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Respira hondo

Lucía respira hondo y se alisa la falda que compró en Anne Klein no hace más de un mes. Se mira al espejo del lavabo de señoras de la segunda planta y se ve vieja y cansada. Pero sobre todo vieja. No es que los cuarenta y dos le hayan parecido nunca una cifra por la que tirarse de los pelos, sobre todo cuando eran vistos desde fuera, pero en este preciso instante siente que cada uno de ellos pesa como si pudiese recordar los trescientos sesenta y cinco días que lo conformaron. Como si de verdad ella fuese la suma y consecuencia de todo lo que le ha ocurrido en lugar de un conjunto de células que lo recuerda vagamente. Lucía respira hondo de nuevo. Su pulsera Tous (un regalo de Ernesto) tintinea cuando los ositos chocan entre sí mientras se alisa de nuevo la falda, mecánicamente. Abre el grifo y lo deja correr un poco mientras lo mira fijamente con la mente en blanco. O en estático, para ser más exactos. Su mente es un chasquido ahora mismo. Un ordenador que ha fallado y se está iniciando (muy) poco a poco tras el pantallazo azul y el consiguiente fundido en negro. ¿Es fundido en negro un término correcto o los más tiquismiquis le dirían que es un término exclusivamente cinematográfico? Aunque no es eso sobre lo que Lucía quiere reflexionar. Es otra cosa que reprime respirando hondo. Se lava las manos concienzudamente en el lavabo, prestando especial atención a la piel a los lados y debajo de las uñas. El agua, que baja tiznada de rojo carmín, mancha el lavabo al caer desde sus manos. Lucía no es buena con las tonalidades, por mucho que le pese reconocerlo. No sabe la diferencia entre carmín, carmesí o rubí, por poner un escueto ejemplo. No es que no sepa lo que es burdeos y lo que es granate, pero a veces sí que no es capaz de apreciar diferencias entre tonalidades muy parecidas. No para de distraerse a propósito. Lucía se hace la pregunta que quiere hacerse. ¿Ha ocurrido todo realmente? ¿De verdad el señor Gutiérrez le acaba de sugerir que se la chupe? No es que Lucía no esté al tanto de ciertos rumores, claro, pero creía que eran sólo eso, rumores. Al fin y al cabo, hasta la fecha, a Lucía nunca le había ocurrido nada de ese calibre. Igual eran sus ojos y tenían razón sus amantes al decirle aquello de que “veían fuego en sus pupilas” y no era un piropo aleatorio. Piensa con una sonrisa que quizá también era verdad que tenía las tetas más preciosas que todos habían visto en su vida. Lucía escucha voces a través de la puerta del baño. En tono elevado, casi gritos. Puede que incluso sean gritos y ella los reciba apagados a este lado de la pared. Sabe que es la causante del alboroto y le parece más que bien. Desde luego más que justificado. Puede que ese gordo picha floja (aunque esto lo decía por rabia, ni sabía ni quería saber cómo era el aparato en cuestión) hubiese tentado a Nati, la secretaria, con aquel puesto de responsable de compras; o a Juani, con ese sustancioso aumento de su cuenta para gastos de empresa; pero, ¿a ella? Lucía respira profundamente mientras se seca las manos. Casi necesita hacer un esfuerzo físico para no alisarse la falda. Se siente muy próxima a perder el control y no quiere que eso ocurra. Ahora lo más importante es demostrar compostura. O no tanta,  pues podrían pensar que nada la había afectado. ¿Debería llorar un poco al relatarles cómo se sintió de vapuleada y miserable cuando escuchó la sugerencia del señor Gutiérrez sobre como asegurarse el puesto de directora de marketing tras la inminente salida de Gabi? No, lo mejor sería ser ella misma. Revisa en su bolso para ver si tiene tampones suficientes y vuelve a mirarse las manos. Comprueba debajo de sus uñas. Se vuelve a mirar al espejo. Cuarenta y dos años. Aunque está segura de que si se pone a contar recuerdos y a sumarlos no llegaría a recordar ni dos tercios de su vida. Su adicción al alcohol le ha pasado factura, y lo peor de todo es que ni siquiera recuerda habérselo pasado tan bien. Es decir, sí, los primeros cinco años fueron divertidos, sobre todo porque el vicio se estaba gestando, pero al fin y al cabo fueron los que transcurrieron entre sus quince y sus veinte años. ¿Cómo no iba a recordarlos como una época feliz? Aunque no lo fueron. De hecho no lo fueron para nada. Lucía piensa en el verano en que su madre se dio cuenta de que había un problema. Tenía dieciséis años. Era a mediados de Agosto y Lucía había bebido todos los días desde su graduación. Su madre le dijo que o paraba o la mandaría a un internado. Ella no paró pero empezó a ocultarse mejor. Al fin y al cabo no era tan difícil. A las doce menos cuarto exactamente su madre procedía a su habitual ritual de vaso de agua y dos orfidales y eso le daba a Lucía un mínimo de siete horas de libertad. Cuando Lucía cumplió los diecisiete pusieron un paki enfrente de su casa. Ella lo tomó como una señal. Dios la quería ebria. Y ebria estuvo cuando se marchó de casa nada más cumplir los dieciocho y se mudó a Madrid. Ebria estuvo cuando conoció a Santi y desde luego ebria estaba cuando aceptó el trabajar en su bar. Los siguientes dos años los recuerda como una semana de fiesta muy intensa. Encima descubrió que con cocaína podía beber aún más sin vomitar, ni caerse al suelo, ni acabar derramando los chupitos en la camiseta de cualquier cliente. No recuerda la noche en que decidió dejarlo todo atrás. Ni siquiera recuerda si ya había conocido a Jaime o eso vino después. Lucía se distrae por unos segundos y pierde el hilo de sus pensamientos. Ha escuchado un grito fuera. Desde luego oye, (o le parece oír), bastante más movimiento en la puerta que hace unos instantes. Lucía respira profundamente e intenta relajarse. Se alisa la falda. Se mira al espejo. La camisa le sienta bien, sobre todo gracias a su visita a Women’Secret del mes pasado que le propició la que ha sido su mejor compra en al menos una década desde que con veinte y algún año se hizo con aquella chaqueta vaquera por menos de mil pesetas. Piensa en aquella chaqueta, y en Jaime. Y en Lucas. Y en Joaquín. En Víctor y  el hotel en el que se encontraban. ¿Qué será de Víctor? ¿Seguirá bebiendo tanto? Lucía se alegra de no haber nacido con unas gónadas que le proporcionaran la cantidad de testosterona que Víctor poseía. Aunque esa era la excusa fácil, quizás. En realidad Víctor era un alcohólico con muy mal beber. Como muchos alcohólicos, aunque pueda parecer lo contrario desde fuera. No ha vuelto a verle desde que arrojó la nevera mini-bar por la ventana del Rex a las ocho de la tarde. Ella se había bebido la última botella de ginebra pese a que sabía perfectamente que a él no le gustaba el whiskey. Lucía no es capaz de recordar por qué se había bebido la botella. Supongo que en el momento le parecería divertido. Cosas del alcohol. Después piensa en Enrique y se toca la pulsera. Después respira profundamente y se alisa la falda. Enrique fue su salvador. Fue quien le convenció de que tenía que dejar el alcohol. Lucía tenía veinte y ocho años y por aquel entonces pensaba que algún día lo dejaría, pero que desde luego era demasiado joven para hacerlo en aquel entonces. Ella lo iba a dejar, claro, sólo que no en ese preciso momento. En aquellos tiempos ya era toda una profesional y tenía su adicción “a raya”. Como si las adicciones su pudiesen tener bajo control. En tal caso no serían adicciones. Lucía sólo bebía cuando se ponía el sol. A veces ni siquiera le daba tiempo a tener resaca y llegaba directamente borracha a trabajar. Pero la verdad es que no se arrepentía en absoluto. Los treinta era una edad tan válida como otra cualquiera para empezar una nueva vida. De hecho cree que le hizo muy bien. Ahora, cuando se tropieza con las caras de hastío de sus compañeros en el ascensor agradece no estar harta de aquel estilo de vida. Tampoco descartaba volver a hacer un giro radical algún día, aunque no sabía hacia dónde. Ahora le parece que está claro. Lucía siente que se avecina un nuevo cambio. Igual, cuando todo esto llegue a los medios, la llaman para hacerle entrevistas o puede que incluso dar conferencias o charlas. A lo mejor debería escribir algo sobre el machismo. O participar en algún movimiento. La verdad es que esa idea siempre había estado dando botes por su cerebro. Ahora era el momento. Lucía respira profundamente y se mira al espejo. Sonríe mientras se alisa la falda. Alguien llama a la puerta. Lucía sabe que es la policía. Sólo espera que se lo hayan llevado ya. No quiere verlo. Ni siquiera herido en una camilla. Ni siquiera derrotado por ella. No quiere verlo porque su asquerosa cara y sobre todo ese brillo en sus ojos le recuerdan a Jaime, y a Lucas, y a Mariano. No quiere verlo porque para ella ahora mismo esa cara representa todo lo odiable y vomitivo que hay en el mundo y si lo ve no sabe si podría no escupirle, no gritarle, no arañarle la cara mientras lloraba desconsolaba y le maldecía una y otra vez como si así pudiese evitar que existiese. Como si la humanidad pudiese cambiar con ese acto de renuncia, y rabiosa y pura rebelión.  Agarra el pomo y piensa en qué cara poner cuando abra la puerta mientras recuerda el tacto del abrecartas en su mano. El calor de la sangre manando de la pierna. El grito. El de ella en principio, y al cabo de unos segundos, agónico y sorprendido, el de él. Lucía no fue consciente de tener el abrecartas entre las manos hasta que lo sintió clavado en el muslo de su jefe. Cuando miró vio que se había hundido hasta la mitad. Entonces había venido aquí, al lavabo. Lucía escucha susurros fuera. Saben que está en la puerta. Sigue sin saber qué cara poner. Suspira profundamente y se alisa la falda. Abre la puerta.

—La próxima vez le dirá que se la chupe a la puta madre que le parió.-La voz de Enrique suena agresiva a través del teléfono. Lucía nunca ha visto a Enrique agresivo. Ahora lleva sin verle unos cuatro meses. Habían almorzado. Él estaba de paso en la ciudad y la llamó. Sólo almorzaron. Las palabras de Enrique le transmitían apoyo. Algunas agentes de la comisaría también le habían transmitido algún comentario que pretendía mostrarle algo parecido a la complicidad teórica. Los policías le habían dicho la verdad, estaba jodida. Nadie sabía si el señor González le había dicho que se la chupase pero lo que estaba claro es que había un abrecartas clavado en su muslo que no estaba

ahí cuando ella entró. Pero sí al salir. Jodida nivel jodida.

—Enrique-intentó sonar calmada-necesito un abogado.

—Tú tranquila-fue su única respuesta.-Yo me ocupo de todo.

 




Jóvenes desconocidos

La ciudad no duerme nunca, ni siquiera de noche. A las 3 de la mañana, el veloz trasiego de los coches contamina un silencio que no existe. La lluvia cae de forma violenta sobre el asfalto y los húmedos tejados. En ese momento, el duermevela de un infeliz inquilino de la última planta de un viejo edificio termina. Él es uno de esos seres nocturnos que permanece día tras día encerrado entre las cuatro paredes de su habitación. Unas paredes mugrientas, oxidadas y desnudas que no contienen ningún recuerdo. Su clausura es casi total, solo sale al mundo exterior cuando es estrictamente necesario. Vive enfrascado en un mundo de cristal, tan frágil, que cualquier revolución interna podría arruinar su prudente calma. Sin embargo, casi siempre sostiene entre sus manos una botella de alcohol, cuyo cálido y familiar escozor ayuda a mantener sus dolencias a raya. Así consigue disipar la realidad que tanto odia y dar una furtiva bienvenida a lo que él llama “los mundos de sirena”.

Fracasado director de cine, un artista en ruina y en descendente decadencia. Malherido cuerpo sin amor, víctima mortal de una vida que ya no es vida. Este solitario de bien entrados los cincuenta, comprometido con sus vicios y de melancólico estado anímico, no está tan solo como parece. Para su fortuna o desgracia, disfruta de la compañía (en apariencia molesta, pero querido en secreto) de un gato sin nombre. Un minino huérfano de madre, o más bien de dueña, la vecina de nuestro deprimente amigo. Una mujer mayor, que llegó a ser una cantante de renombre, pero en los últimos años de su vida, era solo un recuerdo difuso de algo que se fue en otro tiempo. Decidió acoger al animal en su casa, cuando la anciana murió, al ver que la casera quería abandonarlo en la calle.

