image_pdfimage_print

El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi vida es el mismo trabajo que puedo hacer en mi casa, o a unos poco kilómetros de ella. El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi casa es un trabajo idéntico al que estará haciendo alguien que esté ahora mismo trabajando en mi cuidad, a cientos de kilómetros de la suya. Todos los perros que pasean junto a él cuando sale de trabajar, son mi perro. Todos los perros que pasean junto a mí cuando salgo de trabajar, son el suyo. Vemos pasar cada día los huecos que en su vida ha dejado el otro, y no nos atrevemos a rebelarnos contra un sistema que sólo sabe fabricarnos agujeros. Un sistema de organización política y social que nos arranca de nuestras vidas y aún pretende que le bailemos el agua. Que le estemos agradecidos. Un sistema de gestión del territorio que lleva a un profesor de matemáticas de Chiclana a dar clase de tecnología en Iscar, y a un ingeniero industrial de Valladolid a dar matemáticas en un instituto de Cádiz.

Condenados a vivir fuera de nuestras vidas y ver pasar las vidas de los otros en fugaces ráfagas de destellos, como en aquel cuento de Italo Calvino en el que los amantes nunca llegan a encontrarse. Condenados a esta extra territorialidad perversa, deslocalizados de nuestros afectos, de nuestras empatías, de nuestros pormenores. Saqueadas nuestras casas, desalojadas nuestras rutinas, externalizados nuestros pulsos, nuestros quereres, nuestros abrazos. Nos están dejando sin abrazos y no deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta, y ese alguien tendríamos que ser nosotros. Una generación formada hasta el escándalo, obediente y sumisa hasta la ofensa, conservadora y crédula hasta rozar el disparate. Una generación que se ha tragado más cuentos y más jarabes de los que cualquiera hubiera podido digerir, y que sin embargo ahora comprende, maleta a la espalda, agujero a la espalda, que todo era, la verdad, mentira, y que el precio es llevar una vida zombie, walking deads caminando alrededor de las vidas de otros que, también, tuvieron que abandonar la suya. No deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta y ese alguien deberíamos ser nosotros. Una generación nieta del exilio, vapuleada por la precariedad, la provisionalidad y la urgencia. Una generación que ha leído menos poemas de Alejandra Pizarnik de los que hubiesen sido deseables para hacer la (re)evolución. Una generación a la que le hubiese ido mejor desobedeciendo al padre y abrazando a los poetas. Os escupo en la cara, que decía Federico. Os escupo en la cara. Desde este teclado provisional, desde las periferias de mi vida, os escupo en la cara a vosotros, viejos engolados de poder y corruptelas, hombres viejos, oligarcas. Os escupo en la cara como Federico. Porque alguien debería decir que basta -¿no tenemos, acaso un amor?-. Alguien debería decirlo -devuélvannos nuestras vidas, nuestro derecho al abrazo- y tendríamos que ser nosotros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *