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El feminismo es incómodo, la verdad.

El feminismo pica, y huele mal, y es un engorro, y un rollo, y una lata. El feminismo es como pasarle el mocho a la vida, limpiarle el polvo a tus contextos, barrer bajo los muebles de tus semejantes. ¿Sabes esos remolinos de mugre que salen bajo la cama y que tú no te puedes creer, por más que lo pienses, que estuvieran ahí? Pues es el feminismo el que los saca a la luz y hace que tu alcoba deje de parecer el Far West. Es el feminismo el que te recuerda que si la casa no se limpia a menudo de mugre falócrata y machirula, la mierda acabará por engullirnos. Por eso el feminismo es una lata, porque siempre has de estar todo el día con la mopa ojo avizor -la mugre sale incluso de nuestros propios organismos- pero merece la pena, porque te va dejando la vida tan limpia y refulgente que da gusto estar en ella. Pero eso sí, tiene una pega. Una pega enorme, una pega inmensa: cuando descubres el asombroso poder del feminismo, ya no puedes dejar de utilizarlo. Simplemente no hay vuelta atrás y no puedes dejar de detectar esa pequeña pátina de polvo patriarcal, porque tú sabes que está ahí y que, si la dejas, si no la eliminas ahora, en un par de días vas a tener la vida como el arpa de la Rima de Bécquer: silenciosa y cubierta de polvo.

Por eso hacer feminismo es también –y yo diría que sobretodo- detectar y denunciar lo que pasa en nuestros entornos más próximos, en esos en los que se supone, estamos, en la medida de lo posible, a salvo del patriarcado.

Puedes cofundar junto a otrxs compañerxs, un colectivo con la vocación de visibilizar y defender los derechos lgtb+ y hacerlo, con especial énfasis, a nivel local, provincial y regional. Podéis cofundar el primer colectivo lgtb+ que se gestara en esta ciudad ever, y la cosa podría resultar ilusionante. Que el tejido social de un colectivo sea muy heterogéneo, identitaria y culturalmente hablando, nunca sé si es bueno o malo. Pero me pasa también con un millón de cosas. Lo que sí sé que es bueno es llegar a acuerdos de mínimos. Y se llegan. Se llegan para arrancar, se llegan para seguir, para empezar a seguir, pero se llegan, sobre todo, porque no podría ser de otra manera. Óptica feminista, inclusión de identidades no binarias, apoyo a otros movimientos sociales afines. Se anda camino. Se hacen propuestas y se anda un camino más institucional que callejero, más visibilizador que empoderante, pero un camino al fin y al cabo, ancho como para poder seguir depositando en él la fuerza y la alegría.

Siempre hay cosas que no te gustan, claro, pero las pasas por alto. No te vas a poner tiquismiquis. No vas a ser tan picajosx, tan exageradx, tan histéricx. Siempre hay un compañero tecnócrata que afirma que la lucha lgtb es apolítica, y tú discutes un poco, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y misántropo que desde la más profunda ignorancia antropológica afirma altivo y complaciente que España es un matriarcado “porque las mujeres sois las que mandáis”, y tú discutes un poco, y te reivindicas como “no mujer”, como “cuerpo no binario”, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y transfóbico que vuelve a recordarte el diagnóstico del médico que te vio nacer. Y tú discutes un poco, ya sobre tu propia identidad. Y te ves discutiendo sobre tu propia identidad con un hombre que no eres tú, y discutes un poco (es tu identidad lo cuestionado, qué demonios), pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Y así pasan los días, y las semanas, y los meses, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído, como que no vas oyendo nada.

Evidentemente, la violencia simbólica de la que ya nos habló Bourdieau nos ha enseñado que a Rouuseau se le viene haciendo mucho caso. “Toda la educación de las mujeres –esto dijo Rousseau- debe girar en torno a los hombres. Gustarles, serles de utilidad, propiciar que las amen y honren, educarlos cuando son jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, consolarlos, hacer que la vida les resulte agradable y grata, tales son los deberes de las mujeres en todos los tiempos”.

Y es por eso, porque “debo” hacer que la vida a mis compañeros les resulte agradable y grata, discuto un poco para que crean que puedo serles de utilidad, pero no tanto como para que todo se vaya a la mierda “por mi culpa”, y es entonces cuando llega el momento de callarme y no decir nada.

Ellos crecen en el espacio simbólico, se mueven con holgura, sin sisas que tiren de sus mangas, sin culpas, sin miedo a ser cuestionados, sin miedo a ser culpados de saber mucho y parecerlo, o demasiado poco y parecerlo también. Piensas en Rousseau y después piensas en gasolina. Piensas en Rousseau ardiendo, Rousseau on fire, y te pones cachondx, pero de nuevo la estructura opresora te interviene el cerebro: si eres feminista no puedes hacer que nada arda, si crees en la horizontalidad no te puedes imponer por la fuerza. Si crees en los cuidados y el amor, no puedes, por amor de diosa, destilar tanta violencia. Pero en verdad toda esa violencia –tildada de ilegítima en tanto en cuanto es la tuya- no es tuya, en realidad, sino que se ha depositando en ti a golpe de opresión, a golpe de silencio, a golpe de dominación sigilosa y hegemonía callada. A fin de cuentas, el poder no necesita utilizar fuerzas no legitimadas para imponerse. De hecho, el poder es poderoso por eso, porque tiene a su disposición todas las fuerzas del mundo para, en el momento en que sean usadas por él, se legitimen automáticamente en nombre de la coerción. Los puñetazos en la mesa del padre tienen sentido. Los puñetazos en la mesa de la hija, son intolerables. Te viene Rousseau a la cabeza, y aquella expo en la que Rousseau era decididamente un mierda, y reportas en twitter desde el perfil del colectivo lgtb+ al que perteneces, una cuenta homófoba y machista; pero pronto un compañero cuestiona tu actuación, la juzga, la valora y la evalúa como si fuese un padre, un tutor o un jefe. Como si asumiese de modo natural el rol de figura de autoridad y tú tuvieses también que asumir el rol de subalterna, de tutorizada, y le hubieses pedido permiso, u opinión, u aprobación de tus actos. Y te cuestiona a ti, y a todas cuantas comprenden que no puede tolerarse la intolerancia dentro del activismo lgtb+, y os tilda, a su vez, de intolerantes. Y os dice cómo hay que ser, cómo actuar, en definitiva, para que “su vida sea más agradable y grata”, porque ya lo dijo Rousseau, a fin de cuentas, que esa es la finalidad de “las mujeres”. Se hace el silencio, esa clase de silencio que se hace siempre que el poder irrumpe en alguna parte dando su puñetazo simbólico en la mesa, en su mesa grande y alta. Un puñetazo que nadie cuestiona, que nadie puede ni se atreve a cuestionar. Porque así son las reglas. Así las normas. Hechas a imagen y semejanza de quien ha de venir, después, a usarlas en su favor.

Así que después del silencio, una compañera discute un poco, pero como no quiere que todo se vaya a la mierda “por su culpa”, la de ella, claro, pues calla y hace como que no ha oído nada. Y el machismo se filtra en los mensajes, y la burla al lenguaje inclusivo campa en los espacios de confort, en lo que tú creías que eran espacios de confort, y la chanza, y el daño infringido desde esferas que detentan un poder social, un poder simbólico, un poder estructural, un poder hegemónico, un poder de culo blanco de marica patriarcal, que diría Virginie Despentes, se sucede gota a gota, o torrencialmente ya, qué demonios, para qué andar con disimulos. Porque total qué más da, si luego nosotras callamos, aunque discutamos un poco, pero callamos, porque no queremos que el dedo del opresor nos juzgue y dicte finalmente el veredicto de que todo se ha ido a la mierda y de que ha sido por culpa nuestra.

Así, de ese modo, tus vivencias personales son reducidas a meras opiniones, tus problemas no son tus problemas, sino tus infantiles e insignificantes puntos de vista, y tienes que aprender a ser lo suficientemente dócil, lo suficientemente complaciente, lo suficientemente idiota, como para sonreír cuando te digan que tus movidas son eso, y aquí no interesan demasiado tus movidas, porque no son más que eso, al fin y al cabo. Tus movidas. Porque no son importantes.

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