Como de costumbre, y debido al sueño ligero de nuestro desdichado, el gato ha vuelto a despertarle al hacer crujir el suelo de madera. Del enfado éste le grita, y el felino al huir, salta al escritorio tirando a su paso una pila de libros polvorientos y olvidados. Con un enfado creciente, el huraño habitante sale de la cama para recoger el desastre que ha organizado el gato, el cual ya se encuentra lamiéndose debajo de la mesa de la cocina. Recoge uno a uno los libros, con una parsimonia religiosa, pero de repente se queda inmóvil. Tiene en sus manos un libro de tapas de terciopelo rojo. Lo abre y comprueba que en su interior las hojas están en blanco. Sin más dilación, se sienta frente a la mesa de escritorio, y comienza a escribir gracias a un recuerdo aletargado. Sin abandonar de su lado, claro está, la botella perenne de alcohol.

PASAR DE PÁGINA

Era sábado por la noche, el alboroto de las calles de Madrid casi se podía tocar y olisquear en el aire. Los jóvenes correteando libres, sin miedo al tiempo, ni a ser viejos, como si la vida fuera un para siempre. Ingenuidad sobrevolando sus cabezas. Eso es lo que crio los ochenta. Y ahí estaba él. Otro soñador más entre tanta gente, gritando junto a sus amigos antes de que el concierto empezara. No tardaron en llegar las drogas a sus cuerpos tiernos y frescos. Sabían que una vez que el veneno hiciera efecto, la noche sería eterna e incansable. Dicen que una simple acción puede cambiar nuestra vida, pero lo que yo creo, es que incluso un insignificante gesto puede trastocar todo el universo. Así de sencillo y fulminante. En medio del concierto, y con los ánimos desbordados, el chico la vio. Con su vestido de color negro, y su mochila roja. Bailaba cómo si no escuchará la música. Cómo si no fuera consiste de la gravedad sujetándola a la tierra. Cómo si no hubiera universo. Cómo si solo estuviera ella. Tuvo que obligarse a respirar porque casi se quedó sin aliento observándola. Y sin pensar muy bien lo que hacía, como si la realidad no fuera consciente de sus pasos se acercó a ella. A pesar de que parecía ajena al mundo paró suavemente como si de alguna manera, y a pesar de tener los ojos cerrados, advirtiera la pusilánime presencia del chico. Ella abrió los ojos, y él se quedó mudo. Mudo y sordo, porque no entendió la primera palabra que pronunció los labios de carmín rojo. Se acercó violentamente a su oído, y dijo su nombre. Un nombre que a él le sonó como un cañonazo.

 -Me llamo Belén -dijo la chica dejando un eco insalvable en la mente de él-. Siguió sin recibir respuesta alguna del muchacho que se encontraba frente a ella. Volvió a hablar pero esta vez para proponerle bailar.  

Y él asistió sin decir nada tan rápido, que pareció sorprenderse de la valentía de sí mismo. En ese momento lo supo. Se dio cuando de que nada volvería a ser lo mismo. Sintió miedo, miedo de no volver a verla, y por primera pensó en la soledad. Era un sentimiento nuevo, o eso creía él. Pero era una verdad a medias, siempre había estado solo, pero nunca fue consciente de ello hasta que otro corazón le tocó de cerca. Tan cerca, que hasta el alma le temblaba cada vez que ella le apretaba la mano más fuerte. O cada vez que sus cuerpos tropezaban por culpa de la multitud eufórica del concierto.

-¿Sabes hablar? -dijo Belén esbozando una sonrisa al final de la frase-.

 Justo antes de que el chico pudiera pronunciar la frase que quería decir de carrerilla, ella gritó, y se puso a cantar, la que decía era su favorita. Era un pájaro libre dispuesto a hacerlo todo antes de que el frío invierno le obligase a cambiar de vida. Impulsiva, natural, pura,… Era todos los adjetivos juntos, y eso a él le fascinaba. No iba a dejar pasar una oportunidad semejante por no tener agallas, así que la llamó por su nombre, y la dijo que le ayudara a ser impulsivo, que nunca en su vida había hecho lo que realmente quería por miedo o vergüenza. Entonces Belén pareció satisfecha, era consciente del efecto que provocaba en la gente.

Se marcharon del concierto los desconocidos a toda velocidad. Comenzaba el juego, dos jóvenes vagabundeando por la ciudad, por las avenidas llenas de gente, por los rincones vacíos, bebiendo los licores de los bares y el resto de drogas, atravesando las peligrosas vías del metro, arrojando gritos desde el edificio más alto…Ya casi estaba amaneciendo, y el fresco de la mañana salía por sus bocas en forma de vaho, pero no les importaba. Llegaron a un puente, y ella cerró los ojos y respiró profundamente, como intentando capturar todo de ese instante. Seguidamente se asomó por la barandilla, parecía que de un momento a otro le saldrían alas y se despediría de él para siempre. Entonces la agarró de la cintura para evitar la posible huida, ella se dio la vuelta y por fin hicieron eso que querían hacerse desde hacía horas. No tenían miedo a ser vistos, para ellos la ciudad aun dormía, y todo el ruido del mundo lo provocaban sus cuerpos desvelados. Más vivos que nunca se subieron a la barandilla del puente, y bailaron una música imaginaria mientras los primeros rayos de sol les quemaban la piel. Entonces aquel día y sus veinticuatro horas se convirtieron en pesadilla. Belén resbaló de la barandilla y cayó. Así se despidió del mundo.

-Nunca podré olvidarla.

Esa fue la última frase que escribió nuestro melancólico amigo en el libro de terciopelo rojo, tras dar un gran trago a la botella.

 

 




Escalando al cielo

        

Los personajes iban llegando eufóricos. Recuerdo sus risas y cómo trataba de no oírlas. Ese día estaba hastiado del mundo: otra típica crisis post-adolescente acompañada de melodías rockeras. Todo cambió cuando llegó Bastián con la su novia Johanna. Como si hubiese sido un imán, todos fueron atraídos hacia el célebre dirigente estudiantil. Bastián no tardó en hacer de las suyas:

         -Hoy me puse a pensar acerca de la importancia de la escuela de Husserl en los escritos de Heidegger. De hecho, ¿no será todo el pensamiento postmoderno una abstracción fenomenológica de estos filósofos? No sé si han leído a Nietzsche pero él también de una u otra forma al hacer el estudio sobre los griegos, partió de una manera husserliana preocupándose de las percepciones individuales y secundarias en torno al objeto primario en cuestión

         Lily, la hippie chic por excelencia, comenzó a rebatirle hablando de Hanna Arendt y Sonia Montecino. Me apesté. Fui a emborracharme, a evadir mi puta vida, no a escuchar a unos engreídos bastardos. Me paré. No recuerdo si me despedí o no y me largué. Me sentía solo, atolondrado e ido. Pensé en algún amigo de verdad. Desde un teléfono público llamé a alguien de quien hacia meses no sabía nada: Víctor.

         -Aló… ¿Víctor? Hola, compa, tanto tiempo, hueón. Oye, juntémonos en el centro

         Su voz se notaba gastada y la fragilidad de su respuesta, extrañamente, me dio esperanzas.

         -Está bien… Juntémonos en donde…en donde siempre: el Parque de los Reyes

         Víctor recién había entrado a estudiar ingeniería industrial. Su vida no era como la de mis amigos borrachos y drogos. Él quería formar una familia y dedicarse cien por ciento al trabajo. Su tranquilidad y rutina era torcida cada vez que se juntaba con Luisiño y conmigo. Luisiño, eso sí, estaba en el norte. Compramos tres botellas de cerveza en el local donde siempre nos atendía un tipo extraño. Nos perdimos en un callejón al frente del parque y comenzamos a beber. De pronto, un rottweiler y su dueño, un flacuchento con cadenas colgando y una camisa floreada abierta, aparecieron a nuestro lado. Nos miró un largo rato mientras su perro nos olfateaba. Luego, se fue un tanto confundido. Entonces, decidimos ir a la plaza y terminar ahí nuestro brebaje.

         -¿Crees en el más allá?- la pregunta de Víctor me llamó la atención. Sus ojos brillosos se perdieron en el horizonte.

        -Tú sabes que creo en duendes, fantasmas, demonios; todo lo raro, bienvenido sea- le contesté riendo. El alcohol me ayudaba una vez más a escupir mis vacíos- ¿Por qué?

        -No, es que… He tenido una vida de mierda… Ya… Ya no tengo mundo…

        -Yo tampoco. Y creo que me gusta no tenerlo. ¿A ver? ¿Por qué estás tan tristón? Apuesto a que es una mina, y si es de tu U estás cagado porque para conquistar a una hippie chic simplemente debes ser un postmoderno alternativo neokantiano expresionista documentalista fotógrafo con magíster en el extranjero, descendencia europea, experto en arte abstracto-contemporáneo y que se la pase en el barrio Lastarria, el Bellas Artes, el cine arte y además debe saber esoterismo hindú. Obvio: debe ser un comunista pop acreditado… Y quizás soldador al arco

         Víctor me miró más triste aún y contestó:

         -Eres muy hueón

         Luego tomó de un sorbo casi la mitad de la segunda botella. Como si el alcohol hubiese quemado su alma, dijo:

         -Hueón, hagamos algo loco… Estoy harto… ¡Vamos!

         Su actitud me dejó dubitativo. ¿Era el Víctor?, pensé. Lo seguí. Cruzamos todo el centro de Santiago y llegamos al cerro San Cristóbal. Caminamos por la calle que le rodea. Pensé que iríamos al sector de camping El Ermitaño. No fue así. Víctor se detuvo ante una ladera del cerro y gritó. Entonces comenzó a subir como loco. Me pareció un buen juego, sólo que andaba con bototos y de escalar cerros no tenía idea. Pero vamos, pensé, hagámoslo. Al principio me fui afirmando de algunas hierbas que salían al paso. Sin embargo, más arriba, todo se hacía brutalmente arenoso. Miré hacia atrás: ¿cuántos metros iban? Apenas se veía la calle. De pronto, no pude asirme a nada firme; comencé a resbalar. Una caída significaba mi muerte y en un segundo no vi mi vida pero sí pensamientos inconexos: una botella vacía, la ventana sin cerrar, ese cuaderno de dibujos. Entonces Víctor me despertó de la agonía:

         -¡Hueón, agárrate del tubo!

         A mi derecha apareció un tubo oscuro milagroso. Gracias a él llegamos por fin a un lugar más llano. Me tiré al suelo acalambrado. Estuve sin poder moverme por media hora. A nuestro lado un cartel decía: “No pasar. Terreno de derrumbes”. Había cientos de piedras sobre nosotros. Cuando pudimos seguir, descubrimos que estábamos perdidos. Caminamos por horas en trayectos húmedos (en el día anterior había llovido), delgados como el grosor de una cañería. Víctor estaba ido; yo, cansado.

         -A este paso vamos a llegar al cielo subiendo- le dije.

         Me miró con un gesto de sorpresa. De pronto, apareció un lugar de camping. Volvimos a escalar un poco y por fin hallamos la calle de regreso. Salimos por el sector de Pedro de Valdivia siendo que habíamos entrado por Pío Nono. Nos abrazamos de alegría. Me había olvidado de mis berrinches post-adolescentes. Él, en cambio, seguía triste. Ya era de noche. Cuando nos despedimos, me quiso decir algo:

         -Oye, casi morimos hoy… Y… Mira… Hace tres meses… Mi mamá…

         Se quedó callado. No quiso seguir hablando. Le di un abrazo fraternal. Entonces se marchó.

         Para darle un fin de película a esa historia, y sentirme el típico personaje principal con su chaqueta negra apoyado en una esquina fumando, me compré un cigarro. Lo gracioso es que yo no fumo.

 




¡Hasta cuándo!

Usted se ha comunicado con el CIM (Centro Internacional de Musas) Si llama para acordar una cita marque el uno. Si desea conocer por qué las ideas más geniales de todos los tiempos son confeccionadas por la misma musa, marque el dos. Si quiere saber porque los deseos de los negros, no son ni serán jamás de interés para nuestra institución, marque el tres. Si no tiene familia ni amigos incondicionales en la entidad y llama en busca de una musa, por favor, espere, será atendido por la operadora. Graciasssss… Graciasssss… Graciasssss… Graciasssss… Graciasssss…




Libretos libres

Eran actores. Ella lo llamó para descargarle una parrafada en la que le anunciaba que se iba de su apartamento. El vino llorando a rogarle arrodillado a sus pies, que no se fuera, que el error no era de él, puesto que ¡Quién la había mandado a ella a abrir su página de Facebook! Que sí, que él tenía unas “amiguillas” y más aún, en ese frío y esa soledad de la capital, era casi que necesario tenerlas, pero que ellas no significaban nada más en su vida aparte de una noche de pájaros sueltos coincidiendo en un nido y en cambio ella era todo para él. Ella, por su parte, tampoco se arrepintió secretamente, de haberle sido infiel durante su viaje de presentaciones por el viejo mundo, mientras le acariciaba el pelo y accedía a sus razones no tanto porque las creyera, sino de verlo tan buen actor.




Fárrago-absurdo-telefónico

Me hallaba placiendo con mi duermevela de la siesta, mas dormido que despabilado, allí, encajado en el rincón favorito de mi sofá preferido, cuando mi teléfono, erguido en la repisa, comenzó a berrear.

Los timbrazos de éste me pusieron en guardia, y al instante, cuando mi conciencia comenzó a clarear, sospeché que se trataba de alguna de esas llamadas inconvenientes.

–¿Diga? –pregunté con sequedad de boca y aridez en el ánimo.

–Hola-soy-Germana-de-termo-estetica-se-puede-poner-la-señora

Así habló el otro extremo del hilo telefónico, sin puntos ni comas, sin tildes ni signos de interrogación, y con letra cursiva, de esa que por su inclinación aerodinámica semeja correr más que cualquier carácter tieso con la seriedad de una escritura honrada.

Entonces mi oído se notó enredado y dedujo termoestética, en vez de la cosa esa que después me aclaró la tal señorita Germana.

–Ah, yaaaa –respondí con sorna–. Harto difícil me parecía introducir la estética en un termo, a no ser que tratemos de conservar intactas las arrugas de las camisas… Pero Germana atajó mi discurso y dijo de nuevo…

–¿Se puede poner la señora?

–¿Cuál de ellas, Germana? –pregunté–. Aquí viven cinco señoras, pero morar, lo que se dice morar, sólo mora una. Resulta extraño que se hallen las cuatro señoras restantes aquí, ya que son polígamas y van de aquí para allá, donde la miel les parece más apetecible; actitud ésta que apruebo por libre y digna… Escuche mis aplausos ¿Los oye?

Germana se mantuvo callada durante unos segundos, pero su respiración, clara y arrítmica a través del auricular, me decía que estaba sopesando lograr cinco ventas de la estética esa. O, tal vez,   se sintiera escandalizada ante la actividad, lícita y en todo derecho, de todas las señoras, pues, aunque haya quienes expresemos tolerancia, siempre te encuentras traficantes de-sueños-de-siesta-rota que se trastornan ante la libertad humana.

La respiración de los vendedores por teléfono confunde mucho, así, cuando yo trataba de descifrar sus latidos, Germana habló de nuevo, por fin.

–Bueno, pues que se ponga la señora que esté ahí –me dijo, y concluyó con la coletilla que solía concluir mi abuela–, a mal andar…

Este final de frase (a mal andar…) me dijo que Germana era mujer del pueblo, con esa llaneza que únicamente se conserva entre paredes de adobe, así que decidí poner una nota caritativa en el mercadeo que ella intentaba.

–Pues lo siento mucho, Germana, tampoco va a ser posible que hables (ya la tuteaba) con la quinta señora, porque se encuentra repartiendo caridad espiritual en su despacho… Es sexóloga, sabes… Y ahora se halla escuchando un trance ajeno.

–Pero bueno, digo que alguna vez podré hablar con alguna de las señoras, o con las cinco a la vez… ¿Cuándo podré coincidir con ellas? –Dijo Germana con ánimo de cotilleo más que de vender la cosa térmica esa

–Va ser muy embarazoso para ti, Germana, porque sólo coinciden cuando viene a lo que vienen, y además, como a veces traen parte de sus harenes…

–me dejas sorprendida –ya me tuteó–. ¿Tenéis camas redondas?

–No… Qué va. Las camas de esta casa son normales, de esas que se usan para acostarse y, si los pesares no te asaltan, dormir con gozo, que para eso es el embozo. Los otros quehaceres, esos que tú sospechas, se realizan sobre alfombras, en el suelo.

