¡No a Tánatos!

─ Johnny, escucha; tienes que ser una buena persona ─ dijo Tánatos.
─ No quiero ─ respondió el chiquillo al que el mismísimo Chuck Berry dedicó una canción.
─ Qué va a pensar la gente si te ve con esa pinta de vago y maleante, eh, dímelo tú. Esa imagen que das de ti a los demás es lo más importante porque es lo primero que le entra a la gente por los ojos; piensa sino en esta misma ciudad donde vives, en Burgos, el arco de San Gil es un ojo…
─ Yo no doy ninguna imagen…
─ El hoyo del Crucero es un ojo hundido en su cuenca, el cerro del Castillo es una montaña de ojipláticos señores juzgándote en esta dura competición que es la vida; esa esquina de Laín Calvo es el filo de su cuchillo y él te cortará y tu sangre se derramará cerca de Fernán González y tu destino quedará atado las manos largas de San Francisco. Escúchame de una vez; go, Jonny, go, vamos, vete de una puta vez a producir para que así no estés todo el rato pensando, erre que erre, que si te enamoraste perdidamente aquí, allá y acullá, que si Eros no quiere el trabajo enajenado, que si llevas diez putos años escribiendo novelas, ensayos, poemarios y artículos y que eso debiera considerarse como un trabajo cuando lo único que consigues es hacer el ridículo no sólo ante nuestros vecinos jueces sino sobre todo ante ti y como sabes el ridículo en un mundo tan pequeño como este, en fin, y lo peor es que no eres consciente de que tu responsabilidad es ser responsable como esclavo, a ver perdona hoy estoy es-pesa-do, tú obligación es ir contra tu deseo y esto se entiende en que no todo el mundo puede ir desatando a su Eros interior porque en fin, ya sabes, la civilización se iría al garete y entonces qué sería de nosotros; tú te dedicas a hacer el vago y a fumar flores amarillentas y resecas mientas recitas como un poseso a esos poetas de nombres perdidos y oscuras intenciones, te quedas ahí pasmado y te dan escalofríos azules y se te eriza la piel como hierba fresca y yo no sé cómo decirte que las personas tenéis que haceros responsables; tenéis obligaciones para con vosotras eso para empezar y luego con otras personas y sí, ahora empezarás a decirme que si ya has trabajado y no has podido soportarlo pero eso ha sido porque no has querido soportarlo. Explícamelo, y no vale salirse por la Tangente… no, majo, no, quieto ahí un momento.
─ Que te jodan tío. Me estás dando mal rollito; ahí te quedas, me voy a las Fuentes Blancas a sumergirme un poco en esas intenciones oscuras que dices… ─ Johnny se puso a gesticular sacando la lengua, haciendo ruidos graciosos.
─ Ya me sé el discursito de que eres un vago porque la gente poderosa, la mala gente como el Pozo ese del que siempre hablas, quería que tú disfrutaras prostituyéndote y compitiendo a machetazo limpio para ganar unas cuantas moneditas de chocolate, pero qué quieres, el mundo funciona así, que eres un niñato, la vida no se puede separar del sistema a ver si te enteras que eso lo tiene escrito Habermas…
─ Yo a Habermas me lo paso por el forro de los cojones.
─ Ya claro tú te pasas por el forro a Habermas verdad que sí, y encima te quedas tan ancho después de soltarlo, a ver… Eros no puede bajar la tierra prometida aquí, a este Burgos donde apenas hay oportunidades y menos para un vago y maleante como tú… Johnny, Johnny, tienes que aceptar tus responsabilidades de esclavo.

Pero Johnny no quería escuchar a Tánatos y soñaba con darle una paliza ayudado por sus amigos resacosos. El joven se iba a Fuentes Blancas y se quedaba allí leyendo y escribiendo poesía mientras la piel se le iba erizando como las agujas de pino que se asomaban entre los brazos y dedos verdes del bosque. El viento soplaba como la colada colgada en la terraza. Tras dejar el libro, él sabía que saldría del cobijo del bosque y de los versos de los poetas, sabía que conduciría por la ronda y Gamonal y que Tánatos y su amigo Capital volverían a hablarle más tarde o más temprano. Tendría que volver a luchar y buscar la ruta de fuga. Y estaba decidido a hacerlo, pues Eros le susurraba sus placenteros versos al oído.

 

 

 

 




La paciencia

Foto extraída de http://imagenesdepaisajespreciosos.com

 

–Aguanta un poco hijo, sé paciente, esto no puede durar mucho, después nos cubrirá la paz de los cielos.

Quien animaba así era una madre que, ante el llanto de su bebé de pocos meses, se exprimía el seno derecho por ver si todavía manaba algo de leche para calmar aquellas lágrimas, lamentos que no brotaban sosegados, como emergen las penas  del silencio. Aquellas lágrimas, entrelazadas con justificados gritos,  eran exigencias de su derecho a mamar. El bebé todavía no gozaba otros derechos que lo amparasen. El pecho izquierdo ya estaba agotado, como piel reseca, igual que las carnes hambrientas de aquellos brazos que apenas podía sostener a su hijo.

Se acercó otra mujer y ofreció al niño sus mamas todavía llenas, nutridas por la subsistencia, ayuda que la cruz roja o la media luna roja les hizo llegar meses atrás, en el anterior refugió. Esta madre ya no tenía criatura a la que ofrecer sus pezones, pues el fragor de los explosivos se lo había llevado, y ella, con el duelo todavía dentro de su espíritu, creyó que podía apagar el llanto ajeno, como se trasplanta un corazón u otro músculo. Mientras el bebé, con quejidos entrelazados por las ansias de las hambres, acomodaba su carrillo en la calidez humana, y a la vez, con sus labios ansiosos, surcaba el busto en busca del milagroso pezón.

Ambas mujeres se sonrieron en silencio, con gratitud, la primera al ver satisfecho a su hijo, la segunda por dejar que  compartiese la vida que acarició sus senos. El bebé, eructando unos buenos provechos, asombró al silencio que, extrañamente, se cobijaba entre los muros derruidos y el humo de las bombas.

De pronto se rompió el tiempo silencioso por la caricia invisible, pues aquellas personas, refugiadas pacientemente entre las ruinas de la ciudad, elevaban sus ruegos a los Dioses: desde algunos lugares resonaban los cantos gregorianos, rezos que se confundían con las notas de la música religiosa sufí, y entre tales súplicas timbraban las salmodias talmúdicas. Y allá donde las notas no coincidían por creerse cada partitura con exclusivo dominio de su Dios ensalzado, nunca llegaban  a ver que el Todopoderoso que buscaban había partido del mismo lugar, o no existía lugar alguno, y si no había lugar, hasta dónde llegarían sus oraciones para que parasen los bombardeos.

Los obuses comenzaron de nuevo a surcar los cielos, a impactar sobre la inocencia ya derruida, sobre la paciencia ya impaciente, sobre la esperanza derrochada.

La gente se dispersó en busca de amparo.

Aquella mujer, con su niño en brazos,  caminaba  a cielo descubierto, desoyendo los gritos de ayuda que le lanzaba la mujer que había ejercido de madre.

–Ten paciencia, hijo mío, será muy poco el tiempo de espera, pues mi pacto con Dios ha sido quebrantado por él, no se deja ver ni da explicaciones –aquí la mujer fue invadida por la duda; no podía discernir si era justa con su Dios, si había tenido suficiente conformismo con Él, si Éste llegase a juzgarla como sacrílega… El derrumbamiento de un muro aledaño le abrió los ojos a la realidad, y prosiguió–. Entereza, hijo; confío en que la muerte, que vive junto al señor, aquí en Alepo, no falte al compromiso que adquirimos con ella… La trayectoria de alguno de estos proyectiles nos ayudará a encontrarla, sé paciente, hijito, que ya llega.

El niño dormía con placidez, quizá soñaba, a saber qué quimera perseguía, pues sus labios, aquellos que minutos antes se aferraban a los pechos vacíos, ahora parecían esbozar una sonrisa.

 




Fuego

Aquellas bestias rugían y gritaban, llamando al alimento desde la oscuridad, sin embargo, éste se resistía a ser consumido. La familia entera alimentaba las llamas de la hoguera a un ritmo frenético, casi enloquecido; pues el fuego lo era todo en aquel momento, desde el día en que llegó la oscuridad, el día en que el cielo se apagó y las sombras cobijaron la tierra, el fuego se había convertido en la única esperanza, el fuego era vida.

El padre animaba a sus hijos para que no desistieran, en medio de la calle la hoguera ardía pero un fuerte viento soplaba en su contra; crudo y traicionero, intentaba extinguir las llamas que en aquel momento repelían a sus atacantes. La familia estaba exhausta, la mujer, con su bebé en un brazo, lanzaba trozos de madera al fuego mientras el padre, antorcha en mano, traía de las cercanías cualquier cosa de naturaleza combustible que pudiera encontrar; sillas, ropa, papel, todo con tal de mantener vivas las llamas, pero las criaturas estaban cerca, lograba ver la punta de sus hocicos de vez en vez por detrás de los autos abandonados, en los muros lejanos, en la oscura periferia, siempre acechando, siempre aguardando, hambrientos de carne y huesos, esperando por la más ínfima oportunidad de acercarse a ellos, un rápido salto y podrían llevarse a uno de los niños, un segundo sin luz y la familia sería suya.

Los niños tomaban todo lo que su padre era capaz de acercar y lo lanzaban al fuego, demasiado temerosos de buscar algo por su cuenta, mirando como la antorcha de aquel valiente hombre menguaba con la bestial fuerza del viento y cada vez que lo hacía una de esas criaturas intentaba acercarse, sin conseguirlo, pero muy cerca, demasiado.  El bebé comenzó a llorar y la mujer, asustada, trató de tranquilizarlo, lo arrullaba y susurraba cosas dulces a su oído, pero el indefenso infante gritaba desesperado por la pena, por el fío, por todo aquello que aquejaba a su familia. Los hocicos visibles comenzaron a aumentar, las criaturas aullaban con más fuerza, atraídas por el llanto del bebé, aquel sonido los excitaba, los ponía ansiosos y salvajes, descontrolados, hambrientos.

Los niños acarrearon cosas a las llamas con más brío, pues el canto de las criaturas, ese aullar desenfrenado y gutural, resultaba sobrecogedor, espeluznante. El padre, con dificultad, buscaba en los escombros cualquier cosa útil, pero el material se estaba acabando y las criaturas eran demasiadas, a este paso se quedarían pronto sin cosas que quemar. La respiración de una de las criaturas lo hizo sobresaltar justo a tiempo para esquivar sus monstruosas fauces, se había acercado por la sombra que proyectaba su cuerpo con la luz de la antorcha. Antes de alejarse logró golpearla con el objeto en llamas y el animal profirió un chillido de dolor, los golpes no lo dañaban pero la luz del fuego…

La familia se había quedado petrificada un momento al ver a la criatura abalanzarse, pero el hombre la había repelido, incluso había logrado golpearla. La angustiosa mirada de la mujer derramo un par de lágrimas, no sabía cuánto tiempo más podría soportarlo, abrazó con fuerza a su bebé, el llanto había disminuido pero las criaturas continuaban al acecho, profiriendo sus ansiosos gritos, sus protestas ante el alimento que se resistía a ser comido.

La fuerza del viento aumentó conforme los minutos pasaban y así la hoguera continuaba consumiendo cuanto arrojaban en ella a una velocidad endemoniada. No había suficiente material en la ciudad para alimentar el fuego bajo aquellas condiciones, el hombre acarreaba más y más objetos pero aun así el tamaño de la hoguera disminuía, su brillo se hacía más tenue y las bestias se acercaban cada vez más. Los niños parecían estar a punto de desfallecer, sus cuerpos se movían con torpeza, sentían los brazos débiles y cansados, no obstante su madre trataba de alentarlos, trabajando con todo el ahínco posible.

Una ráfaga de viento especialmente fuerte golpeó contra ellos, algunos muebles a medio incinerar salieron despedidos de entre las llamas. El hombre trató de proteger la antorcha con su cuerpo pero no fue suficiente, aquel inesperado golpe arrebató la luz de su punta, apagándola tan deprisa que nada pudo hacerse. Se encontraba a solo unos pasos de la luz de la hoguera, pero inclusive un solo paso habría sido demasiado, antes de lograr moverse siquiera sintió la primera mordida en uno de sus brazos, el dolor era brutal, las fauces de aquella criatura tenían una fuerza descomunal, quebró sus huesos y arrancó la extremidad como si fuera una rama quebradiza. Media docena de bestias se abalanzaron sobre él, que sin importar lo mucho que intentó resistirse fue destrozado por ellas, devorado a una velocidad tal que su familia apenas fue consciente de lo que había ocurrido cuando su cuerpo había desaparecido del todo en las entrañas de las hambrientas criaturas.

La mujer profirió un grito de agonía, los niños lloraron y se abrazaron a ella, su padre había muerto. Ahora solo quedaba ella pero no se daría por vencida, no dejaría que esas criaturas, esos demonios, se alimentaran con sus hijos sin pelear. Colocó al bebé en los brazos de uno de los niños y los acercó al fuego, tomó un leño encendido y corrió hacia las criaturas blandiéndolo, estas huyeron sin alejarse demasiado, la mujer tomó el maletín que su marido cargaba un momento antes y lo llevó a la hoguera para arrojarlo, luego se alejó nuevamente para buscar más cosas que quemar.

El bebé lloraba al igual que los dos niños junto a la hoguera, pero la mujer, a pesar del dolor en su pecho, del terrible sentimiento de saber que su esposo no volvería, continuaba buscando cosas que quemar. Pasara lo que pasara tenía la convicción seguir adelante hasta su último aliento, el fuego era todo lo que tenían, el fuego mantendría vivos a sus hijos mientras ella continuara luchando, no podía detenerse, tenía que seguir hasta el final.

 




Sobrevivientes

Julián Rendón asistió a la cocina, pensó que saldrían de inmediato pues se había despertado tarde; sin embargo estaba preparado, vestía ropa limpia y planchada, cargaba dos cámaras fotográficas y sus respectivos accesorios, así como una buena cantidad de memorias para guardar las imágenes. Aún tenía los ojos rojos por la falta de sueño, pero allí lo esperaba el otro huésped de la cabaña, Marcin Doménico, general de brigada, también era su anfitrión.

–Buenos días señor, ya es muy tarde, pero debe comer, el desayuno es la comida más importante del día, provee energía y nos mantiene despiertos, y en nuestro trabajo eso es indispensable, así que siéntese a la mesa – dijo el general.

–Ramona, sírvele al caballero, y tráele un café bien cargado para que despierte.

Enseguida acudió el ama de llaves con la comida y colocó frente a Julián un plato de frijoles, otro con huevo y tocino, un tazón de carne con chile, tortillas hechas a mano, tres tamales, diversas piezas de pan de dulce y un café aromático muy cargado. Todo olía delicioso.

–Gracias – dijo Julián a la mujer, ella sólo sonrió y luego se retiró.

El general prendió un puro cubano y leyó el periódico. La habitación se impregnó de un aroma fuerte, pero delicioso. Cuando el comensal dio cuenta de la comida y se disponía a beber el café el militar lo cuestionó detrás del diario.

–Son cubanos, hechos en la Habana, yo mismo los compré cuando fui a una expedición militar a la isla. ¿Quiere probarlos?

–Gracias, general, con gusto fumaré, pero me gustaría hacerlo afuera, ¿sería tan amable de acompañarme?

–Claro que sí, hay que disfrutar estos días de paz, porque más tarde iremos a la guerra.

Entonces salieron al campo, los rayos de sol se dirían cálidas caricias, pues aún era fría la mañana. Era un día perfecto, estaban lejos de la guerra, aunque de vez en vez se podían observar los aviones volar sobre sus cabezas, lo cual aprovechó el fotógrafo para hacer algunos disparos. Allí quedaron plasmadas las sombras de las aeronaves sobre el campo, los pájaros de acero parecían dirigirse hacia el sol; asimismo, inmortalizó al general Doménico, lo retrató de espaldas, pues observaba el horizonte, aquella fotografía transmitía paz y soledad sublimes.

–Muy bien, señor, la ONU lo envió y debemos hacer que cumpla su misión. ¡Partamos a la guerra!

– ¿Sabe? Ramona me dijo que es una lástima que haya lavado y planchado su ropa para que la ensucié por completo.

–Gajes del oficio, general.

–Ramona tuvo un hijo, ella dice que aún vive, todos sabemos que ya ha muerto, vivía en la ciudad, estudiaba; cuando evacuaron el área el permaneció allí y se unió a los rebeldes, desde entonces han muerto muchos jóvenes embaucados con la libertad y esas patrañas; nada vale la pena en esta vida. Yo asesino, usted toma fotografías para los periódicos y de nada sirve, la maldad es eterna.

Ambos subieron al auto del general y partieron.

***

Despertó, una vez más, cubierto de polvo. Una bomba, un asalto o un fuego de metralla habían derribado parte del techo de aquel inmueble derruido, tosió y limpió sus ojos, entonces se incorporó, enseguida su estómago le reclamó alimento, pues desde el día de ayer no había probado bocado. Se sentó sobre los escombros y allí, a su lado, descubrió un cadáver, estaba frío, pero no rígido; alguien había entrado a su territorio mientras dormía y quizá lo creyeron muerto, tal vez ni siquiera lo vieron.

            Escuchó pasos, un caminar sigiloso, lo habían descubierto y ahora venían por él. Tomó la pistola de su pierna, se ocultó detrás de los escombros y apuntó. Una joven mujer apareció, portaba un rifle de asalto, Ak47; disparó dos veces, quiso hacerlo una tercera y descubrió que se habían terminado sus municiones; entonces brincó el pistolero, dio un grito y corrió hacia la mujer, ella lo recibió con un golpe de su arma, el cual él esquivó; al ver su torpeza guardó en un instante su arma y tomó un cuchillo, todo esto en un solo movimiento, y, una vez que estuvo detrás de ella, hundió el filo en su garganta, luego la degolló y decapitó. Su cabeza rodó por el suelo, su sangre cubrió la arena.

            Ahora tenía dos cadáveres. ¿Cómo entraron? Pensó en un misil o una bomba, algo que derribara un muro, sólo así pudieron ingresar. Era hora de abandonar aquel sitio.

            De pronto se escucharon disparos, cerca, lejos, por todas partes.

            –Es muy temprano para morir – pensó – pero nunca para matar.

            Se dirigió a la otra habitación y descubrió la entrada: el techo había colapsado y con ello se generó una pendiente de escombro por dónde bajar, un promontorio para subir y descender. Justo allí encontró una mochila con flores pintadas.

            –Debió ser de la mujer – pensó.

            La abrió y encontró municiones, unas cuantas viandas, galletas, comida enlatada, algunas ya caducadas, pero al fin y al cabo alimento; abrió una de ellas con su cuchillo y sin siquiera ver qué era lo ingirió. También halló una cartera, la cual contenía trozos de papel con nombres y direcciones, así como un par de fotos de dos pequeñas bebés; el pistolero las contempló por un breve instante y luego las arrojó al suelo, con indiferencia. En ambas imágenes, además de las pequeñas, aparecía aquella mujer amamantando a las criaturas; era la madre. Él apuró su  comida.

            Cuando terminó tomó la mochila, cargó el rifle, cubrió su rostro y se puso gafas; escaló el promontorio y ganó el techo, permaneció allí, agazapado, entonces descubrió a tres militares que iban detrás de un rebelde, apuntó hacia ellos y de una sola ráfaga los eliminó; el insurgente se tiró al suelo al escuchar los disparos, pero el pistolero lo tenía en la mira, apuntó una vez más y jaló el gatillo, la cabeza del miserable explotó. El homicida abandonó su cubil, oculto por el trágico viento, la humareda de la pólvora y cuerpos en combustión.




El submarino U-550

La última vez que vi a Ulrich See fue en Buenaventura. En ese entonces, él estaba tratando de convencer a un grupo de marineros pensionados de la Flota Mercante Grancolombiana, para que le ayudaran a sacar a flote un submarino U-550 que permanecía en el fondo del mar, cerca a la Ensenada de Utrìa .

Contaban los que lo conocieron, que este capitán de fragata alemán había llegado al Pacifico colombiano, después de atravesar el Estrecho de Magallanes, y navegar en dirección Noroeste de Colombia. Venía con la misión encomendada por el Fuhrer de establecer una base de submarinos para atacar a los navíos y barcos de bandera norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial.

Mientras cumplían con su misión se terminó la guerra en 1945, y a toda la tripulación del U-550 le quedó difícil retornar navegando a su tierra, ya que los Aliados controlaban los mares del Pacifico y del Atlántico. Sin embargo lo hicieron  aprovechando la cercanía con el Canal de Panamá, ya que se embarcaron de manera clandestina en un buque de bandera italiana que hacia la travesía hasta Europa.

Todos se fueron menos Ulrich See, quien de manera obstinada siguió en el sumergible hasta hundirlo en la Ensenada de Utrìa. Para ocultarse del FBI que perseguía por toda América a militares nazis, tuvo que internarse en la selva del Pacifico entre Saija  y Rodea , y para sobrevivir se dedicó a la dura labor de tumbar arboles para vender su madera aserrada.

Fue así como vine a conocer la historia de Ulrich See, ya que mi padre era gerente de una empresa exportadora de madera, y en uno de los tantos viajes que hizo por dicha región, se lo presentaron los nativos. Contaba con detalles mi padre, que él vio en el armario de Ulrich, el viejo y conservado uniforme negro de cuero, la cruz de honor de la armada nazi, y la bitácora de su periplo desde el puerto de Dresden.

Después de mucho tiempo, en una reunión de amigos en el Hotel Estación de Buenaventura, narraron cómo Ulrich See pudo sacar a flote el U-550, pero con tan mala fortuna que se había oxidado todo el cuarto de máquinas y la zona de torpedos. Finalmente tuvo que venderlo como material de chatarra a unos comerciantes paisas, quienes hicieron el negocio de su vida, ya que el submarino había sido construido con  acero fundido en la fábrica Krupp de Prusia.

Ayer caminaba por la Plaza de Caicedo en Cali, y en una de sus bancas vi a un grupo de personas asombradas con lo que uno de ellos narraba. Pude preguntar del porqué del tumulto, y uno de los contertulios me dijo en voz baja, que el narrador era un anciano  con  imaginación desbordada, el cual siempre manifestaba que había capitaneado un submarino alemán U-550, pero que nadie le creía semejante historia.                              Seguí mi camino, y pensé que muchas veces lo verosímil lo confunden con la fantasía.

 

 




Sólo quedarían tus ruinas y cigarrillos apurados

En la última planta de un piso sin ascensor, a eso de las 6:30 de la mañana, dejé desnuda a la cama y ande torpe envuelta en sábanas acechando al amanecer. Por cada paso un bostezo de propina, y así hasta el balcón de mi habitación. La inmensa ciudad extendiéndose por todos los rincones con sus ruidos de fondo, y mientras tanto yo tan pequeña, casi diminuta, espectadora de un mundo de rascacielos y gigantes. Y a pesar del frío de mis pies descalzos, me quedé donde estaba, quieta, pues dentro de la habitación solo quedarían tus ruinas y cigarrillos apurados. Y de repente, el pensamiento de siempre, ¿Quién quitará la nostalgia de mi cuerpo ahora que tú no estás?, ¿Quién entorpecerá mi sueño por la mañana?, ¿Quién desafiará mi latido con un compás semejante? Nadie, responde mi cabeza. Y fue como si la soledad llamará de repente a la puerta y se instalará en cada poro de mi piel dejándome fría. Y casi deseé de inmediato que estuvieras aquí para dejarme como en los viejos tiempos, en ebullición entre sábanas ardiendo.




Otro día igual

 

    Estoy, como todos los días en la calle, aun no son las nueve de la mañana. He dejado a los niños en el cole. Son dos, la mayor seis añitos. Parezco la marmota, siempre igual.

    Preparé el desayuno. Mientras se vestían, lo hacen solos, revisé mis provisiones.

     La nevera estaba triste, contrita, se siente inútil. Piensa, pobrecita, que no sirve para nada, porque está  vacía, el desayuno de mis hijos acabó con la poca leche que quedaba, y ella, neverita querida, se quedó llorando de soledad.

     Segunda revisión, imaginaba el resultado, pero por aquello de los milagros… Me asomé a la despensa. Una patata, con hojitas verdes de tanto tiempo esperando compañía. Tanto vacio me dio tristeza. Podría alquilar la despensa, para que duerma alguien.

     Esta noche mis hijos tienen que cenar pero todo está desolado

     Los niños en el cole comen y meriendan, yo ni como ni meriendo, pero ellos tienen que cenar. Y como tan cada poco, tengo que buscar la cena y el desayuno, no pienso  más allá, ¿para qué?

    ¿Mi mujer no come?, supongo que si, pero con otro. Cuando se acabó el paro, los subsidios o limosnas del gobierno, la menda me dejó. Se lió con el butanero, así como suena, se ve que no quería pasar frio, y hambre tampoco. Yo desde luego, depresivo, adormecido por las penas, sin un duro, no era buena compañía, pero, la muy…Tardó muy poco en marcharse. Como el butanero no es rico, ya tiene cuatro vástagos, me los dejó a mí. “A ver si espabilas”, dijo. En eso acertó, por ellos, solo por ellos, espabilé,  no entienden,  tienen que comer.

    Hoy voy a la Casa de la Caridad, nunca he ido, me quedaba  pizca de dignidad, absurda, porque  desde hace meses necesito cada día la caridad, para dar de comer a mis hijos.

    En la Casa, empezamos mal. No me  dejan entrar si no tengo la tarjeta del centro, pero, si no me dejan entrar, ¿cómo voy a poder tener la tarjeta?

     El segurata de la puerta me dice que  pedir la tarjeta es de ocho a diez. Lo miro extrañado, pasan poco de las nueve. Le señalo el detalle, añado que necesito comida para la cena de mis hijos, y si me apura, para el desayuno.  Si puede ser para varios días, mejor. El hombre, debe estar muy acostumbrado a tristezas,  solo  contesta que si no tengo la tarjeta, nada, de nada. Déjeme pasar a por la tarjeta,  digo, aun es hora, pero sin inmutarse, contesta  que el funcionario encargado no está. Solo está de ocho a nueve, se acaba de ir. ¿Porqué el horario es de ocho a diez?, me mira, como si  fuera gilipolla y dice que si se ha ido es porque tendrá otras cosas que hacer, que vuelva mañana a las ocho en punto y  me podré hacer la tarjeta. Comida no, pero me da una hoja con la documentación que debo aportar mañana. Ni lo leo. Mañana me da igual, el problema lo tengo hoy.

     Para qué seguir, si no está el menda, estoy perdiendo el tiempo,  el día es largo pero no eterno.

     Me voy a buscar a Marcelo, antiguo compañero. Buena persona, soltero,  trabaja y si puede, algunos euros me presta

    . No está lejos, de momento puedo ir andando, solo tengo para un billete de autobús, recurso de última necesidad, por si se pone la cosa fea y tengo que ir a casa de mi hermana, en el puerto.

     La pobre está en el paro, su marido se lió con el butanero. Nuestro gafe son los butaneros, pero no se porqué el cabrón, si le iban los colorines naranjas,  le hizo cuatro hijos a mi hermana. Me jode mucho ir, seguro que  me ayuda, pero no le sobra, repito, me da por saco. Es el último recurso.

    Marcelo no está. Putada, y de las grandes. Estará en el medico, andaba resfriado.

    Voy a pasar por el bar de Tito.

    Seguía pudiendo usar lo mas barato, mis dos patitas.

     En el bar, poca gente,  no era la hora del almuerzo. Su hija está en la barra, Susana, muy simpática, llama a su padre. Saludos de buen rollo, sinceros, me da  una bolsa de Mercadona, con tres briks de leche, caducan mañana, pero me da igual, la puedo hervir. Pone madalenas, están duras,  dice, pero se las puedes migar con la  leche. Le abrazo, me dice que soy un gilipolla, y que no deje de pasar, que si en algo puede, está para los amigos.

    Un día me ayudan unos, ayer fue Marcelo, el bar cerraba. Hoy ha sido Tito. Los amigos de verdad no fallan, de eso se aprovecha el gobierno,  si no fuera así, estaríamos robando supermercados,  hay que comer, y los niños, no os cuento. No tiene  culpa de que esto sea una mierda, y les hemos dejado ésta mierda nosotros.

    Con el dinero del bus, que me ahorré,  dos panes, con eso y algo de leche ya tengo el día arreglado.

