image_pdfimage_print

Que digan lo que quieran,
yo pongo mi destino
por bandera,
cada uno, como pueda,
o como quiera,
el deber de mi alma
se debe a mi espera.
El pasado me pesa,
¿interesa ser presa,
o compensa el perdón?
Nada se puede construir
sin demolición,
esa cuestión
pesa al corazón,
mas, nada avanza
si no cambia la balanza,
¿Cual es la equivocación?
No me resigno,
no hay esperanza,
incomprendido
de la cuna a la tumba,
no se confunda, mi funda
es una herida profunda
en un corazón de queso,
un cabrón de peso,
soy bufón confeso,
fui el preso
de un castillo de naipes,
hoy ya no me turban los aires.
Somos esclavos del cotilleo,
occidente está muy feo,
el que de moda es reo,
el político y el banco,
la chica del estanco,
el carterista manco,
todos grumetes del barco,
destino iluminado…
destino ya marcado,
son carne de mercado,
repartido en diferido,
testigos todos mudos
por vecinos que se callan,
nos fallan, nos follan,
hacen trampas al destino,
a sí mismos, a su blasón.
¿Hay mil y una razón, cabrón?
Ninguna me convence,
comprende que la gente
son personas mayormente,
que enfrente
no somos carne de cañón.
La civilización
tiene sus días contados,
y Oriente los ases marcados,
gordos gringos blandos,
masacrados en Europa,
mientras otros ven la Copa,
con copa, coca… Y toca
hablar de revolución,
ciclos de Fe indulgente,
esta esclavitud patente,
poca determinación.
Y el miedo,
a veces libre, si lo dejan,
con eso nos alejan
de posible solución,
enfrentándonos luego,
como si fuera un juego,
para la perpetuación
de este ciclo sin sentido,
de este juego repetido,
del camino a la extinción,
pues temer es muerte en vida,
no futuro, no salida,
una muerte consentida,
no lo olvides, campeón.