image_pdfimage_print

Querida Manuela Carmena, escribo este texto desde la amargura de un espacio en ruinas y un tiempo detenido en los siempre olvidados proyectos de progreso, espejismos de una falsa transformación que ha maquillado la superficie, pero no un interior marcado por el abandono, la ignorancia y la precariedad desde que el aluvión de la inmigración creó esta masa humana llamada Vallecas. Ojalá pudiera gobernar esta ciudad y acabar con su catastrófico estado, sobre todo aquí, donde se padece de forma brutal el azote destructivo de la derecha.

Señora Carmena, nací con las escamas que me impuso la dureza del barrio. Era aún adolescente cuando Francisco Umbral escribió que “Vallecas son tres galgos apodencados e inexplicables, atados a una estaca, hurgando entre la tierra, en el nublado cielo de los pobres” (Diario de un Snob, 1978). Ya por aquel tiempo, el alcalde Joaquín Garrigues prometía millones para acabar con el chabolismo. Habría que esperar a que Tierno Galván realizase un ambicioso plan de reestructuración urbana en la que fuera posible una auténtica integración de toda la marginalidad que había sucumbido al destrozo de la droga. Una droga mortífera que se llevó a muchos amigos y conocidos, y que ahora regresa de modo implacable, en un barrio donde los nuevos edificios que sustituyeron a las antiguas chabolas, ocultan las viejas miserias de siempre. Las promesas de Tierno quedaron en nada ante la apisonadora del PP, cuyos recortes de servicios no comenzaron con la excusa de la crisis. Amplias zonas del barrio son un verdadero “territorio comanche”, y la propia policía municipal las considera los peores puntos de seguridad ciudadana, junto a Usera y Centro.

He visto el proceso por el que las luchas vecinales lograban cambiar el lamentable estado en que se encontraba el barrio, buscando dignidad. Pero, como dije, tras el breve período de Tierno en los ochenta, han bastado unas décadas de la derecha, heredera de las políticas franquistas, para que Vallecas haya sido prácticamente devastado.¿Cómo lo han conseguido? Aniquilando su tejido social. El realojo masivo de miles de chabolistas y la irrupción de inmigrantes en busca de viviendas más baratas desde otros puntos de la ciudad, no ha venido acompañado de políticas de integración real con servicios públicos adecuados. Solo la acción desinteresada de organizaciones sin ánimo de lucro como la Asociación Barró, y la propia ayuda intervecinal, permiten cubrir las necesidades del día a día de muchas familias al borde del desahucio, y de personas con casi nulas perspectivas de futuro laboral.

He trabajado en el barrio durante años como profesor de secundaria, y sé lo que significa ver cómo se desmayan los niños tras aguantar varias horas de clase sin haber comido nada desde el día anterior. La crisis ha dado al traste con los programas que trataban de paliar el absentismo escolar. Sólo en Puente de Vallecas se pueden contar unos 1.000 expedientes de absentismo. Los chavales con problemas que no van al colegio se vuelven conflictivos, no aceptan el sistema, acumulan expulsiones y acaban en la calle, donde es muy fácil caer en la tentación de hacer dinero fácil con la droga, que, hoy por hoy, va moldeando un auténtico bucle de horror en la vida cotidiana del barrio: se organizan verdaderas mafias basadas en su control y distribución, a la vista de todos, incluida la policía, a la que difícilmente puede verse en determinadas áreas.

Decía Umbral en el 78: “¿Qué pasa hoy en Vallecas, mientras en Madrid no pasa nada? Que arde la adolescencia en marihuana, que el pueblo está parado entre tendales, que esperan el dinero del ministro, que Suárez no ha traído aquí la democracia. El obispo Iniesta tiene un dos caballos y el café de Vallecas sabe a pobre. En la plaza de la iglesia vieja están los adolescentes dándole al porro, mimando la yerba en un mundo circular, cerrado y olvidado, y nadie ha conseguido averiguar por dónde entra la marihuana en Vallecas. La policía viene de cuando en cuando y se lleva a unos cuántos”. Quitando un nombre o dos, o sustituyéndolos por otros, la realidad no ha cambiado. Desde la ventana de mi casa solía ver cómo, de cuándo en cuándo, se quemaba algún coche robado en el solar vacío sobre el que más tarde se construyó un comedor social administrado por las monjas de la Madre Teresa.

pasar de página