image_pdfimage_print

Después, cuando de ti no quede apenas un campo de minas desmembrado en la muda batalla de la simbología social y estés a punto de convertirte para siempre en el arpa silenciosa y polvorienta de Bécquer, volverás a la gasolina, porque realmente tampoco tienes gran cosa que perder, a fin de cuentas, y recordarás, hablando de Bécquer, que fue el romanticismo quien se cargó el despotismo rousseauniano, aunque luego saliera la cosa como fuera, y no querrás otra cosa en este mundo que ver arder al poder muy fuerte y, aunque no sea legítima tu llamarada, acabar con Fernando VII con tus propias manos.

Emily Dickinson tenía razón cuando dijo que ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie. Y bueno, de algún modo, ser feminista es darle la razón a Emily Dickinson. Porque cuando te pones de pie y es tu puño el que golpea sobre la mesa, el orden de las cosas convulsiona. Cuando te pones de pie y no discutes un poco, sino que peleas tu espacio hasta la llamarada, Rousseau empieza, por una vez, a no saberse a salvo. Cuando te pones de pie diciéndote a ti misma que te da igual que todo se vaya a la mierda por tu culpa, porque ya se sabe, al fin y al cabo que, pase lo que pase, la culpa será tuya después de todo; en ese momento, tú eres un poco el verso discordante de Emily Dickinson, ese que hará que el poema de tu opresión se vaya a la mierda.

Obviamente habrá hombres que te digan que fue culpa tuya. Obviamente lo hará la mayoría y, obviamente, tendrás la culpa. Por excesiva, por exagerada, por histérica. Obviamente el agravio correrá de tu cuenta, obviamente. Porque no distingues nada, porque eres desmedida, porque no atiendes a razones. Obviamente la violencia será de nuevo volcada sobre ti como un gran cubo de mierda lleno de basura simbólica, porque el patriarcado no se anda con chiquitas. Y serás juzgada, como siempre, por otro lado, pero con mayor virulencia, porque esta vez has osado, -¡cómo osas!, ¡cómo osas a osar!-, y has gritado, y violentado y has sacado algo de toda esa virulencia, ya era hora, y has puesto sobre la mesa la gasolina y el mechero. Obviamente vendrá quien te diga que has perdido las formas, porque una señorita tiene que guardar las formas, qué demonios, ya lo dijo Rousseau, pero tú no eres una señorita, qué demonios, tú eres un cuerpo acumulando su ira, tú eres su contenedor social de pestilencia, pero estás a punto de reventar, y ya se sabe lo que pasa cuando los contenedores revientan.

Supongo que habrá quienes siguen creyendo, todavía, que comer mierda te hará cagar flores algún día. Pero lo cierto es que seguir tragando basura patriarcal, venga de donde venga esa basura, no hace otra cosa que alejarnos de Emily Dickinson. Y estar lejos de Emily Dickinson siempre es una mala noticia.

Por eso, como dice Itziar Ziga, debemos “seguir aprendiendo a defendernos unas a otras. A generar espacios de seguridad y gozo colectivos. A minimizar el inmenso daño que recibimos cuando respondemos a su violencia”. Porque, a la hora de la verdad, ninguno de esos que dicen defender tu causa en abstracto vendrá en concreto a defenderte a ti. Ni verás esos cuerpos de hombres henchidos de privilegio arriesgar un ápice de hegemonía en nombre de tu disidencia, de tu golpe en la mesa, de tu llamarada. Probablemente todos los que una vez dijeron que estaban contigo cuando no los necesitabas tanto, estarán contra ti o no estarán en absoluto, ahora que hacen falta. Porque exageras, porque pierdes las formas, porque pierdes la razón. Porque te lo tomas todo como algo personal, porque eres una de esas personas que se toma las cosas como algo personal, qué desfachatez, vaya actitud intolerante, y porque estás haciendo de las vidas de los hombres lugares nada agradables ni gratos, y ya dijo Rousseau que aquello no estaba bien. Porque una cosa es ser feminista y hacer pancartitas pro igualdad y otra muy distinta es quitarle la razón a Rousseau. Y porque al final, desde los ojos de los sujetos hegemónicos, desde los ojos de los culitos de hombre blanco (por más horadados que estén esos culitos), se ha de ser lo suficientemente feminista como para no parecer un neardental, pero no tanto como para llevarle la contraria al ilustrado.

Porque ya se sabe que en el medio está la virtud, y el medio es ese lugar –sabedlo- que ellos han instaurado como medio.

El feminismo del cuerpo hegemónico (por muy marica que sea ese culito blanco de caballero) es –salvo contadísimas excepciones- un postureo pequeño burgués; es una suerte de narcisismo social del varón blanco, que gusta de recibir de vuelta una imagen de sí mismo remozada y agradable, amable y progresista, de gentilhombre. Es el buen caballero, el cortesano del que hablara Baltasar de Castiglione en el Renacimiento, sólo que en su versión postfordista. El cuerpo hegemónico habla de feminismo, pero no necesita que el feminismo lo salve. El cuerpo hegemónico grita consignas feministas, pero no necesita que el feminismo lo arme para volver a casa por el camino menos transitado. El cuerpo hegemónico que se declara feminista es el lobo bueno del cuento, y a los villanos que se vuelven buenos hay que quererlos el doble que a las mocosas desobedientes. El feminismo es para el caballero la camisa de pana, la mocedad, la barbita recortada, la espumita en la cerveza bien tirada. Pero el feminismo, para lxs demás, es la calle vacía de madrugada, la violencia de mear sentadx, no poder ponerse de pie y tener sistemáticamente el peso del ardor mundial los hombros. Para el caballero, el espejo, para lxs demás, la esquina afilada y rota del cristal. Para él, la vida social; para el resto, la propia. El caballero cree que el feminismo es el parque temático de la progresía mundial, y no se da cuenta de que “el feminismo es una revolución, no un reordenamiento de las consignas de marketing”. El caballero no se da cuenta de que cuando el feminismo comienza –no el de la americana con coderas, sino el de verdad- no puede parar, porque es más que personal, porque te aprieta la vida, y porque te hace ver con una claridad meridiana que empieza a ser ya más que urgente que Rousseau vuele por los aires, mientras matamos a Fernando VII con nuestras propias manos mientras recitamos un poema de Emily Dickinson.Y escuchamos, también, este tema de Viruta FTM.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *