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En 2008 los Estados salvaron a los financieros. En 2011 los financieros pusieron de rodillas a los Estados. Hoy día el efecto de sus préstamos incondicionales para recapitalizar la banca privada, o sus compras masivas de activos tóxicos, sin seguridad alguna de que serían devueltos, ha sido una verdadera debacle del sector público, un empobrecimiento sistemático de la población, y un debilitamiento del poder político, a merced de las instituciones financieras que ayudaron a salvar, y que ahora obligan a realizar agresivos ajustes económicos, claramente abusivos e inmorales, y que añaden más crisis a la ya existente. La deuda pública aumenta mientras el flujo de dinero se dirige imparable a acreedores privados que no parecen muy dispuestos a reinvertir sus ganancias en Estados carentes ya de toda fiabilidad. En el pasado colonial, si algún país decidía no pagar su deuda, los especuladores se veían respaldados militarmente por su gobierno. La diplomacia de la cañonera avalaba así el control político de las grandes potencias y aseguraba el dinero de los inversores allá donde estuviesen. La marina británica extendió así el control económico del mundo para los negocios de sus empresarios, demostrando así que la política del Estado no era más que una extensión de los intereses privados que la controlaban.

Esta antigua lección, que nos muestra la cara más cruda del capitalismo internacional, sigue siendo válida para nuestro tiempo. En esta nueva globalización ya hemos tenido varios ejemplos de impagos de deuda: en 1982 México declaró que no podría pagarla, y junto con él, casi toda Latinoamérica estaba en las mismas circunstancias. Ahora ya no era posible mandar ejércitos para obligar a recibir compensaciones, pero si existían organizaciones como el FMI o el Banco Mundial, que no tenían buques de guerra, pero si podían obligar a los gobiernos a adoptar dolorosos programas de ajuste estructural, es decir, impondrían la disciplina fiscal. De este modo se convirtieron en sicarios económicos, poniendo una pistola financiera en la sien de los gobiernos del Tercer Mundo. Afianzaron dictaduras y apoyaron los intereses del imperialismo norteamericano. Nadie podía resistirse a los sicarios: dos líderes sudamericanos, Jaime Roldós, de Ecuador, y Omar Torrijos, de Panamá, fueron asesinados por resistirse a las demandas de Estados Unidos.

Pero en esta nueva fase de la globalización hay un sicario mucho más efectivo, con un arma financieramente letal: los fondos de cobertura. Los que los manejan no necesitan recurrir a la violencia para conseguir sus propósitos. Mientras el Banco Mundial presta dinero por años, los especuladores de esos fondos lo hacen por semanas o días. El gran maestro de estos nuevos sicarios es George Soros, cuyos mayores beneficios se hicieron en los momentos de mayor inestabilidad: su “venta corta” consistía en pedir prestadas acciones, venderlas cuando estaban altas, recomprarlas cuando estaban bajas, y después devolverlas a quien las había prestado. Fue capaz en 1992 de aprovechar la debilidad de la libra británica, debido a la subida de los intereses en Alemania por los altos costes de su reciente reunificación. La libra estaba ligada al marco alemán por el mecanismo europeo de cambio, por lo que los intereses también subieron en Gran Bretaña, perjudicando a propietarios y empresarios. Soros previó que Gran Bretaña se retiraría del mecanismo europeo de cambio y devaluaría la libra, por lo que apostó nada más y nada menos que diez mil millones de dólares contra ella. Sacó enormes beneficios y hundió aún más a la ya debilitada moneda británica. Este hecho fue sin duda una de las claves para comprender la desconfianza inglesa hacia la integración en el euro, y ha marcado el ritmo de las nuevas relaciones económicas internacionales, mucho más volátiles y dependientes de la especulación a corto plazo, demostrando la debilidad de los Estados frente a ella.

Esta larga introducción nos sirve para comprender mejor la situación global en la que insertar el problema de Grecia. En 2001 entró en la Unión Monetaria Europea, cambiando el dracma por el euro, y obteniendo para su deuda nacional la garantía europea (o sea de Alemania). Para poder hacer esto tuvieron que presentar un déficit presupuestario inferior al 3% de su PIB, y una inflación parecida a la alemana, lo que sólo pudo lograrse mediante manipulaciones estadísticas, tan burdas que sería impensable que no fueran conocidas por los funcionarios del FMI. Se maquillaron los datos contables para demostrar que se habían alcanzado tales objetivos, y así poder tener acceso a los fondos de préstamo a largo plazo al mismo tipo de interés que Alemania, es decir, al 5%. Fue entonces cuando el grupo de inversión Goldman Sachs ayudó al gobierno griego a ocultar su verdadero nivel de endeudamiento, mediante un préstamo de mil millones de dólares, con unos beneficios de 300, en una operación especulativa digna del mejor Soros.

De este modo, Grecia pudo tener acceso al dinero de la Unión Europea y gastar a discreción. Fue un mecanismo similar al utilizado para blanquear los créditos de los prestatarios de las hipotecas subprime norteamericanas. Los banqueros de inversión enseñaron al gobierno griego cómo vender todos sus ingresos públicos por adelantado a cambio de dinero en efectivo listo para gastar. Mientras la Unión Europea (Alemania) garantizara los préstamos a Grecia y nadie alertara sobre la verdadera situación financiera del país (ya que el nivel de corrupción era tan alto que todos los altos funcionarios del Estado participaban del chanchullo), la situación se seguiría manteniendo, pero en octubre de 2009 un escándalo aparentemente menor derribó el gobierno conservador de Kostas Karamanlis: los monjes del monasterio de Vatopedi habrían sobornado a algún funcionario del gobierno para canjear un lago carente de valor por unas tierras de propiedad pública mucho más valiosas.

La investigación de este hecho sacó a la luz la mentira sistemática acerca del origen de los ingresos personales de los políticos griegos, ligados en gran medida a la evasión de impuestos y a la falsificación generalizada de los precios de los bienes inmuebles. Esto llevó al poder al PASOK de George Papandreu, que no tuvo más remedio, ante la sangrante falta de fondos públicos, que admitir el verdadero déficit presupuestario. Los fondos de bonos internacionales y los compradores de bonos griegos se pusieron nerviosos (sobre todo en medio de una situación internacional conmocionada por la quiebra de algunos bancos norteamericanos y británicos), y Grecia fue obligada a pagar tipos de interés mucho más elevados, lo que obligó al gobierno a pedir ingentes cantidades de dinero prestado para evitar la bancarrota. A partir de entonces, Grecia fue excluida de los mercados financieros libres, y pasó a ser tutelada por otros Estados. La deuda impagable nos hizo retroceder a los tiempos del colonialismo y la política de la cañonera, al imponer (no solo en Grecia) un auténtico “protectorado” sobre los países en riesgo de insolvencia.

Hace cinco años, el gobierno griego debía alrededor de 1,2 billones de dólares, o más de un cuarto de millón por cada griego con empleo. Con una deuda de tales dimensiones, cualquier tipo de rescate resultaba un gesto simbólico. Despilfarro, robo, falsificación de cuentas, corrupción generalizada, … El caldo de cultivo ideal para cualquier especulador sin escrúpulos, y la base de la descomposición de toda una sociedad, arrastrada (como la nuestra) por la ilusión del dinero fácil: la tentación del crédito barato ofreció a todo el mundo la posibilidad de consumir sin control, y creer que duraría para siempre. El fenómeno George Soros no se puede entender sin esta situación, en la que domina la irracionalidad. Ahora, el gobierno de Syriza se enfrenta a la decisión de abandonar la unión monetaria, en un acto de salto al vacío, que ha aterrorizado a los gobiernos vergonzosamente denominados PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia y Grecia) por la Europa del norte. El miedo a los mercados, a los inversores internacionales, ha conducido incluso a cambiar nuestra propia Constitución, demostrando una vez más nuestra falta de independencia política. Tsipras y su ministro de economía, Varufakis, han visto ese abismo con claridad. Los bancos han cerrado, se han impuesto controles de capitales, e imagino que pronto se tendrán que garantizar salarios y pensiones con papel del Estado y no con euros, ante la falta de fondos. La austeridad es ya del todo insoportable, y la negociación sin salida, por lo que el referéndum sobre las exigencias de sus acreedores se hace inevitable, en un ejercicio de democracia in extremis, que devuelve algo de dignidad a un pueblo castigado.

Desde hace 6 años las medidas de austeridad no sólo han llevado a la gente a la miseria y a la indefensión; tampoco han servido para reconstruir la economía. Quizás la salida de euro serviría para que, controlando su propia moneda, se pudiera frenar el déficit fiscal devaluándola. No obstante soy escéptico ante esta posibilidad, y pienso que Tsypras no llegará a ese punto, ya que el deterioro del país es demasiado grande, al igual que su dependencia internacional. Pero la austeridad tiene un límite, y la dignidad de los pueblos no puede menospreciarse. ¿Qué más daño se puede hacer a Grecia? Quizás el sacrificio de los griegos sea el principio de nuestra rebelión, ya que nos enfrentamos a una crisis existencial. La idea de la Unión Europea ha entrado en un proceso de desintegración, pues cuando se pretende actuar como un Estado sin serlo, careciendo de la voluntad de proteger el bien común de sus ciudadanos, y teniendo una descomunal burocracia que no rinde cuentas a nadie, los únicos beneficiados son los intereses de especuladores y grupos privados ajenos. Durante todos estos años de crisis, las soluciones de austeridad propuestas por la Unión solo han conducido a que la deuda especulativa privada se convierta en deuda pública estatal a fin de evitar el desplome del sistema bancario.

De este modo nos han vendido a todos. Nos han cargado con una deuda impagable, y la recuperación parece ser solo un espejismo. No solo no se ha podido regular el sistema bancario, sino que tampoco se ha garantizado la independencia política del Estado y la voluntad popular con respecto al sistema financiero. Más bien al contrario, el caso griego demuestra el objetivo de doblegar esa voluntad para crear una verdadera dictadura económica dominada por las grandes corporaciones. Si todos los millones empleados en los rescates se hubieran usado en inversiones públicas para proyectos reales de desarrollo; si en vez de apoyar a los especuladores, se hubieran concentrado los esfuerzos en solucionar los problemas de los pueblos, ahora no nos encontraríamos en esta situación crítica. Por ello, la valiente actitud del gobierno de Syriza merece nuestro respeto, puesto que, aún sabiéndose pequeño, ha hallado el talón de Aquiles de su enemigo, y es capaz de encarar la defensa de la vida de su pueblo sin humillarse como lo hicieron los que le precedieron. Representa la vanguardia de un movimiento que ya está en marcha en todo el sur de Europa.