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Fotografía por Bárbara Boyero

  • Aquí alertamos de los peligros que conllevan las consignas fascistas que personas como él profieren en los medios de comunicación, llegando así a millones de personas
  • La cultura dominante y el capital traducen nuestro deseo de seguridad, introduciendo la inseguridad que, en relación a las máquinas sociales, al sistema económico y político de producción, se transforma en la intencionalidad del triunfo de la extrema derecha

Hace más de cuarenta que los filósofos, los politólogos o los psicoanalistas vienen alertando de un fascismo generalizado; no un fascismo tal y como lo entiende Verstrynge, es decir con un movimiento social con funciones arcaizantes, sino una serie de microfascismos, de generales suscitados dentro de nosotros mismos que nos llevarían a desear la muerte del otro (el otro inmigrante, mujer, judío, negro, comunista, anarquista, un otro siempre minoritario), y también nuestra propia muerte.

Nosotros vivimos la transición desde la sociedad disciplinaria, que Foucault teorizó con genialidad, hasta una sociedad de control. Esta última formula una política de macroseguridad que necesita de todo un conjunto de pequeñas inseguridades; qué mayor control que el miedo. De esta forma, las poblaciones, y nos referiremos aquí a las sociedades europeas, no sólo han transigido con la pérdida de derechos, sino que, en ocasiones, han llegado a desear ésta. Guattari decía: “Sí, como tantos otros, nosotros anunciamos el desarrollo de un fascismo generalizado. Aún no ha hecho más que empezar, no hay razones para que el fascismo no siga creciendo. Mejor dicho: o bien se construye una máquina revolucionaria capaz de hacerse cargo del deseo y de los fenómenos del deseo, o bien el deseo seguirá siendo manipulado por las fuerzas de opresión y represión(1).

¿Cómo resulta manipulado el deseo? Para responder esta pregunta, proporcionaremos algunas aclaraciones sobre la economía deseante de Deleuze y Guattari. El ser es el deseo y lo social. La producción deseante inconsciente es igual a la producción social en unas condiciones históricas determinadas. El deseo es producido por las máquinas deseantes, luego resulta traducido por el capital, que introduce la carencia, y finalmente pasa a las máquinas sociales, donde el deseo alcanza su intencionalidad. Señalaremos también que el deseo se vincula siempre a lo social, pero este tipo de vinculaciones, cargas en terminología psicoanalítica, han de diferenciarse, según Deleuze y Guattari, en dos tipos que no se oponen entre sí sino que se articulan. El tipo: vinculación preconsciente de interés, que remite a las grandes agrupaciones, a los conjuntos extensivos como, por ejemplo, las instituciones. Otro tipo: la vinculación inconsciente, que remite a los movimientos íntimos, moleculares, intensivos, del deseo. Para explicar esto recurriremos a la figura de Verstrynge, quien ha lanzado consignas fascistas durante diversas apariciones en los medios de comunicación, relacionando a los refugiados y los migrantes con las vocaciones totalitarias de la religión, en especial del islam. A nivel preconsciente o consciente, Verstrynge se manifiesta a favor de las clases trabajadoras o populares, pero a nivel inconsciente la vinculación de su deseo puede no ser revolucionaria, progresista o como se la quiera llamar.

De todas formas, no podemos saber si este señor ha realizado una vinculación del deseo reaccionaria a nivel inconsciente y que, por tanto, éste tienda a las identificaciones edípicas, reforzando la máquina paranoica o resultando permeable a la máquina represiva. Pues el inconsciente no es representativo, sino productivo, maquínico. No podemos realizar el esquizoanálisis propuesto por Deleuze y Guattari, y del que tomamos los conceptos aquí operados, con el señor Verstrynge. Aquí alertamos de los peligros que conllevan las consignas fascistas que personas como él profieren en los medios de comunicación, llegando así a millones de personas.

Pues la función de los medios de comunicación no es informar, ni comunicar, sino ordenar, generar creencias y producir deseo. La función del lenguaje, en última instancia, es poner signos. El fascismo es deseo de muerte, triunfo de Thánatos, aniquilación de la fuerza de amar.  La consigna trae la muerte, dado que al poner signos realiza una trasformación incorporal (ejemplo: el signo de “inmigrante ilegal” o, con Verstrynge, los “migrantes totalitarios”), pero después vendrá un cambio corporal, el apresamiento en los CIES, las vallas. Pero lo importante es saber a qué otros signos remite el signo “migrantes totalitarios”; uno de estos signos es la inseguridad, la supuesta vulnerabilidad de las sociedades europeas ante el peligro de resultar totalizadas por los flujos migratorios. En repetidas ocasiones, Verstrynge ha alimentado esa inseguridad que hace que deseemos la macropolítica de la seguridad, es decir, el control ubicuo de nuestra existencia, el campo donde germina el fascismo.

La consigna tiene, según Deleuze y Guattari, dos tonos. Uno ya lo hemos comentado, la muerte. El signo que nos pone otro, puede conducir a la obstrucción de nuestro deseo, al peligro de resultar muerto si no obedecemos o, y esto nos interesa en especial, a interiorizar la muerte y a propagarla. El otro tono de la consigna es la fuga, la posibilidad de librarse de la sentencia de muerte que aquella supone. La cultura dominante y el capital traducen nuestro deseo de seguridad, introduciendo la inseguridad que, en relación a las máquinas sociales, al sistema económico y político de producción, se transforma en la intencionalidad del triunfo de la extrema derecha. De modo que el deseo puede llevar al Elíseo, dentro de poco, a Le Pen. Aquí en España, Podemos, siguiendo la estela de los antiguos partidos socialdemócratas, trata de traducir de otra forma los deseos de seguridad: seguridad en el trabajo, en la vivienda, en la sanidad y la educación públicas. En definitiva, seguridad como Estado del Bienestar. Esta es el arma antifascista de Podemos; no tratar de seguir la línea de fuga de “no nos representan” del 15M, que quizás hubiera conducido al fin de la democracia representativa, o quizás a la derrota más absoluta, sino traducir el deseo de seguridad para que no lo hiciera la extrema derecha. Por eso sorprende tanto que alguien vinculado a Podemos, como Verstrynge, haga gala de su imprudencia lanzando consignas fascistas.

NOTAS:

  1. Catherine Backes-Clément (1972). “El Anti-Edipo: entrevista a Gilles Deleuze y Felix Guattari”. L’Arc, n.º 49.