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Tengo la suficiente edad para recordar que las primeras novelas publicadas en castellano sobre transexualidad eran principalmente   biografías o más a menudo autobiografías en primera persona. Se confundía transexualidad, con travestismo, transgenerismo y hermafroditismo. Pero esa es otra historia. Frente al afán de pulcritud del movimiento gay mas asimilacioncita y “civilizado” o del feminismo esencialista camino de la institucionalización, las personas transexuales no eran un punto cómodo, pudieran o no asistir a sus reuniones con libertad. Una de las primeras novelas (en este caso una autobiografía) nos llegò de la mano de la alemana  Charlotte Von Mahlsdorf con el provocativo título de yo “Yo soy mi propia mujer[1] donde nos cuenta su temprana conciencia de sentirse mujer y también su dificil existencia en la Alemania nazi y post-nazi. La potencia del libro residía en su sinceridad y desarmante sentido del humor. Llevada al cine por Rosa Von Praheim, contribuyó a abrir las puertas y las vallas entre los géneros binarios. Algunos dirán que la literatura transexual ha existido siempre. Que ya San Juan de la Cruz hablaba de sí mismo en femenino y el romántico inglés Thomas de Quincey contó las peripecias de la llamada “Monja alférez”. Por no hablar de la Divina de Genet o del Heliogábalo de Artaud. O el ejemplo ya emblemático del “Orlando” de Virginia Woolf que disfruta y sufre las consecuencias de pasar de un sexo a otro, a través de la prosa exquisita de una autora inmensa. Pero aquí me interesa más la literatura post-stonewall, un acontecimiento histórico que no fue escrito ni relatado por ellas y ellos pero que, sobre todo, protagonizaron personas transexuales.

Yo soy mi propia mujer” contaba una historia de fuerza irresistible desde su valor histórico y mucho más ameno y avanzado que la novelita conventual que acompaña a “Alexina B” y el estudio de Foucault sobre el hermafroditismo, tan influyente después en la teoría queer. Hay personajes de Carson McCullers, como la Frankie de “Frankie y la boda” reivindicada por Judith Hallberstram, o personajes de Capote o Williams que entran ya dentro de la ruptura del binarismo de género aunque desde posiciones despolitizadas y en ocasiones, contradictorias. Curiosamente va a ser el teatro español el que va a incorporar, desde las posibilidades performativas de lo escénico, lo trans más allá del simple elemento cómico, desde “El público” de Lorca, hasta, después del franquismo, “Ocaña, fuego infinito” de Andrés Luis López (finales de los años noventa) o algunos personajes del teatro de Francisco Nieva.

Aunque la transexualidad en el estado español entró más por el cine (Almodóvar, Salazar) que por la literatura, el propio Almodóvar trató de trasladar, sin demasiado éxito, su universo de diversidad sexual a su novela “Patty Difusa”, al tiempo que los testimonios más estremecedores de las dificultades vitales de personas transexuales nos venían de Latinoamérica con libros como la brasileña “Princesa” de Fernanda Farias de Alburquerque ( no exenta de cierto sensacionalismo) o la prosa poética de Pedro Lemebel, queriendo desdibujar fronteras. Son testimonios que todavía eran una realidad en el Estado Español como la prostitución callejera, la violencia machista y la soledad en la gran urbe. Mientras Mendicutti introduce con timidez un personaje transexual en “Una mala noche la tiene cualquiera”, de un ámbito mas académico nos llega la novela histórica “La chica danesa[2] que sorprende por la desenvoltura y la falta de aspavientos con la que David Ebesfoff nos cuenta un episodio de autoaceptación en el Copenhague bohemio de los años 20, que como el Berlín de los 30, representado en “Paris era mujer” supone un relapso en las costumbres sexuales de la época, devastado todo ello por la llegada del nazismo. Es posible que la gran novela sobre la transexualidad en el estado español esté por escribir pero no deberíamos desdeñar las influencias de otros países. Es el caso de “Escrito en el cuerpo” de la británica Jeannette Winterson, que, inspirándose en Wittig, propone el cuerpo como una página en blanco y también como un disfraz, empleando siempre un tono cálido, que mezcla realismo y fábula.

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