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El auto-genocidio en la Kampuchea Democrática (1975-1979)

La proclamación de la Kampuchea Democrática supuso uno de los momentos más importantes del siglo XX. Quizás no haya recibido la atención que merece, al tratarse de un pequeño país enclavado en la península indochina, objeto de la poderosa influencia de los vietnamitas. La implantación de un modelo comunista a la manera china y juché: la regresión a formas y estructuras sociales, económicas y culturales anteriores a la irrupción del capitalismo, que se disociaba del contexto camboyano; una economía feudal de subsistencia sustentada en campesinos budistas que trabajan sin descanso en los arrozales, entre serpientes y otros peligros. En el periodo comprendido entre 1975 y 1979 la clase burguesa desapareció, se suprimió la moneda, desaparecieron las ciudades y los propios sentimientos individuales eran causa de castigo. El individuo fue reprimido como en la URSS de Stalin; cuando dos campesinos eran vistos besándose o manifestando sentimientos por los otros, los guardias los castigaban, recordando a los demás trabajadores que estaba allí por el Angkar, una suerte de deidad que adquiría condiciones mitológicas pero que en realidad era el partido.

La victoria de la revolución de los jemeres rojos, que tomaban su nombre de la etnia jemer, la mayoritaria en Camboya, se sostuvo en varias variables a) La organización del KCP, liderado por una élite ilustrada que derivaba del Grupo de Estudios de París y seguida por fuerzas de combate agrupada en distintas guerrillas que controlaban diversos enclaves de la geografía del país, b) La propia organización del partido, así como las estrategias que desarrolló c) El budismo y la monarquía, d) La naturaleza reverencial de los camboyanos, que guardaban pleitesía al rey. Los jemeres se aliarían con él, e) los millones de toneladas de bombas que el ejército estadounidense lanzó en territorio camboyano, causando la muerte de miles de ciudadanos. La organización de los jemeres rojos se fortaleció gracias a una meticulosa disciplina, cada vez contaban con más afiliados. Establecieron campos de mando en la jungla. Gran parte del territorio pasa a ser controlado por las guerrillas. En abril de 1975 los jemeres rojos toman la capital del país.

Para el proyecto que dispuso el partido alcanzar, el primero fue abandonar las ciudades, un hecho que aparece en la mayoría de las memorias como un suceso dramático; dejaron atrás sus propiedades, sin tiempo para comprender lo que sucedía. Al igual que aparecen los parajes de la recogida de arroz: todos vestían igual, pero aquellos que antes habían residido en ciudades, eran considerados como burgueses y, por tanto, recibían un peor trato por parte de los guardias. Pol Pot prometió escuelas y hospitales, pero obligó a los funcionarios que debían construirlas a cultivar los huertos mientras oían Angkar Angkar por los altavoces.

Las memorias relatan los penosos trabajos que llevaban a cabo en las obras públicas, en la construcción de grandes presas, al tiempo que los arrozales, indispensables para el aprovisionamiento de alimentos, permanecían improductivos. Esta escasez de comida produjo que un tercio de la población estuviera hambrienta, miles de personas perecían cada día a causa del hambre y la Kampuchea Democrática se estancaba. Entonces comenzó una brutal represión al enemigo, que serían aquellos que mostraran actitudes contrarrevolucionarias, aunque no lo hicieran en gran parte de los casos. Se ha expuesto que durante el mandato de los jemeres rojos murieron en Camboya millones de personas, aunque las cifras son objeto de polémica. La mayoría de las muertes fueron producto de la malnutrición, de las enfermedades mal atendidas y de los trabajos forzados. Pero comenzaron las ejecuciones masivas a un enemigo que había que eliminar: 200.000 personas fueron asesinadas sin un juicio previo. Lacouture denominó a este proceso auto – genocidio, puesto que la mayoría de las víctimas procedían de la etnia jemer.

Fue en el Campo S-21, conocido como campo de la muerte, que después sería convertido en museo, donde se vivieron horripilantes situaciones. El enemigo: todos aquellos que no acataran la disciplina de la revolución, que se encaminaba hacia una suerte de feudalismo comunista, al estilo de la China maoísta. Madres exhaustas eran fotografiadas con sus hijos en los brazos; jamás volverían a verles. Algunas víctimas se muestran tranquilas en el momento de ser fotografiadas para el registro de entrada, porque desconocían por qué se encontraban allí y qué ocurría. Una hombre ya anciano, víctima de las torturas perpetradas en el campo, señala nunca imaginé ser detenido pero cuando llegué aquí [al campo]… creí morir. Por eso les supliqué que se ocuparan de mi familia, pero me pegaron hasta que caí al suelo, sólo por pedírselo. Hoy en día sigo sin saber qué es lo que hice para que se portaran tan cruelmente conmigo y mataran a toda mi familia e hijos. ¿Qué error cometí? ¿Por qué? Todos los días me hago la misma pregunta (BBC, Genocidio Camboyano: Pol Pot y los jemeres rojos). Las fotografías tomadas nada más llegar al campo, son el único testimonio que queda (normalmente se les entregaba una ficha numerada). Normalmente, cuando arrestaban al marido, detenían también a la mujer. Luego de que los prisioneros fueran fotografiados los llevaban a las celdas, unos agujeros inmundos y muy reducidos. En caso de que los guardias quisieran interrogar a un preso detenidamente. Les retiraban las esposas y el pañuelo que solía cegarlos y les dejaban dormir un tiempo; antes habían atado de una de sus piernas con una cadena. Para moverse, en su encierro, tenían que avisar previamente a los guardias o eran castigados con el látigo. Las víctimas eran cosificadas, reducidas a un escalón inferior al de esclavo. A los niños demasiado pequeños como para ser interrogados, les separaban de sus madres. Un funcionario del campo apunta sus hombres [los de su jefe en el campo] los llevaban no muy lejos de aquí para matarlos. En este caso un prisionero nos ilustra sobre la extensión del concepto enemigo, que había que eliminar; dice lo siguiente: Me trajeron para interrogarme, me preguntaron cuándo me había unido a la CIA o la KGB. Me dijeron que tenía que contarle todo a Angkar [elemento mitológico] o moriría. Sinceramente, no sabían lo que eran la CIA y el KGB (BBC, Genocidio Camboyano: Pol Pot y los jemeres rojos).

Después de la caída de la Kampuchea Democrática, que había buscado el enemigo oculto en el vecino Vietnam, acelerando así su propio final, transcurrió un largo tiempo; demasiado para la reparación de la memoria de las víctimas. Si los crímenes cometidos por los jemeres rojos tuvieron lugar entre 1975 y 1979, no fue hasta el año 2006 cuando se creó el Tribunal para el genocidio camboyano, constituido por Camboya con el apoyo de la comunidad internacional. Pretendía enjuiciar a los líderes de los jemeres rojos, pero Pol Pot, el líder supremo, había muerto en la jungla años antes sin haber respondido de sus crímenes. Entre 2007 y 2008 tuvieron lugar las indagaciones más importantes, así como arrestos; Duch, director del centro de interrogación, torturas y ejecuciones, Nuon Chea, la mano derecha de Pol Pot, Khieu Samphan, jefe de estado de la Kampuchea Democrática, conocido como el «cerebro» o el ideólogo de los jemeres rojos, Ieng Sary, ministro de relaciones exteriores del régimen y su esposa Ieng Thirith, exministra de acción social y quien es hermana de la fallecida Khieu Ponnary, la primera esposa de Pol Pot. También se procedió a buscar víctimas sobrevivientes. Este proceso de enjuiciamiento fue claramente insuficiente para las víctimas; la mayoría de los grandes responsables de la masacre no fueron juzgados por diferentes motivos; habían fallecido antes del comienzo de los juicios, se encontraban en paradero desconocido o algunos son amnistiados.. Se estima que las víctimas de la Kampuchea Democrática rondarían 1.7 millones de personas, lo que resulta muy discutible puesto que la maquinaria genocida de los jemeres era escasa y otros datos apuntan a 200.000 fallecidos durante la persecución del enemigo oculto.

En las políticas de la memoria podemos destacar el desamparo de las víctimas, que tuvieron que guardar un largo silencio. En realidad, el genocidio camboyano y la Kampuchea Democrática, que Noam Chomsky llegó a defender como régimen en 1977, son poco conocidos. Otra de las políticas, además del silencio, consistió en que el Campo S-21 fuera reconstruido. Primero fue un prestigioso instituto de enseñanza, después el centro de tortura de más de 14.000 personas, de las que sólo sobrevivieron 5, y después, como reconocimiento y testimonio de las torturas y vejaciones y del dolor allí sufrido, se impulsó la creación de un museo, una suerte de museo del horror donde se expone la maquinaria de tortura, además de mapas y documentos de lo ocurrido.




El terrorismo de la indignación

Publicado en Mundo Obrero

Vivimos tiempos en los que los ciudadanos forman sus ideas, fobias y filias al ritmo de los medios de comunicación. Un ejemplo muy elocuente es la necesidad de que los miembros de los jurados populares, a pesar de haber asistido en primera fila al desarrollo del juicio, deban ser sometidos a aislamiento de los medios para que no sean influenciados. Algunas veces pienso que quizás se debería hacer lo mismo con los electores durante las campañas electorales.

Una de las consecuencias del nivel de perversidad al que puede llegar esta situación es lo que se ha llamado el “terrorismo de la indignación”. Se trataría del nivel de aceptación de crímenes, asesinatos y violaciones de derechos humanos y legislaciones al que puede llegar una ciudadanía o una sociedad a la que previamente se le ha espoleado para provocar su indignación. Los ejemplos o aplicaciones -como se prefiera llamar- son múltiples. Desde la indignación por el holocausto judío que sigue aportando réditos para que los sucesivos gobiernos de Israel sigan atropellando todo el derecho internacional y masacrando al pueblo palestino, hasta la indignación por unas víctimas de atentados de ETA que son utilizadas constantemente para justificar torturas en comisarías, terrorismo de Estado o violación de derechos civiles. No se trata de negar la indignación de los descendientes de un judío víctima del holocausto nazi o de la esposa de una guardia civil, se trata de que no se utilice esa indignación para seguir provocando más violaciones de derechos, más terror.

Si observamos los últimos acontecimientos bélicos internacionales, el terrorismo de la indignación ha sido bien explotado para lograr el apoyo o al menos el beneplácito de la opinión pública internacional a acciones armadas que, de otro modo, hubieran sido intolerables. Y no solamente eso, en muchas ocasiones ni siquiera eran verdaderos los acontecimientos con los que se provocó esa indignación.

Fue el terrorismo de la indignación por una limpieza étnica que no existió el que sembró el silencio internacional para bombardear Yugoslavia, el terrorismo de la indignación por la muerte de unos neonatos arrancados de sus incubadoras en Kuwait y un cormorán manchado de petróleo -y que tampoco sucedió- el que logró el apoyo internacional a Estados Unidos en la primera invasión a Iraq, fue el terrorismo de la indignación despertada tras el desenterramiento de unos cadáveres para mutilarlos y presentarlos como un asesinato de Estado en Timisoara (Rumanía) lo que provocó que una turba asesinara al presidente del país y a su esposa.

El resultado salta a la vista. El terrorismo de la indignación por una mujer lapidada en Afganistán, unos opositores perseguidos en Siria o Libia y quizás mañana un homosexual ahorcado en Irán, termina provocando más mujeres, opositores y homosexuales asesinados por las intervenciones armadas legitimadas por el terrorismo de la indignación que todos los auténticos o supuestos sátrapas, que previamente los medios y quienes los dirigen consiguieron que nos indignaran.




El racismo como problema político y cultural

“Cuando una hermosa mañana estival de 1934 llegué a la escuela, nuestro maestro de tercer grado comunicó a la clase que el director había dado la orden de reunir en el patio al alumnado y el cuerpo docente. Allí, ataviado con el pardo uniforme nazi que solía vestir en las grandes ocasiones, éste anunció que “el más esplendoroso momento de nuestras jóvenes vidas” era inminente, que el destino nos había escogido para estar entre los agraciados por la fortuna de contemplar a “nuestro amado führer” con nuestros propios ojos. Era ése un privilegio, nos aseguró, que nuestros hijos aún no nacidos y los hijos de nuestros hijos envidiarían en tiempos venideros. Yo tenía entonces ocho años y no había advertido que, de los casi seiscientos chicos congregados en aquel patio, era el único a quien HerrWriede no se dirigía”.

Hans J. Massaquoi, “Testigo de Raza. Un negro en la Alemania nazi”.

En la foto de la portada del libro, un niño negro, con una esvástica sobre su pequeño jersey, es observado por sus compañeros, todos ellos blancos y rubios, en una fila marcial. La surrealista historia de Hans Massaquoi, nieto del primer embajador de la república de Liberia en la Alemania de Weimar, mitad alemán y mitad africano, y por ello testigo de primer orden de la política segregacionista y racista del Tercer Reich, muestra hasta qué punto el Estado puede manipular las conciencias de su población hasta hacer que sienta como propia la necesidad de unir su identidad nacional con la “pureza” étnica. A los ojos de un niño, el oropel y la grandilocuencia de la parafernalia nazi podían resultar tan atractivos, que el color de su piel no representaría problema alguno para llegar a formar parte de las juventudes hitlerianas.

La realidad le estalló en la cara obviamente, y, a duras penas, pudo sobrevivir a la masiva destrucción a la que condujo la suicida política del líder supremo. No obstante, sus problemas de marginación social no acabaron ahí, y, finalizada la guerra, pudo trasladarse a los Estados Unidos, donde, además de ser alistado para jugarse la vida en Corea, sufrió otro tipo de racismo, no legislado, pero si normalizado en una sociedad habituada al encasillamiento y jerarquización étnica.

El caso Massaquoinos muestra la diversidad de casos en los que las sociedades exteriorizan sus miedos, en una lógica destructiva hacia lo diferente, que parece hallarse sumida en lo más profundo del inconsciente colectivo. Y no se trata solo del origen étnico, sino de todo lo marginal considerado como “irracional”, o contrario a la norma regulada por el poder establecido. El racismo, como fenómeno social, expresado en formas de violencia, desprecio, intolerancia, humillación y explotación, se explica en la necesidad de defender los límites de un grupo dominante, y por ello se basa en la manipulación psicológica de un discurso justificador: organiza y fomenta “sentimientos” obsesivos, crea y clasifica estereotipos, y confiere distintas identidades a los “sujetos” del cuerpo social. Se centra en los afectos, lo que permite organizar una auténtica “comunidad” racista, en la que los lazos de imitación hacen que sus integrantes vean a los “otros” como objetos ajenos a su círculo, negándoles todo derecho de reacción. Este discurso puede tomar múltiples formas, pasando del lenguaje de la religión al de la ciencia, de la biología, la cultura o la historia.

La pregunta fundamental sería: ¿Cómo puede destruirse el complejo racista? La historia nos demuestra que no basta con la rebelión de sus víctimas. La historia de Hans Massaquoi nos lleva mucho más atrás que la Alemania nazi: Liberia, el país del que procedía, había sido creado en 1847 por antiguos esclavos afroamericanos, que, una vez instalados en lo que consideraban su “tierra prometida”, reprodujeron las mismas condiciones de segregación, marginación y esclavitud que habían experimentado en Estados Unidos. No solo no se integraron en la sociedad africana, sino que la atacaron y la sometieron. Por experiencia propia, aquellos antiguos esclavos liberados no habían conocido otra vida que la impuesta por el racismo del Sur norteamericano, de tal modo que se convirtieron en los nuevos amos de tierras y personas. No es necesario estudiar el “apartheid” sudafricano, para comprobar la existencia de este desgraciado antecedente, que no afecta a la diferencia entre blancos y negros, y que demuestra que el racismo es el producto de la imposición de un orden de poder, “manu militari”, por parte de un grupo que basa su dominio en la justificación de su origen superior, sea éste el que sea. Mucho antes de que los afrikáners blancos introdujeran su sistema de segregación en Sudáfrica, éste ya se había inventado y llevado a la práctica por los descendientes de esclavos negros en Liberia.

Las rebeliones eran castigadas tan severamente que los cortes de manos y pies de los administradores coloniales belgas en el Congo parecen un juego de niños en comparación. En el fondo de todo esto se halla la necesidad de proveerse de mano de obra barata y sumisa. Es el capitalismo colonial, que años más tarde, tras la descolonización, en la segunda mitad del siglo XX, produciría efectos devastadores en las sociedades africanas: las guerras civiles de 1989 y 1999 en la misma Liberia, el genocidio de Ruanda de 1994. Es triste comprobar igualmente cómo tras estos hechos hay todo un discurso teórico: fue en la Universidad de Kigali donde se articularon las bases justificadoras del racismo de hutus contra tutsis, y desde donde se instigó a la población a que masacrara a su otra mitad, al igual que sucedió en la guerra de Bosnia, cuando se demonizó “intelectualmente” a la población musulmana, y más tarde a la albanesa durante el conflicto de Kosovo.

Es evidente que estas ideas están “racionalizadas” por intelectuales, y es sumamente importante preguntarse por la función que desempeñan las teorizaciones del racismo “culto”, cuyo origen moderno está en la antropología evolucionista de las “razas” biológicas, elaborada a fines del siglo XIX, y que contribuyó a crear el pensamiento de “progreso” superior de la civilización occidental sobre el resto de las culturas del planeta. El concepto “raza” se ha introducido de tal modo en el inconsciente colectivo, que aún perdura con fuerza a pesar de ya ha sido desestimado científicamente. Aún así, todavía tenemos que enfrentarnos a estudios pretendidamente “científicos” que intentan demostrar las diferencias “intelectuales” entre grupos étnicos: “The Bell Curve. Intelligence and ClassStructure in American Life”, de Charles Murray, doctor en Ciencias Sociales, era un estudio estadístico sobre pruebas de inteligencia aparecido en 1994, cuya tesis consistía en la simple premisa de que la pobreza era producto de la ignorancia, y que ésta era insuperable en determinados grupos étnicos como los afroamericanos, cuya herencia biológica determinaría su capacidad mental.

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En esta ocasión, la ciencia es la justificación del racismo (del mismo modo que se pretendía en la Alemania nazi), condenando a poblaciones enteras a la exclusión social. Estudios como éste sirvieron igualmente para realizar políticas de recortes en educación y prestaciones sociales en Estados Unidos y Gran Bretaña durante los años de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los 80. Justificaban que los pobres malgastaban el esfuerzo de los contribuyentes y se afianzaban en su pasividad. De este modo, las políticas neoliberales aumentaron las diferencias de riqueza (que hoy día, tras la crisis de 2008, no han hecho más que aumentar): poco antes del 2000, solo el 20% de la población norteamericana poseía ya la mitad de la riqueza del país, y la proletarización de amplias capas de la población es más que evidente tras la crisis de las hipotecas basura. En este estado de cosas, el aumento de la criminalidad es fácil que se pueda justificar por el aumento del número de tontos (siguiendo el modelo de estudios como el que cito), asumiendo que pertenecen a “razas inferiores”.

Los negros representan el 12% de la población de Estados Unidos, pero componen el 50% de la población penitenciaria. Los asesinatos de afroamericanos por parte de la policía han generado disturbios en multitud de ocasiones, los últimos en Ferguson, Missouri, donde llegó a declararse el estado de emergencia y actuó la Guardia Nacional contra las revueltas de la población negra. ¿Cómo afrontar esta tragedia? Si atendemos a las sugerencias de los “expertos” de “The Bell Curve”, la solución está en la “disgénesis”, término que hace referencia al crecimiento desproporcionado de un grupo étnico sobre otro. Los sectores más conservadores defienden el fin de los programas de auxilio familiar y de las ayudas benéficas a los pobres, a fin de que disminuya su número. Esto recuerda a los métodos nazis de eugenesia, con el propósito claro de aniquilar a las “razas” inferiores.

En España el racismo se ceba en la inmigración, a la que, siguiendo el mismo esquema teórico, se relaciona casi automáticamente con la delincuencia. Antes de la crisis, uno de cada tres alumnos españoles se mostraba contrario a la inmigración. Los sucesivos gobiernos conservadores de Madrid fomentaban la concentración de niños inmigrantes en colegios públicos, sin planes para atender sus carencias educativas específicas. El Defensor del Pueblo emitió en 2003 un informe demoledor sobre esta circunstancia. La falsa idea de que venían a “robar” y a “quitar el puesto de trabajo” a los españoles estaba ampliamente difundida, y la ignorancia sobre su verdadera situación de explotación hacía que se les viese con recelo, y se les tratase de forma vejatoria en muchos casos. Bandas de skins cometían crímenes contra ellos arropándose en la sobada justificación de la defensa del nacionalismo, mientras desde el poder se restaba importancia a estos delitos frente a los considerados “terroristas”.

La situación no ha hecho sino empeorar tras la crisis de 2008. La actitud frente a la inmigración emplea ahora un discurso basado en el peligro que representan para el Estado del bienestar. Si ya la mayoría de la población sufre los recortes impuestos en servicios básicos, el colectivo inmigrante ya no puede acceder siquiera a ellos. Y aquí vuelvo a destacar la responsabilidad de la élite gobernante: ellos controlan los medios de comunicación, y desde ahí se proporciona la munición teórica necesaria para justificar el racismo. Pero claro, nunca se expresará tal objetivo de forma evidente. La presentación negativa del inmigrante subsahariano, “rechazado en frontera” (en palabras del ministro del Interior), masacrado mientras intenta llegar a la costa, expuesto como una bestia subido a la valla de Melilla, sin posibilidad de ser nombrado (el emigrante siempre es anónimo, sin derechos, frente al ciudadano nacional, con todas las ventajas de la ley), y sin expectativas de una vida digna, una vez dentro del país, no hace sino aumentar la distancia social y la dificultad de su integración. El discurso reinante en los medios y en la calle hace crecer peligrosamente la estigmatización y criminalización de los “sin papeles”, que se están convirtiendo en chivos expiatorios y tratados como apestados (según estudios realizados por el Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo – CEMIRA -).

Los últimos atentados terroristas en Francia y Dinamarca no harán sino acrecentar la xenofobia contra el colectivo musulmán, y por extensión el resto de inmigración. Pero llueve sobre mojado. Las actitudes y violencia racistas venían siendo habituales desde hace mucho en la Europa “civilizada”. La muy democrática y estable Suecia vio como una oleada de racismo se cobraba decenas de víctimas en los 90, coincidiendo con la proliferación de grupos neonazis, que bajo el lema “limpiar Suecia de extranjeros”, cometieron agresiones contra todo aquel que tuviera la piel oscura. Los mismos extremistas que hace no mucho también clamaban en Alemania contra la política de asilo y recepción de emigrantes, y que en Francia apoyan las posturas abiertamente racistas del Frente Nacional de Marine Le Pen, con un control más exhaustivo de las fronteras, abandonando el sistema Schengen que permite la libre circulación de personas por todos los países de la UE. Desde hace unos años se viene estudiando la posibilidad de realizar “estadísticas étnicas”, una especie de censo de población, clasificada según su origen y características culturales. La medida, sugerida por el presidente Sarkozy en 2009, fue un escándalo, aunque en otros países ya existía algo similar: en Gran Bretaña el Instituto Estadístico Nacional contabiliza la población sobre bases étnicas, recopilando datos sobre la actitud religiosa, y en Italia el gobierno de Berlusconi impulsó un censo de población gitana bastante polémico. Sin duda, habrá que recordar que los censos de judíos facilitaron su fácil captura por parte de los nazis durante la ocupación.

Para concluir. El problema fundamental está en crear las condiciones de una sociedad más justa, con una distribución más equitativa de la riqueza. Las diferencias étnicas no se aprecian en un medio de igualdad. El jeque repleto de petrodólares que veranea en Marbella no tiene un origen distinto al del refugiado palestino o el “moro” que cruza el estrecho jugándose la vida. La única diferencia es económica. El resto son tópicos creados por mezquinos intereses, fomentados por las élites financieras y políticas, dueñas del mercado global. Los discursos nacionalistas acaban de cerrar el círculo de estos discursos xenófobos, al cubrir el espacio con fronteras ficticias que no hacen sino construir reinos de taifas en los que la pureza étnica y cultural no hace sino justificar la preeminencia de un sistema de jerarquía de clases. Esto puede sonar a discurso añejo, pero la realidad lo confirma. La educación vuelve a ser la solución. El racismo no es innato. Se construye. Al igual que la solidaridad, la igualdad y la justicia.