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Sólo las familias ricas de Debian podían permitirse el lujo de enviar a sus retoños a los campamentos espaciales. Aquellos cefalópodos se expandían gracias a fuertes y cálidos tentáculos que, desde tiempos ancestrales, asían las nuevas ideas con las ventosas y las succionaban; gracias a la acumulación de propiedades, de parcelas en Marte conseguidas negociando con las Sombras, las familias enriquecidas enviaban a sus niños a las estrellas.

Yo fui al Campamento de Nueva Robótica.

Me preguntabas si disfruté de la compañía de los niños y las niñas debianas. Entonces contaba las 28 anualidades y los chiquillos no eran especialmente de mi agrado. Por algo no había tenido hijos. Mis planes se enfocaban hacia la necesidad de conocer las galaxias, de desconectar de las obsesiones habituales que me avasallaban, y no quería ningún hijo como juguete, como mascota.

Lucy no era una niña, era una mujer.

Mis obsesiones acababan, por momentos, disolviéndose en la inmensidad de los astros y las nebulosas. La neurosis espacial era un triángulo que afectaba a quienes habíamos naufragado en la sociedad debiana. Experimentábamos la necesidad y la tendencia creativa; pero dicha propensión se había invertido, siendo soterrada en una tierra hostil, desprovista de signos y guías válidas. El 1 se había convertido en 0, borrando la estela creativa, imaginativa, que se encontraba en armonía con el movimiento y la transformación continúa que todos experimentamos, dentro de nosotros mismos y mediante los viajes y preguntas introspectivas, como hilando la historia de las mentes.

¿Quién es la voz? Tú eres la voz y las cuerdas y la música.

El 1 suponía que algo, cualquier tarea, ya se encontraba realizada, porque la potencia liberada y en curso, como corrientes imperturbables que se expandían, lo había hecho posible. Todo lo creado había sido sujeto a unos determinados parámetros, y los objetivos que había marcado para mi vida; totalmente imposibles, alejados de la realidad que sucedía, por decirlo así. Demasiados quebraderos de cabeza y noches de insomnio y fantasía rayana a la paranoia, me habían apartado de la pequeñez a la que me reducían las estrellas, plegándome en la estrechez de la soledad y el aislamiento, entre los inestables confines de mi mente afectada por el naufragio.

El caso es que Campamento Nueva Robótica me había contratado durante un breve periodo, para acompañar, supervisar y organizar el campamento infantil, donde se enseñaba la interacción con las máquinas que habían revalorizado el mercado de la alimentación. Especificadas en el contrato, las tareas que debía realizar abarcaban desde los primeros auxilios; tuve que hidratar a dos niñas y un muchacho, palidecidos por la malnutrición y la intolerancia a las cápsulas, hasta el cuidado y protección del recinto, incluyendo también las clases de robótica.

Todo lo que había que saber acerca de la alimentación a través de cápsulas proteínicas: combinar las pastillas para obtener una dieta adecuada, analizar e inyectarse las suplencias, así como el propio funcionamiento de las máquinas. Se trataba de simples robots de cocina, que los muchachos habían visto en sus lujosas casas; el pedido se realizaba a través de la pantalla, indicando los componentes y la cantidad de los mismos respecto a la mezcla, que se presentaría después de unos instantes convertida en una asquerosa cápsula, atragantada en las gargantas igual que un cuerpo extraño que el organismo expulsaba.

— ¿Por qué tenemos que comer esta basura galáctica? — preguntó Lucy.

Lucy era una preciosa mujercita que contaba 14 anualidades. Me había fijado en ella… parecía una cyberángel, tan fina y al mismo tiempo impetuosa y curiosa, de bucles rubios y mirada penetrante, reminiscencias de magia en sus ojos azules como el rastro centelleante de los cometas. La solitaria luna se reflectaba en el líquido de los cybertatuajes, que cubrían su lechosa piel iluminando el cuello con la palabra LIBERTAD, a la manera de un collar perlado y fulgurante. Por su débil torso se desplazaban PAZ, LIBERTAD, AMOR, rodeando los pechos y flotando en los omóplatos, encontrándose en un punto oculto por el traje espacial.

— Cuánto daría por una comida de verdad, como esas que se recuerdan… — dije.

— ¿A qué sabían? — preguntó Lucy.

— Nos hemos olvidado de los sabores, tanto tiempo de verduras sintéticas concentradas en las asquerosas cápsulas, pasan factura. Antaño las frutas crecían, valles y campos se poblaban de verdor; limas, manzanas, naranjas caídas de los árboles, exhalando el dulzor y la frescura de las macedonias, embriagando los paladares con azucares naturales y mil sabores distintos y estimados, de los que restaba una última y deleitosa oleada, espumeante sobre la garganta.

— ¿Ya no quedan árboles frutales?

— Según lo que pone en el manual electrónico, ni uno — carraspeé y empecé a leer—: la eficiencia de las cápsulas alimenticias hizo innecesario el ejercicio del cultivo, la recolección, así como la explotación del campo, puesto que todas las vitaminas y compuestos de las frutas y de cualquier alimento, en la actualidad son extraídos y elaborados a través de procesos, limpios y eficientes, de robo-químicica alimenticia, que ha demostrado eficacia y superioridad frente a la comida tradicional.

— Traiga una naranja, solo una — dijo Lucy.

— ¡Y una lima! ¡Haremos limonada! — dijo un niño pecoso.

Terminé la clase de robótica alimenticia, molesto ante la alegría de los niños imaginando las más deliciosas e imposibles frutas, los zumos concentrados con pulpa y vitaminas que habían germinado de la tierra y el agua; nada de química ni genética. La máquina de prueba que utilicé para la demostración se atascó. Para acallar el bullicio que se había formado, me inventé que había probado un plátano.

Lucy se acercó, y entonces tuve pensamientos que me alertaron. No podía separarme de ella; podía considerarse una mujer, con su electromagnetismo particular. Tenía el cuerpo maduro y el rostro angelical, y 14 anualidades. Al dirigir su atención hacia mí, a través de sus ojos azules y cristalinos y el interrogatorio constante, dulce voz que todavía hoy recuerdo como un fulgor repentino y cálido, me hacía más grande y poderoso.

Traté de acallar las alarmas que se habían encendido en mi mente. La inflamación fluía por los conductos intravenosos del deseo. Atraído por el electromagnetismo de Lucy, que bajo la luz espectral de la Luna Jull se hacía más pura, me sentí como Zeus en su palacio de cristal, ante un Olimpo de vírgenes y efebos.

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