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Como podemos comprobar, los tiempos se conectan, y esa “herencia”, a la que se refería Azúa, crea en el presente el cáncer que corroe el cuerpo social, sin que el ciudadano común parezca ser consciente de su influencia, viviendo en un estado de constante incertidumbre, en una sociedad individualista, marcada por la necesidad de ajustarse al aquí y ahora, y en la que se ha perdido cualquier confianza en un futuro completamente imprevisible. En un tiempo donde la precariedad, el miedo y la angustia existencial se imponen a la antigua certeza de crear un mundo más libre y justo, la memoria desaparece, y el concepto de largo plazo es impensable. La Historia con mayúsculas ya no está en condiciones de imponer lecciones, ya que el nuevo orden ha obligado a los individuos a olvidar. Vemos todo en términos financieros. Toda acción es medida según costes o beneficios, y el éxito o el fracaso determinan el límite de cualquier consideración vital. Es así que nuestro tiempo es difuso, y la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado nuestros vínculos, hasta convertirlos en lazos provisionales y frágiles. Pensar hoy en el tiempo es pensar en el miedo. “1984” ya está aquí. La construcción literaria de Orwell es ya una realidad. El miedo es la ignorancia ante las amenazas que el sistema se obstina en crear: ataques terroristas, plagas y enfermedades, desempleo, hambre, desastres de todo tipo, … La inestabilidad generada tras los atentados del 11-S, y más concretamente el 11-M aquí, ha marcado el inicio de esta era del miedo. La “guerra contra el terror”, contra el “fascismo islámico”, ha dado alas a tendencias autoritarias que pretenden ofrecer esa seguridad tan deseada a los ya manipulados y “frágiles” consumidores de Occidente, a fin de afianzar su conservadurismo y perpetuar el poder de las élites de siempre.La estrategia es impecable: La democracia se vacía de contenido al dejar sin sentido la vinculación del individuo hacia su futuro, ya que su inseguridad y su miedo le hacen delegar sus responsabilidades en las grandes corporaciones financieras que acaparan cada vez más poder e influencia política, y nos imponen “su” tiempo.

Azúa nos hablaba de lo mucho que quedaba por hacer para cubrir los “agujeros, retrocesos, equívocos, chapuzas, cortocircuitos o puntos ciegos que aún quedan por resolver en la democracia española y en la vida material de los españoles”. España debía entrar a la fuerza en este mundo globalizado. Su posición geoestratégica lo exigía, y la democracia tuvo sus tiempos calculados, siguiendo directrices internacionales.A machamartillo se moldeó un sistema en el que muchos sectores del régimen anterior siguieron manteniendo un poder importante, y que acabó pareciéndose al “turnismo” de la Restauración borbónica de cien años atrás. La “modernización” y la inclusión del país en el marco económico del espacio europeo, impusieron la necesidad de “asegurar” su estabilidad política, que ha durado hasta que el nuevo “tiempo del miedo” de la crisis nos ha obligado a repensar el orden mismo del sistema. El cambio constitucional del artículo 135, ocurrido en 2011, fue la primera prueba de ese miedo y dejó al descubierto la dependencia de nuestra democracia con respecto a los dictados del sistema financiero. Todo lo demás son artificios destinados a convencer al ciudadano de que su seguridad está por encima de su libertad como sujeto político. Y todo se hace, como en el Despotismo Ilustrado, para su bien, pero sin su participación activa.

Por fortuna, como decía antes, la movilización social, exteriorizada en el 15-M, inició una nueva etapa en la relación entre los ciudadanos y la política, creando las primeras grietas en el viejo orden de partidos, que, vinculados a esos dictados del sistema financiero, se resisten a cambiar. Vivimos tiempos de transición. Como decía Gramsci, el viejo orden se acaba pero el nuevo no acaba de llegar. Y así se entiendenlas acusaciones de Monedero a la dirección de Podemos por lo que él cree que es olvido de la base ciudadana ante la premura de ocupar espacios de poder.Es como el Babeuf de las postrimerías de la Revolución Francesa, cuando comprende las deficiencias de la organización espontánea de las masas populares insurgentes, y que el Partido que debe liderar el cambio, solo podrá hacerlo en contacto directo con el pueblo cuyas necesidades defiende. Desde luego, no estamos en medio de una revolución, pero sí en un tiempo de transformación que puede dar lugar a cambios estructurales importantes tanto a nivel social como individual.

Recuerdo al profesor de Historia de la película “Jonás, que cumplirá 25 años en el año 2000” (1976), de Alain Tanner. En su primer día de clase llevó una maleta de la que sacó una enorme morcilla que comenzó a trocear delante de sus alumnos, y, mostrando los pedazos, les dijo: “Cada uno de estos trozos es un pedazo de Historia. Saben muy bien cocinados con patatas. No olvidéis que mi padre era carnicero”. Tras eso, sacó un diapasón, lo colocó encima de la mesa y lo puso en marcha, enfatizando el sentido del paso del tiempo y marcando su ritmo. Por último dibujó una línea en zigzag en la pizarra, hizo unos agujeros en sus picos superiores y trazó una línea entre ellos. Explicó que normalmente la Historia nunca transcurre en línea recta, y nosotros solemos hallarnos en los puntos inferiores de cada ángulo, sin poder atisbar lo que podrá haber en el siguiente. Solo algunos privilegiados, analizando cada momento, pueden “ver” a través de los agujeros. Es una metáfora inteligente sobre nuestra incapacidad para proyectar nuestro presente en futuros hipotéticos, sobre todo cuando no poseemos las herramientas necesarias para volver la vista atrás, y ver en el pasado la raíz de nuestra situación. Quizás sea por eso que vivimos nuestra Historia como un bucle sin fin. Otra referencia, a la vez literaria y cinematográfica, que nos alerta sobre el tiempo en que vivimos es “El Tambor de Hojalata”, donde GünterGrass narra la historia de un joven alemán que decide, cuando llega el nazismo, detener su crecimiento, paralizar su propio tiempo, y vivir su propio ritmo, fuera del impuesto por el calendario de la dictadura. Como un falso niño, observa las mentiras y la falsedad que le rodean, y redobla su tambor a contratiempo del ritmo acompasado y normalizado de los desfiles militares en una sociedad acuartelada. Con su sonido incontrolado logra cambiar el orden y la marcha de los soldados, logrando que del caos surja un nuevo sonido mucho más libre, que cada cual sigue en un ambiente carnavalesco. El tiempo de la música es el de la vida. En este caso la lección final es clara: podemos elegir el ritmo del tiempo que queremos vivir. Todo depende de la conciencia de libertad que tengamos, y de hasta que punto dependamos del tiempo “fabricado” e impuesto desde arriba, haciendo posible vivir “nuestro” propio tiempo, sin miedos, inseguridades e insatisfacciones. Nuestro futuro como individuos y como sociedad se dirime en esa tesitura. Por eso confío en el ascenso de los movimientos populares, que desde abajo, han abierto nuevos caminos de participación y comunicación con la “cima” política, imponiendo un nuevo ritmo, que como el “niño adulto” del “Tambor de Hojalata”, ha pillado a contrapié a la vieja guardia. Porque, como decía la propia Carmena, “los representantes políticos que hemos tenido no son una garantía de democracia” y “debe haber una participación directa de los ciudadanos en todos los procesos legislativos, que les haga cambiar la percepción de su propia importancia como tales”. “No basta con que cambien los políticos, sino con cómo se entienda y se decida todo lo que afecte a la sociedad”. Pero sobre todo, hay que acabar con el miedo, y mirar cara a cara a la gente y ver en ellos a personas, con todo lo que ello significa. Aquí está el núcleo del tiempo histórico que vivimos.

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