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El volcán ruge arrojando lava a la ladera de la montaña, que sobrevuela un ave fénix, surcando el cielo de cenizas. La erupción es interna, como una sobrecarga eléctrica o el oleaje, que rompe en los puertos de las ciudades grises; la erupción es como el estallido de una detonación que ha acumulado fuerzas, alimentada por el veneno de la hiedra que crece en las frondas del sendero.

Cuando los plateados haces de luz me despojan de la vigilia, una arca de monedas de oro, vuelvo a sentir las espadas que batallan en mi estómago, que rasgan los tejidos de los desagües. Soy una paloma constipada, una bacteria que ha engordado hasta explotar, soy un hongo que crece en las pinzas de un cangrejo. Esta es la historia de las sombras que danzan, tocando los tambores de la noche, riendo y confabulando.

 Si una lanza se alzó primero, creo que fue el vacío. Toda vida es un viaje emprendido por ejércitos aliados, que tensan los arcos frente a los soldados enemigos, apostados tras una colina quizás empañada por la bruma. El vacío es una campiña tostada por el sol, labrada por las sombras; los castillos han desaparecido del horizonte, la lucha la librarán los campesinos: fratricidio, puñales teñidos de la sangre de la tierra.

¿Cómo arribé al vacío? Llegué en un ferrocarril que había sido destinado al ganado, pero que fue utilizado para transportar a los reclusos de Sachsenhausen. Llegué ahíto del pan masticado de mi rabia (1), dispuesto a narrar una profecía macabra, como arquitecto de la gruta de la Virgen de las Soledades.

Honraré la memoria de las lombrices que se contorsionaban en mis entrañas, alzaré el estandarte de la fonda que visité, porque la escritura es el ejercicio de la memoria (2).

 

  1. Cita de Mareva Mayo.
  2. Cita de Roberto Bolaño.