–Pero… ¿Consientes todo eso? Porque…, tú eres el señor de la casa…, ¿no? –me preguntó Germana con voz compasiva; y remató–. Pobre hombre…

–No te lamentes, Germana –tranquilicé a la vendedora de estéticas raras–. Es verdad; soy el único hombre de la casa, pero no el señor. Las costumbres de las señoras me traen si cuidado, es más, me parece legítimo que disfruten. Yo soy el señor-mayordomo; muy conformista, por cierto… Me conformo con las sobras.

Germana se quedó en silencio, y su respiración se notaba indefinida, así que aproveché para despedirme hasta otra jácara.

–Lo siento, Germana, pero tengo que despedirte… Me he de poner a fregar, pues hace tres días que no fregoteo, y tengo el fregadero…

Creo que Germana no esperó, siquiera, a oír los puntos suspensivos del final.

Moraleja.

Cuando te despierten de la siesta para contarte cuentos de telefonía, o traten de venderte naranjas que aseguran ser de jugo mágico y llegarán rodando solas a tu casa, tienes varias opciones para desprenderte de tanta pesadez: colgar sin más, dejarte influir, o contarles fábulas más increíbles que los prodigios que te intentan endilgar. También puedes decir (como suele una amiga mía con bastante-lúdico-descaro) que el titular de la línea se ha muerto, o que está en la cárcel. Lo más efectivo para tupir las intenciones del mercader telefónico es recitarle un poema: al escuchar el primer verso suelen colgar sin decir muuuu.




Máis aló das estrelas

Despois dunha errática e longa expedición intergaláctica, pousei os pés sobre a superficie luar e alí atopeime con ela: unha fermosa extraterrestre completamente diferente ás demáis.Cando a vín, sentín esvarar un frío lóstrego no peito e froito da gravidade, os nosos corpos aproximáronse ata ficar entrelazados. O aparatoso traxe espacial separaba a miña pel do seu corazón, pero podía sentirlle os ollos, asulagar con dozura a miña alma. Nada podía poñer cancelas a ese amor embarcado nunha interacción cósmica, nin sequera o feito de que eu fose un astronauta e ela unha muller doutro planeta. As nosas pisadas viaxaron, esvaecéndose ao longo de todo o sistema solar.

Era tarde e a misión estaba chegando ao seu fin. Aterrou a nave xusto na derradeira páxina. Pousei o libro na mesiña e apaguei a lámpada. Hora de durmir, mañá hai cole.




Ojos verdes

La conocí en una de esas antiguas y pequeñas tiendas que se pierden por las viejas callejuelas del centro.Lo primero que me llamó la atención de ella , fueron sus enormes y hermosos ojos verdes, que se disponían alineados como planetas en una tensa espera, otorgando cierto colorido a su blanquecina piel. Su tacto era suave y dócil. Fue un flechazo repentino, impúdico y desprovisto de cordura alguna. Esa misma tarde, tuvimos nuestra primera cita : recorrimos juntos las arterias de la ciudad hasta llegar directamente a mi corazón , fuimos al cine, cenamos en mi restaurante preferido , acudimos a un concierto y nuestros cuerpos fueron capaces de encajar a la perfección como si de un estudiado y armonioso mantra se tratase.La idílica noche terminó en mi casa al colgar en el perchero mi nueva gabardina beige con sus dos enormes y hermosos botones verdes.




Enanitos

Imagen por Bor´x

¿ Y si en mi barba viviesen enanitos? ¿y sin fueran pequeñitos? Tan bonitos, tan bonitos.
¿Y si hicieran sus hogueras para vivir calentitos? ¿Y quemaran mis pelitos? ¿Y si cavaran muy, muy hondo para esconder tesoritos? ¿Y si me hicieran dañito? Y patinaran en mis ojos… despacito, despacito… Y en mis orejas construyeran lindos chaletitos. ¿Y si apuntalaran mi piel con cimientos de aluminio? ¡Putos enanitos! ¡Putos enanitos!




Pinturas de guerra

Imagen por Nicolás Castell

Pintando aquellos extraños dinosaurios, dragones y la colección entera de coches de carrera, le sorprendió el estremecedor bombardeo. La guerra había estallado, tal como se lo explicaron el día anterior; y sabiendo que no era un juego tenía que salir inmediatamente de la casa.

Una vez a salvo en el refugio, todos lloraban, incluso sus padres, porque habían tenido que dejarlo todo. Pero él no, a él no le faltaba nada. Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón.