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Hay quien lo llama así, Quien lo llama asá. De mil formas. Yo lo llamo fraudulencia, que se parece al fraude, pero es mucho más simbólico y menos pragmático que éste, y por eso escuece más, y se ve menos, y los surcos que dibuja en la piel son tan dañinos como insignificantes. Va de otrxs, pero va de mí. O mejor: va de mí porque otrxs van de mí para mostrar lo mejor de ellxsmismxs. O no lo mejor, pero lo que quieren que el resto vea, en cualquier caso. La historia que quieren contar como si fuese su historia, sólo que sin tropezar para contarla.

¿Sabes cuando sabes que no es verdad la verdad? ¿Sabes cuando sabes que no va de admiración, porque quien admira respeta y quien respeta nombra? Borrar los nombres de las cosas que luces como propias es como hurgar sin permiso en los cuerpos de lxsotrxs.

Somos lo que somos, quienes somos, en buena medida, en función de cómo nos nombramos, de cómo nos contamos ante el resto, de cómo nos mostramos al mundo. Cuando alguien se cuenta a sí mismx, se muestra al mundo de un modo que el mundo reconoce como identidad. No estoy hablando se ser genuinx, por dios, sólo hablo de ser íntegrx. Si alguien se presenta al mundo como yo, a mi modo, con mis sustantivos, con mis cadencias, con mis neuras, mis ideas, mis estructuras sintácticas, mis fobias, mis peinados, mis detritos y mis plantas de jardín, no está queriendo ser yo, sino usurpar mi identidad. Identidad que se nutre a cada paso de esa pequeña mitología cotidiana que cada unx proyecta de sí mismx. Al utilizarla, al usarla deliberadamente como propia, esxotrx se convierte públicamente en mí, y yo en una especie de vida al margen, de marca de agua que palidece ante una gran mano que amenaza, Milan en mano, con borrarme del mapa. De mi propio mapa. Como si todo fuese una metáfora de las identidades nihilistas en stop motion y nuestra vida allí, hecha de trazos precarios de grafito y plastilina.

Y cuesta, joder. Cuesta hacerse con un arsenal más o menos digno de utensilios identitarios. Cuesta juntar tus cadencias y contraer tus neuras y soportar tus cortes de pelo y adaptarte a tus manías morfosintácticas y defender con dignidad espartana todo eso, tus pequeños mitos domésticos, casi insignificantes; pero tuyos, al cabo, qué demonios. Con lo que cuesta, ya digo, y resulta que luego vienes tú, pelmazo, memo vestido con mis trajes, como decía Biedma, a ponerlo todo hecho un cristo y a fingir que aquí está pasando lo mismo que en el poema de Biedma sólo que sin mariconeos. Como si tú fueras yo o yo fuera tú o algún otro pérfido juego de espejos.

Con lo que cuesta leer ciertos libros, joder, y amar de ciertas maneras. Con lo que cuestan algunos trajes tejidos con hilos enhebrados en años. Con lo que cuesta enmendarse y desremediarse; hacerse la guerra y hacerse las paces al estilo propio; y hacerse el amor, también, con amor, de vez en cuando. Con lo que cuesta ser esto o aquello; licenciarse una vez, licenciarse dos; equivocarse de ese modo unas veces, acertar de ese otro otras muchas. Con todo lo que se fragua, lo que se queda, mientras tanto, y con lo que se va, que también mis agujeros me conforman. Pero de pronto alguien llega a tu stopmotion, agarra tu D.N.I. mitológico, simbólico, y se lo lleva de un plumazo metido en una caja. Ya sabéis, una de esas cajas que pueden transportarse fácilmente, y tú te quedas ahí, grafito y plastilina, en medio de tu stopmotion; pero tu stopmotion ya no es tu stopmotion, porque tú ya no eres tú casi nada.

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