tamm, tamm) y las sombras danzantes al son de la música demoníaca, le recordaron a Balam el riesgo que había aceptado viajando al Neurobosque. El joven comenzó a tiritar, y entonces le pareció que los tambores y las campanas y los vientos se conjuraban para echarle de allí.

— Quiero irme de aquí — dijo Balam.
— Imposible, y lo sabes — dijo Uriel.
— Si salgo ahora, deberé enfrentarme con las sombras… ¿Verdad?
— Respira hondo y relájate, si estamos aquí y nos mantenemos unidos y en paz, nos dejarán tranquilos.
— Todo esto da muy mala espina.
— Acerca de las sombras, recuerdo la leyenda que me contó un aldeano — dijo Uriel
Tamm, tamm, tamm —el eco del tañido de las campanas se acercó.
— ¡Habla más fuerte! La música infernal ataca los tímpanos
— Bien; escucha. Un joven herrero habitante del valle, construyó una monstruosa máquina de la que salían hilos de vapor, pinchos, correas, dientes feroces que devoraban la madera, el hierro y casi cualquier material. Con que investigó y se preparó para el viaje y consiguió adentrarse en estas mismas tierras del Neurobosque. Por la mañana, cuando aún irradiaban los compartimentos del sol, el joven herrero comenzó a talar los descomunales hillus, álamos, sauces y pinos, que sucumbían como torres conquistadas. Pero llegó la noche, y la danza de la sombras le cercó… — Uriel se detuvo. Escuchó el golpeteo de los tambores de hojalata —
— ¿Y qué ocurrió?
Pum, pum, pum…
— Valiéndose de la máquina que había construido, el herrero trató de aniquilar las sombras, pero éstas carecen de vida. En el valle, nunca volvieron a saber de él.
— ¿Crees que estará vivo?
— Lo dudo horrores. Porque las sombras concentran su poder gracias al imago de este lugar. Pero sopesemos los peligros en su justa medida. Me refiero a que, mientras a ti los fantasmas, las serpientes y las sombras te han acechado pisándote los talones, el único momento cuando yo hube pedido el control, y cedido al poder del miedo, fue cuando tú y yo discutimos y nos separamos, antes del reencuentro en el Bosque de Valery — dijo Uriel.
— ¿Acaso no escuchas los tambores?
Pum, pum, pum…
— Claro que los oigo.
— Pues no comprendo por qué a ti no te afectan. ¿Te persiguieron los fantasmas?— dijo Balam.
— La música de las sombras también me estremece, tranquilo — Uriel le acarició la mano y el joven lo agradeció sonriendo— Después de nuestra discusión, estaba tan desubicada que perdí la noción del tiempo y fui por el camino que rodea el cañón del valle. Advertí mi presencia como rechazada por las fuerzas del lugar. Pensé que las rocas blancas servían para la comunicación milenaria y ancestral de las runas que, en efecto, te guiaron hacia mí. Había ido corriendo, agotada por completo, penetrando sin saberlo en el Bosque de Valery. Entonces comí unas bayas que contenían, dentro, unos polvos blancos que creí inofensivos aun contenían, en realidad, un potente somnífero. Así que me dormí, y con la mente maravillada por un pacífico sueño, escapé de alguna forma de las sombras — dijo Uriel.
— ¿Acaso podríamos ahora conciliar el sueño?
— Yo no digo que soñando vayamos a escapar al influjo de las sombras. Quizás se trató sólo de que Fortuna me hubiera bendecido, las coincidencias también salvan vidas ¿Quién sabe? — dijo Uriel.

El golpeteo de los tambores de hojalata, junto a las fúnebres campanadas, cercó la tienda que habían improvisado con palos y piedras. Entonces los fantasmas abnegaron sus pulmones del aliento gélido de la muerte y soplaron con una fuerza tal que la tienda cayó, quedando Uriel y Balam al descubierto. Las sombras cambiaban de forma, mientras su danza, macabras y desorbitada, continuaba al son de la música espectral: distinguieron los dientes sangrientos de un contorno deforme, como de bestia enloquecida por la infernal música, los colmillos de una serpiente, y el reflejo de unas garras que parecieron arrancarle el corazón a Balam.

Uriel se había agazapado en el suelo, protegiéndose con los brazos de las gélidas y silbantes ráfagas de viento, y a continuación había taponado sus oídos presionando con la punta de los dedos. La hojalata de los tambores se estremecía con los golpes y vibraba y destellaba los rayos de la luna. En el instante en que Andrade bañaba las campanas y los tambores, que levitaban en la noche sin que la pareja pudiera ubicarlos ni definir sus formas, las estridencias se hicieron en el acompañamiento de los sonidos.

Balam también se tapó los oídos. Pero las sombras se encontraban cada vez más cerca, bailando al miedo y a la muerte, invocando las oscuras energías concentradas en los laberintos del bosque. Con que escucharon las risotadas demoníacas, retumbando en la noche gobernada por la luminosidad de Andrade, al tiempo que Balam y Uriel se levantaban.

Entonces, Uriel dio un paso adelante y dijo la siguiente invocación:

“Perderme siempre, quiero
en las hondas frondas de ti.
Patio acristalado
de cerradas flores:
sumergidos anillos, y memorados
cristales.

Emerge; Andrade,
como luz soterrada, nocturna
guía arqueada, de óxidos
y blancas dunas.

En el reflejo tuyo
encuéntranos. Tilda ahora a las sombras
de desmemoriado poder”

En el cielo, la luna Andrade se deshizo en un cegador fulgor. Los rayos iluminaban los recovecos del bosque, dirigiéndose hacia la figura de una sombra que había dejado de danzar. La música, más bien convertida en estridencia, sin previo aviso, cesó por completo. La luz había diluido aun más los deformes y horripilantes contornos de las sombras, que desaparecieron cuando Andrade se transformó en una anciana mujer, aparecida a una distancia considerable como un leve y tenue espejismo. Balam y Uriel habían quedado cegados por el mágico fulgor. Una vez recuperados, advirtieron que el rostro de la anciana lo horadaban unos cráteres que dejaban una superficie rojiza al descubierto, como si las mejillas se le hubieran prendido de fuego.

Andrade dijo:

“Soy luz,
en la vertida
invocación. Rayos de espanto
y miel.

Melodiosas sombras
del ayer;
aun por vosotros habitadas, grandiosas
caídas, de óxido y dunas.
Fenecidas notas
como restallantes piedras
blancas. Tormentas de ladinos
reflejos.
Si habéis llamado,
mi música escuchad:

¡Enfrentad a las sombras!

La memoria, como caprichos
regalados, a las gélidas
reverberaciones. Música;
danza de artimañas.

Rayos de espanto
y miel. Cernida
oscuridad; abandonaros debo”

La anciana desapareció y la luna sonrió desde los cielos. Aunque las sombras también se habían diluido, aún flotaba en el ambiente el hedor de la muerte. Uriel y Balam se alejaron del lugar, atónitos y con los ojos doloridos y ateridos. El viento de los fantasmas, había amainado hasta convertirse en la brisa suave de una noche que les pareció más segura y confortable que antes de acostarse en la tienda. De cualquier forma, no podían asegurarse de que Andrade volviera a interceder por ellos, puesto que les había encomiado a enfrentar las sombras.

Uriel meditó las palabras de la luna; la memoria, como caprichos/regalados, /a las gélidas/ reverberaciones se le antojó como la confirmación de lo que le había insinuado antes a su compañero; después de todo, él era más receptivo a las sombras que ella porque habitaba las fondas del ayer. Música;/ danza de artimañas, había dado al horrible espectáculo de los tambores y las campanas y las risotadas, el sentido de una treta urdida para infundir pavor.

Mientras Uriel iba caminando por el bosque, sintió la incomodidad de Balam, pues su entrenamiento no había resultado suficiente para un viaje tan arduo y jadeaba y chorreaba sudor. Por este motivo, la joven se irritó, preguntándose por qué habría de aguantar a un compañero que la retrasaba. Pero vio las hojas acridas que le sanaban las heridas, y empatizó con la fatiga de Balam. Ambos se detuvieron y bebieron agua, luego recogieron algunas bayas y frutos y comieron, rumiando lo acontecido con la luna.

Reemprendieron la marcha, y encontraron un profundo sendero que reptaba entre dos montículos, atravesando bajeles y arroyos. Daba el camino a un puente de madera mal entablillada y carcomida por las termitas. Uriel pisó sobre seguro, donde los tablones no habían sufrido tantos daños, aferrándose con furia a las cuerdas de la pasarela.

— Tengo vértigo — gritó Balam, una vez que su compañera hubo pasado al otro lado del puente.
— No mires abajo. Concéntrate en distinguir los tablones que están firmes.
— Me caeré…
— Tú tranquilo; agárrate lo más fuerte que puedas a la cuerda de tu derecha
— ¡No puedo con el vértigo! ¡Caeré!

Para tranquilizar a su compañero, Uriel sacó la cuerda que le restaba del macuto, y rodeó con ella una gran roca que había en un saliente del sendero, que continuaba más allá del puente. Hizo un correoso nudo entorno a la roca, y después la ató a la parte derecha de la pasarela. El joven había advertido estas maniobras; con que, tranquilizado, consiguió pasar el puente sin mayores dificultades.

Recorrido el sendero, llegaron a un campo de flores de cristal, cuyos tallos se erigían cubiertos por el vidrio. Bajo una pátina de cristal, las flores conservaban los pétalos. De los tímpanos emergía la luz de las luciérnagas, puntos luminiscentes pegados a la piel de las flores. La pareja se adentró en el campo acristalado y Balam se agachó y arrancó una margarita por el tallo. Había aplicado presión, haciéndose un pequeño corte en el dedo índice. Una luciérnaga salió revoloteando. Cuando iba a tender la margarita a Uriel como regalo, el joven miró los pétalos vidriosos y sintió un gélido escalofrío al tiempo que, el cristal, reflejaba los oscuros recuerdos que Uriel y Balam guardaban en sus respectivas memorias; la discusión que les había enfrentado en el Alto de los Vientos, regresada de pronto a ellos.

La imagen que había regresado del Alto de los Vientos; Balam recriminándole a su compañera su falta de empatía hacia sus sentimientos, tratando de que accediera, por fin, a aceptarlo como algo más que un compañero. El joven se sintió culpable, temiendo volver a quedarse solo frente a su ruindad. El fantasmal soplo del viento fue desatado.

— Primero morirás, tú, chico. Después desaparecerá la chica — dijo la sombra, que había surgido con el viento— ¡Conozco cada uno de vuestros miedos! Sucumbiréis a las imágenes de vuestra perdición porque sois débiles, tan frágiles como la luz de las luciérnagas. Nunca habéis escapado de vuestra oscura silueta, y nunca lo conseguiréis.
— ¡Mientes! — gritó Uriel.
Haciendo un gran esfuerzo, Balam dijo.
— Al fin he comprendido que tú, infernal sombra, tienes el poder que nosotros te damos, porque sustentada en los recuerdos y los pensamientos que nuestra luz deja vagar, engrandeces en las flaquezas. Te pido disculpas, Uriel, y ruego que ignores las imágenes de aquella aciaga disputa que ahora regresan.

Como respuesta al desafío, la sombra lanzó el gélido aliento de la muerte y los imagos fueron desplegados en la mente los jóvenes. Los recuerdos de aquellas situaciones que les colocaban en situaciones de inferioridad; humillaciones y fracasos, autoridad y chantajes, altibajos y caídas depresivas, regresaron con la misma intensidad con la que fueron experimentas en el pasado. Al fin, el poder de la oscuridad se había desplegado en el Neurobosque, sometiendo las mentes de Uriel y Balam y sujetándolas desde el altar sagrado del dolor.

Ambos se tiraron al suelo y comenzaron a arañarse las pieles del rostro, como si el rechazo a lo que veían; las injusticias que habían cometido, las faltas que habían acertado a olvidar, broncas y golpes y reproches, construyeran de ellos mismos una imagen inaceptable y bochornosa que trataban de sangrar con las uñas.

Entonces Uriel comenzó a dejar fluir las imágenes; concentrando la mente en una línea horizontal sobre la que iba pasando un carrete de pavorosas imágenes, como si la memoria fuera una proyección de escenas. La joven dejó entonces de arañarse el rostro y abrió los ojos. No quiso mirar hacia Balam, porque oía sus extrañas lamentaciones y no podía volver a sucumbir al estado idóneo para el influjo de la sombra. Con que Uriel se convenció a sí misma que nadie iba nunca a derribarla, pues jamás se sentiría culpable por actuar en libertad. Claro que había tratado de olvidar ciertas escenas de la horripilante película que la sombra proyectaba en su mente; al fin y al cabo, se trataba de la misma artimaña empleada con la música. Con la evocación de los sentimientos más recónditos de la memoria, la oscuridad trató de someter los impulsos vivos y creadores de Uriel.

La joven se levantó y corrió hacia la sombra. Cuando hubo llegado a su altura, extendió los brazos como si fuera un pájaro, e invocó de nuevo a Andrade. La luz de la luna destelló en el campo de flores, y los cristales de los tallos y los pétalos reflejaron los níveos rayos, disolviendo a la sombra que se hallaba frente a ella. Entonces vio con claridad la fuente de la vida, que reflejó su verdadero rostro mientras Balam se perdía en los recovecos de su memoria.