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Costa Rica y el matrimonio homosexual

El pasado 8 de enero, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) brindó una respuesta a la Opinión Consultiva presentada por el Estado costarricense referente a la aprobación del matrimonio entre personas del mismo y el cumplimiento del derecho de la identidad de las poblaciones trans. Cabe enfatizar que esta opinión fue presentada durante mayo del año 2016, siendo producto de la articulación de más de noventa actores sociales, a saber: colectivos, agrupaciones, personas, partidos políticos, entre otros. En esta respuesta se obliga al Estado costarricense[1] a reconocer y asegurar todos los derechos a la población LGBTI.

Antes de empezar, se debe tomar en cuenta que Costa Rica corresponde al único país de América que sigue siendo un Estado confesional, en este caso: católico, apostólico y romano (Artículo 75 de la Constitución Política). Por tanto, seguimos teniendo una “patrona oficial” conocida como la Virgen de los Ángeles, cuya celebración se realiza el dos de agosto de cada año. También se debe resaltar que en el país se prohíbe que la iglesia católica incida en puestos políticos, es decir, no pueden ocupar cargos públicos ni curules en la Asamblea Legislativa[2]. Sin embargo, la influencia que siguen teniendo se refleja en la imposición cultural y la manipulación política con respecto a temas como la Fertilización In Vitro (FIV)[3], el aborto, la educación sexual, el matrimonio igualitario, entre otros temas que se oponen a la moral conservadora que se intenta universalizar.

Aunado a lo anterior, es pertinente señalar que en las últimas décadas se ha generado un fenómeno de incidencia política de agrupaciones y partidos evangélicos. Incluso actualmente quien ocupa la presidencia de la Asamblea Legislativo es un diputado de uno de estos partidos. Además si revisamos la conformación de los diputados y diputadas actuales (período 2014-2018), se puede observar que existen cinco diputados de tres partidos evangélicos diferentes. Los mismos partidos que se encuentra aspirando a la presidencia en las elecciones presidenciales a realizarse en febrero de este año.

Primeramente, este fallo ha sacado el odio acumulado que reside en el sector (neo)conservador de la sociedad, y evidentemente, en un sistema patriarcal y capitalista, los argumentos de este sector se alían con los intereses de los neoliberales. Así es, esos mismos que han gobernado el país históricamente; quienes discuten sobre aborto siendo hombres, y se oponen rotundamente al feminismo. El mismo sector (doble moralista) que quiere imponer sus creencias religiosas como sistema jurídico, reduciendo las discusiones a argumentos bíblicos.

Habiendo dicho esto, no se puede dejar de contextualizar este fallo dentro de una coyuntura en donde estos sectores ya se habían manifestado en contra de la “ideología de género” (lo pongo en comillas porque eso simplemente no existe), oponiéndose enfáticamente a que en los centros educativos se impartan clases de educación sexual y afectividad. Pues siguen creyendo que las personas jóvenes (principalmente las mujeres) deben abstenerse de realizar prácticas sexuales, ya que esto es fornicación; y cuando sucede entre personas del mismo sexo se convierte en un “pecado doble”. Es decir, se unen dos razones para ser condenado o condenada a la perdición y al sufrimiento eterno. Evidenciando nuevamente que los argumentos retrógrados son de índole religioso.

Aunado a lo anterior, este sector conservador y moralista que condena vehemente todo aquello que no se enmarque dentro de los esquemas heteronormativos; marchó a favor de la familia. Si usted se preguntó por cuál tipo de familia marcharon, déjeme decirle que yo también me hice la misma pregunta. Según estas personas marcharon a favor de la familia dada por su dios, la cual se conforma de la siguiente manera: papá (primero papá porque es el patriarca), mamá, hijo(s) y/o hija(s) ¿Será que en este modelo cabe la familia de Jesús: papá dios, papá paloma (espíritu santo), padrasto, mamá e hijo?

Por tanto, si su familia es uniparental o monoparental, extendida o ampliada (convive con otros familiares), o incluso son una pareja heterosexual que no tienen hijos/as; déjeme decirle que tampoco marcharon por su familia. Esto debido a que uno de los argumentos que sostienen en que esta tipología de familia tradicional se deriva del modelo bíblico (ni siquiera han leído bien este libro), pues el objetivo “natural” de la familia es la reproducción humana. Sí, parece que tuvieran complejo de conejos, pero no, recuerden que esto es “natural” (Y yo que creía que la noción de natural era subjetiva depende de cada punto de vista).

Seguidamente, otro de las consecuencias de este fallo en los últimos días, ha sido que el candidato presidencial que es pastor evangélico (ni siquiera es necesario mencionarlo para no darle más “fama”) aumente significativamente en las encuestas realizadas en redes sociales. Cabe mencionar dos aspectos importantes: 1) las encuestas son un panorama que refleja la postura de un sector de la población, sin embargo, realizar generalizaciones partiendo de estos datos sería un ejercicio simplista, y 2) se debe recordar que no todas las personas cuentan con redes sociales (lamentablemente las personas diversofóbicas abundan). Estas aclaraciones las incluyo porque sigo con la esperanza de que este señor nunca llegue a la presidencia.

Este mismo candidato ha afirmado que en caso que él quede electo, Costa Rica se retiraría de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Claro, eso reflejaría el carácter de doble moralista que tiene este país, y que aunque intenten pintar que “Tiquicia” es el país más feliz del mundo, en donde predomina el pura vida, sigue siendo una nación machista, patriarcal, conservadora (agregue todos los sistemas de opresión) que violenta derechos humanos. Antes que digan que el matrimonio no es un derecho humano, repitiendo el discurso de un abogado religioso, se puede revisar el artículo 16.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Lamentablemente, este pastor ignora o desconoce (¡y así quiere ser presidente!) que los fallos emitidos por este organismo son de acatamiento obligatorio (Artículo 7 Constitución Política), por tanto, a pesar de que gane (espero que ni su dios quiera esto) y decida que Costa Rica se retire de la CIDH, el fallo del 8 de enero debe ser acatado, pues las leyes no son retroactivas

Retomando este punto de la jerarquía, es importante hacer énfasis en que este fallo no viola la soberanía del país más feliz del mundo. Sin embargo, sí representa un golpe al orgullo nacionalista y patriótico que predomina en el país. Un orgullo que se confunde con soberanía, el mismo que se replica en la campaña: “A mis hijos los educo yo”. Bajo este lema se considera que se pueden tomar las decisiones que plazcan, a pesar de que se violen derechos, y nadie puede decirme nada porque “yo hago lo que me da la gana”.

Este mismo discurso se ha escuchado en diversos contextos internacionales. Por ejemplo, en países africanos en donde se legitimaba la práctica de la mutilación genital femenina, pues se afirmaba que el país tenía la autonomía y soberanía de tomar las decisiones basadas en “prácticas culturales”, tradiciones y argumentos patriarcales producto de la religión; a pesar de que esto violentara directamente la dignidad y los derechos de las mujeres.

Por otra parte, también se debe aclarar que este fallo histórico no afecta los derechos con los que cuentan la población heterosexual. Creo que esto no ha quedado claro, por lo tanto, coloco un ejemplo sencillo: si usted mujer está casada con un hombre (o viceversa), su matrimonio no se va a “disolver legalmente” para que usted se case con una mujer. Es decir, el matrimonio entre parejas del mismo sexo brinda la oportunidad para que la población homosexual pueda contraer nupcias, por lo tanto, no lo plantea como la única opción obligatoria. Así que usted seguirá disfrutando los derechos que siempre han tenido las parejas heterosexuales por considerarse “normales y naturales”.

Otro punto importante que se debe añadir es el argumento de que el matrimonio entre personas del mismo sexo no puede existir, pues el origen de la palabra matrimonio proviene de la unión entre un hombre y una mujer. Esta frase se puso de moda gracias a esos autores machistas que decidieron publicar un libro, y que hicieron una rabieta porque la Universidad Nacional de Costa Rica no les permitió desarrollar un espacio para promover un discurso denigratorio que violenta derechos (la libertad de expresión no implica permitir discursos intolerantes e irrespetuosos). Volviendo al argumento descrito me gustaría preguntarles a las personas que lo emplean si siempre hacen análisis etimológico de todas las palabras que utilizan.

Finalmente, creo oportuno reiterar que este avance legal dentro del plano formal (esta discusión la expondré en otra oportunidad) viene a representar un acto de visibilización política de todas aquellas personas que han sido oprimidas por no encasillarse dentro de los mandatos y esquemas heteronormativos. La lucha no termina con la aprobación del derecho al matrimonio, al contrario, debe continuar hasta que la opresión que sufre la población LGBTI se acabe. Esto implica ejercicios para generar rupturas con perspectivas vallecentralistas[4], elitistas, racistas, entre otras que no permiten politizar y articular la lucha; pues cuando empecemos a romper con estas barreras, podremos lograr la transformación que deseamos.

[1] Esta orden se extiende a los veinte estados reconocidos en este organismo: Argentina, Barbados, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Surinam y Uruguay (En algunos de estos países ya se encuentra aprobado).

[2] En Costa Rica este órgano refiere al Poder Legislativo, y se encuentra conformado por 57 diputados y diputadas.

[3] La CIDH obligó al Estado costarricense a realizar este procedimiento dentro del país. Sin embargo, cinco años después sigue sin cumplirse.

[4] Este término se emplea con el objetivo de visibilizar las estructuras centralizadas dentro del movimiento de diversidad sexual, principalmente en la capital del país y las regiones cercanas (Valle Central).




Orgullo gay, fiesta y homofobia

 

Ahora que, aprovechando el aniversario de los acontecimientos de Stonewall este 28 de junio, el Tribunal Supremo de Estados Unidos ha declarado legal el matrimonio entre personas del mismo sexo en todo el país, conviene advertir cómo la apariencia de este progreso social va unida, no a la normalización de una conducta, sino a la defensa y a la conservación del sistema de valores familiares propio de la sociedad de consumo tradicional, mal que le pese a los sectores cristianos integristas. La ampliación del concepto de familia es el resultado lógico de la necesidad de cubrir nuevos espacios de mercado no resueltos por parte del capitalismo. La moralidad solo es útil al sistema mientras mantiene a raya a sus posibles enemigos, y amplía sus límites cuando es necesaria la “socialización” de sectores antes marginados.

Un vistazo al excelente libro de Geoffroy Huard, “Los Antisociales”, una historia de la homosexualidad en Francia y España entre 1945 y 1975, nos enseña cómo tanto en dictaduras como en democracias, las legislaciones penales no sólo reprimían la expresión de la homosexualidad como escándalo público, sino que iban ligadas a una educación basada en la procreación como idea básica de una sexualidad heterosexual destinada a regenerar sociedades castigadas por el desastre demográfico de la guerra y necesitadas de una rápida reconstrucción. Había que evitar que el buen ciudadano heterosexual fuera “contagiado”, y por tanto, se fomentaba la homofobia institucionalizada. Se hablaba del factor antisocial de aquellos elementos “frustrados” afectivamente e incapaces patológicamente de integrarse en el sistema. Por tanto, no solo había que “heterosexualizar” obligatoriamente al macho, sino también establecer claramente sus diferencias con respecto al sexo opuesto, con el objetivo de marcar bien los roles entre el hombre-padre y la mujer-madre, al tiempo que se inducía a la gente a pensar que un individuo “normal” debía vivir en un medio heterosexual homogéneo.

Según la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, la homosexualidad se relacionaba con la vagancia y la delincuencia. Un médico forense examinaba al detenido y emitía un informe que avalaba las decisiones judiciales. Estos “expertos” consideraban la homosexualidad como un peligro para la sociedad, y los efectos perversos de sus dictámenes han venido reproduciendo un estado de alarma que se ha interiorizado en la mentalidad conservadora de varias generaciones. Tanto es así que en 2005, el catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense Aquilino Polaino Lorente, citado por el PP en la Comisión de Justicia del Senado para analizar las repercusiones de la ley que permitió el matrimonio entre personas del mismo sexo en España, aseguró que «las personas con conducta homosexual» padecen «una psicopatología«, consecuencia de haber sido educados por padres «hostiles, alcohólicos, distantes» y por madres «sobreprotectoras«, y rechazó la adopción por parte de las parejas del mismo sexo al considerar que ese entorno condicionaría la orientación sexual del niño.

Según Polaino Lorente, la homosexualidad «se suscita» en los hijos adoptados por gays o lesbianas. Esta mentalidad conservadora, propia de la tradicional política de diferenciación obligatoria de sexos, chocaba ya en aquel momento con la necesidad del sistema económico de incluir al homosexual dentro de los marcos institucionales establecidos. Otra cosa bien distinta es querer habilitar espacios de libertad fuera de las instituciones (cosa, por cierto, que siempre ha existido). Lo que hace 20 años era revolucionario, ahora está integrado. La lucha ya no se orienta hacia la defensa de nuevos tipos de unidad familiar, sino a la libertad del individuo por decidir su propia orientación y conducta sexual sin categorizaciones, y por tanto hacia el combate contra la homofobia largamente incubada durante tantos años de represión.

Desde la hemeroteca dos noticias sobre la homofobia en el mundo procedentes de lugares bien diferentes: el asesinato de un activista gay en Uganda, y la censura de una foto en la que Elton John y su marido muestran a su bebé en la portada de una conocida revista norteamericana. Ahora que en nuestra bien desarrollada sociedad hemos acabado acostumbrándonos al viejo discurso etnocéntrico sobre la inferioridad de culturas ajenas a Occidente, aunque ya no se le llame así por ser «políticamente incorrecto», y a que la globalización lo engulla todo como una nueva forma de imperialismo cultural, nos parece casi lógico y natural que en las «salvajes» tierras de africanos o musulmanes se produzcan atroces violaciones de derechos humanos y el integrismo se desarrolle, produciendo efectos devastadores, desde el genocidio de Ruanda hasta las ejecuciones de adolescentes gays en Irán y lapidaciones de mujeres en Nigeria o Arabia Saudí. Por tanto una noticia más sobre el asesinato de un conocido activista homosexual en Uganda no debería sorprendernos más que las declaraciones homófobas de un Mugabe o las redadas antigays de Marruecos o Egipto, del mismo modo que asociamos el fundamentalismo al islam o a otras religiones del Tercer Mundo, cuyas culturas, ya digo, como en los mejores tiempos del colonialismo, se nos antojan atrasadas y destinadas en justicia a ser «redimidas» por el progreso de nuestra civilización.

Pero he aquí que un viajero acostumbrado a vivir precisamente entre «salvajes», que hace ya tiempo que regresa a su cómodo mundo occidental con menos frecuencia, y que precisamente por ello es capaz de observar nuestro desarrollo como sociedad más objetivamente, se da cuenta de la creciente merma de libertades que vamos sufriendo durante los últimos años, con su consecuente aumento de prohibiciones y obsesiones con la seguridad y «protección» de derechos, creando un nuevo fundamentalismo cultural, silencioso, sin algaradas, que llega a formular, por ejemplo, la excusa de la «protección a la familia o a la infancia» para censurar una fotografía de Elton John y su pareja con su hijo en la portada de una revista.

Se puede decir que no son comparables los dos casos, el de Uganda con el de EEUU, por la atrocidad del primero y lo anecdótico del segundo, que ya hace tiempo que no se persigue a los homosexuales por aquí, y que si la historia de la revista ha llegado a ser noticia, es precisamente por el escándalo que ha producido, y que por ello se ha corregido inmediatamente. Pero aún admitiendo este argumento, no deja de ser cierta la fragilidad de la línea que separa la defensa de ese pretexto con su contrario. Desde hace tiempo hemos normalizado la presencia de cámaras de seguridad en todas partes, consideramos a los fumadores como apestados, caemos en las redes del consumo con una facilidad que pasma (aunque la crisis nos ha dado una buena bofetada), somos más moralistas que nunca (y por tanto más hipócritas), comemos telebasura hasta hartarnos, y todos seguimos las normas dictadas por los señores de la estética (obligándonos a seguir dietas y a estar constantemente en forma).

La inducción es claramente efectiva, y ha conseguido que la mayoría de la población sea fiel a un sistema insaciable. A esto también le podemos llamar fundamentalismo: nuestro sistema de creencias es firme porque no prevé alternativas, aceptamos su funcionamiento, con todas las cargas e inconvenientes que conlleva, y, a diferencia de los musulmanes, que sí se han rebelado contra sus gobiernos, nosotros nunca nos atreveremos a decir una palabra en contra. Seguro que, a pesar de las protestas contra la actitud del establecimiento que censuró la portada de la revista con la foto de Elton, hubo muchos que pensaron que no estaba mal, que se estaba obrando con un razonamiento acorde al derecho a defender al más débil, partiendo de la base de que siempre se puede ser algo homófobo siempre que haya que salvaguardar un bien mayor; igual que se recortaron derechos fundamentales como la libertad de expresión, la privacidad de las comunicaciones, o la presunción de inocencia, cuando se convenció a la población de que su seguridad estaba en juego. Es tremendamente triste ver la facilidad de manipulación que existe. ¡Y nos sorprendemos de los extremistas suicidas cuando nosotros llevamos largo tiempo suicidándonos con una precisión lenta y calculada! Recuerdo un excelente cómic de Ralph König, en el que sobre la barra de un bar gay se producían dos conversaciones paralelas, o mejor dicho una conversación entre tres jóvenes que charlaban sobre lo aburridos que estaban de divertirse, y el monólogo de un viejo marica que pensaba en voz alta sobre cómo la homofobia cotidiana le había jodido la vida. No puedo dejar de escribir sus últimas frases:

«Hoy en día todos quieren ser jóvenes y guapos y bailar cada noche… ¡Todo menos pensar y tener inquietudes políticas, y mientras tanto los neonazis están preparando el terreno!


Algunos tendrían que haber experimentado lo que era antes… ¡Cuando de repente se abrían las puertas y aparecía la policía y te pedía los documentos! Uno no se sentía seguro ni siquiera en su propia casa, ya que los vecinos podían ver cómo traías visitas masculinas. Por eso había que ir con mucho cuidado y sin hacer ruido, si no, te rescindían el contrato del piso. ¡Así de sencillo! ¡Entonces no había discotecas con zonas nudistas, ni drogas, ni aros en la nariz…! ¡Pero de aburrirnos no nos aburríamos!»

Pensamos que hemos vencido los prejuicios homofóbicos de nuestra sociedad porque ya tenemos ley de matrimonio gay, los guetos se han convertido en templos del consumo, las celebraciones del orgullo gay atraen a las mejores marcas, y las discos ofrecen macrofiestas cada fin de semana, cuando la verdad es que, ante nuestros ojos el mercado se ha convertido en la religión oficial, mucho más agresivo que el peor de los integrismos, con el que no se juega, y que un día nos alaga como clientes necesarios, y otro, en un hipotético futuro, nos puede volver a hundir en el ostracismo. La misma mentalidad que ha censurado la foto de portada, y que ha cedido ante el escándalo, no desaparecerá si no abandonamos la seguridad que hemos creído conseguir. Como dice Zygmunt Bauman:

«Las libertades de los ciudadanos no son propiedades adquiridas para siempre; no se trata de pertenencias que se encuentran seguras en cuanto se guardan en cajas fuertes privadas. Están plantadas y arraigadas en el sustrato socio-político y éste ha de ser fertilizado a diario; si no reciben los cuidados debidos día tras día (en forma de acciones informadas a cargo de un público entendido y comprometido), acaban secándose y desintegrándose.

El pasado tiende a ser despiadada y sistemáticamente destruido, lo que hace que la redención de las esperanzas sea sencillamente imposible desde el momento en que los individuos son reducidos a una mera secuencia de experiencias instantáneas que no dejan rastro o cuyo rastro, mejor dicho, es odiado por irracional, superfluo y «superado» en el sentido más literal de la palabra. Cuando los individuos han quedado así reducidos, es improbable que traten de hallar seguridad en la esperanza (es decir, en una causa que todavía no se ha materializado en realidad)… Quienes no tienen un mínimo control sobre el presente no serán capaces de reunir el coraje necesario para controlar el futuro… El estado de precariedad reinante hace que el futuro en su conjunto resulte incierto y, por tanto, impide toda previsión racional, y anula ese mínimo de esperanza en el futuro que se necesita para rebelarse…

Desairado y frustrado a diario, el individuo halla un refugio para su narcisismo personal en el narcisismo colectivo: una promesa de seguridad que resulta inevitablemente engañosa en lo que a la salvación de esa individualidad gravemente herida respecta…

El mundo quiere que le engañen… No es que las personas se traguen el cuento, como se suele decir, es que desean que les engañen; sienten que sus vidas serían completamente insoportables si dejaran de aferrarse a satisfacciones que no lo son en absoluto.

En el relato que hizo Lion Feuchtwanger de las aventuras de Ulises, los navegantes transformados en cerdos por el hechizo maligno de Circe renunciaban a recuperar su forma humana cuando se les daba la oportunidad: cómodamente descargados de toda preocupación gracias a la comida que, aunque frugal, recibían regularmente y sin condición alguna, y gracias al refugio (mugriento y maloliente, pero gratuito) que les proporcionaba la pocilga, no estaban dispuestos a probar una alternativa que era más emocionante, sí, pero también más inestable y arriesgada.»




Transexualidad y hormonas literarias

Tengo la suficiente edad para recordar que las primeras novelas publicadas en castellano sobre transexualidad eran principalmente   biografías o más a menudo autobiografías en primera persona. Se confundía transexualidad, con travestismo, transgenerismo y hermafroditismo. Pero esa es otra historia. Frente al afán de pulcritud del movimiento gay mas asimilacioncita y “civilizado” o del feminismo esencialista camino de la institucionalización, las personas transexuales no eran un punto cómodo, pudieran o no asistir a sus reuniones con libertad. Una de las primeras novelas (en este caso una autobiografía) nos llegò de la mano de la alemana  Charlotte Von Mahlsdorf con el provocativo título de yo “Yo soy mi propia mujer[1] donde nos cuenta su temprana conciencia de sentirse mujer y también su dificil existencia en la Alemania nazi y post-nazi. La potencia del libro residía en su sinceridad y desarmante sentido del humor. Llevada al cine por Rosa Von Praheim, contribuyó a abrir las puertas y las vallas entre los géneros binarios. Algunos dirán que la literatura transexual ha existido siempre. Que ya San Juan de la Cruz hablaba de sí mismo en femenino y el romántico inglés Thomas de Quincey contó las peripecias de la llamada “Monja alférez”. Por no hablar de la Divina de Genet o del Heliogábalo de Artaud. O el ejemplo ya emblemático del “Orlando” de Virginia Woolf que disfruta y sufre las consecuencias de pasar de un sexo a otro, a través de la prosa exquisita de una autora inmensa. Pero aquí me interesa más la literatura post-stonewall, un acontecimiento histórico que no fue escrito ni relatado por ellas y ellos pero que, sobre todo, protagonizaron personas transexuales.

Yo soy mi propia mujer” contaba una historia de fuerza irresistible desde su valor histórico y mucho más ameno y avanzado que la novelita conventual que acompaña a “Alexina B” y el estudio de Foucault sobre el hermafroditismo, tan influyente después en la teoría queer. Hay personajes de Carson McCullers, como la Frankie de “Frankie y la boda” reivindicada por Judith Hallberstram, o personajes de Capote o Williams que entran ya dentro de la ruptura del binarismo de género aunque desde posiciones despolitizadas y en ocasiones, contradictorias. Curiosamente va a ser el teatro español el que va a incorporar, desde las posibilidades performativas de lo escénico, lo trans más allá del simple elemento cómico, desde “El público” de Lorca, hasta, después del franquismo, “Ocaña, fuego infinito” de Andrés Luis López (finales de los años noventa) o algunos personajes del teatro de Francisco Nieva.

Aunque la transexualidad en el estado español entró más por el cine (Almodóvar, Salazar) que por la literatura, el propio Almodóvar trató de trasladar, sin demasiado éxito, su universo de diversidad sexual a su novela “Patty Difusa”, al tiempo que los testimonios más estremecedores de las dificultades vitales de personas transexuales nos venían de Latinoamérica con libros como la brasileña “Princesa” de Fernanda Farias de Alburquerque ( no exenta de cierto sensacionalismo) o la prosa poética de Pedro Lemebel, queriendo desdibujar fronteras. Son testimonios que todavía eran una realidad en el Estado Español como la prostitución callejera, la violencia machista y la soledad en la gran urbe. Mientras Mendicutti introduce con timidez un personaje transexual en “Una mala noche la tiene cualquiera”, de un ámbito mas académico nos llega la novela histórica “La chica danesa[2] que sorprende por la desenvoltura y la falta de aspavientos con la que David Ebesfoff nos cuenta un episodio de autoaceptación en el Copenhague bohemio de los años 20, que como el Berlín de los 30, representado en “Paris era mujer” supone un relapso en las costumbres sexuales de la época, devastado todo ello por la llegada del nazismo. Es posible que la gran novela sobre la transexualidad en el estado español esté por escribir pero no deberíamos desdeñar las influencias de otros países. Es el caso de “Escrito en el cuerpo” de la británica Jeannette Winterson, que, inspirándose en Wittig, propone el cuerpo como una página en blanco y también como un disfraz, empleando siempre un tono cálido, que mezcla realismo y fábula.

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Winterson o Wittig influyen en Peri Rossi, Tusquets o Moix y, aunque ninguna de ellas habla propiamente de la transexualidad de mujer a hombre, sí cuestionan el esencialismo del cuerpo de mujer como un constructo atravesado por discursos sociales, médicos y jurídicos. Esos discursos ya fueron cuestionados en poesías y ensayos por escritoras chicanas o afroamericanas como Cherrie Morga, Audre Lorde, Gloria Anzaldúa, etc, desde un punto de vista despatologizador, racializado y no colonialista. La desestructuración de algunos países del Este de Europa han llevado a novelistas a contar los tiempos anteriores y posteriores al comunismo en la vida de las personas transexuales sin recursos, en las ruinas de sueños de esplendor como la magnífica “Lovetown” del escritor polaco  Michal Witkowski, publicada recientemente por Anagrama.

Las ficciones se han diversificado aunque no lo suficiente. El discurso despatologizador y del continuum hombre mujer ha encontrado mejor acomodo en novelistas estadounidenses como Jeffrey Eugenides con su inmensa “Middlesex”, más correcta y elaborada que las ficciones de Tom Spanbauer pero también menos potente. O incluso la propia ciencia ficción que ha pasado de ser un género eminentemente masculino a hibridaciones producidas por nombres como Ursula K. Leguin, Samuel R. Delaney o la propia Winterson que en “The Powerbook” -un libro sobre el espacio virtual- nos dice “Desvístete. Quítate ropa, quítate el cuerpo, hoy podemos ir más allá del disfraz. Esta es una historia de amor y desamor, de policías y ladrones, la extraña historia de ti y de mí. La historia soy yo misma. Tengo que contarla yo. Comienza”. Curiosamente ahora la narrativa de los países árabes con nombres como Abdelá Taia o Tahar Ben Jelloun (“El niño de arena”) está poniendo en solfa las dicotomías de género y la anatomía como destino. Taia en su última novela “Infieles” hace un valiente esfuerzo de transexualidad literaria en el último párrafo de una historia autobiográfica , un párrafo inolvidable con intención política y poética.

«-Había sido elegida.

¿Elegida yo? ¿Yo?

La voz me repitió tres veces el mensaje. Dijo tres veces mi nombre. Norma Jean Baker.

¿Podía dudar? ¿Podía resistirme?

Todo sucedió muy deprisa. Conseguí adelgazar, encontrar mi cuerpo de antes. Y, en medio del rodaje de Something Got to Give, dejé este mundo. Con mis propias manos

Alcé el vuelo

Entonces mi leyenda en la tierra adquirió otras proporciones.

Y desde entonces estoy aquí, a las Puertas del Cielo.

Recibo

Escucho

Juzgo

Reúno

Hablo en lugar.

Hablo desde su lugar

Soy humana. Extraterrestre. Estoy en todas partes y en ninguna Soy Hombre. Mujer. Ni lo uno ni lo otro. Más allá de todas las fronteras y [3]todas las lenguas».

[1]Von Mahlsdorf, Charlotte. Yo soy mi propia mujer. Editorial Tusquets. Colección Andanzas.

[2] Ebershoff, David. La chica danesa. Anagrama. Panorama de Narrativas, 2011.

[3] Taia, Abdelá. Infieles. Cabaret Voltaire. Barcelona, 2014.




#MiSangreEslaMismaQuelaVuestra

 

Por IU Burgos

Ante la última noticia en la que se señalaba que el tribunal de justicia de justicia de la Unión Europea avala excluir a las personas LGTBI de las donaciones de sangre. “Desde la candidatura IU-Equo Convergencia por CyL” queremos mostrar nuestro rechazo a una medida que vuelve a demostrar la homofobia y la discriminación de las personas por su condición social lo que vemos totalmente humillante.

Da igual la condición sexual. Es hora de decir basta a que se mire con lupa con quien mantenemos relaciones sexuales, si además en caso de enfermedades se realizan en todos los casos una serie de pruebas que determinan la validez de la sangre para las transfusiones sin estar la validez en ningún caso en la condición sexual de ninguna persona.

Por todo esto convocamos a todas las personas que quieran acudir a donar sangre el sábado 16 de Mayo a las 10:00 de la mañana en el Divino Vallés para donar como acto simbólico y de protesta.




Mañana todos seréis negros: James Baldwin en nuestro espejo

La reciente reactivación de la violencia racista en Estados Unidos trae a mi memoria las palabras del escritor norteamericano James Baldwin: “Mañana, todos seréis negros”. Santa razón, Jimmy. Lo somos. No sabemos ni podemos saber de dónde venimos, o sea que menos aún podemos conocer no ya adónde vamos sino simplemente quiénes somos. Hasta los inmortales mueren, pero su conciencia perdura en las mentes de quienes reconocen las luchas, los avances y las posiciones políticas que permiten denunciar las miserias y las atrocidades de un sistema político y económico basado en la opresión, la injusticia y la segregación. Uno de ellos fue James Baldwin, uno de los mayores exponentes de la llamada narrativa afroamericana, además de un autor comprometido, a su manera y dentro de las cortapisas de su época, con la liberación homosexual. Baldwin estuvo cerca de la campaña política Martin Luther King, y desconfió de algunas proclamas violentas de Malcom X, hacia un pueblo todavía discriminado, de forma más sutil, en los EEUU.

A pesar de que tiene un presidente negro, lo cierto es que sigue habiendo barrios estigmatizados, una mayor discriminación laboral. Un alto tanto por ciento todavía elevado de los  y las trabajadoras peor remunerados siguen siendo afroamericanos o la gente de origen hispano. Ha habido pues grandes cambios pero no cambios profundos. Más vistosos que reales. Las estrellas de cine afroamericanas se siguen pudiendo contar con los dedos de una mano y dependiendo de la zona de EEUU se les ofrecen más o menos oportunidades. Para acceder a la carísima educación universitaria deben o proceder de familia muy acomodada o, lo más habitual, ser grandes deportistas. El profundo Sur donde Baldwin ambientó algunas de sus novelas no es tan diferente en sus raíces del que existe en estos tiempos de temor y recesión.

La muerte, en enero de 2014, de AmiriBaraka, autor del clásico “Blues People” (1963) y creador del movimiento Black Arts (del que salieron los fundadores de los Black Panthers), me recordó la tremenda influencia que Samuel Baldwin había tenido en la formación de una gran parte de escritores activistas, que ya no solo luchaban contra la segregación racial, y, al igual que Malcolm X o Muhammad Alí (antes CassiusClay), abandonaron “sus nombres de esclavos”, rebautizándose y convirtiéndose en compañeros de viaje  de los musulmanes afroamericanos, sino que renegaban del nacionalismo y adoptaban el marxismo como carga teórica de su lucha. Baldwin, que hoy es recordado en muchos sitios por el ser el autor de “El cuarto de Giovanni” (sobre el amor imposible entre un turista estadounidense y un joven italiano) tuvo que enfrentarse a los prejuicios hacia las mujeres y los gays o bisexuales en un sector de la comunidad negra organizada. Es paradójico que tanto en el movimiento LGTB como, sobre todo, en el movimiento negro (de gran fuerza casi en la misma época) las personas afroamericanas no heterosexuales tuvieran que sufrir formas refinadas de sexismo o racismo, igual que las lesbianas anglosajonas en un sector del movimiento feminista más escuchado.

Criado en las calles de Harlem, pequeño, frágil, con ojos saltones, comenzó a escribir mientras trabajaba en el Greenwich Village como botones, lavaplatos o camarero, por lo que sufrió en primera persona los efectos de la segregación. Hay poco y, en general, mal traducido de este escritor que escribía con las tripas, dejándose la piel en sus personajes que traspasando la autobiografía se situaban entre la gran literatura estadounidense con dimensiones de fresco social, épica y denuncia social. Pero el retrato  humanista está presente en todas sus creaciones, dramatúrgicas, novelísticas o ensayísticas. Un autor que paso de ser un novelista hábil a un hombre de letras comprometido con su tiempo que dejó su pueblo para irse a la ciudad, como tantos  otros, a buscar una oportunidad donde encontró círculos literarios y hermanos de raza pero también formas mas sofisticadas de racismo y homofobia vigentes en la década donde sitúa sus obras más importantes. En 1948, mientras denunciaba la discriminación racial que se producía en EE.UU. se marchó a vivir a París, para, según dijo, “averiguar quién era, no lo que era”, en un ambiente de mayor libertad.

Algunos de sus trabajos como la pieza dramática “Blues para Mister Charlie” o “Blues de la calle Beale” han sido llevadas al cine. Aunque sus obras narrativas mas respetadas siguen siendo “Ven y dilo en la montaña” u “Otro país” donde muestra el desamparo de los negros de los barrios bajos sometidos a la presión policial, la desconfianza y el estigma social. A lo que se une la descripción de una lucha todavía ardua por ser aceptados como gays o lesbianas (y ahí tenemos el testimonio de AudreLorde) dentro de los movimientos de clase o raza. La amenaza de ser recluidos en guetos más pobres, la mas temible de la cárcel o el linchamiento siguen en la memoria herida pero llena de vitalidad de las historias de uno de los novelistas, sino mejores, mas sinceros e intensos del siglo XX. En 1954 el Tribunal Supremo de Estados Unidos ordenó el fin de la segregación racial en las escuelas (comenzando el movimiento por los derechos civiles), lo que motivó a Baldwin la decisión de regresar a su país: “No podía quedarme sentado en París arreglándome las uñas y hablando de Little Rock”, comentó, refiriéndose al envío a Arkansas de tropas federales para forzar la convivencia entre blancos y negros. Su novela “Another Country” (1962) fue un llamamiento para un mayor entendimiento interracial, y su ensayo “TheFireNext Time” (1963) ya preveía los desórdenes raciales que se prolongarían toda la década de los sesenta.

Su paso de la identidad individual (en una sociedad individualista) a la “toma de conciencia colectiva” aparece documentada no solo en sus libros sino también en diversas entrevistas, intervenciones políticas y denuncias, tímidas pero certeras, del machismo y la homofobia en todas las clases, razas o religiones. No es cuestión de sumar opresiones sino de cuestionar la normalidad y su artificiosidad y el concepto mismo de “minoría” a través del tiempo.

pasar de página

La vida y obra de James Baldwin muestra la evolución de su sociedad: son los tiempos en que Rosa Parks se sienta en un autobús desafiando una prohibición racista, mueren asesinados por la derecha de EEUU tanto Marthin Luther King como Malcom X. También aparece unido al jazz y a otros autores que por primera vez mencionaron la homosexualidad en la Norteamérica conservadora de los años cincuenta como Tennessee Williams, NelaLarsen, Truman Capote, Carson McCullers, James Purdy o Patricia Highsmith.  También encontramos en Baldwin la herencia del poeta gay Lagston Hughes o de afroamericanos de renombre más cercanos en el tiempo como Richard Wright (Native Son) o Ralph Ellison (El hombre invisible). Aunque nadie en la academia de aquí o de allá negaría el hecho de la discriminación o la articulación de subculturas raciales para comprender la narrativa de Baldwin, todavía hay quien piensa que su vivencia de la homosexualidad en la sociedad macarthysta es un hecho irrelevante o sobre el que se puede pasar rápidamente.

Muchos libros de James Baldwin fueron traducidos al castellano hace mucho tiempo y sigue siendo un famoso desconocido como ocurre con la dramaturga LillianHellman o la novelista Shirley Jackson. Pero la fuerza de obras sobre la violencia racial como “Blues para Mister Charlie” o la riqueza de matices de clase y género depositadas en “Otro país” hacen de él un autor, todavía, a reivindicar. Baldwin políticamente estuvo mas cerca de Luther King que de Malcom X aunque las memorias de este último siguen siendo un documento impagable sobre una lucha entendida de forma personal. El asesinato de Luther King en 1968 le hizo volver a Francia, donde publicó “Tell Me How Long TheTrain’sBeenGone”, donde contaba la historia de un actor negro que mantiene relaciones con una preciosa actriz blanca y un chico negro. Al mismo tiempo, AudreLorde (madre, negra y lesbiana) contó la experiencia de las afroamericanas sin recursos en un libro menos belicoso que los del reverendo como es la fascinante “Zami”, recién editada (por fin) en castellano. La politización de la obra de Baldwin puede observarse claramente en su ensayo “No Name in the Street” (1969), en el que abogaba por “un socialismo propio, formado por y respondiendo a las verdaderas necesidades de los norteamericanos”. Mucho después, en 1985, publicaría “Evidencia de Cosas no Vistas”, acerca de la muerte en Atlanta de 28 niños negros.

Baldwin es heredero del renacimiento del Harlem. Muchas de sus historias pueden leerse con música de jazz que antes de su estandarización perteneció a los negros y a otras minorías que expresaban así su lamento pero también su enorme sentido de la belleza, huyendo del victimismo a favor de la poesía. Así Louis Astromg, John Coltrane, Charlie Parker  o sobre todo Nina Simone cantaron al amor y la lucha, pero también a la experiencia de la negritud en la Norteamérica sureña. Baldwin desmontó esos mecanismos mentales por los que el oprimido adora al opresor.  En sus novelas no faltan los diálogos, un estilo dinámico  otro algo mas desfasado, que no obstante, no logran rebajar el interés humano y la calidad literaria de toda su obra. Un mundo de humo, baterías, subsuelos, compañerismo, miedo, persecución y homoerotismo que  fue recreado de forma barroca y estetizante por el cineasta queer Isaac Julien en “LookingforLagston”, agarrándose a la belleza del color diferente de las pieles de los personajes.

Rompiendo esquemas  y quitando velos, Baldwin ocupa un puesto de importancia de transición en la literatura afroamericana y en la literatura gay o que aborda, con cada vez menos prejuicios, la diversidad sexual y amorosa. Nacido en Harlem, su obra es mas intimista que la de los famosos beatniks pero también más profunda. Como ellos amo el jazz, la autodeterminación y el empoderamiento de la gente señalada por su raza, orientación sexual o procedencia social y geográfica. Todo esto lo deja claro en sus frases sobre el amor. “El amor no es un punto de partida o llegada es un verdadero campo de batalla y conquistas”.

Por estos lares, si bien ha florecido cierta literatura LGTB, la literatura racial ha sido menos fructífera. Así, en los márgenes de lo poscolonial, es mas fácil encontrar autores marroquíes en Francia o pakistaníes en Inglaterra que ver publicadas las obras de los gitanos, las gentes que emigran o que vuelven. Tal vez solo Latinoamérica haya brillado como una herida luminosa y productiva en el campo de las letras en castellano. La raza, el género, la orientación sexual, la clase social, la diversidad funcional etc. son elementos que unen pero también separan en el miedo. No debemos verlos únicamente  como vectores de opresión sino también como chispas de creatividad o espacios de posibilidad por explorar.




Freud, Lacan: El sexo a la deriva

«El goce fálico es el obstáculo por el cual el hombre no llega, diría yo, a gozar del cuerpo de la mujer, precisamente porque de lo que goza es del goce del órgano».

Lacan, Seminario 20, «Aún».

 

Un refrán nicaragüense dice que «cuando un sabio señala las estrellas, los tontos miran al dedo». Creo que a una gran parte del movimiento de liberación de lesbianas y gays les ha pasado eso respecto al psicoanálisis. De la ingente obra de Freud sólo han trascendido en la mayoría de los escritos de muchos teóricos queer dos o tres tópicos, a saber:

– Freud llama «perversión» a la homosexualidad, en su obra Tres ensayos para una teoría sexual (de 1905), por lo que parece ser que la considera algo anormal, insertándola en el sistema médico- patologizante homófobo que se inició a finales del siglo XIX.

– Freud establece una especie de desarrollo armónico heterosexual al final del complejo de Edipo, una vez «superadas» esas fases infantiles polimorfas donde hay deseos bisexuales y de otro tipo. Es decir, sería uno más de los que legitiman el sistema hetero-normativo.

– Freud sería un machista homófobo porque plantea que las mujeres tienen «envidia del pene», o sea, que les falta algo que los hombres tienen, y además las lesbianas quedarían excuidas del mundo del deseo según este proceso falocrático.

En estas críticas habituales a Freud se olvidan bastantes cosas. En primer lugar, que los desarrollos iniciales de su teoría (que he caricaturizado aquí) fueron modificados sustancialmente por el mismo Freud en sus obras de los 30 años siguientes, hasta el punto de no considerar la homosexualidad como algo específico a «tratar», sino una orientación sexual más en medio de una infinita multiplicidad del deseo donde no hay lugar para la normalidad, ni siquiera heterosexual («Carta a una madre americana»). También aporta una crítica feroz al psicologismo y a las visiones «organicistas» o biologicistas del deseo, que incluso hoy siguen pensando que el deseo de los sujetos está escondico en ciertas partes del cerebo o en algún rincón de los cromosomas.

Muchos teóricos queer omiten también a otro autor fundamental que puso de relieve el potencial subversivo de la obra de Freud, y que en su enseñanza desde 1950 a 1980 elaboró un desmantelamiento implacable de las categorías de hombre y mujer, de relación sexual y de armonía entre los sexos: nos referimos a Jacques Lacan.

La obra de Freud y la de Lacan suponen dos herramientas fundamentales a la hora de cuestionar la construcción social y discursiva de «la homosexualidad», siempre y cuando sepamos mirar hacia dónde apuntan y no nos quedemos en la literalidad de sus textos. Evidentemente, es cierto que Freud asume en su lenguaje muchos de los prejuicios positivistas y machistas de su época, pero eso no invalida la totalidad de su obra. De hecho, ya es bastante sorpendente que un médico de la burguesía vienesa de finales del XIX llegue a asumir (por primera vez en la historia de la cultura occidental) que no hay una normalidad en el deseo, que el deseo humano no está relacionado con la biología, que las prácticas sadomasoquistas, lesbianas, masturbatorias, coprófilas, etc, no son algo «especial» o de «los otros», y que la «heterosexualidad» no es un estatuto natural, sino más bien una aspiración impuesta culturalmente que además nadie cumple sin pagar un precio.

Cuando Lacan afirma que «no hay hombres ni mujeres, sino tan sólo sujetos, todos castrados, todos perdidos», está abriendo las puertas al terreno de la multiplicidad, a una concepción del deseo humano que no tiene que ver con el discurso de la ciencia, ni con el de la psicología, ni siquiera con esa «incitación a saber sobre el sexo» que denució Foucault en La voluntad de saber, puesto que lo que plantea Lacan precisamente es que «no hay saber sobre el sexo», y que ese «no saber» tiene efectos sobre los sujetos, pero siempre efectos de singularidad, que no se clausuran en la hermenéutica ni en ningún discurso de salvación o transparencia explicativa.

Otra confusión muy común sobre Lacan, que se da también entre algunas teóricas del feminismo (otras, precisamente, son lacanianas), es la de considerar «el falo» (noción simbólica, que nadie posee) como «el pene», el órgano. Esa confusión es precisamente la que marca muchas vivencias de la sexualidad llamada «masculina» (esos hombres, esas mujeres, homos o héteros, fascinados por la esperanza de un pene todopoderoso). En la medida en que el falo no da respuesta a la pregunta «qué es ser un hombre y qué es una mujer», el sujeto no tiene una relación a priori ni con el género, ni con el otro, ni con el cuerpo, ni con el sexo biológico (ni consigo mismo). Mayor carga de dinamita para el orden social y (hetero)sexual, imposible.




La «justicia europea» ratifica la decisión de prohibir donar sangre a los gays

Las palabras «justicia» y «europea» no suenan muy bien en estos tiempos y menos las dos juntas pero lo de prohibir donar sangre a los gays (ellos dicen «homosexuales» pero nosotros nos llamamos como queremos) es una de esas cosas que nos ratifican en la idea de que las llamadas «crisis» del capitalismo, como decía Monik Round, traen consigo un aumento de la homofobia, el racismo y el machismo. También la serofobia, el sexismo y la islamofobia. De la Francia de LePen a la España de Rajoy este tipo de ofensas no levantan mucho revuelo, ni siquiera entre un sector de la izquierda, pero construyen al «otro» a partir de supuestos abstractos, llenos de ideología, ansiedades imprecisas, temores que vienen de arriba y falsedades pintorescas. En lugar de vetar a Rusia por sus leyes antigays ahora el tribunal de justicia europeo se acuerda vagamente del colectivo LGTB por la cuestión de la sangre. No para hacer campañas mejores contra el VIH sino para seguir el ejemplo de los países ideológicamente más nefandos. Para fomentar el involucionismo y señalar a grupos sociales para despistar al personal. O sea que los que nos gobiernan, por si quedaba alguna duda, son los peores de la clase, los tontos con poder. De nuevo -esto ha pasado ya en algún hospital burgalés- no se especifica que entiende la justicia europea por «homosexuales». Se refiere en principio a hombres o también incluye a las lesbianas? ¿Estas existen? ¿Y los bisexuales? En fin, sin comentarios.

Se lo que se siente cuando estas solo ante tontos juntos y con poder (soy de Burgos) pero se han propuesto que a través de agresiones, difamación, vuelta al armario a los trabajos etc seamos nuevamente mujeres, maricones, trans, moros y otras ¿minorías? que ¿molestan? los que, además de los jóvenes exiliados y la gente en precariedad, paguemos los platos rotos de su crisis bancaria y de su estafa organizada. Lo mas doloroso de este asunto es, como ocurrió, cuando los asesinatos en Rusia, no hay partidos a los que acudir cuando ocurren estas cosas. Esperamos que las nuevas fuerzas políticas se hagan eco de la noticia porque van a conseguir a este paso que el voto de esas supuestas minorías que están tampoco pueda entrar en las urnas. Aun así tengo fe en que se puede. No demos ideas a esta Europa que se va pareciendo cada vez más a aquella que dejamos atrás. Si no que se lo digan a Clement Meric, Juan Andrés Benítez, a las femen pisoteadas por la policía o a las lesbianas agredidas en Madrid. La incitación al odio y la violencia se articula de forma sutil bajo discursos vaticanos o en este caso bajo sentencias vergonzosas.