Volver al origen. Notas sobre Ana Mendieta

Ana Mendiera

 

Elisabet Merino Aldai profundiza, comenta y amplía la obra artística de Ana Mendieta.

Ante el simulacro cultural en nuestra sociedad, ante la alienación continua de nuestra posibilidad de ser y desarrollar una identidad -y no un estereotipo-, su búsqueda en lo original, en los arquetipos y creencias ancestrales comunes a todas las culturas primigenias. Raíz que nutre, sin la que la amenaza de descorporeización y deslocalización hacia un limbo de los sentidos en una identidad fantasma muy fácilmente manipulable es cada vez más, una realidad (…)

Leer completo: VOLVER AL ORIGEN por Elisabet Merino Aldai

 

 




¿El feminismo es necesario?

Antes de iniciar, deseo insistir en el carácter inacabado de la lucha por la igualdad y la equidad entre géneros; debido a que esta característica se torna esencial durante la discusión generadora de este artículo.

En ningún momento, el feminismo surgió como una lucha por los derechos de las mujeres como sujetas descontextualizadas, sino más bien, fue resultado de las desigualdades y discriminación agravada que enfrentaban (y siguen enfrentando), ellas decidieron originar uno de los movimientos sociales más consolidados y el cual se mantiene vigente.

Aunando a lo anterior, se debe aludir a la “adaptación camaleónica” del sistema patriarcal al contexto social vigente, mediante el mecanismo de sus diversas manifestaciones. Si bien es cierto, hoy en día, en Costa Rica y en la mayoría de países del mundo, no se sigue luchando para aprobar el voto de las mujeres; incluso en el ámbito político se siguen desarrollando luchas dentro del aspecto de la democracia formal y representativa, por ejemplo implementar a cabalidad la paridad de género en las candidaturas de cualquier proceso electoral.

Del mismo modo, se han gestado otras luchas recientes que responden a la coyuntura actual costarricense, tal es el caso de la visibilización del acoso sexual callejero, el cual fue una temática debatida en redes sociales durante el año previo. Por cierto, esta problemática no se considera como tema actual por parte de muchos medios de comunicación; en ocasiones, solemos olvidar rápido.

Seguidamente, creo pertinente añadir el carácter polifórmico y complejo que posee el movimiento feminista, originando una multiplicidad de feminismos (sí, en plural) en donde se manifiestan diferentes categorías como factores de discriminación, coincidiendo en que las mujeres experimentan una interseccionalidad mezclada con la categoría de sexo/género.

Cuando era chico, siempre tuve la “ventaja” adquirida por ser más alto que los niños y niñas de mi edad; esto me permitía “disfrutar muchos privilegios”. Creía que las respuestas que iba a recibir siempre serían afirmativas con respecto a situaciones en donde influye la estatura.

El último año que cursé en primaria, se realizó un viaje a un parque de diversiones como actividad de despedida. Mis compañeras y compañeros decidieron ingresar a un juego mecánico, en donde no pude participar del mismo; debido a que excedía la estatura máxima. Fue la primera vez en que no comprendí porque restringían mi participación; ya que creía que mi estatura siempre me incluiría.

Lo anterior, es una analogía con la posición de algunos hombres con respecto al feminismo. Nos enseñan que las personas que se encuentran limitadas por la exclusión son las mujeres. Ser hombre es la llave que nos abre el paso siempre: en los puestos de gerencia dentro de las empresas y la facilidad de ascender laboralmente, el acceso libre a los deportes sin cuestionamientos a la “rudeza”, entre otras situaciones. Por esta razón, aquellos hombres que ejercen su masculinidad hegemónica, cuando escuchan que las mujeres enfrentan violencia estructural comparan las situaciones con ejemplos que ellos (u otros hombres) han vivenciado. El falocentrismo nos intenta hacer creer que somos el centro del Universo, y cuando no hablan sobre nosotros o nuestro mundo, sentimos la misma sensación que experimenté a los ocho años de edad.

Si el régimen hegemónico fuese “matriarcal con una lógica hembrista” (destaco que no creo en dicho término), la situación sería diferente ¿Por qué hago esa afirmación? Tal y como lo mencioné al inicio, lo que quiero decir es que el feminismo no surgió simplemente porque son mujeres, sino más bien por las situaciones desiguales que sufren en todos los ámbitos en que ellas se insertan, independientemente de cual sea el espacio en que se encuentren.

¿Por qué no se discuten las garantías y derechos de las personas “blancas”? ¿Por qué en Costa Rica no se lucha por el matrimonio heterosexual? Porque los derechos son innatos, en comparación con las y los afrodescendientes y la población LGBTIQ, sectores de la población que al igual que las mujeres han sido invibilizados e invisibilizadas por completo. Los hombres nacen con sus privilegios asegurados, y más cuando son burgueses, heterosexuales y blancos.

Por último, deseo aludir que mientras sigan existiendo feminicidios en cualquier parte del mundo, mientras mujeres sufran violencia patrimonial, sexual, física, psicológica y obstétrica. Mientras las mujeres deban comprobar que son aptas para un trabajo con más efusividad que los hombres, mientras la brecha salarial entre géneros no se elimine, mientras el mayor miedo de las mujeres al salir de noche sea una violación sexual y mientras el cuerpo de las mujeres sea de opinión pública; el feminismo no será necesario, puesto que el feminismo más que ser necesario, se torna en el único camino a la igualdad y equidad entre hombres y mujeres.




Los modelos latinoamericanos: una reflexión libertaria

La discusión está en la calle: ¿estaría aportando la América Latina de los gobiernos de izquierda un modelo estimulante que daría respuesta a muchos de los callejones sin salida en los que nos encontramos en el Norte opulento o, por el contrario, y pese a los fuegos de artificio, debemos mantener todas las cautelas en lo que hace a lo que significan esos gobiernos? No olvidemos que muchos de quienes se sitúan en la primera de esas posiciones consideran que experimentos como el venezolano, el ecuatoriano o el boliviano demostrarían la posibilidad de respetar las reglas de la democracia liberal –en ellos hay elecciones razonablemente pluralistas– al tiempo que se despliegan políticas sociales que estarían cambiando el escenario en franco y afortunado provecho de los desfavorecidos.

Antes de entrar en materia diré que, desde mi punto de vista, no se trata de negar que los gobiernos en cuestión han perfilado políticas preferibles a las asumidas por sus antecesores. Tampoco sería bueno que, dogmática y apriorísticamente, rechazásemos todo lo que significan, tanto más cuanto que lo razonable es reconocer que el acoso que padecen por los poderes de siempre a buen seguro que tiene su relieve. Y no parecería saludable, en fin, que cerrásemos los ojos ante determinadas derivas eventualmente estimulantes como las que hacen referencia a determinadas opciones de cariz autogestionario o a muchos de los proyectos vinculados, antes que con gobiernos, con las comunidades indígenas y sus singulares formas de organización y conducta.

Pero, anotado lo anterior, y voy a por lo principal, creo que estamos en la obligación de preguntarnos si experiencias como la venezolana, la ecuatoriana o la boliviana configuran un modelo sugerente y convincente para quienes bebemos de una cosmovisión libertaria. Y la respuesta, que me parece obvia, es negativa. Lo es, si así se quiere, por cinco razones.
La primera de esas razones subraya el carácter visiblemente personalista de los modelos que nos ocupan, construidos en buena medida de arriba abajo, y en algún caso, por añadidura, con asiento fundamental en las fuerzas armadas. En un mundo como el nuestro, el libertario, en el que hay un orgulloso y expreso rechazo de liderazgos y personalismos, es difícil que encajen proyectos que se mueven con toda evidencia por el camino contrario.

Debo subrayar, en segundo lugar, que no se trata sólo de una discusión vinculada con liderazgos y jerarquías: la otra cara de la cuestión es la debilidad de las fórmulas que, en los modelos que me ocupan, debieran permitir, más allá del control desde la base, el despliegue cabal de proyectos autogestionarios. A ello se suman muchas de las ilusiones que se derivan de la no ocultada aceptación de las reglas del juego que remiten a la democracia liberal, y en singular una de ellas: la vinculada con aquella que entiende que no hay ningún problema en delegar toda nuestra capacidad de decisión en otros.

Anotaré, en tercer lugar, que en esos modelos el Estado lo es casi todo. Se pretende que una institución heredada de los viejos poderes opere al servicio de proyectos cuya condición emancipatoria mucho me temo que, entonces, se ve sensiblemente lastrada. Al amparo de esta nueva ilusión óptica a duras penas puede sorprender que pervivan, de resultas, los vicios característicos de la burocratización y, llegado el caso, de la corrupción.

Obligado estoy a señalar, en cuarto término, que existe una manifiesta confusión en lo que se refiere a la condición de fondo de la mayoría de los proyectos abrazados por los gobiernos de la izquierda latinoamericana. Esos proyectos han apuntado casi siempre a una ampliación de las funciones asistenciales de la institución Estado. Nada sería más lamentable que confundir eso con el socialismo (a menos, claro, que quitemos a esta palabra buena parte de la riqueza que le da sentido). Si, por un lado, no se ha registrado ninguna suerte de socialización de la propiedad –o, en el mejor de los casos, esta última ha hecho acto de presencia de manera marginal–, por el otro han pervivido inequívocamente, por mucho que se hayan visto sometidas a cortapisas, las reglas del juego del mercado y del capitalismo.

Me permito agregar una quinta, y última, observación: incluso en los casos en los que la vinculación de las comunidades indígenas con determinados proyectos institucionales ha podido limar algo la cuestión, lo suyo parece concluir que las experiencias objeto de mi atención han sucumbido con lamentable frecuencia al hechizo de proyectos productivistas y desarrollistas que se antojan reproducciones miméticas de muchas de las miserias que el Norte opulento ha exportado, las más de las veces –sea dicho de paso– con razonable éxito.

Vuelvo al argumento principal: si no hay duda mayor en lo que se refiere al hecho de que los gobiernos de izquierda en América Latina han contribuido –unos más, otros menos– a mejorar la situación de las clases populares, desde una perspectiva libertaria parece obligado mantener al respecto todas las cautelas. Y entre ellas una principal: la que nace de la certeza de que, con los mimbres desplegados por esos gobiernos, es extremadamente difícil que se asienten en el futuro sociedades marcadas por la igualdad, la autogestión, la contestación de la miseria patriarcal, la desmercantilización y el respeto de los derechos de los integrantes de las generaciones venideras. Al respecto nada me gustaría más que equivocarme.




¿Y quién no tiene un amor?

Escribo estas líneas desde un dispositivo electrónico móvil, uno de ésos que llaman tablet, a cientos de kilómetros de mi casa. Como sabéis, las tabletas no tienen un procesador de textos como word que te permita editar tus documentos de un modo sencillo, y la solución a la edición textual más razonable, pasa por descargarse del google play o del app store una aplicación que haga, muy rudimentariamente, las veces de editor de textos. Escribo sin teclado, o mejor dicho, con el teclado táctil de este dispositivo: pequeñas y sensibles teclas que me obligan a escribir cada palabra con un cuidado excesivo y una vigilancia minuciosa, para que el corrector ortográfico del cacharro no haga de las suyas y me cuele caprichosamente alguna palabra, se coma alguna coma o algún punto, o me obligue a elegir formatos que, de otro modo, yo no hubiese elegido en absoluto.

Podéis pensar, al menos yo lo haría, que no hay razón para tanto cuidado a la hora de escribir este artículo, un artículo que, además, pasará a la historia sin pena ni gloria, muy probablemente, y que no hay mejor remedio para no tener que enfrentarse a las grandes limitaciones de la tableta, que el uso de un pc. Podéis pensar éso, y estaréis en lo cierto.

Pero lo cierto es que cuando uno tiene que viajar cada semana a un lugar que no es el suyo, a una ciudad que no le pertenece, el equipaje siempre pesa demasiado y cualquier objeto a mayores, cualquier aparato añadido a tu maleta a última hora de la tarde del domingo, se revuelve el lunes contra tu espalda con todo el peso de la tierra. El tren que te lleva lejos de casa, terco y obstinado, es también el mismo tren amable y esperanzado que te trae de vuelta cada viernes, y los días laborables se convierten en meras estaciones de servicio en las que uno espera, con verdadera impaciencia, la llegada de ese viernes que, de nuevo, le trae su vida de vuelta.

Porque tu vida, al fin y al cabo, se queda donde está tu familia, que es tu casa, se queda donde están tus amigos, que son tu casa, se queda donde tu amor y tu perro, que son claramente tu hogar, cuidan de tu vida entre semana hasta que vuelves a ella. Vivir fuera de tu vida no se parece a niguna otra cosa. Que te cuenten tu vida por teléfono y te manden fotos de caras y rincones cotidianos no se parece a casi nada. Por éso del exilio se sabe siempre más bien poco, porque las vidas de quienes allí van a parar durante un tiempo, se quedan detenidas mientras tanto, como trenes de corto recorrido aparcados en vías auxiliares.

El exilio, en realidad, no es estar lejos de tu casa, sino fuera de tu vida. Porque, al fin y al cabo, estar lejos de casa pero con tu vida, estar lejos de casa pero con tu amor y con tu perro es, sabedlo, estar en casa.

Pero fuera de casa no se puede bailar. Uno no termina nunca de coger el ritmo. Fuera de casa todas las cosas se parecen a tu casa y todos los perros se parecen al tuyo, pero no deja de haber algo en sus andares, algo en sus ojos que viene a recordarte con una retorcida levedad, que ninguna de esas vidas es la tuya, que sus adorables y livianos paseos no te pertenecen. Por eso lo peor de estar fuera de casa no son todas las cosas ajenas a tu vida que te circundan alrededor, sino los huecos que dejas en tu mesa, el espacio de tu sofá que se queda sin cubrir, el paseo matutino que no das por tus calles, el hueco del sueño que no sueñas en tu cama: todo aquello que no puedes compartir.

¿Y quién no tiene un amor?, se pregunta Alejandra Pizarnik en aquel poema titulado Exilio. Porque el exilio es éso. El exilio es tener un amor, un perro y una casa. El exilio es que te guste mucho tu vida y tengas que mirarla desde lejos.

pasar de página

El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi vida es el mismo trabajo que puedo hacer en mi casa, o a unos poco kilómetros de ella. El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi casa es un trabajo idéntico al que estará haciendo alguien que esté ahora mismo trabajando en mi cuidad, a cientos de kilómetros de la suya. Todos los perros que pasean junto a él cuando sale de trabajar, son mi perro. Todos los perros que pasean junto a mí cuando salgo de trabajar, son el suyo. Vemos pasar cada día los huecos que en su vida ha dejado el otro, y no nos atrevemos a rebelarnos contra un sistema que sólo sabe fabricarnos agujeros. Un sistema de organización política y social que nos arranca de nuestras vidas y aún pretende que le bailemos el agua. Que le estemos agradecidos. Un sistema de gestión del territorio que lleva a un profesor de matemáticas de Chiclana a dar clase de tecnología en Iscar, y a un ingeniero industrial de Valladolid a dar matemáticas en un instituto de Cádiz.

Condenados a vivir fuera de nuestras vidas y ver pasar las vidas de los otros en fugaces ráfagas de destellos, como en aquel cuento de Italo Calvino en el que los amantes nunca llegan a encontrarse. Condenados a esta extra territorialidad perversa, deslocalizados de nuestros afectos, de nuestras empatías, de nuestros pormenores. Saqueadas nuestras casas, desalojadas nuestras rutinas, externalizados nuestros pulsos, nuestros quereres, nuestros abrazos. Nos están dejando sin abrazos y no deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta, y ese alguien tendríamos que ser nosotros. Una generación formada hasta el escándalo, obediente y sumisa hasta la ofensa, conservadora y crédula hasta rozar el disparate. Una generación que se ha tragado más cuentos y más jarabes de los que cualquiera hubiera podido digerir, y que sin embargo ahora comprende, maleta a la espalda, agujero a la espalda, que todo era, la verdad, mentira, y que el precio es llevar una vida zombie, walking deads caminando alrededor de las vidas de otros que, también, tuvieron que abandonar la suya. No deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta y ese alguien deberíamos ser nosotros. Una generación nieta del exilio, vapuleada por la precariedad, la provisionalidad y la urgencia. Una generación que ha leído menos poemas de Alejandra Pizarnik de los que hubiesen sido deseables para hacer la (re)evolución. Una generación a la que le hubiese ido mejor desobedeciendo al padre y abrazando a los poetas. Os escupo en la cara, que decía Federico. Os escupo en la cara. Desde este teclado provisional, desde las periferias de mi vida, os escupo en la cara a vosotros, viejos engolados de poder y corruptelas, hombres viejos, oligarcas. Os escupo en la cara como Federico. Porque alguien debería decir que basta -¿no tenemos, acaso un amor?-. Alguien debería decirlo -devuélvannos nuestras vidas, nuestro derecho al abrazo- y tendríamos que ser nosotros.