Costa Rica: El país más feliz del mundo.

Tenía seis años cuando comencé a entender el proceso de “adiestramiento” al cual me habían sometido, el mismo proceso que enfrentan las demás personas de mi edad; ya que al igual que en España esta es la edad con la que ingresamos en Costa Rica al sistema educativo.

En mi caso, ingresé a una escuela primaria católica, es decir, la directora del centro educativo y otras docentes eran monjas. La disciplina y los valores que trataban de “enseñar” de manera autoritaria y adultocéntrica eran más estrictos que los compartidos en otras escuelas. Todas las mañanas, nos llevaban una hora a la capilla con el objetivo de limpiarnos nuestros “pecados”.

La monja nos hablaba de los castigos que sufrían las personas que iban al infierno y las altas posibilidades de terminar ahí, en caso que no guardaremos silencio durante todo el tiempo que estuviésemos en la capilla. Debo confesarlo, con tan solo seis años tenía miedo de ir al infierno. Sentía que cualquier acto que cometiera, sería mi paso al infierno.

Debo hacer un paréntesis, y señalar que Costa Rica, hoy en día dieciséis años después de mi ingreso al kínder, continúa siendo un país confesional, es decir, posee una religión oficial. En este caso corresponde a la católica, apostólica y romana; así lo estipula el Artículo 75 de la Constitución Política: “La Religión Católica, Apostólica y Romana, es la del Estado, el cual contribuye a su mantenimiento, sin impedir el libre ejercicio en la República de otros cultos que no se opongan a la moral universal ni a las buenas costumbres”.

Uno de los fundamentos que más debemos escuchar (independientemente de nuestras creencias) en todos los ámbitos es “así dice la biblia”. Por ejemplo, cuando elegí la Carrera universitaria que iba a cursar (Trabajo Social), escuché una gran serie de cuestionamientos debido a la construcción social que en nuestro país la profesión es para las mujeres.

Claro, la profesión se asocia a la filantropía y el amor maternal, y es evidente que las personas aludan a “las sagradas escrituras” para mencionar la división sociosexual del trabajo, en donde las mujeres son quienes cuidan y se quedan en los hogares.

¿Pura vida? Costa Rica es un país que se caracteriza por sus hermosos paisajes naturales, una tierra donde todo es “pura vida”. Sin embargo, no puedo idealizar ocultando que Costa Rica también se identifica como un país totalmente excluyente y discriminatorio. Todo aquello que se englobe dentro de “la otredad” es razón para ser discriminado en todos los ámbitos.

            En primer lugar, la primera causa para recibir los efectos del sistema desigual es ser mujer. Lamentablemente, el patriarcado continúa siendo el sistema hegemónico, y en el caso de mi país, la iglesia se convierte en una institución y un aparato ideológico que no permite deconstruir y lograr la transformación social. Por esta razón, no se permite el aborto, la fertilización in vitro, el matrimonio entre personas del mismo sexo ni la adopción por estas parejas.

            Desde mi perspectiva, la segregación discriminatoria que se realiza en los hombres, inicia con la orientación e identidad sexual. Los hombres que pertenecen a las poblaciones LGBTIQ… se encuentran expuestos a sufrir diferentes manifestaciones de la violencia. En el sistema educativo, el acoso escolar que vivencian es una completa pesadilla. Recuerdo muy bien, un grupo de compañeros de clase intimidando y agrediendo a otro compañero solamente porque no le gustaba jugar al fútbol, este deporte es un elemento constituyente de la masculinidad hegemónica, ya que a quien no le gusta se tacha inmediatamente como “playo” (adjetivo despectivo para referise al hombre homosexual).

             Sé que repetir esas palabras no es positivo, no obstante la menciono porque en ocasiones esta temática se aborda desde una perspectiva conservadora; y esa es alguna de las palabras y frases que al igual que mi compañero, muchos hombres escuchan día con día. Y cuando acuden a servicios que brinda el Estado para las personas homosexuales, se encuentran con una gran serie de profesionales en Ciencias Sociales que legitiman el discurso patriarcal y homofóbico. Lamentablemente, ese compañero se autoeliminó cuando entramos a la secundaria.

Lo más repudiable fue escuchar al sacerdote que expresaba que le dolía la muerte de “un joven que se encontraba realizando actos impuros”. Ese día quería levantarme y escupirle la cara a ese hombre, ese mismo hombre que por medio de su sotana teje relaciones de poder para influenciar en la vida de las personas feligreses, e incluso en los no creyentes.

Hoy en día, se encuentra en discusión la aprobación del Estado Laico. Hoy, después de tanta reproducción de desigualdad. Hoy, se intenta que el Estado sea “neutral”. Hoy, luego de muchas muertes donde la intervención del Estado fue religiosa y nula. Hoy, seguimos creyendo que “somos el país más feliz del mundo”.




Tengo tetas

 

Artista española, pintora e ilustradora. Murcia. 1976 http://www.anaelenapena.es/

Tengo tetas.
El título me ha quedado reivindicativo. Sexual. Potente.
[piopialo]Las tetas lo son, reivindicativas, porque ponen de manifiesto nuestro género. Nuestra sexualidad.[/piopialo]
Son rotundas, alimentan, atraen, producen placer.
Y sin embargo tener tetas es una putada.
Me explico.

Hace unos días que llevo dándole vueltas.
Desde que mi hijo con cinco años, como la cosa más natural del mundo, me dijo mientras merendábamos:

-Me gustan las tetas! (No, no es raro, ni adelantado a su edad, es que tres años y medio de lactancia le han dejado esa impronta tetil)
Yo -Te gustan las tetas? Pero todas las tetas?
El- Sí. Todas. Me gustan! Yo no tengo.
Yo- Tu quieres tener tetas?
El- Ummm no, no quiero tetas. (No muy convencido)

Desde entonces me ronronea la cabeza, y si quisiera tetas? Qué le diría?
Que es una putada tener tetas hijo mío.
Tener tetas es una condena muchas veces.
Te matan por tener tetas, te violan por tener tetas, te avergüenzas a ciertas edades por tener tetas, y por no tenerlas también.
Las tetas te marcan, si te salen pronto o si te salen tarde, si son grandes, si son pequeñas.
Si las enseñas o si las escondes.

Y es curioso que sea tan sexual y maternal. Ah! Las tetas maternales.
Porque las tetas también alimentan, a tus hijos, pero siempre teniendo cuidado, porque aunque sea para alimentaros hay que sacarlas disimuladamente, incluso Facebook tiene algo que decir si cuelgas una teta amamantando.
La borran.
Pero si esa misma teta sirve para cosificar a una mujer como objeto sexual, es permisible. Aunque la una dignifique a la especie y la otra nos humille…
No, no es que me parezca una humillación enseñar las tetas, sólo lo es, cuando son utilizadas para clasificarnos como ganado.

Pero a lo que iba, la maternidad y las tetas, lo que toca es que des la teta a tus hijos, pero eso sí, cuando ya tengas la lactancia instaurada, le das un biberón, que eso de sacarse la teta y dársela a un niño que ya come bocadillos de chorizo no esta bien visto.
Pero qué? Qué no vas a dar la teta? Vaya por dios!
Todo el mundo tiene algo que decir de las tetas, hagas lo que hagas. Tus tetas como madre serán tema de conversación.
Así que un consejo, con la lactancia: no hagas lo que te salga de las tetas, haz lo que te salga del coño.

[piopialo vcboxed=»1″]Con la lactancia: no hagas lo que te salga de las tetas, haz lo que te salga del coño.[/piopialo]

Cuando te salen es una cosa rara, muy rara, porque dejas de tener cara, pasas a ser una tía con tetas, son importantes, porque marcan una diferencia en tu vida, te llevan directa a la edad adulta.
Incluso pueden influir en tu vida social, en la adolescencia, a más tetas, más vida social.
Esto cuando se aceptan, porque hay chicas a las que les cuesta un mundo dejar de andar encorvando los hombros, para disimularlas.
Y otras que se pasan un tiempo sacando pecho para que parezca que tienen mas.
Lo cierto es que en la adolescencia la cantidad es importante. A más teta, te crees mas mujer.
Dan tema de conversación. Muchísimo.
Bueno una vez superada y hecha la simbiosis con tus tetas, te das cuenta de que son algo incomodas
No por si mismas, sino porque en muchas ocasiones nos hacen sentir tetas andantes, sin cara. Sí es asqueroso. Pero real.
Y nos juzgan por ellas.

Son el símbolo de la sexualidad. Pensad en las imágenes sexuales que hay por todas partes, están llenas de tetas, y sin embargo las propietarias culturalmente no podemos hacer lo que queramos con nuestro sexo, ni con nuestras tetas.
Nuestra sexualidad históricamente es de otros. Nuestras tetas, pero su disfrute.
Socialmente, por mas que se vayan abriendo mentes, no está bien visto que disfrutemos del sexo, es así.
En muchos países las mujeres deben esconderse, esta penado tomar sus propias decisiones sexuales, nuestras tetas nos marcan de nuevo, por tenerlas debemos seguir los caminos impuestos, matrimonios y maternidad sin derecho de elección.
Las religiones en general vilipendian las tetas. Vilipendian a las mujeres.
El pecado en muchas sociedades, religiones y culturas es por culpa de las tetas, ergo, por nacer mujer ya eres pecadora. Demencial, ¿verdad?
Tener tetas es un hándicap, social, profesional, cultural.
En muchos países nacer niña es motivo de asesinato. El eslabón social mas bajo.
Profesionalmente nos perjudica.
Culturalmente, en muchos países se prohíba la educación de las niñas.
Una putada tenerlas…

Las tetas incomodan en muchas ocasiones.
Recuerdo como una tarde horrible la primera vez que use un sujetador.
Tenia 13 años y me pareció una cárcel. Te terminas acostumbrando…
El feminismo de los 60, lo consideraba el símbolo de la opresión a la mujer.

Lo cierto es que la forma en la que lleves o luzcas tus tetas te catalogan.
De adolescente si no las enseñas eres mojigata , si las enseñas puta.
Ya como adulta las enseñes o no, si consigues algún logro siempre habrá alguien que crea que lo conseguiste por ellas.
Fresca o buscona. Incluso en muchas ocasiones esos insultos no llegan por tu actitud con ellas, simplemente por su tamaño, como si eligiésemos nosotras el tamaño del escote.
Y sí, si elegimos, operándonos, también habrá críticas.

Las enseñes o no siempre habrá alguien que te las mire.
Y dirás y que mas da? No. No da igual. Algunas miradas dan asco.
Porque que te pongas un buen escote no significa que quieras que las miren, hay miradas asquerosas, de gente asquerosa que simplemente con una mirada pueden hacerte sentir sucia, o débil, o asustada.
Así desde ya aprende algunas cosas sobre las tetas:

No, no puedes saber si somos follables por la talla.
No, no las enseñamos para gustar a todos los tipos con los que nos cruzamos.
Sí, muchas veces no nos atrevemos a ponernos cierta ropa para evitar ese tipo de miradas.

Lo ves? Es una putada tener tetas, porque tarde o temprano, si tienes tetas alguien te hará sentir mal por ello, no por las tetas en sí, si no por ser mujer.
Que asco verdad?
Así que sólo te puedo decir, no, hijo mío mejor no tengas tetas.
Y además puedo educarte, como mujer, como poseedora de ellas, para que trates con el mismo respeto a todos los seres humanos con los que te cruces, tengan tetas o no.

A lo mejor este es el comienzo, que te gusten las tetas.

 

 




La asquerosa doble moral

En primer lugar, debo enfatizar que este artículo no posee carácter farandulero ni mucho menos intenta ser amarillista, tal y como lo hacen otros medios de comunicación masivos. El objetivo se relaciona con cuestionar el doble discurso que se teje alrededor de las virales fotografías de desnudos de personas reconocidas en Costa Rica, la cual es una realidad que sucede alrededor del mundo.

Deseo proseguir formulando la siguiente interrogante: ¿cuántas de las personas que están leyendo estas líneas se han tomado fotografías “eróticas”? Estoy seguro que una gran cantidad de personas, lo han hecho, y no puedo ser hipócrita, hablando en tercera persona y en plural, por lo cual quiero replantear la afirmación preliminar: “lo hemos hecho, nos hemos tomado fotos “eróticas”.

En este tercer párrafo, es el punto en que algunos y algunas hicieron una pausa para comentar, pensar y/o decir lo “inmoral” que son mis palabras. Si usted es una de esas personas; las siguientes líneas son directamente para usted y muchas más personas que son iguales.

¡El sexo alarma! Es la afirmación que desarrolla la discusión actual. Todo aquello que se relaciona con la sexualidad, orientaciones sexuales, identidades de sexo, prácticas sexuales, entre otras dimensiones provocan polémica entre las “personas de buenas costumbres”. La sociedad religiosa y moral se ha encargado de satanizar el placer sexual bajo el argumento en donde se percibe como si fuese “pecado”.

¡Una fotografía de una mujer desnuda no se equipara a la de un hombre! Lo anterior no se relaciona con preferencias sexuales ni nada relacionado, sino con la censura que sufren las mujeres en el ámbito sexual. Si bien es cierto, el sexo es una temática que se ha caracterizado por encontrarse repleta de tabúes, jamás se podrá comparar el impacto social que se experimenta cuando en la misma oración se encuentra la palabra “mujer” y otra relacionada con sexo.

Lamentablemente, cuando una fotografía íntima de una mujer reconocida (o no), se hace pública sin su consentimiento, se gestan una serie de preguntas inmediatamente: ¿A quién se la habrá enviado? ¿Ella tiene novio? ¿Esa es la actitud de una verdadera señorita, señora o mujer? Mientras que un hombre lo hace y la pregunta habitual que puede escucharse corresponde a: ¿se la habrá enviado a una mujer o un hombre? En ese caso específico, lo que se pone en duda es su masculinidad hegemónica.

Pues claro, se cree que ser homosexual conserva una estrecha relación con lo socialmente feminizado, y la “peor” cualidad que se puede poseer en la sociedad patriarcal es contar con características o rasgos feminizados; esa es la llave a la exclusión, discriminación y en ocasiones, segregación.

Lo más preocupante de la divulgación de fotografías es su objetivo asqueroso: catalogar a las personas en “ricas o no”, en juzgar (sin haberse pedido la opinión) el par de senos que se encuentran en la pantalla del dispositivo electrónico; fomentando la cosificación del cuerpo de la mujer. La misma problemática que muchas mujeres feministas siguen luchando por erradicar.

Asimismo, uno de los aspectos más reprensibles hace referencia a la falta de sororidad que se evidencia por parte de algunas mujeres en situaciones como esta; en vez de repudiar la acción, la comparten e incluso emiten burlas con carácter despectivo, clasificando a las mujeres como “zorras”.

Mi intención no es jugar de santo, yo también buscaba las fotos apenas salían ¿Por qué? ¿Para qué? Creo que por el mal que nos destruye lentamente: solemos ser doble moralistas. Así que usted, quien comparte o solicita las fotografías por whatsapp o facebook, usted está siendo parte del problema. Usted que intenta cambiar el mundo, pero reproduce el sistema patriarcal esclavizante. Usted que se ha tomado fotografías, solamente que no se han hecho públicas, y aún así críticas a las demás mujeres. Usted que califica a las personas como “buenas o malas” por la divulgación de su privacidad; usted se encuentra infectado o infectada de la asquerosa doble moral.




Volver al origen. Notas sobre Ana Mendieta

Ana Mendiera

 

Elisabet Merino Aldai profundiza, comenta y amplía la obra artística de Ana Mendieta.

Ante el simulacro cultural en nuestra sociedad, ante la alienación continua de nuestra posibilidad de ser y desarrollar una identidad -y no un estereotipo-, su búsqueda en lo original, en los arquetipos y creencias ancestrales comunes a todas las culturas primigenias. Raíz que nutre, sin la que la amenaza de descorporeización y deslocalización hacia un limbo de los sentidos en una identidad fantasma muy fácilmente manipulable es cada vez más, una realidad (…)

Leer completo: VOLVER AL ORIGEN por Elisabet Merino Aldai

 

 




Complaciente

***
En la cama yazco, complaciente
con todo el fervor de mi deseo,
elevado.
Ansioso espero tu presencia,
pero dadas las circunstancias
me temo
que yo solo, tendré que
consumar todo esto que en mí
aguardo,
todo esto que anhelo
que en tu interior
más profundo
yazca
y
permanezca.

 




Las mujeres agredidas sexualmente son las grandes olvidadas de la ayuda humanitaria

Imagen por Nake Batev (UNFPA)

Publicado en Cuartopoder.es

El Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA en sus siglas en inglés) ha presentado su Informe sobre el estado de la población mundial (2015), “El Refugio de la Tormenta”, dirigido a analizar y conocer la situación de las víctimas de los conflictos bélicos y las catástrofes naturales, es decir, las personas desplazadas. El Informe estima que más de 100 millones de personas necesitan asistencia humanitaria, cifra que no se había alcanzado después de la II Guerra Mundial, de las cuales al menos el 25% son mujeres y niñas en edad reproductiva.

La presentación del Informe en Madrid, organizada por la Federación Española de Planificación Familiar (FEPF), corrió a cargo de Luis Mora, responsable de género, derechos humanos y cultura de UNFPA, quien desgranó una serie de datos que hacen visible la vulnerabilidad de las mujeres y las niñas refugiadas o en situación de desarraigo y habló del miedo que viven, sobre todo, los niños y las niñas que ven cómo se desmorona su pequeño mundo, cómo cambia la vida en su entorno, y de cómo el miedo se instala en la cotidianidad.

Entre los datos, y a modo de ejemplo, Mora señaló que durante la crisis del ébola la asistencia en partos se redujo en países como Liberia del 53% al 38%, o en Guinea Conakry de un 20% a un 7%. En los casos de catástrofes naturales, como los tifones del Pacífico, se incrementó la violencia sexual en un 300%.

60 millones de personas en todo el mundo se encuentran en situación de refugio. Entre ellas, las más indefensas son las niñas y las mujeres, que sufren todo tipo de violencias, como señaló en la misma presentación Mª Ángeles Plaza, responsable del Servicio de atención psicológica de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), que ha identificado el proceso de violación de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en situación de conflicto: en el país de origen, por eso huyen del país; en el camino, dónde se producen violaciones sexuales, embarazos no deseados, abortos forzosos e incluso tráfico de mujeres con fines de explotación sexual, partos y muerte de bebés; en los países en tránsito, con violaciones incluso por policías;  y en el país de acogida, como ya sabemos.

En los caso de las personas en refugio se están detectando, por primera vez con la crisis siria, venta de niñas y matrimonios concertados además de las habituales agresiones sexuales a mujeres, niñas y niños, que en muchos casos hacen en solitario una parte del recorrido hasta el lugar de acogida. Es evidente que la dilación en la toma de decisiones en la Unión Europea sobre cupos y destinos de la población siria, afgana, armenia y somalí, que es la que vaga por los países de Europa Central, incide directamente en el incremento de la violencia sexual y la inseguridad de los campos de refugiados.

Las mujeres han sido históricamente utilizadas como arma de guerra. Durante la ocupación de Alemania fueron violadas 2 millones de mujeres. En el genocidio ruandés, no contentos con el exterminio de los tutsi por los hutus y la respuesta de éstos, 500.000 mujeres fueron agredidas sexualmente. Durante la guerra de los Balcanes, la violación de mujeres y niñas fue utilizada para humillar y dañar al enemigo y “romper el tejido social”, como denunció el movimiento feminista, que exigió el posicionamiento a los gobiernos, que culminó con la consideración de las violaciones sexuales de mujeres y niñas en los conflictos armados como crimen de guerra. Pero esto no sucedió hasta 1995, en la Plataforma de Acción de Beijing (PAB), aprobada en la Conferencia Mundial de las Mujeres organizada por Naciones Unidas.

Pero no todas las violaciones de los derechos sexuales (y reproductivos) de las mujeres las provoca “el enemigo”. Luis Mora ejemplificó la violencia sistémica que viven las mujeres. Durante la invasión de Irak hubo un número importante de muertes por deshidratación de mujeres soldados norteamericanas en los campamentos militares. Se comprobó que las mujeres no salían de sus habitaciones en cuanto anochecía para no sufrir ataques sexuales de sus propios compañeros y morían deshidratadas en sus habitaciones.

Mora también presentó alternativas a estas violaciones de los derechos sexuales y reproductivos de mujeres y niñas. En primer lugar, “la respuesta humanitaria no puede estar desconectada de los procesos de desarrollo”. Es necesario, también, “seguir promoviendo programas de atención a las desigualdades, a la violencia y a las violaciones” que avancen en educación y en salud. Y tienen que incrementarse los fondos de la ayuda humanitaria destinados a temas relacionados con los derechos sexuales y reproductivos, que hoy no superan el 0,5% del total de la ayuda. En palabras del representante del UNFPA, “la provisión de alimentos, agua, ropa o refugio es la respuesta inmediata, pero nos hemos olvidado que las mujeres y niñas sufren una situación de especial vulnerabilidad” que se traduce en violencia sexual y que exige un replanteamiento de la agenda de la acción humanitaria en lo referido a la violencia contra mujeres y niñas, y sus derechos sexuales y reproductivos.

En la misma línea, Mora entiende que “la transversalidad de la perspectiva de género en la acción humanitaria es imprescindible”. Y atender la buena resolución del estrés postraumático desde la resiliencia, porque atentar contra la dignidad sexual de mujeres y niñas tiene un efecto a corto, medio y largo plazo, y deja huellas indelebles en su vivencia de la sexualidad, en sus relaciones personales, afectivas, sociales…




Heterosexualidad, identidades, y otras formas de fraudulencia

Hay quien lo llama así, Quien lo llama asá. De mil formas. Yo lo llamo fraudulencia, que se parece al fraude, pero es mucho más simbólico y menos pragmático que éste, y por eso escuece más, y se ve menos, y los surcos que dibuja en la piel son tan dañinos como insignificantes. Va de otrxs, pero va de mí. O mejor: va de mí porque otrxs van de mí para mostrar lo mejor de ellxsmismxs. O no lo mejor, pero lo que quieren que el resto vea, en cualquier caso. La historia que quieren contar como si fuese su historia, sólo que sin tropezar para contarla.

¿Sabes cuando sabes que no es verdad la verdad? ¿Sabes cuando sabes que no va de admiración, porque quien admira respeta y quien respeta nombra? Borrar los nombres de las cosas que luces como propias es como hurgar sin permiso en los cuerpos de lxsotrxs.

Somos lo que somos, quienes somos, en buena medida, en función de cómo nos nombramos, de cómo nos contamos ante el resto, de cómo nos mostramos al mundo. Cuando alguien se cuenta a sí mismx, se muestra al mundo de un modo que el mundo reconoce como identidad. No estoy hablando se ser genuinx, por dios, sólo hablo de ser íntegrx. Si alguien se presenta al mundo como yo, a mi modo, con mis sustantivos, con mis cadencias, con mis neuras, mis ideas, mis estructuras sintácticas, mis fobias, mis peinados, mis detritos y mis plantas de jardín, no está queriendo ser yo, sino usurpar mi identidad. Identidad que se nutre a cada paso de esa pequeña mitología cotidiana que cada unx proyecta de sí mismx. Al utilizarla, al usarla deliberadamente como propia, esxotrx se convierte públicamente en mí, y yo en una especie de vida al margen, de marca de agua que palidece ante una gran mano que amenaza, Milan en mano, con borrarme del mapa. De mi propio mapa. Como si todo fuese una metáfora de las identidades nihilistas en stop motion y nuestra vida allí, hecha de trazos precarios de grafito y plastilina.

Y cuesta, joder. Cuesta hacerse con un arsenal más o menos digno de utensilios identitarios. Cuesta juntar tus cadencias y contraer tus neuras y soportar tus cortes de pelo y adaptarte a tus manías morfosintácticas y defender con dignidad espartana todo eso, tus pequeños mitos domésticos, casi insignificantes; pero tuyos, al cabo, qué demonios. Con lo que cuesta, ya digo, y resulta que luego vienes tú, pelmazo, memo vestido con mis trajes, como decía Biedma, a ponerlo todo hecho un cristo y a fingir que aquí está pasando lo mismo que en el poema de Biedma sólo que sin mariconeos. Como si tú fueras yo o yo fuera tú o algún otro pérfido juego de espejos.

Con lo que cuesta leer ciertos libros, joder, y amar de ciertas maneras. Con lo que cuestan algunos trajes tejidos con hilos enhebrados en años. Con lo que cuesta enmendarse y desremediarse; hacerse la guerra y hacerse las paces al estilo propio; y hacerse el amor, también, con amor, de vez en cuando. Con lo que cuesta ser esto o aquello; licenciarse una vez, licenciarse dos; equivocarse de ese modo unas veces, acertar de ese otro otras muchas. Con todo lo que se fragua, lo que se queda, mientras tanto, y con lo que se va, que también mis agujeros me conforman. Pero de pronto alguien llega a tu stopmotion, agarra tu D.N.I. mitológico, simbólico, y se lo lleva de un plumazo metido en una caja. Ya sabéis, una de esas cajas que pueden transportarse fácilmente, y tú te quedas ahí, grafito y plastilina, en medio de tu stopmotion; pero tu stopmotion ya no es tu stopmotion, porque tú ya no eres tú casi nada.

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 Como una joyería a la que le roban todas las joyas, que ya no es una joyería casi nada; así que te quedas ahí, como digo, sin casi ser tú, siendo tú poquísimo, apenas lo justo para acabar la stopmotion y llamar a la policía, porque la joyería está limpia, como tú. Policía, me han limpiado la joyería. Y la policía que no, que una joyería sin joyas ya no es una joyería y que si no eres una joyería no puedes denunciar el robo de algo que no eres. Y tu cara se vuelve taciturna en la stopmotion, y te crecen ojeras de grafito muy grueso y muy oscuro y dejas caer el teléfono al suelo, muy muy despacio, como caen las cosas que se pierden para siempre, con esa especie de lentitud obscena en primer plano que lo pone todo perdido en cuanto a resolución de tiempo y espacio se refiere, y entonces quizá lloras algo, o quizá muy poco, no sé, pero acuarela azul en cualquier caso; y por otro lado la caja llena de tus cosas, la caja llena de ti, sostenida por alguien verdaderamente fraudulento -en mi caso, casi siempre una de esas «nuevas masculinidades»-, que sonríe con tu gesto y dice cosas morfosintácticamente tuyas, pero sintiéndose hegemónico, mucho más que tú, desde luego, mucho más poderoso, mientras pone en escena también, tus propios miedos y errores, pero desde la hegemonía de quien tiene el poder, desde el cetro acolchado y sólido de quien se sabe bendecido por el resto, por el ojo poderoso que vigila. Porque, como dice Belén Gopegui, esta historia no trata tanto de lo que no se ve como de lo que, viéndose, no se mira.

Porque a fin de cuentas, lo peor de todo esto es que quien se apropia de tus cosas y las mete en una caja tiene más pinta de propietario de la caja que tú mismo. Ése sigue siendo el maldito problema. Y tiene que ver con que su masculinidad es hegemónica y la tuya construida; y tiene que ver con que su deseo es el deseable y el tuyo el desviado; y es muy probable que tenga también mucho que ver con el hecho de que su polla sea de carne y la tuya, como la de Michael/Laure en Tomboy, de plastilina. De hecho, de eso estoy hablando, de la construcción de la identidad. De cómo hace veinticinco años yo era Michael/Laure, de algún modo, y él, de algún modo, mi miedo al ridículo de entonces. Y de cómo, veinticinco años después, las cosas  no han cambiado mucho. Lo suficiente como para que yo haya hecho de mis temores mis resistencias, sí, pero no lo suficiente como para que las cosas que hay en esa caja me sean, a ojos del mundo, más propias a mí que a quien me las quita.

La heterosexualidad lo usurpa todo. De todo se apropia, porque sabe que tiene el beneplácito de ella misma, un mundo hecho a su medida, construido para que todos sus movimientos parezcan gráciles y naturales (ay, la naturalidad) en su cuerpo social. Lo quiere todo. Y se lo lleva. La adaptabilidad trans, la supervivencia queer, la ternura vibrante construida sólo en el extrarradio de los afectos, de las sexualidades periféricas, la valentía intersex en medio de la sofocante dictadura binarista, el amor que no se nombra, la expresión que te deja en la cara el amor no nombrado, y los sonetos de amor oscuro. La heterosexualidad quiere escribir los Sonetos de amor oscuro, y no. El problema es que finge hacerlo y lo hace. Acaba por hacerlo, más pronto o más temprano, y los mete en una caja. Los mete en esa caja y se los lleva tan campante, con esa campechanía real -naturalmente- que tiene la heterosexualidad. Y tú llamas a la policía, pero la policía -¡sorpresa!- es también quien se aleja con tu caja entre los brazos, no nos engañemos, sonriendo con esa clase de sonrisa tuya, que un día fue tuya, quiero decir, que te perteneció, que te construyó y construiste, y él camina ufano, cargado con esa caja llena de tus cosas entre sus grandes manos hegemónicas de varón heterosexual (¡oh, las manos del hombre!) pensando: ¡Eh! ¡Qué gran capacidad de escucha tengo! ¡Estoy tan en sintonía con el mundo y sus seres más necesitados y eso me hace ser tan mejor persona! Soy tan tierno como una mujer, tan sensible como un marica, tan excitante como unxtrans y tan descaradamente sexy como una bollera. Soy el paradigma, el gran hombre nuevo heterosexual, la nueva masculinidad. Y me he redimido. Gracias, mundo, por entregarme esta caja llena de cosas valiosas que van a construirme, que van a hacer de mí lo que ya soy por naturaleza después de que, por supuesto, las despolitice, para hacer no sólo que sean mías, sino borrar toda posibilidad de que alguna vez hayan sido de otrx.

Entonces, en ese momento, la luz va perdiendo intensidad, la cámara va apagándose poco a poco y tú sigues ahí, pero casi ya no. Tu polla de plastilina casi ya no, y todo lo que hacía de ti tú, se va borrando poco a poco en tu stopmotion. Y entonces, se apaga la luz, y en un punto de la imagen, como en una Rayuela virtual, una curva de puntos de grafito une tu yo borrado con tu caja mitológica, todavía en las manos zombies de esa nueva masculinidad heterosexual que ni siquiera tuvo la comezón de sentirse fraudulenta, incluye un link casi tonto, tan tonto como imprevisto, que cierra tu stopmotion y te lleva a una canción en la que todo el mundo sabe quién escribió qué sonetos.

Chinaski Gómez (@srchinaski)




Lucy y los sabores

Sólo las familias ricas de Debian podían permitirse el lujo de enviar a sus retoños a los campamentos espaciales. Aquellos cefalópodos se expandían gracias a fuertes y cálidos tentáculos que, desde tiempos ancestrales, asían las nuevas ideas con las ventosas y las succionaban; gracias a la acumulación de propiedades, de parcelas en Marte conseguidas negociando con las Sombras, las familias enriquecidas enviaban a sus niños a las estrellas.

Yo fui al Campamento de Nueva Robótica.

Me preguntabas si disfruté de la compañía de los niños y las niñas debianas. Entonces contaba las 28 anualidades y los chiquillos no eran especialmente de mi agrado. Por algo no había tenido hijos. Mis planes se enfocaban hacia la necesidad de conocer las galaxias, de desconectar de las obsesiones habituales que me avasallaban, y no quería ningún hijo como juguete, como mascota.

Lucy no era una niña, era una mujer.

Mis obsesiones acababan, por momentos, disolviéndose en la inmensidad de los astros y las nebulosas. La neurosis espacial era un triángulo que afectaba a quienes habíamos naufragado en la sociedad debiana. Experimentábamos la necesidad y la tendencia creativa; pero dicha propensión se había invertido, siendo soterrada en una tierra hostil, desprovista de signos y guías válidas. El 1 se había convertido en 0, borrando la estela creativa, imaginativa, que se encontraba en armonía con el movimiento y la transformación continúa que todos experimentamos, dentro de nosotros mismos y mediante los viajes y preguntas introspectivas, como hilando la historia de las mentes.

¿Quién es la voz? Tú eres la voz y las cuerdas y la música.

El 1 suponía que algo, cualquier tarea, ya se encontraba realizada, porque la potencia liberada y en curso, como corrientes imperturbables que se expandían, lo había hecho posible. Todo lo creado había sido sujeto a unos determinados parámetros, y los objetivos que había marcado para mi vida; totalmente imposibles, alejados de la realidad que sucedía, por decirlo así. Demasiados quebraderos de cabeza y noches de insomnio y fantasía rayana a la paranoia, me habían apartado de la pequeñez a la que me reducían las estrellas, plegándome en la estrechez de la soledad y el aislamiento, entre los inestables confines de mi mente afectada por el naufragio.

El caso es que Campamento Nueva Robótica me había contratado durante un breve periodo, para acompañar, supervisar y organizar el campamento infantil, donde se enseñaba la interacción con las máquinas que habían revalorizado el mercado de la alimentación. Especificadas en el contrato, las tareas que debía realizar abarcaban desde los primeros auxilios; tuve que hidratar a dos niñas y un muchacho, palidecidos por la malnutrición y la intolerancia a las cápsulas, hasta el cuidado y protección del recinto, incluyendo también las clases de robótica.

Todo lo que había que saber acerca de la alimentación a través de cápsulas proteínicas: combinar las pastillas para obtener una dieta adecuada, analizar e inyectarse las suplencias, así como el propio funcionamiento de las máquinas. Se trataba de simples robots de cocina, que los muchachos habían visto en sus lujosas casas; el pedido se realizaba a través de la pantalla, indicando los componentes y la cantidad de los mismos respecto a la mezcla, que se presentaría después de unos instantes convertida en una asquerosa cápsula, atragantada en las gargantas igual que un cuerpo extraño que el organismo expulsaba.

— ¿Por qué tenemos que comer esta basura galáctica? — preguntó Lucy.

Lucy era una preciosa mujercita que contaba 14 anualidades. Me había fijado en ella… parecía una cyberángel, tan fina y al mismo tiempo impetuosa y curiosa, de bucles rubios y mirada penetrante, reminiscencias de magia en sus ojos azules como el rastro centelleante de los cometas. La solitaria luna se reflectaba en el líquido de los cybertatuajes, que cubrían su lechosa piel iluminando el cuello con la palabra LIBERTAD, a la manera de un collar perlado y fulgurante. Por su débil torso se desplazaban PAZ, LIBERTAD, AMOR, rodeando los pechos y flotando en los omóplatos, encontrándose en un punto oculto por el traje espacial.

— Cuánto daría por una comida de verdad, como esas que se recuerdan… — dije.

— ¿A qué sabían? — preguntó Lucy.

— Nos hemos olvidado de los sabores, tanto tiempo de verduras sintéticas concentradas en las asquerosas cápsulas, pasan factura. Antaño las frutas crecían, valles y campos se poblaban de verdor; limas, manzanas, naranjas caídas de los árboles, exhalando el dulzor y la frescura de las macedonias, embriagando los paladares con azucares naturales y mil sabores distintos y estimados, de los que restaba una última y deleitosa oleada, espumeante sobre la garganta.

— ¿Ya no quedan árboles frutales?

— Según lo que pone en el manual electrónico, ni uno — carraspeé y empecé a leer—: la eficiencia de las cápsulas alimenticias hizo innecesario el ejercicio del cultivo, la recolección, así como la explotación del campo, puesto que todas las vitaminas y compuestos de las frutas y de cualquier alimento, en la actualidad son extraídos y elaborados a través de procesos, limpios y eficientes, de robo-químicica alimenticia, que ha demostrado eficacia y superioridad frente a la comida tradicional.

— Traiga una naranja, solo una — dijo Lucy.

— ¡Y una lima! ¡Haremos limonada! — dijo un niño pecoso.

Terminé la clase de robótica alimenticia, molesto ante la alegría de los niños imaginando las más deliciosas e imposibles frutas, los zumos concentrados con pulpa y vitaminas que habían germinado de la tierra y el agua; nada de química ni genética. La máquina de prueba que utilicé para la demostración se atascó. Para acallar el bullicio que se había formado, me inventé que había probado un plátano.

Lucy se acercó, y entonces tuve pensamientos que me alertaron. No podía separarme de ella; podía considerarse una mujer, con su electromagnetismo particular. Tenía el cuerpo maduro y el rostro angelical, y 14 anualidades. Al dirigir su atención hacia mí, a través de sus ojos azules y cristalinos y el interrogatorio constante, dulce voz que todavía hoy recuerdo como un fulgor repentino y cálido, me hacía más grande y poderoso.

Traté de acallar las alarmas que se habían encendido en mi mente. La inflamación fluía por los conductos intravenosos del deseo. Atraído por el electromagnetismo de Lucy, que bajo la luz espectral de la Luna Jull se hacía más pura, me sentí como Zeus en su palacio de cristal, ante un Olimpo de vírgenes y efebos.

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— Me gusta hablar contigo — dijo Lucy.

— Gracias, eres muy amable. ¡Qué buena, la curiosidad por saber! — al decir esto, recordé que yo no era ningún centro del saber; había leído el manual. Pero conversando con ella, me sentía una inmensa fuente de información, disponible y clasificable, que podría ser utilizada con algún provecho.

— ¿Cuál es la siguiente actividad del programa? — preguntó Lucy.

— El juego del bombardeo micro-atómico — contesté.

— ¿Cómo se juega?

— Se trata del típico juego de matar.

— Una vez maté un Australopithecus.

— ¿Cómo?

— Mi familia tiene bastante dinero — dijo Lucy— y puede permitirse los viajes en el tiempo. Mamá insistió en que fuéramos a una expedición a través del tiempo, dos millones de anualidades atrás.

— ¿Y tú lo mataste?

— La empresa que ofrecía los viajes había contratado a dos escoltas. Por si acaso, entregaron disociadores de luz a mamá y papá, y tuve que explicarles que a mí también podía sucederme algo, tal como ocurrió — Lucy hizo una pausa y miró al cielo desierto, palpitante, teñido de ocre—. Al final de las discusiones, obtuve un disociador de luz de potencia limitada. Las reacciones de aquella gente en seguida me sorprendieron, parecían monos arrojados a un mundo por descubrir, asustados y violentos. Hacía tanto frío que las puntas de los dedos hervían. Observé un animal que nunca había visto, se había adentrado entre los árboles. Fui allí y el mono me miró con una cara espantosa, con las facciones tensadas como alambres de espino. Si al principio había parecido asustado, luego corrió hacia mí mientras agitaba su cosa, gritando igual que una bestia de pesadilla.

— ¿Qué hiciste?

— Corrí hacia los enormes helechos que había cerca de un pozo acuífero. Antes de que viajáramos en el tiempo, allí había llovido. La hojarasca que acunaban los helechos se encontraba seca y, si un elemento tan básico y sencillo como el agua no se había fijado en dicho lugar, quizás los monos simplones tampoco lo conocieran. Olisqueando, las fosas abiertas para recibir los aromas que traía el viento; el mono trataba de localizarme. Concentrada mi atención en el silencio, esperé a que se dirigiera al pozo. Encendí el disociador de luz. Cuando estuve segura, salí de mi escondite y disparé al mono. La luz lo alcanzó como un trueno de fuego, que pulverizó su cuerpo de macaco.

— Creí que te habían dado un disociador de luz con la potencia limitada.

— Disparé varias veces, para asegurarme. El sonido de los disparos, de los truenos cuyo eco se propagaba en los laberintos, recovecos y salas del pozo acuífero, me enloqueció. Las estalactitas se desprendían como antiguos castillos abandonados en las profundidades del tiempo y los derrumbes se sumergían en las aguas. ¿Cómo podré olvidarlo? No se trata de haber matado al mono, una bestia despavorida ante la fuerza de los cuatro elementos, sino del atronador estallido de la muerte. El fin. El disociador de luz, un trueno sibilante ZUMMMMMMMMM — Lucy había apretado los labios—, respondido por el RAAAAAAAS metálico; el eco vertebrado del pozo, crujiendo y rasgándose cada vez que yo disparaba sobre el cuerpo del mono.

— Truculento.

— ¡Nada de eso!

— Si hubieras disparado sólo una vez, quizás la potencia limitada lo hubiera paralizado. Habrías podido escapar, pero lo mataste — dije.

— ¿Tú has matado monos?

— No.

— ¿Y liquidaste a algún compinche de las Sombras?

— Tampoco.

— ¿Se supone que eres de la Congregación Rebelde?

— ¿Qué te hace suponerlo?

— Odias la tecnología. Qué absurdo por tu parte, aceptar el empleo en un Campamento de Nueva Robótica.

— Pero me alegro tanto de haber venido… conocer a jovencitas tan maravillosas como tú, Lucy, supone un aliciente y una esperanza por conocer y porque me en-se-ñes… enseñéis, me refiero, la nueva tecnología — dije, alelado.

— Ya sé lo que podría enseñarte.

— ¿De qué se trata?

— ¡Ven!

Seguí a Lucy, excitado y alarmado. La jovencita se adentró por una senda que se alejaba del campamento. Caminamos en silencio. Cuando llegamos a un claro, nos acostamos sobre la hierba roja, y comenzamos a besarnos.

— ¿Qué querías enseñarme?

Lucy se quitó la parte inferior del traje espacial.

— Quiero que me lo comas.

Me acomodé entre las piernas de Lucy, ansioso por extraer su miel. Tanteé en busca de su flor, y noté algo diferente respecto a otras chicas con las que había estado. Advertí que Lucy era robot o, al menos, que el aparato reproductor le había sido implantado. El tacto de su coño me extrañó; las membranas súper-sensibles hacían de labios plastificados, y el clítoris se movía como una bola recubierta de una superficie rugosa, donde se amontaban los procesadores electrónicos, térmicos, sensoriales, gustativos. En lugar de emitir calor, la vagina soplaba el airecillo de unos ventiladores, adentrándose en el interior de Lucy a la manera de una honda tubería, de cuello flexible.

Metí la lengua y el lubricante de procesadores y circuitos me devolvió el sabor del óleo. Seguí comiéndome a Lucy, jugueteando con su clítoris, introduciéndolo en la boca y presionando con la lengua; arriba, abajo, en círculos y espirales. Las filigranas metálicas, ahora húmedas, remachaban los sensores de la vagina y del clítoris. Reduje la cadencia de mi lengua, tratando de adaptarme a la dinámica que marcaba Lucy, ora retorciéndose de placer, ora quieta y aburrida. Entonces advertí que si mi lengua no alcanzaba la filigrana, el impulso desaparecía. Cambié de postura para librarme del airecillo que emanaba la vagina, y moví la lengua de arriba para abajo, cambiando los ritmos, esperando que el coño robótico de Lucy no se cortocircuitara.

Entonces Lucy me asió de la cabeza, agarrando el pelo y apretando contra su flor. Apretó los labios y unas chispas salieron de su almeja.

— ¿Te han quemado? — preguntó Lucy.

— Estoy bien. ¿Te ha gustado? — dije.

— Sí…

— Quiero follarte.

— Ahora no me apetece.

— ¿Eres virgen?

— ¿Qué más te da?

— ¡Vamos! ¡No querrás dejarme así!

— Te he dicho que ahora no.

La excitación me dominaba. Sólo pensaba en sucumbir a ese espacio inexplorado, notar los conductos internos de Lucy, la estrechez y suavidad de los sensores recubiertos de piel sintética. Nunca había tenido una experiencia semejante, presentada como una fantasía al alcance de la mano. Después de todas las películas porno con venusianas, debianas, marcianas, cyborgs y alienígenas, al fin había encontrado la oportunidad de probar algo nuevo.

Como el deseo me había nublado la razón, que durante la clase ya me había alarmado, siendo controlado por el impulso de potencias animales como las del Australopithecus, traté de… que Lucy accediera. Vi el cybertatuaje con la palabra LIBERTAD flotando sobre su piel, y dejé de tocarla.

— ¡¡Eres un mono, una bestia!!… —Lucy me abofeteó—. Pensé que podíamos pasarlo bien, que te gustaría probarlo. Al principio fue divertido, porque los dos estábamos a gusto. Pero ya veo que eres igual que un sucio y estúpido mono. No es no, y punto. Qué cuestión más sencilla. ¿Verdad? Y tú has tenido que fastidiarlo.