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En la parada del bus reinaba el silencio y el frío. El viento aullaba y unos tímidos copos de agua nieve empezaban a caer. Ella escondía el rostro en la gran bufanda que tenía alrededor del cuello y tenía las manos apretadas entre las rodillas; él miraba al cielo encapotado y observaba cómo caían del cielo motas blancas. Entre ellos, una maleta.

Un mundo.

Habían pasado semanas sin verse. Ambos pensaban que al encontrarse saltarían chispas, que correrían el uno hacia el otro y se fundirían en un beso apasionado y eterno, que les envolvería durante minutos, hasta que alguien les sacara de su momento de ensueño. Pero no había sido así. Sólo hacía frío, fuera y dentro. Y ninguno de los dos sabía dónde el hielo era más profundo.

Él se sorbió la nariz. Ella, con gesto distraído, hurgó en sus bolsillos y encontró un paquete de pañuelos. Al alargar el brazo para dárselo, apartó la mano inconscientemente, como si no quisiera rozar un centímetro de la piel de él.

Sí. Hacía frío.