     Antes de subir a casa pasaré por la Biblioteca Municipal, internet es gratis, daré un vistazo en Infojobs.  Mando  currículos,  no contestan, somos muchos esperando. Leo prensa, matar el tiempo, sin trabajo y sin un euro, es muy duro. Pero no hay más. Sentarse a mirar el techo, comiéndose la cabeza, no soluciona nada y desquicia un huevo. Leo toda la prensa, la economía va bien, me encanta, eso quiere decir que no tengo que preocuparme de nada, los ricos siguen ricos, y seguro que me solucionaran la vida.

     Si nos morimos todos de hambre, ¿a quién van a explotar?, no lo sé. Puede que abran  fronteras y nos sustituyan por otros. Los pobres somos prescindibles,  se pueden sustituir, nunca se acaban.

      Es la hora de recoger a los niños.

     Estar con ellos quita  penas,  dan alegría, y mi reto diario de supervivencia, son ellos, sabiendo que me necesitan, vale la pena luchar, porque si estuviera solo…Ya no estaría aquí, ¿para qué?

 




El tributo

Las palas del helicóptero giraban rápidamente y a la poca altura a la que se encontraba el ingenio volador provocaba un auténtico remolino en las azules aguas del estrecho. La Operación Paso del Estrecho, más conocida como OPE, hacía pocos días que se había iniciado, y las previsiones a tenor de las estadísticas anteriores y de la coyuntura del momento, había hecho pronosticar a los burócratas de la capital – personas que vivían a más de medio millar de quilómetros de donde ocurrían los hechos y del mar – que esta temporada, la afluencia de inmigrantes rondaría unas tres decenas de miles de vidas humanas. Pero, en esa franja de mar que separa dos mundos, dos culturas, los números dejaban de tener sentido, allá donde la realidad golpeaba día si y día también con desgarradoras historias y dramas personales.

Pero, a poco más de diez metros de altura sobre el nivel del mar, con el ruido ensordecedor del helicóptero, el rescatador colgado de un cable de acero, solo provisto de un traje de neopreno, aletas, gafas y tubo, no tenía tiempo, ni podía permitirse en pensar, en todas aquellas personas que se le habían muerto en sus brazos a causa de la hipotermia, ahogamientos o por colapso del sistema al bajar la adrenalina al creerse salvadas. Obviamente su interés en las declaraciones provenientes del Ministerio eran aún menores.

El Estrecho, cruce de culturas y de mares, es un espacio donde a diario  cientos de embarcaciones de todas las esloras lo cruzan en una u otra dirección, predominan los fuertes vientos, como el famoso y enloquecedor siroco. Corrientes de más de dos nudos que van de Oeste a Este. Lugar perfecto para el tráfico de drogas y también, de personas.

  Nuestro rescatador era plenamente consciente y avezado en este pasillo marino y cuando llegó el momento, se desenganchó,  cayó en caída libre, fueron unos pocos segundos, subiendo la adrenalina necesaria para acometer su tarea. El impacto con el agua era el estimulo para focalizar toda la atención y recordar que se encontraba en un medio hostil. Empezó a aletear y a mover acompasadamente sus brazos al estilo de crol modificado, el oleaje le impedía tener una visión constante, pero no dejó de mirar hacía los náufragos, los cuales cada vez tenía más cerca.

  Un RO-RO que unía Tánger con Algeciras había informado de la presencia de una embarcación con una cincuentena de personas a bordo. No tardaron en activarse los dispositivos de emergencias; Cruz Roja, Protección civil, Salvamento marítimo… Para cuando el helicóptero había llegado la primera de las desgracias ya había ocurrido. La patera hacía aguas y muchos presos por el pánico eligieron la peor de las opciones; saltar al mar. Ahora, nuestro rescatador había llegado al joven que estaba a punto de ahogarse y le puso el chaleco. El cable empezó a descender y una vez estuvo asegurado al chaleco empezó a mover el brazo en círculos, era la señal para elevar de nuevo el cable y poner a salvo al naufrago.

  Mientras esto ocurría, el rescatador volvía a luchar contra las olas en busca del segundo naufrago que habían avistado desde las alturas. En esta ocasión a medida que se acercaba vio como se trataba de una mujer, se percató que según la clasificación de tipos de víctima por ahogamiento, había pasado de ser un distress a una víctima activa. En menos de un minuto, tendría la cabeza boca abajo y el agua empezaría a entrarle por las vías aéreas. Las aletas empezaron a moverse más rápidamente y las olas golpeaban con fuerza la máscara del rescatador. La naufrago aún estaba consciente. Un poco más y llegaría hasta ella.  Otra ola golpeó de nuevo al rescatador y dejó de tener momentáneamente visión con la víctima, tras el paso de la ola, había llegado hasta ella, pero estaba inconsciente. Rápidamente el cable de acero bajó hasta el mar. Esta vez subieron el rescatador y la chica, momento en el que se pudo dar cuenta que se encontraba embarazada.

  Las técnicas de Reanimación (RCP) no surtieron efecto y la chica y el bebé no llegaron a tierra con vida.  ¿Porque el destino había querido llevarse esas dos vidas y no la del otro náufrago? ¿Cual era la lógica de esa cruel burla del azar? ¿Si hubiera ido primero a por la chica se hubieran salvado los tres? Esas y otras muchas preguntas semejantes hacía tiempo que dejaron de formularse en la mente del rescatador. No había cordura humana que soportara esos dilemas continuamente. Hoy había salvado una vida. Y al día siguiente y al otro volvería de nuevo a las peligrosas aguas del Estrecho a jugarse la  vida por ello.

Para la capital, la mujer y su bebé no nacido serían dos números más para engrosar listas y estadísticas. Mientras tanto, el mar volvería a cobrarse otras vidas como tributo a aquellos que por injusticias, desigualdades y miserias se atrevan a cruzarlo.




Monarcas

Por la mañana ella se decidió a cumplir sus deseos y escaparse, al fin, de aquellas tierras gobernadas por despóticos monarcas que parecían levitar sobre su cabeza. Pero pronto regresó al hogar tormentoso de su conciencia. Pensó por qué no había abierto el camino a machetazos, concluyendo que debía padecer algún tipo de ceguera que le había impedido ver aquella línea de fuga que atravesaba los territorios de los reyes: Capital, Edipo y Carencia. Cuando atardeció, salió de nuevo y se encontró con Capital, quien le dijo; “Si ante mí reconoces que quieres fugarte, te indicaré los caminos de salida”. Pero ella, desconfiada, pasó de largo. Por la noche se perdió en el Triángulo Gigante de Edipo, pero, gracias a las incendiarias intensidades de su cuerpo, escapó. Anduvo hasta toparse con Carencia; entonces los deseos incendiaron su cuerpo, carbonizando a esa reina cruel. Después tomó la línea de fuga.




El Neurobosque (II)

Leer Parte I del cuento

Del rostro desfigurado y fantasmal de Valery, que movió la cabeza en dirección a la cola humeante, se desprendieron algunos trozos de limo, mezclado con piedras, ramas y raíces. Uriel y Balam entendieron que debían adentrarse en las cenizas para así alcanzar, al fin, las cotas más profundas y preciadas del Neurobosque. Entonces se dieron las manos y, trasmitiéndose un ánimo que surgió más allá de las palabras, confiaron en las indicaciones de la niña atravesando las llamas. Durante unos instantes, las lenguas de fuego chisporrotearon y les cegaron por completo. Adentrándose en el humo, sin advertir las formas, desaparecieron como en una espesa niebla despertada antes de una batalla, que habría de librarse contra las sombras que guardaban el lugar.

Como se habían imbuido, siguiendo las instrucciones de Valery, en el estado idóneo para someterse a los pensamientos oscuros, Balam y Uriel tuvieron que luchar para reencontrarse a sí mismos, hallar la verdad del instante mismo que habitaban y que se les aparecía como la terrible premonición de su muerte, la suerte que habían compartido los anteriores expedicionarios. A medida que fueron recobrando la paz y la cordura: ahora un destello de color, después la definición de una vaga forma; la visión fue retornando poco a poco. Cuando Uriel ya se había despejado, Balam aún no atinaba a distinguir con claridad las ramas de los hillus, que serpenteaban en el viento como si fueran los cabellos de los fantasmas. Su compañera trató de animarle, pero el joven sufría porque, la invocación que había hecho de las sombras, sin duda lo había debilitado. Y más, pensaba él, ante la sospecha de que nunca podría derrotar a sus sombras.

La noche había arreciado en los laberintos del Neurobosque, y la Luna de Andrade sonrió desde lo alto, derramando un fulgor espectral, bañándolo todo con su luz pura y sanadora. Caída Andrade sobre los árboles, de un tamaño todavía más colosal que los gigantes que habían visto en los pasillos más superficiales, los troncos y la sabia relucían con entrega y devoción a la luna. Las amapolas, las plantas de culebras, las asperillas, las margaritas y las lilas florecían el lugar, tendiéndose a los insectos y los pajarillos que revoloteaban en torno a las jóvenes y molidas figuras de la pareja, embriagando el aire de fragancias y amables aleteos.

Balam se alejó unos pasos, tratando de evitar que Uriel advirtiera su cobardía. Se había prometido que dejaría de afrontar los retos así, temeroso, dolido y sangrante. Pero, una vez más, no cumplió los compromisos que había acordado consigo mismo.

— ¿Qué te pasa? — preguntó Uriel.
— Nada… ¿Te has fijado en estos árboles, no te parece que forman un mundo propio? — trató de disimular Balam—.
— Yo también temo, no debes avergonzarte.
— ¿Saldremos vivos de aquí?
— ¿Quién sabe?
— Lo dudo
— Yo no tengo dudas de que contamos, en realidad, con muchas más posibilidades de sobrevivir que otras gentes que intentaron adentrarse en estos oscuros laberintos. Al fin y al cabo, nosotros sabemos más que nadie acerca de este lugar
— Te equivocas, los aldeanos del valle conocen mucho mejor los secretos del Neurobosque — dijo Balam.
— Claro, y seguro que algunos de ellos sobrevivieron al fuego y la ceniza como nosotros y después consiguieron regresar a las verdes praderas — dijo Uriel.

Como ya había anochecido, Balam y Uriel se separaron para buscar leña y comida. El cielo coronado por las estrellas y los asteroides, que brillaban disputándole protagonismo a la Luna Andrade, y los planetas rodeados de lunas y soles y descomunales anillos que giraban. Balam se alejó unos pasos mientras iba colgándose de las ramas de los hillus. Apretaba todo su peso, tirando hacia abajo, y las partía. De pronto se agachó para recoger la rama caída, y una serpiente se movió amenazadora. La bífida lengua del reptil le estremeció, pero se contuvo tratando de ignorar el sonido de cascabel que había hecho con la cola. Se adentró entre los muñones de los hillus, que resplandecían a la luz de Andrade como unas torres nacaradas, portadoras la grandiosidad contenida en la naturaleza.

El cascabeleo de la serpiente volvió a sonar cerca, y Balam temió recibir el mortal veneno que aguardaba hincarle en el cuerpo. Tratando de ubicar el peligro, se desconcertó, al no encontrar rastro del reptil. Después cascabeleo sonó de nuevo, esta vez desde varios puntos.

<> — pensó.

Cuando creyó que iba a ser aniquilado, la música de los cascabeles se transformó en el repiqueteo de fúnebres campanas, a las que iba uniéndose el susurro de las lenguas bífidas y mortales que se habían conjurado contra él. Los rumores fueron acompasándose a las notas de las campanas, cantos fúnebres sobres los que ya sonaba la danza de las sombras. Los siseos de las serpientes se le antojaron como el canto demoníaco que avivaba las notas muertas y vacías. El cielo se encrespó y el viento de los fantasmas volvió a soplar.

La fúnebre melodía sonaba en el Neurobosque, anunciando su perdición. Los ojos de los reptiles brillaban como luciérnagas y Balam corrió hasta Uriel; quien, al encontrarse no muy lejos, también había oído la fantasmagórica canción.

— Debemos resguardarnos de los peligros — dijo Balam.
— Construiremos una cabaña. Yo he conseguido algo de leña.

Sobre el colosal tronco de un pino, apoyaron los palos en vertical y los clavaron en la tierra. Más tarde arrancaron las hojas de los helechos, con los que cubrieron la precaria pared. Arrastraron algunas piedras para afianzar las bases. Cuando terminaron, comieron deliciosas moras y frambuesas y tiernos tallos y crujientes semillas. Se acostaron sobre la húmeda hojarasca, entre la que correteaban los insectos: arañas y escarabajos gigantes y babosas.

Uno de los bichos se subió a la pierna de Uriel, quien comenzó a moverse en la reducida e improvisaba tienda que compartía con Balam, tratando de deshacerse del insecto. De modo que el movimiento y el roce le hicieron sentir el cuerpo de su compañera. Los fogonazos del deseo le arrebataron cuando sintió sus irresistibles caderas. Balam se acercó y abrazó su cuerpo, pero no pudo quedarse ahí y le acarició las piernas. Entonces Uriel le apartó la mano con suavidad y siguió acostada, ya sin el acoso de los bichos subiéndole por la pierna.

El soplo del viento se hizo más fuerte. Balam maldijo entre dientes la mala suerte de no gustarle, avergonzado por su frustrada intentona. Fortuna le había castigado, enmudeciendo sus sueños más hondos. Quizás se debiera, pensó, a que su atractivo parecía habérsele escapado desde que, durante la adolescencia, fuera más abierto, sociable, estimulante y valiente que ahora. Si la esperanza era lo último que perdería, el joven seguiría soñando, aunque ignorando la realidad; que su relación con Uriel nunca había alcanzado la profundidad por él imaginada, más bien deseada, ni la conexión entre ambos había saltado nunca en las llamaradas de la pasión.

La Luna Andrade centelleó en el cielo como diamantes tallados. Los fantasmas soplaron, blandiendo la fuerza del pasado, del que ya formaba parte otro rechazo hacia Balam. El viento siseó como las serpientes y, al principio lejos de la tienda, manó la melodía espectral de las fúnebres notas que había escuchado en el nido de reptiles. Los cascabeles se mecieron en el aliento fantasmal y gélido que había impregnado la noche, estrellada de sombras y reflejos. Al atacarle los nervios y las defensas, el miedo se apoderó una vez más de Balam y el cascabeleo, de pronto, se acercó más a la tienda donde se refugiaban. Los palos que habían improvisado como pared titilaron, y salieron volando las hojas de helecho que la cubrían, con que sólo las piedras de la base aguantaban el embiste.

— De nuevo, las sombras nos acechan — dijo Uriel.
— ¡Huyamos! Quizás encontremos una zona donde la influencia del imago sea menos poderosa — dijo Balam.
— Tranquilízate… tras quejumbrosos esfuerzos, hemos conseguido llegar hasta aquí. Esto es algo histórico, una fecha que recordaré el resto de mi vida. ¿Y tú ya quieres huir?
— ¡Pero van a matarnos, Uriel!
— No podemos buscar una zona donde el imago debilitado nos permita escapar. Por si lo habías olvidado, esto es el Neurobosque. Por así decirlo, estamos en el territorio de las sombras y más vale que nos adaptemos.
— Entonces ¿Qué hacemos?
— Esperar

PASAR DE PÁGINA

Pero Balam no quedó convencido del consejo de su compañera. Atemorizado, escuchó como las sombras se iban acercando más y más. El cascabeleo de las serpientes se había transformado ya en las funestas campanas, y no pudo dar crédito a la aparente tranquilidad de Uriel. Después el tañido de los tambores de hojalata (pum, pum, pum), y el siseo del viento (ssshhhhh), se intercaló con las campanadas (tamm, tamm, tamm) y las sombras danzantes al son de la música demoníaca, le recordaron a Balam el riesgo que había aceptado viajando al Neurobosque. El joven comenzó a tiritar, y entonces le pareció que los tambores y las campanas y los vientos se conjuraban para echarle de allí.

— Quiero irme de aquí — dijo Balam.
— Imposible, y lo sabes — dijo Uriel.
— Si salgo ahora, deberé enfrentarme con las sombras… ¿Verdad?
— Respira hondo y relájate, si estamos aquí y nos mantenemos unidos y en paz, nos dejarán tranquilos.
— Todo esto da muy mala espina.
— Acerca de las sombras, recuerdo la leyenda que me contó un aldeano — dijo Uriel
Tamm, tamm, tamm —el eco del tañido de las campanas se acercó.
— ¡Habla más fuerte! La música infernal ataca los tímpanos
— Bien; escucha. Un joven herrero habitante del valle, construyó una monstruosa máquina de la que salían hilos de vapor, pinchos, correas, dientes feroces que devoraban la madera, el hierro y casi cualquier material. Con que investigó y se preparó para el viaje y consiguió adentrarse en estas mismas tierras del Neurobosque. Por la mañana, cuando aún irradiaban los compartimentos del sol, el joven herrero comenzó a talar los descomunales hillus, álamos, sauces y pinos, que sucumbían como torres conquistadas. Pero llegó la noche, y la danza de la sombras le cercó… — Uriel se detuvo. Escuchó el golpeteo de los tambores de hojalata —
— ¿Y qué ocurrió?
Pum, pum, pum…
— Valiéndose de la máquina que había construido, el herrero trató de aniquilar las sombras, pero éstas carecen de vida. En el valle, nunca volvieron a saber de él.
— ¿Crees que estará vivo?
— Lo dudo horrores. Porque las sombras concentran su poder gracias al imago de este lugar. Pero sopesemos los peligros en su justa medida. Me refiero a que, mientras a ti los fantasmas, las serpientes y las sombras te han acechado pisándote los talones, el único momento cuando yo hube pedido el control, y cedido al poder del miedo, fue cuando tú y yo discutimos y nos separamos, antes del reencuentro en el Bosque de Valery — dijo Uriel.
— ¿Acaso no escuchas los tambores?
Pum, pum, pum…
— Claro que los oigo.
— Pues no comprendo por qué a ti no te afectan. ¿Te persiguieron los fantasmas?— dijo Balam.
— La música de las sombras también me estremece, tranquilo — Uriel le acarició la mano y el joven lo agradeció sonriendo— Después de nuestra discusión, estaba tan desubicada que perdí la noción del tiempo y fui por el camino que rodea el cañón del valle. Advertí mi presencia como rechazada por las fuerzas del lugar. Pensé que las rocas blancas servían para la comunicación milenaria y ancestral de las runas que, en efecto, te guiaron hacia mí. Había ido corriendo, agotada por completo, penetrando sin saberlo en el Bosque de Valery. Entonces comí unas bayas que contenían, dentro, unos polvos blancos que creí inofensivos aun contenían, en realidad, un potente somnífero. Así que me dormí, y con la mente maravillada por un pacífico sueño, escapé de alguna forma de las sombras — dijo Uriel.
— ¿Acaso podríamos ahora conciliar el sueño?
— Yo no digo que soñando vayamos a escapar al influjo de las sombras. Quizás se trató sólo de que Fortuna me hubiera bendecido, las coincidencias también salvan vidas ¿Quién sabe? — dijo Uriel.

El golpeteo de los tambores de hojalata, junto a las fúnebres campanadas, cercó la tienda que habían improvisado con palos y piedras. Entonces los fantasmas abnegaron sus pulmones del aliento gélido de la muerte y soplaron con una fuerza tal que la tienda cayó, quedando Uriel y Balam al descubierto. Las sombras cambiaban de forma, mientras su danza, macabras y desorbitada, continuaba al son de la música espectral: distinguieron los dientes sangrientos de un contorno deforme, como de bestia enloquecida por la infernal música, los colmillos de una serpiente, y el reflejo de unas garras que parecieron arrancarle el corazón a Balam.

Uriel se había agazapado en el suelo, protegiéndose con los brazos de las gélidas y silbantes ráfagas de viento, y a continuación había taponado sus oídos presionando con la punta de los dedos. La hojalata de los tambores se estremecía con los golpes y vibraba y destellaba los rayos de la luna. En el instante en que Andrade bañaba las campanas y los tambores, que levitaban en la noche sin que la pareja pudiera ubicarlos ni definir sus formas, las estridencias se hicieron en el acompañamiento de los sonidos.

Balam también se tapó los oídos. Pero las sombras se encontraban cada vez más cerca, bailando al miedo y a la muerte, invocando las oscuras energías concentradas en los laberintos del bosque. Con que escucharon las risotadas demoníacas, retumbando en la noche gobernada por la luminosidad de Andrade, al tiempo que Balam y Uriel se levantaban.

Entonces, Uriel dio un paso adelante y dijo la siguiente invocación:

“Perderme siempre, quiero
en las hondas frondas de ti.
Patio acristalado
de cerradas flores:
sumergidos anillos, y memorados
cristales.

Emerge; Andrade,
como luz soterrada, nocturna
guía arqueada, de óxidos
y blancas dunas.

En el reflejo tuyo
encuéntranos. Tilda ahora a las sombras
de desmemoriado poder”

En el cielo, la luna Andrade se deshizo en un cegador fulgor. Los rayos iluminaban los recovecos del bosque, dirigiéndose hacia la figura de una sombra que había dejado de danzar. La música, más bien convertida en estridencia, sin previo aviso, cesó por completo. La luz había diluido aun más los deformes y horripilantes contornos de las sombras, que desaparecieron cuando Andrade se transformó en una anciana mujer, aparecida a una distancia considerable como un leve y tenue espejismo. Balam y Uriel habían quedado cegados por el mágico fulgor. Una vez recuperados, advirtieron que el rostro de la anciana lo horadaban unos cráteres que dejaban una superficie rojiza al descubierto, como si las mejillas se le hubieran prendido de fuego.

Andrade dijo:

“Soy luz,
en la vertida
invocación. Rayos de espanto
y miel.

Melodiosas sombras
del ayer;
aun por vosotros habitadas, grandiosas
caídas, de óxido y dunas.
Fenecidas notas
como restallantes piedras
blancas. Tormentas de ladinos
reflejos.
Si habéis llamado,
mi música escuchad:

¡Enfrentad a las sombras!

La memoria, como caprichos
regalados, a las gélidas
reverberaciones. Música;
danza de artimañas.

Rayos de espanto
y miel. Cernida
oscuridad; abandonaros debo”

La anciana desapareció y la luna sonrió desde los cielos. Aunque las sombras también se habían diluido, aún flotaba en el ambiente el hedor de la muerte. Uriel y Balam se alejaron del lugar, atónitos y con los ojos doloridos y ateridos. El viento de los fantasmas, había amainado hasta convertirse en la brisa suave de una noche que les pareció más segura y confortable que antes de acostarse en la tienda. De cualquier forma, no podían asegurarse de que Andrade volviera a interceder por ellos, puesto que les había encomiado a enfrentar las sombras.

Uriel meditó las palabras de la luna; la memoria, como caprichos/regalados, /a las gélidas/ reverberaciones se le antojó como la confirmación de lo que le había insinuado antes a su compañero; después de todo, él era más receptivo a las sombras que ella porque habitaba las fondas del ayer. Música;/ danza de artimañas, había dado al horrible espectáculo de los tambores y las campanas y las risotadas, el sentido de una treta urdida para infundir pavor.

Mientras Uriel iba caminando por el bosque, sintió la incomodidad de Balam, pues su entrenamiento no había resultado suficiente para un viaje tan arduo y jadeaba y chorreaba sudor. Por este motivo, la joven se irritó, preguntándose por qué habría de aguantar a un compañero que la retrasaba. Pero vio las hojas acridas que le sanaban las heridas, y empatizó con la fatiga de Balam. Ambos se detuvieron y bebieron agua, luego recogieron algunas bayas y frutos y comieron, rumiando lo acontecido con la luna.

Reemprendieron la marcha, y encontraron un profundo sendero que reptaba entre dos montículos, atravesando bajeles y arroyos. Daba el camino a un puente de madera mal entablillada y carcomida por las termitas. Uriel pisó sobre seguro, donde los tablones no habían sufrido tantos daños, aferrándose con furia a las cuerdas de la pasarela.

— Tengo vértigo — gritó Balam, una vez que su compañera hubo pasado al otro lado del puente.
— No mires abajo. Concéntrate en distinguir los tablones que están firmes.
— Me caeré…
— Tú tranquilo; agárrate lo más fuerte que puedas a la cuerda de tu derecha
— ¡No puedo con el vértigo! ¡Caeré!

Para tranquilizar a su compañero, Uriel sacó la cuerda que le restaba del macuto, y rodeó con ella una gran roca que había en un saliente del sendero, que continuaba más allá del puente. Hizo un correoso nudo entorno a la roca, y después la ató a la parte derecha de la pasarela. El joven había advertido estas maniobras; con que, tranquilizado, consiguió pasar el puente sin mayores dificultades.

Recorrido el sendero, llegaron a un campo de flores de cristal, cuyos tallos se erigían cubiertos por el vidrio. Bajo una pátina de cristal, las flores conservaban los pétalos. De los tímpanos emergía la luz de las luciérnagas, puntos luminiscentes pegados a la piel de las flores. La pareja se adentró en el campo acristalado y Balam se agachó y arrancó una margarita por el tallo. Había aplicado presión, haciéndose un pequeño corte en el dedo índice. Una luciérnaga salió revoloteando. Cuando iba a tender la margarita a Uriel como regalo, el joven miró los pétalos vidriosos y sintió un gélido escalofrío al tiempo que, el cristal, reflejaba los oscuros recuerdos que Uriel y Balam guardaban en sus respectivas memorias; la discusión que les había enfrentado en el Alto de los Vientos, regresada de pronto a ellos.

La imagen que había regresado del Alto de los Vientos; Balam recriminándole a su compañera su falta de empatía hacia sus sentimientos, tratando de que accediera, por fin, a aceptarlo como algo más que un compañero. El joven se sintió culpable, temiendo volver a quedarse solo frente a su ruindad. El fantasmal soplo del viento fue desatado.

— Primero morirás, tú, chico. Después desaparecerá la chica — dijo la sombra, que había surgido con el viento— ¡Conozco cada uno de vuestros miedos! Sucumbiréis a las imágenes de vuestra perdición porque sois débiles, tan frágiles como la luz de las luciérnagas. Nunca habéis escapado de vuestra oscura silueta, y nunca lo conseguiréis.
— ¡Mientes! — gritó Uriel.
Haciendo un gran esfuerzo, Balam dijo.
— Al fin he comprendido que tú, infernal sombra, tienes el poder que nosotros te damos, porque sustentada en los recuerdos y los pensamientos que nuestra luz deja vagar, engrandeces en las flaquezas. Te pido disculpas, Uriel, y ruego que ignores las imágenes de aquella aciaga disputa que ahora regresan.

Como respuesta al desafío, la sombra lanzó el gélido aliento de la muerte y los imagos fueron desplegados en la mente los jóvenes. Los recuerdos de aquellas situaciones que les colocaban en situaciones de inferioridad; humillaciones y fracasos, autoridad y chantajes, altibajos y caídas depresivas, regresaron con la misma intensidad con la que fueron experimentas en el pasado. Al fin, el poder de la oscuridad se había desplegado en el Neurobosque, sometiendo las mentes de Uriel y Balam y sujetándolas desde el altar sagrado del dolor.

Ambos se tiraron al suelo y comenzaron a arañarse las pieles del rostro, como si el rechazo a lo que veían; las injusticias que habían cometido, las faltas que habían acertado a olvidar, broncas y golpes y reproches, construyeran de ellos mismos una imagen inaceptable y bochornosa que trataban de sangrar con las uñas.

Entonces Uriel comenzó a dejar fluir las imágenes; concentrando la mente en una línea horizontal sobre la que iba pasando un carrete de pavorosas imágenes, como si la memoria fuera una proyección de escenas. La joven dejó entonces de arañarse el rostro y abrió los ojos. No quiso mirar hacia Balam, porque oía sus extrañas lamentaciones y no podía volver a sucumbir al estado idóneo para el influjo de la sombra. Con que Uriel se convenció a sí misma que nadie iba nunca a derribarla, pues jamás se sentiría culpable por actuar en libertad. Claro que había tratado de olvidar ciertas escenas de la horripilante película que la sombra proyectaba en su mente; al fin y al cabo, se trataba de la misma artimaña empleada con la música. Con la evocación de los sentimientos más recónditos de la memoria, la oscuridad trató de someter los impulsos vivos y creadores de Uriel.

La joven se levantó y corrió hacia la sombra. Cuando hubo llegado a su altura, extendió los brazos como si fuera un pájaro, e invocó de nuevo a Andrade. La luz de la luna destelló en el campo de flores, y los cristales de los tallos y los pétalos reflejaron los níveos rayos, disolviendo a la sombra que se hallaba frente a ella. Entonces vio con claridad la fuente de la vida, que reflejó su verdadero rostro mientras Balam se perdía en los recovecos de su memoria.