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Ya no compramos ni alquilamos libros, películas, música ni videojuegos; los descargamos directamente a nuestros dispositivos por un módico precio o tras pelear un rato buscando una versión libre o pirateada.
Miramos con nostalgia las librerías, tiendas de música y videoclubs cerrados como vestigios del pasado sin pensar en qué fue de quienes trabajaban allí ni qué parte de nuestras costumbres sociales se perdió con estos lugares.

Todos conocemos las ventajas de la compra por Internet; podemos adquirir cualquier cosa desde la comodidad de nuestro salón con un simple clic y normalmente a un precio algo más barato que en la tienda del barrio, incluso contando con los gastos de envío. También deberíamos entender de dónde viene esta diferencia de precio: menos intermediarios, menos puestos de trabajo.

A día de hoy ya podemos vislumbrar los próximos avances que nos depara el futuro cercano: algunas empresas automovilísticas empiezan a anunciar sus pioneros sistemas de conducción automática y el primer autobús no tripulado experimental ya recorre las calles del parque industrial y tecnológico de Guipúzcoa. Al mismo tiempo, el proyecto anunciado por las empresas de venta online de realizar los envíos a domicilio mediante drones comienza a ser una realidad, también en fase experimental, en algunos países. Todos estos nuevos proyectos tienen un factor en común, el mismo que ha marcado la tendencia a la mecanización de todo trabajo desde la Revolución Industrial: el elemento humano es cada día más innecesario

No es difícil ver hacia dónde nos lleva esto: el destino de transportistas, conductores de autobuses, trenes y metros, como el de tantos otros profesionales será el mismo que el del chico que trabajaba en la tienda de música, el pequeño comerciante que no pudo competir con el gran supermercado que se instaló en el barrio o las cajeras sustituidas por una caja de autopago.

No, esto no pretende ser un manifiesto primitivista, ni demonizar la tecnología, tampoco es el objetivo tratar la falta de ética y de humanidad de nuestro sistema de producción y consumo; la mano de obra (semi)esclava y habitualmente infantil, la obsolescencia percibida o programada, etcétera. Estos no son problemas inherentes al avance tecnológico, sino elementos deseables del actual modelo de desarrollo económico. No nos confundamos, no es lo mismo.

El avance tecnológico es una constante en la evolución de las sociedades humanas, la cuestión es que estamos llegando, como tantas otras veces en la Historia, al punto en que el sistema dominante demuestra ser incapaz de adaptarse al ritmo al que avanza la sociedad. En este momento la invalidez del actual sistema económico no es ya una cuestión ideológica sino una cuestión práctica. Es posible que el capitalismo haya sido positivo o incluso necesario durante una época para el desarrollo de la Humanidad, pero aunque así sea, a día de hoy únicamente lo entorpece.

Mientras los poderes económicos actuales financian la investigación y desarrollo de aquellos avances que les pueden aportar beneficios, no dudan, por el contrario, en obstaculizar el desarrollo de aquellos que podrían perjudicarles. La competitividad que en su día impulsó el desarrollo hoy es un mito. Proliferan los trust, oligopolios y lobbys cuyo único objetivo es asegurarse sus réditos, a costa de lo que sea: evolución, naturaleza, animales o vidas humanas… no hay límites. Las energías renovables son un buen ejemplo: los lobbys energéticos llevan años oponiéndose a su investigación y boicoteando su implantación hasta conseguir imponer políticas como la actual española, que grava el aprovechamiento de la energía solar. Los trust de las empresas automovilísticas y petroleras han retrasado 20 años la comercialización del coche eléctrico y la industria farmacéutica ha decidido que es más rentable medicar a los enfermos con paliativos que curar sus enfermedades, todo ello dentro de un proyecto de globalización en el que no hay más valor que el dinero, y dónde todo se mide en simples conceptos de rentabilidad, sean materias primas o vidas humanas.

Y por encima de todo la gran paradoja del sistema capitalista: un sistema cuya supervivencia depende de mantener, cuando no acrecentar, el nivel de consumo, predica que reducir el horario laboral va contra los intereses económicos, los servicios públicos son competencia desleal, ayudar a los desfavorecidos perjudica a la economía, incentivar al pequeño comercio y a los emprendedores interfiere con el libre mercado y la democracia asusta a los inversores extranjeros. Nos indica que el camino a seguir es continuar mermando la capacidad adquisitiva de las clases medias y trabajadoras, eliminar el sueldo mínimo, privatizar los servicios públicos, abolir los subsidios por desempleo y acabar con las pensiones y todo tipo de ayuda económica, mientras sus grandes empresas transnacionales aplastan al pequeño empresario, deslocalizan la producción, importan materias primas en detrimento de las autóctonas y aplican a sus trabajadores condiciones laborales draconianas que hunden en la precariedad, de una sola tacada, al sector agrícola y ganadero, al sector industrial, al sector servicios y a las PYMES. Llevándonos hacia una sociedad formada por millones de desempleados sin ingresos y abandonados a su suerte. El mercado podrá vivir sin trabajadores pero no puede vivir sin consumidores. Como la fábula del escorpión y la rana, nuestro sistema económico se ahogará por su propia avaricia.

Decía José Luis Sampedro en una de sus últimas entrevistas antes de morir que el capitalismo está agotado, va a desmoronarse, como se desmoronó el sistema feudal, la cuestión no es si se va a acabar o no, la única cuestión es qué va a venir después.

Así el objetivo hoy en día no es cómo salvar el sistema, ni reformar por enésima vez el capitalismo, ni obcecarnos en un “modus vivendi” que a día de hoy resulta obsoleto. A al evolución se la puede ralentizar, pero nunca parar. Incluso la Edad Media dio a luz la imprenta que acabaría por asesinarla.

El objetivo es, sin olvidar las experiencias del pasado, empezar a plantear una alternativa viable de futuro, una alternativa racional, equitativa y sobre todo humana; aprovechar las ventajas que nos brinda el desarrollo tecnológico: con los avances en la industria agro-alimentaria la superpoblación no es un problema real: hay alimentos para todos, con el desarrollo industrial no es necesario que nadie trabaje ni 10, ni 8, ni 6 horas diarias, ni tampoco es inevitable el desempleo… No existe razón lógica, fuera del afán de lucro, para que vehículos y electrodomésticos se fabriquen con una vida útil de 5 años cuando es completamente factible que esta sea de 20 o 30.

No hay ninguna razón, aparte de la avaricia que explique por qué a día de hoy, en pleno siglo XXI, se considera “normal” e “inevitable” el desempleo, el hambre, la explotacióno la miséria cuando hace décadas que los avances tecnológicos hacen posible erradicarlas

Una salida es repensar nuestra sociedad. Empezar a cimentar un nuevo modelo social en dónde el fin último no sea el beneficio egoísta sino el cubrir las necesidades de quienes la conforman, porque eso significa sociedad, un grupo que se une para ser más fuerte y vivir mejor de lo que lo haría individualmente. Estructurar el trabajo en relación a la necesidad de mano de obra y de los trabajadores disponibles, el reparto de alimentos en relación al número de bocas a alimentar y la producción en relación a las necesidades y dejar de cuantificar cuanto nos rodea en base a los beneficios económicos que puede generar… porque eso ya no sirve.

Sea cual sea la salida, la solución debemos crearla nosotros, nosotras, ese ente abstracto llamado “el Pueblo”, y debemos hacerlo por una razón muy simple:
Porque si no lo hacemos, alguien lo hará por nosotros y , seguramente, contra nosotros.

Una vez más…